Capítulo 16 #3
El desconocido habla por el pinganillo, insistiéndome con discreción que les haga caso.
Sumisa, hago lo que me ordena, adentrándome en el Teatro y dejándome llevar hasta la sala principal donde la función está a punto de comenzar.
Subo las escaleras de mármol con torpeza y mil pájaros en la cabeza.
Los nervios apenas me dejan disfrutar de la belleza del lugar: tapices de seda roja en las paredes, lámparas de araña de cristal y un cielo ornamentado que parece cobrar realidad.
Doy una gran bocanada de aire con cada paso que dan mis tacones y una vez arriba, en el punto más alto, diviso mi objetivo.
La mujer de la fotografía se encuentra en la puerta, hablando con los hombres y sonriéndoles como si la muerte no la acechara en ese preciso instante, como si yo no portase un arma con la que quitarle la vida.
Es inevitable que mi mirada se quede clavada en ella, mientras me pregunto quién será y me cuestiono el motivo por el que lo hago.
«La razón es Caitlyn», me repito, tratando de convencerme y, para cuando quiero darme cuenta, la extraña mujer ha desaparecido.
—Tranquila, Elle, solo tienes que esperar a escuchar la Scène y salir. Ella estará en el hall y solamente tendrás que esperar a que la música rompa para matarla. —Oír el verbo “matar” me produce una repugnancia difícil de explicar y mis dientes paralizados por la situación, comienzan a castañear.
—¿Cómo sabes que ella estará ahí? ¿Cómo sabes que no saldrá corriendo? —susurro atemorizada porque alguien me escuche.
—Porque ella también te estará buscando a ti.
La música comienza a sonar con delicadeza y corro hacia mi asiento tan rápido como puedo. Al entrar me fijo en el cartel, el Lago de los cisnes es el recital que recibe hoy el Teatro Bolshói y con ayuda del acomodador apenas tardo unos minutos en alcanzar mi butaca.
Un sombrío bosque se sumerge en la escena, y en el medio de este, Odette, la protagonista de esta historia, una mujer de cabellos rubios muda su piel humana para convertirse en un elegante cisne.
Mis ojos se humedecen al recordar que no es la primera vez que veo esta función.
Cuando era pequeña, me colé con mi hermana en el pequeño teatro de la ciudad y vi una representación humilde pero espectacular del Lago de los cisnes .
Aún era muy pequeña, sin embargo, los recuerdos volvieron a mí unos años después, cuando mi hermana ya no estaba conmigo, al ver la película de la Princesa Cisne.
Hubo un tiempo en el que yo también me sentí aquel animal, y puede que ahora también.
El tiempo pasa rápido, la emoción por ver otra vez esta obra, la melodía que acompaña a la trama y que me hace estremecer, los bailarines y sus frías facciones que te hacen sentir parte de la triste historia.
La acción no se detiene, corre veloz por el teatro, el cisne llora, se lamenta y grita afligida.
La agonía corre por todo su cuerpo, la angustia por no volverse a sentir humana nunca más se adhiere a su robusto pelaje.
Siente que se asfixia, la fina línea entre el bien y el mal la hace luchar por no perder la cordura, la locura nunca se le ha antojado tan cercana.
Miro mis manos, en ese preciso instante, mis puños agarrotados han hecho que mis dedos se hundan en las palmas.
Las marcas son visibles. Comienzo a ser consciente de lo que mi cuerpo está sufriendo, mandíbula apretada, pies y manos entumecidas, garganta seca y un miedo ensordecedor acariciándome la nuca y tratando de mantenerme despierta.
La escena más temible llega por fin y rezo en silencio esperando que el secuestrador no se dé cuenta, pero, por desgracia, es en vano.
—Es el momento, Elle, reúnete con ella —sentencia tan calmado que me atormenta.
Cierro los ojos y trago saliva desesperada.
Luego, apoyo mis manos sobre el reposabrazos para impulsarme y no caer en el intento.
« Ahora mismo no tengo fuerza ni siquiera para levantarme.
» En el último acto, el decisivo, dejo el escenario principal atrás, y me despido de la Elle que fui antes de convertirme en un cisne negro.
Mis pies se balancean, pero consigo mantenerme de pie gracias a las barandillas que se encuentran a lo largo de los largos pasillos de alfombras rojas y doradas.
Pronto el hall aparece ante mí y la figura de la mujer también.
Siento escalofríos por todo mi cuerpo y agarro con fuerza el bolso mientras mi mano derecha se cuela en su interior.
Los segundos pasan imperturbables y entonces, ella me dedica unas palabras:
—Por fin tengo el gusto de conocer a la persona que tiene enamorado a mi hijo —declara con una sonrisa de oreja a oreja, que ni siquiera cambia al ver cómo comienzo a apuntarla a la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —pregunto confundida y nerviosa a partes iguales.
Un griterío de fondo irrumpe nuestra conversación y atemorizada, escondo la pistola detrás de mí.
Ambas nos acercamos a la puerta corriendo sin saber lo que estamos a punto de ver a pesar de que una de las voces nos suena notablemente.
Mi corazón se paraliza al ver la persona que forcejea con los hombres de seguridad, pero aún más cuando sus labios se despliegan dando lugar una revelación que puede destruirnos o salvarnos:
—¡Elle, no la mates, ella es mi madre! —grita abrumado Tyler desde fuera del Teatro, al mismo tiempo que lucha por quitarse de encima a esos guardias de seguridad.
—Lo siento —susurro con un leve hilo de voz a la vez que una lágrima resbala por mi rostro.
El pinganillo cae de mi oreja, rompiéndose estrepitosamente y, mientras la escena se enfrenta al final, pulso el gatillo. Un escalofriante sonido se ve opacado por la traca final.