Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

La mudez en mi cabeza solo me deja caminar siguiendo los pasos que hace apenas unos minutos daban Viktor y April. Detrás, aún oigo los sollozos del que fue mi protegido. Pero no duran mucho, al llegar al final, mis amigos se ocupan de silenciarlos a través un largo abrazo.

—Has tomado la decisión adecuada —comenta Viktor en forma de murmullo y yo asiento aguantando las lágrimas.

Rápidamente, subimos el sistema de alcantarillado tratando de olvidar todo lo sucedido. El frío no es tan intenso como esperaba. De hecho, es casi inapreciable. «¿Por qué demonios hay una temperatura normal si estamos en mitad del bosque?»

Sin embargo, pronto doy respuestas a mis preguntas. Una especie de sótano, oscuro y grande aparece frente a mí en cuanto cierro la compuerta de la gran alcantarilla. Mis ojos apenas pueden apreciar las inmensas paredes que recubren la sala, la oscuridad lo cubre todo.

—¿Dónde demonios estamos? —titubeo más desorientado que nunca, buscando una salida.

—Tenemos que darnos prisa, vamos, seguidme —añade Viktor, al mismo tiempo que comienza a andar—.

Estamos en un hospital, aquí al lado hay una lavandería, tenemos que conseguir entrar y cambiar nuestros monos por algo de ropa.

Sé que no es lo más apropiado para el tiempo que hace fuera, pero es lo único que tenemos.

—Pero vamos a congelarnos —inquiere April, parándose en seco.

—Hay alguien esperándonos fuera —declara el ruso sin dubitaciones.

—¿Quién? —Mi desconfianza crece por momentos, ¿quién demonios va a venir a por nosotros y por qué saben que estamos aquí?

—Confía en mí —contesta girando su cabeza.

—¿Debería? —pronuncio arqueando una ceja asombrado.

Viktor frena sus pasos para ponerse frente a mí, cara a cara.

—Has estado haciéndolo durante todo este tiempo y nunca te he defraudado —sentencia con una seriedad desmesurada —.

Y nunca te he pedido a ti explicaciones por tus mentiras .

—Trago saliva—. Sí, sé que me has ocultado cosas y me da igual, estoy esperando a que me las cuentes cuando tu confianza te lo permita.

—Sus ojos grises me hacen estremecer—. Así que, respondiendo a tu pregunta, sí, deberías hacerlo —afirma finalizando su discurso, dándose la vuelta y siguiendo su camino.

—Lo siento —musito acobardado.

Él mueve la cabeza de arriba a abajo sin siquiera mirarme. «Tiene razón, no hay tiempo que perder, él me ha salvado tantas veces que he perdido la cuenta, no hay por qué desconfiar.»

Caminamos hasta llegar a una puerta plateada y metálica.

Es mi amigo quien la abre con sumo cuidado, pero puedo imaginarme su rudo tacto solo con fijar mis ojos en ella.

En silencio, nos adentramos en una sala blanca con el techo bajo y las bombillas fundidas donde, de inmediato, nos hacemos con unas batas de hospital.

Viktor y yo empezamos a cambiarnos sin ningún pudor, la Ciudad Blanca se encargó de quitárnoslo hace tiempo.

En cambio April, que mira las paredes con cierta inseguridad, se siente incomoda ante nuestra presencia.

Por ello, nos volvemos hacia un lado sin que las palabras medien entre nosotros y cerramos los ojos esperando que ella nos dé una señal.

—Gracias, chicos —musita una vez preparada.

Continuamos sin hablar, y no porque seamos incapaces de encontrar la expresión perfecta sino porque aún nos queda la parte más difícil: salir por la entrada sin que nadie nos vea, sin llamar demasiado la atención.

Cojo aire antes de subir de nuevo por unas escaleras, los dolores de las torturas cada vez se vuelven más pronunciados.

—¿Puedes? —cuestiona Viktor.

Asiento con la cabeza.

—Si necesitas parar…

—Quiero salir de aquí —sentencio recordando que todavía hay una bomba debajo de nosotros.

Avanzamos hasta alcanzar los pasillos blancos que, despejados de enfermeros y médicos, no parecen albergar de manera cotidiana mucho trabajo. Sin embargo, todo cambia cuando llegamos a la entrada principal, donde se reúne la gran parte del personal y la única salida posible.

—No os preocupéis, no os prestarán atención.

—¿Prestarán? ¿Y a ti?

—Tengo un plan.

—¿Qué plan?

Sin que podamos interceder, el ruso nos mete en una de las habitaciones y cierra de un portazo.

La oscuridad parece brindar la sala hasta que April enciende la luz como acto reflejo.

Por un instante, me encuentro en Tailandia, en aquel hospital donde Nick estuvo a punto de morir.

Las paredes blancas, el olor a producto de limpieza, la sensación de lucha…

da igual en que país estés, todos los hospitales transmiten el mismo hedor.

—Apágala —ordeno confirmando que estamos solos—. No podemos llamar la atención.

—Perdón —lamenta, aceptando mis mandatos—. ¿Cómo estás? —añade, una vez que la opacidad vuelve a escondernos.

—Supongo que bien —miento encogiéndome de hombros.

—¿Seguro? Ahí abajo… es normal que te duela que Keita… —incide titubeando mientras piensa en las palabras adecuadas para evitar un daño mayor.

—Estoy bien —concluyo cortando la conversación.

Demasiadas cosas en las que no quiero pensar, lo ocurrido con Keita, el hecho de que Nick me haya ocultado lo de Owen durante años a pesar del mal que me podía producir no saberlo, Caitlyn y su plan… la posible ayuda de Elle…

«Demasiadas cosas que hacen daño, demasiadas cosas que me pueden romper…»

Y eso sin reparar en aquellas notas que decoraban mi habitación de Tailandia, aquellas que reproducían un mensaje claro y contundente: “Tus padres siguen vivos” .

A día de hoy, no he recibido ninguna información más que me haga pensar que es cierto.

Nada de nada. Y seré escéptico, pero prefiero continuar creyendo en su muerte antes de confiar en un estúpido papel repleto de mentiras .

La esperanza salva, pero también mata y no estoy dispuesto a creer en cosas que no puedo ver. Ya no.

Nuestras miradas, que lloran sin derramar ni una lágrima y gritan para ser escuchados, se juntan en paz cuando nuestros ojos se acostumbran a la ausencia de luz. Estamos cansados, desesperados, tenemos ganas de que todo termine…

Pronto, alguien llama a la puerta interrumpiendo nuestro silencio y la ansiedad vuelve a agazaparse tras nosotros. «¿Será Viktor o alguno de los sanitarios que corre desperdigado por cualquier habitación con el fin de encontrar qué hacer?»

—Abre —susurra April—. Tiene que ser Viktor.

—¿Y si no es?

—Entonces ya estamos perdidos —sentencia en el mismo instante en el que el picaporte comienza moverse en sentido descendente.

El corazón late con fuerza en mi cuello y, preparado para una probable pelea, cierro los puños y tenso la mandíbula. Después, la puerta se abre.

—¡Joder, Viktor, qué susto! —exclamamos ambos mientras mi amigo se baja la mascarilla.

—Dr. Petróvich —nos corrige, humedeciendo sus labios y señalando la placa que decora su bata oficial.

Niego con la cabeza a la vez que una sonrisa se forma en la comisura de mis labios.

—Os había dicho que esperaseis a mi señal. —Resopla—. Vamos, no hay tiempo que perder, tenemos que darnos prisa.

Ambos asentimos y April agarra mi mano dejando atrás la sala.

—¿Qué pasará cuando Keita no aguante más? ¿La gente que está en este hospital morirá? —farfullo a lo largo del pasillo.

La amplitud de los espacios junto a los colores ocres de las paredes desvelan una ausencia de actualización. No parece un centro médico normal.

—Este sitio es un hospital militar, no habéis visto a muchos pacientes porque apenas hay. Y su estructura… ya te puedes imaginar, está bastante reforzada.

Mis cejas se elevan impactadas mientras mis pies se adentran en la robusta cristalera que nos impulsa a la realidad.

—¿Acabamos de escaparnos de un hospital militar?

—Así es —declara el ruso, atusando mi pelo—, lo hemos conseguido hermano.

Mis dedos se deslindan de los de April para juntarse con los de Viktor que, entusiasmado, me observa con los ojos bañados de lágrimas.

—Corramos un poco, nos esperan allí —clama, entonces, dirigiendo su dedo índice al frente.

Un gran remolino helado nos atrapa a medida que nuestros pies se hunden sobre la nieve. Los copos también desdibujan el calor de nuestra piel.

—Venga, no queda nada… —anima mi amigo que nos contempla con las pestañas cubiertas por un manto blanco.

La carrera se antoja cada vez más costosa, la noche apenas se divisa por la ventisca que se ha formado sin remedio en el bosque. Pero, entonces, mi vista intuye una sombra a lo lejos, una figura conocida y unos andares que me recuerdan una vida que casi suena pasada.

—Mamá… —mascullo con temor de que lo que tengo ante mis ojos tan solo sea otro de mis sueños.