Capítulo 13 #2
Le empujé con fuerza, al mismo tiempo que le daba una patada que le hizo caer a mi lado.
No pretendía ensañarme más, no con él, así que me levanté airoso y caminé con rapidez hacia la puerta.
Pero justo después de posar mi mano sobre el pomo y pronunciar un: «Pide ayuda, Owen», escuché por primera vez el sonido de la muerte.
Giré mi cuerpo sobre mí mismo al oír la pistola cargada y negué con la cabeza una vez que vi a Owen apuntándome desde el suelo y riendo a carcajadas.
—¿Creías que eras más listo que yo, Tyler?
—preguntó ya de pie, contoneándose por la sala sin dejar de apuntarme—.
¡Qué demonios! ¡Siempre lo has pensado! Tyler Black siempre ha pensado que era más listo que yo!
Ibas por ahí con tu puta falsa modestia, sabiendo que cuando llegases a casa ibas a tener alguien esperándote.
Ibas con el puto cuento de huérfano cuando tenías una familia que daba todo por ti como si fuese la tuya, ¿y yo que tenía?
—Me mantuve en silencio mientras le escuchaba y pensaba qué demonios hacer—.
¡Yo solo tenía a Bethany y tú me la arrebataste!
¡Se suponía que eras tú quien debía llevarlas a casa, no Beth y por tu culpa están muertas las dos!
—Algo se rompió en mí escuchando esas palabras.
Las sentí como cristales clavándose en mi interior.
—¡Ya lo sé y lo siento! —lamenté elevando la voz. Sorbí mi nariz y las lágrimas brotaron de mis ojos desconsolados. Él tenía razón, yo las maté, fui yo quien lo hizo, yo tuve la culpa.
Owen recuperó la compostura al oír mis lamentos y me cogió del brazo para arrastrarme hasta una silla que se encontraba en mitad de la cabaña.
—Siéntate ahí. —Hice lo que me ordenó—. Átate. —Volví a acatar sus mandatos y dejé que él hiciese lo propio con mis manos.
La tristeza me nubló la razón y me convirtió en una marioneta que no podía hacer nada más que seguir unas ordenanzas que me conducirían sin remedio a una muerte segura.
Mi vista dejó de atender a los estímulos al percibir cómo Owen comenzaba a echarse un líquido por todo el cuerpo.
Su olor intenso me hizo estornudar y cuando continuó con el resto de la cabaña, un escalofrío alumbró toda mi columna vertebral.
Quería prendernos fuego, quería acabar con todo.
Con nosotros y todas las historias que ocurrieron aquí.
El tiempo pasó lento, Owen luchaba por alcanzar cada recoveco y se detenía a observar pequeñas nimiedades e incluso fotos que tan solo aceleraban su enfado y exacerbaban su enajenación.
No me hablaba, no me escuchaba, solamente existía un silencio apaciguado por la gasolina que corría a sus anchas por el parqué y se removía entre los muebles y las cajas de la sala.
La adrenalina ya empezaba a hacer su efecto en mi cabeza, los latidos de mi corazón comenzaban a correr una maratón y mi cuerpo suplicaba actuar antes de que fuese demasiado tarde.
Si había algo que estaba claro era que nadie me salvaría esta vez, no habría una lancha que me protegiese como ocurrió con Brian, ni un amigo que me sostuviese después de una muerte traumática como lo hizo Nick…
«Nick, joder, ¿por qué te he tratado tan mal»
—Bueno, ha llegado tu turno… —susurró caminando con dificultad hacia mí con un gran bidón de color amarillo.
—Owen, no tienes que hacer esto, puedes buscar ayuda, yo estoy aquí, sigo estando para ti, no tienes que hacer esto, de verdad que no tienes que hacerlo —farfullé pero era inútil, él estaba cerca y sonreía venturoso al escuchar mis suplicas.
—No tengo que hacerlo, pero quiero —declaró entonces, abriendo el envase y pretendiendo calarme entero.
Pero algo ocurrió, apenas salieron unas gotas.
Ya había gastado todo en el resto de la cabaña—.
Mierda, joder, no queda más —despotricó repetitivo antes de correr hasta una pared y golpearla con violencia—. ¡Joder!
Resopló con nerviosismo y un segundo más tarde añadió: «bueno, no pasa nada, con esto valdrá». Desquiciado, grité implorando tiempo, una respuesta o una simple ayuda, pero ahí fui consciente de que el Owen al que había conocido hacía años también había muerto en aquel coche.
Giré mi cabeza rendido hacia el suelo y descubrí un trozo de cristal que hacía unos minutos conformaba una botella de Skyy.
«Es mi única oportunidad», me dije a mí mismo, aprovechando la torpeza de mi antiguo amigo que yacía tirado en el suelo intentando levantarse después de haberse chocado con la esquina de la mesa.
Fijé mi vista en mis pies y en cómo me los había atado.
La embriaguez de Owen ni siquiera le había hecho darse cuenta de la poca fuerza que había ejercido para hacerlo.
Por ello, moví insistente los tobillos forzando la cuerda para lograr que se desatasen y en unos segundos mis pies quedaron liberados.
Él aún continuaba maldiciendo en alto mientras poco a poco iba recobrando la compostura e iba elevándose hasta poder mantenerse en pie.
Sin embargo, todavía era demasiado lento, pues ya me había dado tiempo a cortar la cuerda y deshacerme de ella cuando él alcanzó a levantarse del todo.
—¡Hijo de puta! —vociferó agresivo abalanzándose sobre mí e iniciando una pelea en la que me resistía a pertenecer.
Su cuerpo robusto se alzó ante mí tirándome al suelo y provocándome un gran dolor en la espalda.
Pero no había tiempo que perder, su puño ya estaba a punto de atizar mi cara, así que le di una patada y rodé hasta estar fuera de su alcance.
Él gruñó y se sacudió de dolor. Conmocionado, traté de salir de ahí, pero Owen lo evitó agarrándome del tobillo y tirando de mí.
Por suerte no lo hizo con demasiada fuerza y acabé encima de él, recuperando el control.
Le pegué un puñetazo que me dolió más a mí que a él, porque no quería hacerlo, no quería hacerle más daño, y una vez que percibí que estaba a punto de rendirse opté por levantarme poco a poco y dejarle en paz con sus demonios.
Pero la historia no terminó ahí, «ojalá lo hubiese hecho. »
Sin que me diese cuenta, Owen agarró el cristal que antes me había liberado de morir y me lo clavó en el estómago sin pudor alguno.
Una sonrisa tan sincera que me acobardó y dolió a partes iguales se formó en la comisura de sus labios.
Todo pasó tan rápido que las imágenes se amontonaban en mi cabeza.
Pronto escuché de fondo una ambulancia y sirenas de policías.
Ni siquiera sabía si lo que mis ojos divisaban era real, hacía un tiempo que ya nada lo parecía.
En mis sueños mi antiguo amigo había huido al escuchar a la policía llegar y había aparecido Nick para sacarme de entre las tinieblas y sujetar mi cuerpo inerte mientras sentía que el alma se escapaba de él.
Él me hablaba sin llorar, sé que estaba intentando ser fuerte por mí y no quería asustarme más de lo que yo lo estaba.
—Todo saldrá bien, Ty, todo saldrá bien, volveremos a casa y haremos como si esto nunca hubiese sucedido —dijo sorbiendo su nariz—. No te va a pasar nada, vas a salir de esta, la ambulancia ya está llegando… vas a salir de esta, te lo prometo…
—Te quiero, Nick, te quiero… —titubeé, pues los escalofríos ya me atormentaban sin parar—. gracias por todo lo que has hecho por mí, eres el mejor hermano que he podido tener…
Una lágrima que luchaba por no salir de los ojos de mi amigo cayó en mi rostro sujeto por sus manos. Todo se volvió negro al cerrar los ojos. No obstante, seguí sintiendo los brazos de Nick que me acompañaron en mi peor momento y quizás en el último.
Después me desperté y el sueño terminó. Aunque ahora sé que nunca fue una pesadilla, sino un recuerdo de lo que una vez olvidé y nadie quiso recordarme.
Cierro los ojos dolorosamente, como si sintiese el cristal entrando dentro de mí, como si la sangre saliese a borbotones y perdiese el conocimiento mirando fijamente los ojos de mi mejor amigo.
Durante años pensé que Owen se había suicidado, me habían hecho creer eso, pero este recuerdo es real, tiene que serlo.
Mi cerebro había intentado ocultármelo y todas las personas de mi alrededor también.
Me reclino, intentando recuperar el aliento.
Lo único que he celebrado durante los últimos meses y desde que pisé Tailandia por primera vez ha sido no tener en la cabeza los frenéticos recuerdos del pasado que trataban de arrastrarme de nuevo a las tinieblas.
Pensaba que lo había superado, había vuelto a ser feliz, a olvidar los peores momentos y a sonreír pensando en los buenos.
Pero esta historia nunca había sido así en mi cabeza, Owen no intentaba asesinarme, ni yo acababa en el hospital, ni mucho menos la cicatriz de mi torso pertenecía a una apuñalada y no a una caída que ocurrió cuando era niño.
Esos meses de mi vida habían sido borrados.
—¡Ethan! ¿Estás bien? —cuestiona una y otra vez Viktor—. ¿Estás bien?
Alzo la vista volviendo a sentir el frío y fijo mi mirada en Keita, que me contempla preocupado como si no fuese él quien tiene un pie dentro de la tumba.
No puedo evitar sentir lástima, impotencia y una tristeza arrolladora, pero no puedo hacer nada más aquí.
No puedo salvarle, ni siquiera pude salvarme a mí mismo por mi cegadora visión de la vida, por pensar que todo el mundo es bueno, que todo el mundo merece ser feliz.
No es así, he estado a punto de morir varias veces y en todas ellas mi vida pendía de un hilo por culpa de una persona a la que una vez subestimé en maldad.
No puedo seguir anteponiendo mi vida o la siguiente vez acabaré muerto. Esta vez me ha quedado claro.
—Lo siento, Keita —digo dedicándole una última mirada y negando con la cabeza.
«Puede que esta sea de las decisiones más cobardes o valientes que he tomado. Aún no sé cuál de las dos es.»