Capítulo 7
ELLE
L as luces de la ciudad moscovita ya podían apreciarse desde la ventanilla del avión en la oscuridad de la noche, y eso hacía que las mariposas flotaran por mi estómago, a pesar de que un mal presentimiento las agitara cada poco tiempo.
Tyler agarró mi mano con fuerza cuando las turbulencias propias del aterrizaje se hicieron presentes y me acarició haciendo formas circulares en la palma al sentir que mis dientes castañeaban incesantes por la tensión.
Mi corazón se ralentizó al notar que tocábamos tierra, aunque si soy sincera, mi corazón no tenía ni idea del tormento al que se tendría que someter tan solo unos minutos después.
—Elle, es ahora o nunca. —Él me ofrece su mano y yo la cojo con fuerza.
Después, simplemente me dejo llevar.
El viento me azota enérgicamente durante los segundos que vuelo a través del tiempo.
El frío avanza por mi cuerpo y se aferra a mi piel, adentrándose en lo más profundo de mi ser.
Aprieto la mandíbula hasta sentir un dolor profundo que acaricia mi cuello y se deja llevar más allá, llegando incluso a petrificar mi cabeza en una ensordecedora tortura.
Caigo desplomada en la carpa que cubre el bar antes que Fyodor, y con la consciencia aturdida y el shock cubriendo mis espaldas, el ruso aparece a mi lado.
Este me sonríe tras echarme un vistazo y comprobar que estoy bien.
—Lo has conseguido, Foster —exclama saltando de la carpa y ofreciéndome sus brazos para que yo haga lo mismo.
Doy un brinco sin rozar sus manos y le sonrío de vuelta, dándole a entender que no necesito a nadie que me ayude.
Luego, cuando ambos ya hemos empezado a caminar dejando atrás un escenario difícil de explicar, decido preguntarle por qué conoce mi apellido.
Su respuesta es rápida, sencilla, previsible: «Ya te he dicho que conozco a tu hermana» .
—¿A dónde vamos a ir ahora? —pregunto intrigada y con la adrenalina aún corriendo por mis venas.
Antes de que Fyodor me conteste, mi mente ya se ha transportado a un momento en el que pronuncié esas mismas palabras. Un momento que sigue congelándome por dentro y que hace que viva en un invierno permanente aún más frío que el ruso.
Outro de M83 resonaba en los cascos sin apagar de alguno de mis amigos, mientras avanzábamos juntos por el Aeropuerto Internacional de Moscú-Domodedovo.
Nuestra sincronización, nuestra unión… era como si todo nos perteneciese, como si fuéramos los dueños de nuestra vida y de ese tiempo en el que todo parecía pararse para el resto.
Pero era completamente al revés. Sin darnos cuenta, nuestros relojes eran los únicos que no cesaban de correr, eran imparables, tenían el tiempo contado.
Aunque realmente éramos nosotros quienes nos aproximábamos con cada paso a la recta final.
Ninguno parecía tener el suficiente valor como para abrir la boca y romper el silencio pues en cierta manera sabíamos que eso destruiría todo lo que habíamos formado.
La certeza de volver a casa juntos era mínima, y daba miedo, mucho miedo.
Con Sombra muerto, ¿qué más podíamos hacer?
Lo peor de todo es que conocíamos la respuesta, Sombra aún no estaba muerto, o eso pensaban los que más sabían del tema, como Troy o mi hermana, a pesar de que no se atrevieran a decirlo en alto.
Pero, entonces, ¿quién demonios era Sombra?
Y lo más importante, ¿quiénes éramos nosotros?
Habíamos vivido durante años fingiendo vidas normales, más o menos difíciles, pero a ojos del resto, corrientes, y ahora resultaba que habíamos estado en peligro cada maldito día.
Los metros se fueron consumiendo cuando nos acercamos a la salida tras recoger las maletas.
Un beso furtivo de Tyler en mis labios se cruzó a la vista del resto, pero ninguno bromeó ni dijo nada, porque eso supondría iniciar otra conversación más incómoda.
Muy a mi pesar, mi hermana derribó el castillo de naipes que habíamos tratado de proteger por todos los medios.
La única verdad es que todos preferíamos la incertidumbre antes que la seguridad si eso suponía separarnos.
—Chicos, es la hora —sentenció Caitlyn con una frialdad casi inquietante.
—¿A dónde vamos a ir ahora? —dije al mismo tiempo que agarré con fuerza la mano de Tyler, esperando una respuesta más optimista de la que obtuve.
—Tenemos que separarnos —pronunció y entonces, la guerra estalló, fuera y dentro de cada uno de nosotros.
—La Mafia rusa tiene cientos de pisos francos por todo Moscú, iremos a uno de ellos y esperaremos a que Viktor y Anastasia lleguen —exclama sin apenas mirarme a los ojos.
—¿Y mi hermana? —Me paro en seco al terminar de hablar, no me moveré hasta no saber dónde está Caitlyn, no la volveré a perder otra vez.
—Viktor y Anastasia lo solucionarán, pero tenemos que esperarles.
Nuestros ojos se juntan en la oscuridad de la ciudad tan solo abrigada por los semáforos que brillan intermitentes y las farolas negras que aún ensombrecen más la realidad.
Las personas que atraviesan las calles se quedan contemplándonos, bueno, contemplándome.
Mis zapatos y mi vestido son demasiado cantosos en un lugar como este.
—Elle, no podemos pararnos aquí, nos están buscando, aquí no estamos a salvo —dice agarrando con suavidad mi brazo y notando los escalofríos que recorren por su cuerpo—.
Toma, no me dio tiempo a coger tu chal en el restaurante, aunque, siendo honestos, tampoco creo que mejorase mucho la situación.
—Baja la cremallera de su parka negra, y se la quita con rapidez dejando a la vista el traje con el que nos ha atendido en el restaurante.
Él me ofrece la cazadora con seriedad y yo la rechazo sin pensarlo dos veces—.
Vamos, Elle, estás congelada, yo estoy acostumbrado al frío —insiste hasta que me convence de aceptar su proposición.
—Gracias —pronuncio, volviendo a caminar—, pero ¿dónde está mi hermana? Necesito saberlo, puede estar en peligro.
—Elle, —Nuestros pasos vuelven a detenerse y Fyodor coloca sus manos en mi rostro mientras comienza a explicarme la situación que tanto me cuesta asimilar—. Sombra os quería a las dos, quiere haceros sufrir a las dos, pero Fernando Méndez solo te quería a ti.
—¿Por qué?
Frente a un escaparate de una tienda de informática, las televisiones apuntan hacia el cuerpo del ruso.
Sus pupilas dilatadas por el claro color de sus ojos se hacen más pequeñas al sentir la luz de las pantallas, e incluso tiene que pestañear varias veces por la sensibilidad.
Sus labios se abren para dar rienda suelta a las palabras, pero un clic opaca el silencio que se había formado en torno a nosotros.
Pronto todo se desvanece y las prisas y el miedo vuelven a perseguirnos.
Fyodor agarra con fuerza mi brazo y tira de él arrastrándome hacia una carrera inesperada, e imprevisible.
Tan solo un: “Nos han encontrado” ya es suficiente para que mi corazón se acelere de manera desmesurada, para que mis pies caminen siguiendo mis latidos, para que la adrenalina forme parte de mí.
Giramos a la derecha intentando despistarles, después a la izquierda, y durante un segundo me permito dar una gran bocanada de aire.
Las manos frías del ruso no sueltan las mías mientras continuamos nuestra huida y yo lo agradezco, en ocasiones me hubiera quedado atrás, y más con estos malditos zuecos sanitarios.
Corremos unos metros más antes de volver a girar hacia un callejón sin salida, y entonces, nos paramos en seco.
—¿Qué hacemos aquí, Fyodor? —digo a duras penas, al mismo tiempo que intento recobrar el aliento.
—Estos cabrones conocen Moscú a la perfección, sus calles, sus casas, pero no conocen las discotecas clandestinas como yo, ni conocen a sus dueños. —Las palabras sin sentido del ruso se amontonan en mi cabeza. «¿Por qué demonios habla ahora de discotecas?»
—Ven, no hay tiempo que perder —exclama caminando hacia un soportal protegido por un hombre robusto.
Su expresión se vuelve despreocupada al igual que su mandíbula se relaja, dejando a la vista una sonrisa bonita y pícara a la vez.
Anda de manera chulesca, como si fuera el dueño de todo lo que nos rodea y justo antes de cruzarse con el guardián del portal número 24, vuelve a fruncir el ceño para después romper en una carcajada conjunta que envuelve al grandullón y al ruso.
—¡Novikov! ¡No me jodas que este antro sigue abierto! —vocifera Fyodor sin pensar en que hace unos segundos estábamos siendo perseguidos.
—¡Maldito Smirnov, claro que está abierto! ¡Cuánto tiempo sin verte! —Ambos chocan sus puños. La mano del segurata está cubierta de anillos brillantes y extravagantes.
—Pues necesito que me hagas un favor, —El hombre se cruza de brazos y arquea las cejas al escuchar lo que su antiguo conocido está a punto de decir—: necesitamos entrar.
—Fyodor, los extranjeros no pueden entrar, y está claro que ella… —Su gran dedo índice me señala con rechazo—. no es rusa.
— Mikhail, ¿te recuerdo que me debes una? —comenta Fyodor antes de ser fulminado por la oscura mirada del portero—. Bueno, de hecho, me debes más de una.
La incomodidad está latente en el ambiente iluminado tenuemente por las pocas estrellas que nos vigilan desde arriba interesadas en saber cómo acabará la situación.
—Pasad, pero que ni se le ocurra abrir la boca, ya sabes qué tipo de personas hay ahí dentro —declara tras un juicioso vistazo hacia mi persona.