Capítulo 14 #3
A partir de ahí todo vuelve a tener color y en cierta manera, sentido.
Bajamos unas escaleras de madera que chirrían estridentemente y por fin llegamos al destino, una puerta con una cerradura electrónica que se abre a través de una contraseña.
De manera instintiva, nos movemos todos hacia la pared, dejando intimidad a Kozlovski.
Él vuelve a reírse y, en un segundo, suena el clic que nos indica que un nuevo capítulo de esta macabra historia acaba de comenzar.
Un piso oscuro, sin ventanas y completamente equipado se abalanza ante nosotros, y todos, incapaces de evitarlo, empezamos a preguntarnos qué demonios hacemos aquí.
—Pasad, bienvenidos a uno de los pisos francos de la Mafia, bueno, este es especial, solo mi hermana y yo tenemos la contraseña para entrar.
—Mueve sus brazos invitándonos a entrar—.
Pasad, poneos cómodos, tenéis comida en el frigorífico y dos habitaciones con una cama en cada una, descansad, ha sido un día muy duro —exclama el anfitrión esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
Si no estuviésemos en un piso de la Mafia creería que sigo de vacaciones—.
Intentaré sacaros de Moscú lo antes posible, al fin y al cabo, os debo una —incide, transmitiéndome toda su gratitud a través de sus diáfanos ojos.
Algunos de nosotros trotamos hasta la cocina que, decorada de negro mate e iluminada por brillantes lámparas led, nos recuerda que es cierto aquello de que hay luz en mitad de la oscuridad.
Sin hablar, devoramos la comida, sobre todo, April y yo, que llevamos horas caminando con el cansancio y el hambre atizándonos por dentro.
Cuando terminamos, dejamos espacio a Viktor y mi madre que, cómplices — Dios sabe por qué — discuten acerca de las opciones que tenemos.
Ni los interrumpimos, ni tratamos de entrar en la conversación, puede que todos tengamos ese sentimiento que nos impulsa a mirar hacia delante y esquivar el pasado, quizás nos dé igual la manera en la que llegar a nuestra casa siempre y cuando lleguemos.
El ruso se acerca a mí para ofrecerme ropa nueva y una ducha. Él, junto a April, son los únicos que conocen la verdad que ahora oculta mi cuerpo y quiero que así siga siendo. Mientras pueda, quiero que mis cicatrices permanezcan escondidas.
—Ahora vuelvo, chicos, voy a ducharme, necesito entrar en calor… —anuncio, encaminándome veloz antes de que alguien se adelante.
Sin embargo, nadie lo hace, supongo que saben que estos meses no han sido un paseo para mí.
Abro el grifo con sigilo, como si esperase no despertar a nadie, como si tratase de evitar el castigo que sufren los presos que se duchan a destiempo.
Allí lo hacía todas las noches y, a pesar de que alguna vez me pillaron, era mejor eso que tener la mirada penetrante de personas que no sabían si tenerme miedo o matarme a sangre fría.
«Pero ya no estoy ahí, no estoy en la cárcel y puedo hacer todo el ruido que quiera. Incluso puedo cantar.»
El agua resbala por mi cuerpo, empapándome y desnudándome el alma.
La sangre, estéril y escarlata, se desliza hasta caer en el plato y algún que otro gemido surge en la comisura de mis labios.
Las heridas aún son demasiado frescas, aún escuecen al tocarlas.
Pasan un par de minutos y me dejo llevar por la situación, comienzo a tararear una canción, de esas que se quedan en tu mente y no te dejan dormir.
Ni siquiera recuerdo su nombre, solo sé que me provoca una sensación de frescura, y a la vez de calidez, me siento libre, por fin.
Enrollo la toalla a mi cuerpo y salgo del baño donde el vaho está presente de manera abismal.
«El agua debía estar muy caliente, y yo ni siquiera me he dado cuenta.
» Sonrío a pesar de la situación, esto es mucho más de lo que soñaba cuando estaba allí.
Agua caliente y música. Deambulo por el pasillo hasta alcanzar una de las habitaciones a las que se refería Viktor y me meto en ella dispuesto a ponerme la ropa que me ha prestado.
La sudadera se adhiere a mí con precisión, al igual que los pantalones.
Huelen bien, algo me indica que estoy cerca de estar en casa.
Me anudo los cordones de las zapatillas, disfrutando de cada pequeña acción como si fuese la primera vez y, de un momento a otro, un toque en la puerta y una voz dulce irrumpen en la sala.
—¿Se puede? —pregunta mi madre con ternura.
—Claro.
Me siento en la pequeña cama y la golpeo con suavidad haciendo que ella se siente a mi lado. Me abalanzo sobre ella buscando un abrazo, pero antes de poder cumplir con mi propósito, su mano roza mi pómulo y sus ojos se cristalizan.
—Siento mucho haberte abandonado —musita con las lágrimas resbalando por su rostro—. tu padre y yo nos levantábamos cada noche con pesadillas, hemos vivido así durante años, no…
—Papá… él… —Trato de aclarar mi garganta, pero tampoco así consigo pronunciar las palabras que luchan por salir de mi boca.
—Murió —interrumpe, tragando saliva y continuando con la conversación—.
Fue hace un par de meses, cuando nos enteramos de que te habían encerrado en la cárcel.
Enfermó, llevaba un tiempo débil, el corazón no le funcionaba bien…
—Su voz se quiebra sin medida y yo acaricio sus hombros pretendiendo consolarla—.
Sufrió un infarto, quizás fuese la presión, el peso de los años, la supervivencia fallida, el temor que nos producía que por nuestra culpa te ocurriese algo…
Podría decir que me duele, que la esperanza me había roto como ocurrió hace años, pero no es así.
Algo en mí sabía perfectamente que él no seguía con vida, lo supe desde el primer momento en el que miré los ojos de mi madre.
Ella sí estaba frente a mí, era real, pero mi padre…
seguiría siendo un recuerdo de la infancia.
—Tú y él… seguíais…
—Seguimos juntos, sí, me enteré de lo de tu padre en el momento en el que llegamos a Tailandia, allí me lo contó todo.
—Cierra los ojos sentida—. Recibí un vídeo y un par de fotos de donde comenzó todo.
Se lo enseñé, al principio no quería creérmelo, supongo que nadie quiere.
Aquella noche discutimos, llevaban años juntos, demasiados como para llamarlo aventura.
Pensamos en volver a Norfolk, no nos hablábamos, llegué a comprar un billete de vuelta…
—Sorbe su nariz y yo me muevo hasta la mesilla de la habitación tratando de alcanzar un paquete de pañuelos—.
Gracias —agradece, sonándose rápidamente—.
El único vuelo que conseguí fue el del 28 de diciembre.
Aún quedaban cuatro días, suficientes para que todo cambiase.
Los mensajes de aquel desconocido que me había abierto los ojos, se volvieron una constante y su insistencia empezó a asustarme.
Al principio, todos tenían que ver con la relación de tu padre, pero después empezaron las amenazas, aquella persona tenía información sobre tu padre y sobre mí, algo muy comprometido.
Volvimos a hablarnos por conveniencia, no comprendíamos qué quería aquella persona.
Estábamos asustados, muy asustados, sus amenazas eran reales, no creíamos que fuese de farol.
Dentro de ese secreto también se encontraba Caitlyn, ella era la gran damnificada, la que más corría peligro, así que después de años sin saber de ella, quise contactarla.
—Sus palabras son astillas que se clavan en mí, ¿cómo es que mis padres y Caitlyn se conocían y yo no lo sabía?
—. Pero no pude, aún desconocía que ella también estaba en Tailandia de vacaciones.
Llegó el 26 de diciembre. —Traga saliva nerviosa—, la noche anterior tampoco pude dormir, las ojeras ya habían comenzado a formar parte de mí y mi cuerpo se sostenía como podía y no como quería.
Recuerdo que todo pasó despacio, vi el amanecer desde la habitación del hotel, sola y abrumada.
Poco a poco el sol fue acariciando el día y, de pronto, el mar comenzó a correr.
Fue algo sorprendente, inquietante. Todo se magnificó.
Sentí que estaba en una burbuja. No oía nada y, entonces, todo explotó.
—Sus ojos se cristalizan y de ellos comienzan a brotar lágrimas y más lágrimas—.
Sentía el agua encharcando mis pulmones, una presión en el pecho que me hacía hundirme poco a poco.
No sé cómo salí a la superficie, tan solo recuerdo ver a tu padre agarrado a una especie de tabla de madera y gritando mi nombre.
Mi memoria aún me sigue traicionando con lo que pasó después, solo sé que tu padre me llevó a hombros hasta un hospital de campaña.
Sobreviví, aún no sé cómo y tu padre también.
No nos volvimos a separar, no volvimos a hablar del pasado, estábamos vivos, había sido un milagro.
Nos trasladaron a otro hospital, uno del norte, el viaje se hizo duro pero ahí estaríamos mejor.
Contactar con alguien aún era impensable así que tuvimos que esperar más.
Cuando pudimos conseguir un móvil para avisar de que estábamos bien, ocurrió algo delirante, inesperado …
Caitlyn apareció en la calle, frente a la tienda de móviles donde habíamos conseguido el teléfono y nos contó lo que le había ocurrido fuera y dentro del país.
Fue ahí cuando tomamos una decisión. A ojos del mundo, Caitlyn, tu padre y yo estábamos muertos.
Esa sería la única manera de frenar a Sombra , o por lo menos desplazarlo de ti y de Elle, su hermana.
—Pero Sombra está muerto —pronuncio queriendo creer en mis propias palabras a pesar de la incertitud que hay en ellas.
—No, Williams no era Sombra , él tan solo era un imbécil que trabajaba para ellos… —responde sacudiendo la cabeza.
—Pero Caitlyn me metió en la cárcel, fue ella… —Me altero solo de pensar en su traición y en la posible implicación de Elle.