Capítulo 7 #3
—Podéis ir, yo puedo con él, haré que recuerde el último día de su vida —proclama ante sus súbditos dando a entender que él es el rey.
Mi mirada perdida no atiende a razones, mis pies descalzos han empezado a estremecerse, los escalofríos cubren mi piel y de mis pestañas resbalan copos que bien podrían juntarse con las lágrimas.
Trago saliva de manera compulsiva y siento un cosquilleo que adorna toda mi columna vertebral.
Sergei continúa paseando una y otra vez, no entiendo por qué, quizás quiera alargar mi penitencia, mi condena, puede que quiera aumentar la tortura por medio del tiempo.
Alzo mi vista, contemplando por última vez el peor sitio en el que pude caer, la peor fortuna que una persona puede tener, aunque realmente la suerte no fuese la precursora de este tormento.
«¿Por qué Caitlyn? ¿Por qué me metiste aquí?
Y, tú, Elle… ¿formaste parte de esto? ¿Quién eres realmente?
» Una lágrima resbala por mi rostro, la última que alcanzo a sentir antes de que el gélido entorno me arrastre consigo.
El ruso comienza a hablar del tiempo, de lo que puede hacerle a la mente, y al corazón, ahora sí que no me cabe duda de que la espera también pertenece al castigo.
Mis oídos sordos a sus palabras tan solo escuchan la canción que sonaba en mi iPod cuando me detuvieron en el centro comercial Gum, We might be dead by tomorrow de Soko .
¡Qué curiosa es la vida!, nunca una canción había descrito tanto mi futuro y jamás había estado tan equivocado.
De verdad creí que iba a comenzar una vida nueva en Rusia durante unos meses.
No era la ilusión de mi vida, pero es lo que me había tocado y quizás me valdría para crecer y aprender nuevas cosas.
Estaba dispuesto a tomármelo como unas vacaciones, aunque fuese a echar de menos a mi gente.
Eso sí, no pensé que pasaríamos más de un mes apartados y mucho menos entraba en mis planes acabar en una cárcel rusa de máxima seguridad.
Resoplo. Los vigilantes de las altas torres se despiden con un saludo cordial y un movimiento de cabeza, mientras dejan paso a los siguientes, que aún tardarán un par de minutos en llegar.
—No has escuchado nada de lo que te he dicho, ¿verdad? —pregunta acercándose a mí de forma chulesca. Su mano metida en el bolsillo derecho me indica que el látigo está a punto de entrar en escena. Las horas han quedado doblegadas al sufrimiento físico.
Se dispone a sacarlo sin dubitaciones, ya no hay nada que pueda atrasar lo inevitable, pero prefiere caminar un poco más y colocarse a escasos centímetros de mí para después escupirme.
Una carcajada suena en todo el patio. Yo que he cerrado los ojos en el momento en el que he visto sus intenciones, y que he permanecido así unos segundos más por temor a que continuase con su asqueroso castigo, me sorprendo al sentir algo que me empuja hacia atrás de manera abrupta.
Las cadenas evitan que mi cuerpo se mueva más de unos centímetros, y abro los ojos con miedo pues desconozco por completo esta nueva pena.
El cuerpo inerte de Sergei abalanzado sobre mí cubre mi cuerpo con una sábana de sangre, ¿qué demonios acaba de suceder?
Intento deshacerme de él balanceándome e incluso doblando las rodillas mínimamente para así empujarle lejos, pero atado es imposible, pesa más de lo que puedo aguantar.
Los grilletes ya han comenzado a desgarrar mi piel y yo impaciente e impulsivo continúo con la búsqueda de algo que pueda retirarme esta carga que cava mi tumba progresivamente.
—¿Necesitas ayuda? —Una voz conocida se escucha más allá del cadáver de Sergei, y cuando éste aparta el cuerpo del ruso tirándolo al suelo y comienza a desatarme las cadenas, mil preguntas aparecen en mi cabeza.
—¿Qué haces aquí? Pensé que os habíais ido —pregunto confundido mientras observo mis muñecas magulladas y me voy vistiendo poco a poco.
—Jamás dejaría a un hermano tirado. —Viktor agarra mi mano para chocar nuestros puños, recreando nuestro saludo, y después nos damos un abrazo que apenas dura unos segundos. No hay tiempo que perder.
Los guardias del siguiente turno aún no han llegado a las torres así que corremos todo lo que mi cuerpo torturado me permite y nos deslizamos hasta llegar a la única alcantarilla de todo el patio.
La humedad no tarda en hacerse presente en cuanto pasamos el umbral y cerramos la compuerta.
Mis piernas, resentidas al bajar la escalera de gato y aún más al saltar, agradecen tocar por fin tierra firme.
—¡Mirad a quien he traído! —exclama sonriendo mi salvador ruso.
—¡Ethan! —Keita grita con una alegría desbordada mientras se tira a mis brazos.
Todo son sonrisas, carcajadas y miradas de complicidad, menos April, que nos contempla crítica y fría. Yo, fatigado y al mismo tiempo, extasiado, camino hasta ella y pronuncio un: «Te he echado de menos» que rompe todas las barreras que la morena había creado.
—Me alegro de que estés vivo —sentencia abrigando mi cuerpo con sus brazos y dejando caer un par de lágrimas que resbalan por mi sucio mono.