Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

ELLE

L a lluvia comienza a caer torrencialmente y me empapa lenta y rápidamente.

Lenta pues resbala de manera casi poética por mi piel y rápida porque pronto siento que no queda ni un ápice de mi cuerpo que no haya sido castigado por la tormenta.

Yo misma formo parte de ella, lo hago desde hace unos minutos, cuando la bala atravesó codiciosa el pecho de Fyodor y le obligó a abandonar el mundo de la manera más inmediata y desoladora.

La libertad sonó demasiado cercana cuando escuché que la dirección del piso en el que estaríamos seguros estaba próxima a la discoteca, pero tan solo fue la estela de un avión que simulaba ser una estrella fugaz. Como tantas otras veces me había ocurrido.

Mi corazón bombea con fuerza, mientras corro tratando de sortear los charcos que se han formado a gran velocidad.

Es fácil escabullirse de algunos, en cambio otros rompen tenaces al notar mis zuecos, como si fueran una cascada invertida que empapa irremediablemente mi vestido y me hace tiritar.

Temblores que no solo se deben al tiempo que hace en Moscú, sino también, a una persecución iniciada unas calles más allá cuando escuché una tenue, pero escalofriante voz que declaró con gran parsimonia que el tatuaje que adornaba el pecho de Fyodor tenía un significado claro y contundente: él era un traidor.

¿Pero qué quería decir esa palabra en los labios de la persona que le había arrebatado la vida?

Consigo mantener el ritmo constante y logro no detenerme, sin embargo, pronto, una pared se abalanza sobre mí haciéndome perder toda la esperanza.

Contemplo los edificios que me rodean, y que ahora mismo, se antojan más sombríos y asfixiantes que nunca.

Sus colores pálidos y su altura minúscula tan solo hacen que el miedo sea aún mayor.

De hecho, me transmiten una opacidad que mucho tiene que ver con el futuro que me acecha.

Trato de recuperar la calma, respirando con paciencia, al mismo tiempo que las gotas siguen cayendo en mi pelo para luego embarcarse en un viaje cuyo destino no es otro que rencontrarse con su familia en el asfalto que predomina en esta zona.

—Joder, joder, joder —susurro al darme cuenta de que no hay más salidas que la calle por la que he venido. Me he metido en un callejón sin salida.

La desesperación y la angustia se hacen más presentes al escuchar unas pisadas lentas y firmes. La voz no tarda mucho en convertirse en un rostro, que carraspea su garganta para después exclamar:

—Hola, Elle. —Una amplia sonrisa se forma en la comisura de sus labios.

—¿Quién eres? —balbuceo por el frío y la incertidumbre de saber si en unos segundos yo también recibiré un tiro en el pecho como Fyodor.

Él rompe a reír.

Su aspecto sibilino me hace estremecer, más aún cuando comienza a caminar acercándose a mí y dejando tras de sí una gran niebla producto de las bajas temperaturas.

Su pelo rapado y sus ojos negros me resultan familiares, sé que lo he visto antes, pero soy incapaz de acordarme de cuándo y dónde me choqué con este individuo.

Su voz, por el contrario, que, de hecho, no presenta ni un atisbo de acento ruso, no me inspira nada, estoy segura de que nunca le llegué a oír.

Quizás siempre haya estado al acecho, cerca de mí…

—Hiciste buenas migas con Fyodor, eh —afirma vacilante, dando un paso hacia delante y provocando en mí el efecto opuesto.

—¿Por qué lo mataste?

—Lo hizo él mismo. —Otro paso más y me tendrá arrinconada, otro paso más y mi piel rozará la pared de cemento—.

Uno no puede traicionar a la Bratvá [17] y pensar que va a salir ileso.

—Sus palabras me hacen recordar la historia que me contó Fyodor sobre mi hermana y ese tal Viktor, ex jefe de la mafia rusa.

«¿Y si Fyodor también renunció a la mafia y por eso está muerto?

Pero ¿qué demonios tiene que ver eso con mi hermana?

» —Por cierto, el sicario de Fernando Méndez.

—Arqueo las cejas confundida—. ¡Oh, vamos, seguro que el traidor te contó algo!

—Cierro los ojos en busca de respuestas, y en ese momento, los recuerdos me llegan con claridad.

Cuando estaba en el hospital, Fyodor me contó algo de ese tal Fernando Méndez, era un asesino, un asesino en serie—.

Pusimos precio a tu cabeza, bueno, realmente te queríamos viva y él te quería muerta.

Por un instante nos sirvió, pero sus planes no encajaban con los nuestros.

—¿Qué planes? —pregunto, pretendiendo ganar tiempo para averiguar cómo poder escaparme, pero es imposible, la tormenta sigue encima de nosotros y yo estoy atrapada entre un asesino y un muro de hormigón.

—¡Ay, Elle! ¡No te enteras de nada! —exclama rompiendo en una carcajada. Después, saca un arma y me apunta directamente a la cabeza—. Descuida, pronto estarás con tu hermana.

Cierro los ojos en un intento de paliar los efectos de la bala, pensando — de manera estúpida, cabe decirlo — que así podré parar el tiempo.

Recuerdo el nombre de Tyler al sentir esa sensación de nuevo, el viento me hace retroceder en el pasado y viajar hasta Tailandia donde, frente a Lom Sak, estuvimos a punto de morir.

«Tyler…», niego con la cabeza instintivamente, «¿por qué mi hermana te metió en esto?

¿Será cierto que estás en una de esas cárceles rusas?

¿Por qué demonios tuviste que entrar en mi vida?

Tú no tenías por qué haber sufrido esto… »

El desconocido quita el seguro. Puedo oírlo, pero mis ojos se resisten a ver.

No quieren ser testigos de mi futuro más incierto.

Trago saliva nerviosa, sé que todo está a punto de ocurrir, lo presiento.

El sonido de la pistola entumece mis manos y enfría mis labios, y pronto, de forma imprevisible, empiezo a notar cómo mi brazo izquierdo pierde fuerza.

En un segundo, el dolor me nubla. Ahora sí intento abrir los ojos, sin embargo, de poco me sirve, todo se ve negro a mi alrededor.

Así mi consciencia va apagándose poco a poco, como si fuese a caer en un sueño perfecto, como si me hubiesen inyectado algo que me hiciese dormir sin saber si en algún momento volveré a despertar…

En 2002 tan solo tenía cinco años, apenas recuerdo pequeñas pinceladas de lo que viví aquel año. Pese a ello, hay algo que permanece intacto en mi memoria, la primera vez que escuché en su voz, la angustia y el dolor de un error.

Sonó el teléfono, era tarde, muy tarde, pero mis horas de sueño llevaban trastocadas desde que mi hermana se había ido de monitora a aquel campamento.

Cada vez que escuchaba ese sonido, un impulso frenético viajaba por mi columna vertebral y terminaba en mis dedos puntiagudos que insaciables pulsaban el botón verde, esperando la voz de Caitlyn tras la otra línea. No podía remediarlo, solamente era una cría que echaba de menos a su mejor amiga.

Sin embargo, aquella vez intuí que algo extraño había pasado.

No era normal que Caitlyn llamase a las tres de la mañana.

Una vez lo hizo a las once de la noche y nuestros padres le echaron una bronca monumental, así que no creo que estuviese dispuesta a aguantar de nuevo los gritos y desplantes.

Aunque, claro está, yo era una niña y aún no comprendía la gravedad de las cosas.

Corrí veloz por el parqué de casa y bajé hasta la parte de abajo donde el teléfono fijo vibraba sin cesar. Todavía me acuerdo del titubeo ansioso, casi imperceptible, que proclaman sus labios… no parecía ella, estaba lejos de ser ella…

—¿Lyn? —pronuncié emocionada esperando escuchar cualquier tontería.

—Elle, ¿qué haces despierta? —preguntó malhumorada.

—Yo… yo… yo solo quería hablar contigo —musité a duras penas. Era la primera vez que mi hermana me hablaba de tal manera.

—Pásame con papá y mamá, por favor —ordenó sin decirme nada más.

Aquel día, las cosas en casa cambiaron, mis padres se volvieron ausentes e independientes, ya no hubo más momentos de felicidad compartida. En julio de 2002 todo se quebró.

Los rayos de sol entran a través del gran ventanal, irritando mis ojos.

Mi garganta está seca y un dolor agudo se cuela a través de ella, pero lo cierto es que tan solo puedo sentirlo por un segundo pues todo queda doblegado a la angustiosa sensación que se forma dentro de mí al darme cuenta de dónde estoy.

Mis manos, al igual que mis pies, están atadas a una silla con una especie de anchas y metálicas esposas.

Trato de gritar, pero solamente puedo sacar un hilo de voz que queda silenciado entre las cuatro paredes de la diminuta habitación.

Un cuadrado perfecto con el suelo de cemento gris y las paredes de un blanco humo en las que la monotonía únicamente es capaz de romperse por un gran ventanal desde donde puede apreciarse el sol.

No hay nada más allá, solo el gran astro iluminando todo aquello que se encuentra en penumbra.

Sin embargo, todo cambia en un instante. Como si alguien hubiese escuchado mis pensamientos, el sol se apaga y la oscuridad sucumbe en la sala. Todo vuelve a ser negro otra vez.

—¿Quién eres? ¡Sácame de aquí! —bramo colérica, agitando mi cuerpo—. ¡Joder! ¡Socorro!

De repente, mis gritos se vuelven insignificantes al lado de un sonido irritante y ruidoso.

Muevo la cabeza tratando de averiguar de dónde proviene hasta que diviso el lugar en el que antes se encontraba el gran ventanal: el sol se está escondiendo.

«¿Qué hora se supone que es si hace unos minutos el sol brillaba con tanta fuerza? »

—¿Qué demonios…? —susurro observando todo con detenimiento.

El sonido se mantiene y yo sigo gritando, pero de un momento a otro, todo se paraliza.

El sol ha desaparecido, ahora una pantalla en blanco y negro alumbra la habitación.

Ni siquiera era una ventana, únicamente era un croma capaz de engañarme y de hacerme sentir que podría salir con vida. Él va un paso por delante. Siempre.