Capítulo 10
TYLER
L os pies me pesan más y más con cada paso que doy y mis muñecas aún sienten la presión de las cadenas y la frialdad de los copos cayendo descontrolados por donde también resbalaba la sangre.
El silencio reina durante un largo tiempo y solo el resoplar rezagado de Keita, las pisadas firmes de Viktor y la respiración agitada de April interrumpen una armonía que hacía mucho que no sentía.
El ruso es el primero, el que dirige y nos guía por el oscuro y antiguo sistema de alcantarillado y quien se preocupa de que ninguno nos quedemos atrás.
Por más que hubiese preferido no adentrarme en este infierno, es una suerte haberme cruzado con él aquí y en la vida.
Las palabras siguen sin salir de nuestros cuerpos, quizás sea demasiado pronto para hablar de estos meses con April, o para contarles la verdad a Keita y Viktor, pero si hay algo de lo que no cabe duda es de que todos merecen saber quién soy y cómo acabé aquí, incluida April, aunque la realidad duela y estremezca, e incluso asuste.
Tras esa cárcel, Tyler puede volver a renacer, volver a vivir, a pesar de que los recuerdos de Ethan se hayan quedado grabados como un tatuaje impregnado en la piel.
Creo que me merezco una segunda oportunidad, ¿no?
El estupor que me provoca el cansancio y el vaho saliendo de mi cuerpo con cada respiración, me traslada a un lugar lejano y cercano a la vez, un lugar en el que pensé que moriría y acabé sobreviviendo una vez más.
Tras la muerte de Luciano Rizzo cualquier atisbo de violencia había quedado doblegado al miedo hacia mí y mi pequeño grupo.
La falsa valentía de los reos había mermado y las peleas se disolvían si nosotros aparecíamos, sin tan siquiera darse cuenta de que la mayoría de las veces tan solo pasábamos de manera fortuita.
Nadie quería tener problemas con nosotros, nadie, y eso en cierta manera era tranquilizador, pero, por mucho que yo quisiera, no conseguía olvidar el porqué.
Ya había matado a dos personas, y aún no había cumplido cuatro meses allí, tres de ellos en aislamiento, ¿cuántos cadáveres me quedaban por sepultar?
Un escalofrío recorría mi columna vertebral cada vez que esa pregunta aparecía en mi mente, sin embargo, en cuestión de minutos, la ansiedad se desvanecía pues de lo contrario, la locura no habría tardado en arrancar cada ápice de mí.
Ya era octubre y los árboles, que solamente podía observar a través de una gran jaula, empezaban a mudar su piel.
Anhelaba el otoño de Virginia, ver las hojas caer y disfrutar de los paisajes que representaban mi estación favorita.
Suspiré cuando la alarma resonó en el patio y caminé altivo hacia el interior de la prisión mientras un grito ahogado sumergió a mi yo interior en un pozo demasiado profundo como para poder salir sin más.
Pero de pronto, algo sucedió, la paz que por unas semanas había gobernado la cárcel se disipó, todo ocurrió demasiado rápido.
No lo vi venir, únicamente lo sentí. Escuché el griterío, los disparos de los guardias y el calor de la sangre recorriendo por mi mono, pero no por mi piel, y a Keita musitando un “ayúdame”.
Las voces del resto fueron bajando su volumen hasta permanecer en un limbo en el que nada parecía real, y mi vista nublada, quizás por el shock, no era capaz de ver más allá del cielo y las nubes que recorrían el cielo lentas, pero también precipitadas.
Sentía un gran peso asfixiando mi pecho y hasta que no cerré los ojos y los volví a abrir, no pude ser consciente de lo que había ocurrido en el patio.
El enfermero, serio y poco ortodoxo, me contó la historia por encima, y después me despachó de la “enfermería”, que poco se parecía a una habitación de hospital normal y que mucho menos cumplía con las medidas sanitarias e higiénicas.
La cabeza aún me palpitaba y la sed de venganza abanicaba el calor que abrasaba mi garganta.
El nombre de aquel preso resonaba en mi cabeza, aún siendo consciente de que el enfermero me había dado su identidad con una única finalidad: ser yo quien acabase en la morgue.
Pero ahora mismo nada me importaba, creía que Keita jamás se recuperaría, no me creía que esta cárcel fuese capaz de hacer una intervención de tal magnitud, «imposible, los presos les importan una mierda», repetía una y otra vez para acallar al ángel que me susurraba que no lo hiciese.
Sorteé con gran disimulo y rapidez todos los módulos, rezando para que Viktor no apareciese de improvisto y me hiciera cambiar de opinión. La decisión estaba más que tomada y el cartel del módulo cinco no tardó mucho en abalanzarse hacia mí enérgicamente.
Solamente me quedaban unos metros para llegar hasta la celda, cuando vi a varios de los guardias acceder a ella.
Mi mandíbula se torció y mi nariz se arrugó enfadada, «¿qué demonios había pasado ahí?
» El cuerpo del maldito que había pretendido acabar conmigo y que por desgracia se llevó a quien no debía, estaba sujetado por los policías altaneros que reían a carcajada limpia mientras se acercaban a mí.
Hubo uno que más allá de mirar, se atrevió hablar y los demonios comenzaron a gritar en mi cabeza, que impotente y triste, yacía desesperada por encontrar un sentido a todo esto.
—Parece que se te han adelantado —pronunció sediento de disputa para después romper en una gran carcajada con la que me salpicó saliva en el rostro.
Mi puño se elevaba a cámara lenta, al mismo tiempo que un temblor agitaba mi brazo, pero alguien lo agarró con fuerza y paralizó todos mis sentimientos susurrándome al oído:
—No podía dejar que otra muerte más se acumulase en tu historial.
La tenue voz de Viktor me hizo despertar de esa pesadilla, y de la agitación y necesidad de venganza, y aunque la tercera muerte no tardase en llegar, el monstruo que llevaba dentro se quedó dormido durante unas semanas más.
Por muy increíble que sonase, Keita sobrevivió, y yo me prometí cuidarlo para siempre, ya que él había dado la mano a la Parca con tal de salvarme a mí.
Cuando volvió a su celda, después de un mes, nada había cambiado, los presos volvían a tenernos miedo y la realidad se tornaba menos peligrosa.
Pero había algo que no entendía, no podía comprender por qué lo hizo.
Él trató de explicarme que fui yo quien le salvó primero cuando el italiano quiso matarlo, sin embargo, mi terca mente era incapaz de aceptar que aquello que yo hacía instintivamente por el resto, también lo hicieran por mí.
—¿Es que tú no te mereces ser salvado nunca o qué? Eres el héroe que todo controla y que hace que todo lo que esté a nuestro alrededor no nos haga daño. A veces tienes que soltar las riendas, y dejar que el resto se ocupe —exclamó exaltado por la impotencia y la ira.
—Fue una locura, Keita, podrías estar muerto —dije yo tratando de poner cordura en la conversación.
—No he hecho nada que no hayas hecho tú, ni nada que no hubieras hecho en mi situación.
Ni siquiera pondría la mano en el fuego jurando que no lo harás en un futuro, porque eres así, leal hasta la muerte, literalmente —sentenció, mirándome a los ojos— Tienes que acostumbrarte a la lealtad mutua, a la que parece inexistente en un lugar así, ahora es lo único que tenemos —declaró tan maduro que casi me asusté, pero, al fin y al cabo, eso es lo que te hacía esta cárcel, la imposición de madurez era innegociable, y puede que la lealtad incondicional y suicida hacia los tuyos, también.
Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi cabeza, y a día de hoy, aún sigo escuchándolas cada vez que me quedo a solas conmigo mismo.
Puede que tras superar la muerte de mis padres y la de Rebeca tomase un billete de solo ida hacia un destino en el que debía ser la personificación de la lealtad, y ¿por qué no decirlo?
De la idiotez. Tal vez quiera de manera enfermiza ser yo quien salve a las personas de mi alrededor porque veo en sus ojos a aquel crío que apretaba la mandíbula y contenía las lágrimas mientras sonaba el Hallelujah en la iglesia.
Quizás no quiera ser yo el salvado porque siento que vuelvo a ser ese niño, perdido e inseguro.
Pero está claro que ya no soy ese niño, ¿por qué me cuesta tanto sobrellevarlo?
Una tos recurrente desde hace unos segundos me devuelve a la realidad, y es ahí cuando me doy cuenta de lo agotados que estamos todos. Es inevitable que las horas empiecen a notarse, así que las dudas sobre avanzar o descansar empiezan a abrumarnos:
—¿Por qué no seguimos? —pregunta April mientras recupera el aliento—. Cuanto antes salgamos de aquí mejor, tengo miedo de que los guardias vengan a por nosotros. —El ruso y yo soltamos una carcajada, al oír sus palabras.
—Los guardias no entrarían aquí ni aunque su vida pendiera de un hilo —pronuncia mi amigo, sentándose y apoyándose contra la pared.
—¿Por qué? —Su mirada se gira hasta encontrarme a mí, mientras poco a poco también me deslizo hacia el suelo para dejar a mi cuerpo descansar.
—Es una historia larga, pero se dice que, a partir del kilómetro diez y medio, hay bombas escondidas.
—Sus ojos se abren como platos al escucharme, y cuando está a punto de hablar, le interrumpo—: Viktor conoce estos túneles a la perfección, no nos ocurrirá nada, sabe exactamente dónde está cada uno de esos explosivos, así que respondiendo a la pregunta que sé que ahora mismo recorre tu mente: no, no estamos en peligro, y no es tan locura como crees.