Capítulo 10 #2
Sus mejillas se encienden al darse cuenta de que he leído su mente.
Siempre he sentido que uno de mis talentos ocultos era conocer a la gente, un minuto me sobra para conocer cómo es alguien, y April es un libro abierto, a diferencia de Elle.
A lo mejor por eso llamó mi atención con tanta intensidad, necesitaba pasar las páginas y conocer qué pasaba por su cabeza en las noches oscuras y las mañanas más soleadas.
Únicamente necesitaba resolver cada uno de sus misterios…
aunque puede que nunca llegue a conocerla de verdad, ¿acaso la Elle que yo creía conocer, me hubiera dejado pudrirme en la cárcel?
¿De verdad tengo que creer que ella se mantenía ajena al plan de Caitlyn?
Mis pensamientos se paralizan cuando el rostro de April deja de parecer la llama de una gran hoguera, y recupera el aliento para continuar la conversación.
—¿Y cuánto nos queda para alcanzar los diez kilómetros y medio? —Su voz entrecortada por el nerviosismo suena con cierto retintín. Sé que es difícil confiar tu vida a una persona que acabas de conocer, pero yo jamás haría algo que pudiera ponerla en peligro.
—Cincuenta metros —sentencia con cierta arrogancia Viktor—.
y el campo de minas solo son doscientos, pasaremos el infierno en un par de minutos, —Cierra los ojos y cruza sus brazos—.
así que vamos a descansar un poco, Ethan y yo llevamos días sin dormir.
Intentad dormir algo, los nervios y el cansancio no nos pueden jugar una mala pasada.
En cuestión de segundos siento cómo mis ojos caen en un sueño irremediable. Mis párpados se hunden agotados y dejo de notar el frío externo. Después, las pesadillas tratan de atraparme con gran ímpetu.
Pájaros cantan al son del suave viento que brota en el ambiente y que de manera inevitable acaricia mi piel provocándome pequeños escalofríos.
No estoy en Rusia, esto es completamente diferente.
Un prado verde de color intenso me rodea y el sol brilla con gran intensidad al oeste, donde apenas un par de nubes luchan por mancillar el destello y el calor que el gran astro ofrece.
Respiro hondo disfrutando del momento sin pensar más allá, pero de pronto, inesperadamente, un rayo cae frente a mí.
Casi puedo sentir la electricidad llegando a la punta de mis dedos.
Vuelvo a dirigir mi vista al cielo, buscando respuestas, y lo que antes presumía ser un buen día soleado, ahora se torna a una tormenta infernal que dista mucho de la embriagadora postal anterior.
El agua comienza a caer violenta y las gotas golpean con fuerza mi cuerpo que, a pesar de no tener cicatrices, sí parece ocultarlas bajo la piel, pues el dolor es superior en algunas partes e infinitamente insignificante en otras.
—Ven, ven por aquí —grita una voz lejana cuya sombra permanece misteriosa a unos cuantos metros de mí.
Trago saliva nervioso barajando si me arrepentiré en un futuro por haber seguido a esa extraña voz, pero los segundos se agotan al ver un relámpago alumbrando el firmamento, y sentir tras él, un fuerte resonar que retumba en el suelo y me hace caer.
Pretendo levantarme rápidamente, pero mis pies pegados al sustrato son incapaces de luchar.
Un grito ahogado sale a la luz mientras intento salir de aquel infierno y la persona que me esperaba rompe en una carcajada.
Ahora sí puedo verla con claridad, puesto que se acerca lentamente hacia mí con firmeza y altanería.
En su mano derecha puedo distinguir un arma y cuando las pisadas dejan de sonar, el fin de la tormenta revela su identidad.
—Adiós, Tyler. —Sus ojos azules difíciles de olvidar me disparan con precisión, al igual que la pistola que sujeta con sus manos.
—Elle, ¿por qué? —alcanzo a decir antes de sentir la bala quemándome por dentro—. ¿por qué me haces esto? —pronuncio por última vez antes de ser consciente de que la vida se me escapa poco a poco de las manos.
Me despierto sobresaltado, con el pecho encogido, las lágrimas brotando desesperadas de mis ojos, y el corazón a punto de explotar en mil pedazos.
—¡Ethan, Ethan! ¿Estás bien? —exclama Viktor, al mismo tiempo, que agita mi cuerpo, tratando de despertarme.
—Sí, sí, —contesto, levantándome del suelo aturdido con la visión borrosa y la oscuridad ocultándome la realidad—. solo ha sido una pesadilla, perdón por despertarte.
—¿Por despertarme?
—Sí, estabas dormido, querías que descansáramos un poco, tú fuiste el primero que se durmió. —El ruso arquea su ceja al escucharme y luego rompe a reír.
—Llevo años sin dormir bien, dudo que me durmiera el primero. —Se encoge de hombros—. Dormiré cuando estemos fuera.
—¿Fuera? —pregunto mientras me levanto desesperado con un nudo formándose en mi garganta.
Mis ojos pestañean incesantes buscando la luz y de pronto, veo la realidad, aún seguimos en la cárcel—.
¿Qué demonios hacemos aquí? —La celda se antoja más pequeña de lo habitual y el tímido aire comienza a oprimirme el pecho—.
Habíamos salido, habíamos salido, ¿qué hacemos aquí de nuevo?
Esto es un sueño, tiene que serlo, no puede ser verdad —musito agitando los brazos y caminando a lo largo de los pocos metros cuadrados que tengo frente a mí.
—Ethan, cálmate, lo intentamos, intentamos salir hace un año y no lo logramos, has estado teniendo esos sueños desde entonces, pero solo son eso, sueños.
La realidad es esta —declara agarrando mis hombros e intentando tranquilizarme—.
Vamos, no hay tiempo que perder, un amigo nuestro tiene algo que contarnos.
—Esboza una sonrisa, y tras ello, tira de mí, arrastrándome hacia un lugar al que no he elegido ir.
—¿Qué amigo? —cuestiono, siguiendo sus pasos que, tras un par de metros, se detienen con un semblante casi intranquilizador.
—Joder, tío, el sueño de hoy te ha dejado imbécil, madre mía. —Resopla, mientras suelta una carcajada—. Anda, vamos, es aquí.
Camino cabizbajo, pensando en si realmente Viktor tiene razón y esto solamente ha sido un sueño esperanzador producto de una mente trastornada incapaz de afrontar la realidad.
Resoplo y mi amigo me sonríe. Después, él se para con el fin de entrar en una de las celdas, sombría y extremadamente diferente.
Nos acercamos lentamente como si hubiera algo que nos advirtiera de que no siguiéramos, como si nos susurraran que pronto caeríamos en una trampa.
Pero realmente no hay nada, solo nosotros y una serenidad inquietante.
El silencio se interrumpe de repente con la figura de alguien en la oscuridad y una lámpara que apenas alumbra más de un metro.
Sin embargo, la tenue luz es suficiente para saber que la celda no es una celda, sino una habitación grande en la que no suceden cosas buenas.
La voz ronca de Fernando Méndez perturba mi razón, y sus palabras aún más:
—¿Quién será nuestra siguiente victima? —grita y ríe como un caballo desbocado, y entonces pequeñas zonas de la habitación se iluminan y dejan entrever fotografías de personas.
Las miro con miedo, y una llama de fuego se forma en la boca de mi estómago, asfixiándome por dentro y por fuera. Veinte fotografías. Veinte personas. Veinte muertos.
—Son todas las personas a las que has matado estos meses, Tyler, ¿quién va a ser el siguiente? —sentencian Viktor y Fernando Méndez a la vez, matándome en vida.
Un grito resuena por el sistema de alcantarillado y el sórdido dolor en mi garganta me recuerda que he sido yo quien ha emitido ese sonido.
Keita agita mi cuerpo sobresaltado y yo, con los ojos humedecidos y el corazón descontrolado, pretendo recuperar el aliento con respiraciones cortas.
Pero mis párpados vuelven a caer y mi visión se va desvaneciendo hasta que la oscuridad comienza a susurrarme a los oídos y me arrastra con ella, de nuevo.
El frío entra por las rendijas y me levanto desubicado de la cama.
Mis pies descalzos se arrugan, al igual que mi piel erizada y congelada.
Camino a oscuras por la casa, la conozco de memoria, a pesar de que lleve años sin andar por sus pasillos.
Observo desde las más tenues tinieblas que todas las ventanas están cerradas.
«Qué extraño», me permito decir en bajo, como si luchase por no despertar a nadie de la casa.
Niego con la cabeza al ser consciente de que lo que he pensado es una tontería, mis padres murieron hace más de diez años.
El viento, cuya causa aún es desconocida para mí, irrumpe con fuerza y atiza las contraventanas que rebeldes pelean por no sucumbir a su furia.
Siento un escalofrío y escucho su voz. Corro hacia el lugar de donde proviene y cuando llego allí, tan solo veo un espejo.
No hay ni rastro de mi padre. En cambio, las luces de las farolas me permiten ver mi reflejo.
Acaricio mi cara con resentimiento y resignación.
«Este no soy yo, este no soy yo», repito una y otra vez, esperando que mi rostro vuelva a su estado natural.
—¡Yo no soy Fernando Méndez! —grito agitando con rudeza el espejo que de manera sobrenatural acaba por hacerse añicos en uno de esos balanceos.
La calma vuelve a resurgir, pero en uno de esos pequeños cristales, aún quedan deudas que rendir.
—Eres igual que yo —pronuncia el reflejo del venezolano.
—¡Ethan! —gritan Viktor y Keita desenfrenados, tratando de despertarme.
—¡Ha abierto los ojos, los ha abierto! —exclama mi amiga con una sonrisa formándose en la comisura de sus labios—. Tyler, ¿estás bien? ¿Puedes oírnos? ¿Puedes vernos? —pregunta sin parar y yo respondo aturdido, asintiendo con la cabeza.
—Salgamos lo antes posible de aquí, ya se ha hecho demasiado tarde, y Ethan o Tyler o quien demonios sea — declara el ruso con el ceño fruncido—. necesita descansar, beber agua y comer algo. Llevamos demasiado tiempo sin hacerlo con tranquilidad.