Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

ELLE

U n hilo de luz se coló por la contraventana.

Parpadee tres veces intentando deshacerme del resplandor que me impedía conciliar el sueño.

Otra vez me había vuelto a olvidar de atar las malditas cortinas.

Al fin y al cabo, eso era algo que siempre hacía mi hermana, y no había un solo día desde su muerte en el que me hubiese acordado de hacerlo antes de que las luces de las farolas inundasen las calles.

Puede que no consiguiese recordarlo en un impulso por creer que ella se deslizaría hasta mi habitación, ataría las cortinas con sus finos dedos, besaría mi frente pensando que ya estaba dormida y dejaría un halo de perfume de vainilla tras ella.

Aunque puede que solo fuese una costumbre tonta y absurda que no conseguía quitarme de encima.

Ludovico Einaudi se introdujo por mis oídos y yo cerré los ojos acariciando la única paz que la música me permitía sentir.

Tarareé, pausando mi vida, y, por un momento, sonreí.

Pero todo se quebró al escuchar Experience, y todo lo que esa canción me transmitía.

Sentí una tormenta de emociones, y llegar al ojo del huracán, cuando todo parecía ir bien, cuando todo parecía mejorar, fue lo que más me rompió, porque al salir de él todo lo que había creído construir se desvaneció y el sentimiento de soledad volvió a aparecer.

Me arrastré por la casa, bailé mientras reía en las partes serenas y rompí a llorar al mismo tiempo que la canción.

El viento de la tormenta me agitaba, me envolvía y me hacía sentir escalofríos.

Las gotas comenzaron a resbalar por mis mejillas, mis pies no podían parar de bailar, o correr, o huir.

Y entonces paró. La tempestad se disolvió en un acto cobarde, y recordé, y respiré.

Pero ya era demasiado tarde. Otra vez el huracán me abrazaba con fuerza, me hacía sentir pequeña, diminuta, lejos de ese mundo.

No pertenecía a este mundo. Cerré los ojos, intentando alejarme de esa pesadilla.

Me imaginé a mi hermana, corriendo por la playa, ambas de la mano, sonriendo y entonces, ella me miró seria, imperturbable, y sentenció con sus labios: «Todo saldrá bien».

Me dejé caer al suelo, y sentí cómo sus brazos me abrazaban hasta hacerme estremecer, hasta sentir su calor abrasando mi piel, y fue ahí cuando comprendí que todo estaría bien mientras no la olvidase.

—¡Cuidado! —Una voz resuena en mi mente, mientras tiran de mí haciendo que me abalance contra la acera.

El pitido del coche, que ha estado a punto de atropellarme, se aferra a mis oídos y tarda unos minutos en desaparecer por completo.

Levanto la mirada, desubicada, aturdida, y con un dolor insoportable en la zona baja de la cabeza, y veo a la persona que acaba de salvarme la vida.

Moreno, ojos azules… Una completa alegoría, la personificación de la salvación en unos ojos del color del mar.

Las luces de los coches provocan flashes en mi vista, y yo, incapaz de mantener constantemente la vista alzada, comienzo a pestañear.

—¿Dónde está … —Mi boca está seca, y me cuesta articular las palabras—. mi hermana?

—No lo sé, pero aquí no estás segura. —El camarero agarra mis brazos intentando levantarme, pero yo apenas puedo sostenerme sobre mí misma.

Él me contempla asombrado, pensando que es el shock , pero al mostrarle mis manos cubiertas de sangre, y percibir cómo una gota baja lentamente por mi cuello, saca el móvil, y temblando sin cesar, pronuncia—: Mne nuzhna skoraya . [12]

La grave voz del chico comienza a disminuir como si alguien estuviese bajando el volumen cerca de nosotros.

Sus manos, suaves y frías, rozan mis hombros desnudos — ni siquiera me ha dado tiempo a coger el chal — , y me estremezco de tal forma que siento cómo mi cuerpo entero se agita.

Las yemas de sus dedos se sienten como copos de nieve cayendo por mi piel.

Con furor, recorren aquellas zonas que olvidé cubrir y veloces me adentran hasta el más helador de los inviernos.

Abro la boca, pretendiendo pedirle que traiga mi chal, que me lo dejé cuando salí del restaurante y que seguramente aún esté allí, pero no puedo, parece que mi voz baila al son del silencio.

La cabeza me duele, y las luces que adornan las calles se amontonan en mi cabeza, impidiéndome ver con claridad.

Mis ojos enfocan y desenfocan de un segundo a otro, sin parar, durante un rato.

Sin embargo, el tiempo se detiene al sentir un gran mareo, que me aleja de ahí y que, de nuevo, me arrastra hacia una oscuridad que no he elegido.

El sonido abrumador de la sirena de la ambulancia me despierta del trance y por un momento, todo recupera su color.

Unos hombres vestidos con el uniforme de un hospital me recogen y depositan en una camilla.

Mientras me acercan al vehículo, puedo distinguir sangre donde me encontraba sentada hace unos segundos y al moreno hablando con un enfermero de manera exacerbada.

Únicamente puedo escuchar la palabra “podruga” [13] antes de que cierren las puertas y vuelvan a abrirlas prácticamente de manera inmediata.

—No te iba a dejar escapar tan rápido, soy de los buenos —declara el camarero cerrando por última vez las puertas y sentándose a mi lado mientras el resto de técnicos de emergencias me atan y observan la herida.

Apenas soy consciente de la realidad hasta que vuelvo a despertarme en el hospital.

Unas enfermeras me contemplan y sonríen al percibir que he abierto los ojos.

A partir de ahí, el tiempo parece transcurrir a cámara rápida.

Una caricia y palabras que no reconozco recorren mi memoria al mismo tiempo que noto cómo una aguja perfora mi piel.

Así, el suero viaja presuroso a lo largo de la vía colocada en mi brazo izquierdo y yo, inmovilizada, trago saliva.

Ni siquiera recuerdo el momento en el que mis ojos se cierran; eso sí, lo hacen sin que pueda remediarlo.

El agotamiento se transporta por todo mi cuerpo y de manera precipitada e incluso inesperada caigo en el mundo de los sueños.

Los rayos del sol se colaron por las rendijas que las cortinas sin atar no alcanzaron a cubrir, y yo maldecí, como de costumbre, por no acordarme nunca de atarlas por las noches.

Pero aquel día no me importaba tanto, en una hora tenía que estar preparada.

April iba a pasar el fin de semana fuera, y Brooke había preparado una de sus brookearianas actividades.

Dos días en su granja, bueno, en la granja de sus padres.

Me había contado que tenían dos caballos y que sería divertido.

Supongo que me vendría bien cambiar de aires.

El frío ya había empezado a llegar a la ciudad, y con él los copos de nieve que se iban amontonando en los tejados de las casas propiciando el escenario favorito de las películas navideñas.

Aún quedaba un tiempo para que las navidades comenzasen, a pesar de que los dulces de esa época ya estuviesen presentes en todos los supermercados del país.

«¿Qué hay más americano que el sentimiento navideño?

¿Y quién se siente el Grinch cada vez que las luces se amontonan en las calles y los villancicos inundan por completo el paisaje? Exacto, yo, Elle Foster.»

El teléfono sonó de repente interrumpiendo mis pensamientos.

El nombre de Brooke apareció en la pantalla y yo me levanté con rapidez para meter ropa y más ropa en la mochila.

Cuando terminé, después de unos minutos agonizantes en los que verdaderamente no fui consciente de lo que había metido en la bolsa, decidí llamarla de vuelta y soltar una mentirijilla sin importancia:

—Elle, estoy abajo esperándote, ¿cuánto tardas? —exclamó en un tono que distaba mucho de ser alegre.

—Estoy terminando de desayunar, ¿todo bien? ¿No habíamos quedado en una hora? —contesté posando el móvil en la cama y poniéndome un chándal de felpa casi sin pestañear.

—Sí, bueno, sí, pero ha pasado algo… date prisa, ahora te cuento.

Corriendo, bajé hasta la cocina y cogí unas galletas y un zumo de naranja.

Me bebí el zumo de un trago y me comí las galletas de dos en dos, decidida a no hacer esperar a Brooke mucho más tiempo.

Rápidamente, cogí la mochila y en cuestión de segundos me encontraba frente a mi amiga, dándole un abrazo.

—¿Qué pasa? —pregunté tras ver sus ojos enrojecidos e hinchados.

—Es mi madre, han intentado atracarla.

Con delicadeza, abro los ojos como si estos pudieran romperse con el simple hecho de parpadear.

El techo de un color blanco roto me indica que estoy muy lejos del apartamento.

Intento recostarme para observar mi alrededor y averiguar dónde estoy, pero cuando veo mis manos y la vía que cuelga de una de ellas, comprendo todo.

Alguien llama de pronto a la puerta, y yo carraspeo intentando sacar un hilo de voz, por muy pequeño que sea.

—Adelante —ordeno tímidamente.

—¿Qué tal te encuentras? —Los azules ojos del camarero que, hasta hace apenas unos minutos, estaba apuntando nuestra comanda me observan con preocupación.

Yo, sobresaltada y conmocionada por verle ahí, me siento sobre la cama para poder hablar con mayor facilidad—.

No hace falta que te sientes, ponte como más cómoda estés.

—Tranquilo, estoy bien así. ¿Qué… —Mi garganta se queda seca y comienzo a toser. Él coge un vaso de plástico y lo acerca al dispensador de agua que tiene a su derecha—. Gracias. —Pego un sorbo y siento el frescor recorriéndome por dentro—. ¿Qué haces aquí?

—¿No te acuerdas de nada? —pregunta sentándose finalmente en una de las sillas que hay junto a la puerta, y yo niego con la cabeza—. Bueno, es normal, los médicos han dicho que podías presentar signos de amnesia momentánea, por el shock o incluso por el golpe.

—Espera, ¿amnesia? ¿Golpe? —Me toco el cuello y voy subiendo poco a poco hasta que siento la mano del camarero frenando mis acciones.