Capítulo 4 #3
Además, ese sonido hoy es diferente, hoy ruge con más fuerza, porque quien se halla tras el portón, es, ni más ni menos, que Fernando Méndez. Puede que el jaque tenga que darle en un lugar lejos del módulo dos.
—¡Ethan! ¡Ethan! —Keita corre de manera desesperada hacia mí—. La puerta se ha abierto…
—Sí, lo sé, lo he escuchado, no te preocupes, esto no va a impedir que salgamos de aquí.
—Lo sé, eso no me preocupa. Es que…—Su aturdida respiración impide que pueda entenderlo con facilidad.
—Tranquilízate, para y respira —le digo, tocando sus hombros, tratando de calmarle.
—Está bien. —Inspira y expira, recuperando la compostura y luego continúa hablando—. Los guardias le han debido chivar a Méndez que ha entrado una chica, y dice que no parará hasta encontrarla.
—La chica le da igual. —Él arquea las cejas confundido, y cuando está a punto de preguntarme, empiezo a andar—. ¿Dónde está?
—En el módulo cuatro.
—Gracias. —Me vuelvo durante un segundo para advertirle—. Será mejor que vengas conmigo, en cuanto entremos al módulo, busca a Viktor y haz todo lo que él te diga, por si… —Él corre hacia mí y me agarra el brazo frenándome en seco.
—Por si, ¿qué? No nos podemos ir sin ti, Ethan, no podemos, joder, yo no puedo irme sin ti, ¿me oyes? —intenta susurrar para que el resto de presos no nos oigan, pero al pronunciar mi nombre, su voz se altera incontrolablemente—. No estaría vivo si no fuera por ti, y no voy a dejarte aquí.
Ignoro sus palabras y sigo caminando, él también lo hace, pero detrás de mí, en completo silencio, como si no quisiera molestarme.
El día que le salvé la vida cometí mi segundo asesinato en la prisión, y es gracioso, porque fue el mismo día que salí de aislamiento.
Esa vez, los guardias no supieron quien había sido el culpable, ni tampoco las siguientes. Viktor se encargó de ello.
El joven Keita acudió a mí desesperado maldiciendo y prometiendo que él no había robado nada.
Tras él se hallaba Luciano Rizzo, un multimillonario presuntamente arruinado y supuestamente fallecido en un accidente de yate alrededor de la Costa Amalfitana.
La realidad era que había venido a Rusia a continuar con sus negocios fraudulentos, solo que sus nuevos inversores no eran de lo más convencional: el tráfico de drogas y la extorsión eran el pan de cada día de esa gente y cuando se quiso dar cuenta, ya había metido la pata hasta el fondo y había conseguido un pase de oro a la Ciudad Blanca.
Pero acostumbrado al dinero, aprovechaba para acusar a los nuevos presos de haberle robado y así sacar tajada de ello.
Les amenazaba y luego fingía que les perdonaría si le daban alguna de sus posesiones.
Un auténtico adicto al dinero que ni siquiera era consciente de que aquí de poco le valdría.
Creí a Keita en cuanto vi sus ojos. Mostraban la más pura inocencia, supongo que los míos también brillaban así antes de entrar aquí.
Y tomé una decisión, me enfrenté a Rizzo.
A él se le fue de las manos y a mí más, ni siquiera había visto su navaja cuando se acercó a mí.
Yo tan solo intenté arrebatársela, pero…
La sangre brotaba de su torso como una cascada en su pleno apogeo.
Intenté abrumado parar la hemorragia con mis propias manos, algo imposible y terriblemente inútil.
Para cuando quise darme cuenta ya estaba en el baño, con Viktor al lado dándome una camiseta nueva que no chorrease sangre.
No pregunté nunca sobre quién pagó por mi delito, en ese momento solo quería desvanecerme y desaparecer para siempre.
Me costó un tiempo comprender que esa acción, por muy fatídica que fuese, me salvó la vida y probablemente la de Keita, un crío de diecisiete años que no había hecho nada más que defender a su familia.
Imagino que me recordaba a mí. Y fue así cómo descubrí que jamás volvería a matar mirando a los ojos, no me lo podía permitir, no sería capaz de ver a alguien más perder la vida por mi culpa.
Así que cada asesinato que cometí en la Ciudad Blanca fue de espaldas, partiendo el cuello de aquellos que se atrevían a luchar contra mí, aquellos locos a los que no les importaba morir.
Bajamos las escaleras para llegar hasta el módulo cuatro.
Cada escalón me parece una tortura peor a cualquier otra a la que me haya enfrentado antes.
Los ojos grises de Viktor no son difíciles de reconocer, así que me dirijo hacia ellos como un barco a la deriva buscando un faro que le salve del naufragio.
Al acercarme, veo que April no está con él y mi corazón comienza a latir con fuerza.
—¿Dónde…? —exclamo sin poder modular.
—Tranquilo, hermano, está en mi celda, ya sabes —musita sin ningún tipo de esfuerzo.
Algo que Viktor aprendió con la Mafia es a hablar en completo silencio, un movimiento sutil de labios, un sonido similar a un silbido.
A menos de que estés a su lado y puedas oírle, es imposible que puedas averiguar de qué habla.
—¿La has metido en los túneles sin los planos? ¿Estás loco? —Resoplo enfurecido.
—Ethan, las bombas están al principio del sistema, no hay por qué preocuparse. Le he dicho que no se mueva, no creo que le dé por recorrerse diez kilómetros.
—Te sorprendería lo que es capaz de hacer cuando tiene miedo —Sus pupilas dilatadas se clavan en las mías. Mi mandíbula se hunde marcando mis facciones—, no te lo puedes imaginar.
«Estás hablando demasiado, controla tus emociones», me digo, «no puedes estar a la defensiva, no con él, te salvó, ¿no lo recuerdas?»
—Pero tú sí, ¿no? —Él me devuelve el ataque, aunque por su expresión, el rencor está muy lejos de sus pensamientos.
La melancolía y la nostalgia parecen cubrir sus ojos, decepcionados por una verdad incierta.
Él solo sabe que me tendieron una trampa, por mi boca no salieron más detalles, tampoco me los pidió, pero ahora que los monstruos del pasado han renacido, todo parece haber quedado sepultado en la tierra y en mentiras .
La conversación se interrumpe cuando una voz me susurra al oído.
El frío aliento me provoca un escalofrío y la hoja del puñal rozando mi oreja derecha me hace pulsar todos los botones de alarma que mantienen mi cerebro activo.
Es algo así como “esto no es un simulacro, esto es cuestión de vida o muerte” , aunque realmente estos interruptores han permanecido en on desde que pisé esta sucia prisión.
Trago saliva antes de comenzar a pelear, y acto seguido, comienza la función.
“No sabes lo mucho que he esperado este momento” , repite una y otra vez Fernando Méndez.
Bajo mi vista hacia mis manos, de manera intrínseca mis dedos se han agrupado formando un puño.
Doblo levemente mis brazos al notar mi codo a la altura de su pecho, y en un segundo, mi cabeza se convierte en un cronómetro que cuenta hacia atrás hasta llegar a cero.
Cuando el reloj se pare, tan solo quedarán dos opciones, podré estar de camino a la fuga, o de camino a la tumba, y eso se decidirá en solo diez minutos.
Deposito toda mi fuerza en mi codo, y al escuchar el lento respirar del venezolano, la suelto en un codazo que le hace retroceder un par de metros.
Los próximos segundos son de crucial importancia, porque son los únicos que me quedan para despedirme de Viktor y Keita, y desearles buena suerte en la huida.
—Id ya, cuando escuchéis el primer disparo, marchaos, ahora que ha salido Méndez, todos los guardias estarán atentos a cualquier percance y pegarán cuatro tiros para persuadirnos. En cuanto uno de los dos muera, el motín saltará, es cuestión de tiempo, y ahí deberéis huir.
—Ethan, —Viktor agarra mi brazo y me ofrece una pistola— ten cuidado.
—¿Desde cuándo necesitamos un arma para defendernos, Kozlovski? Te has vuelto muy blando desde nuestro abrazo. —Esbozo una sonrisa, aceptándola igualmente y guardándomela dentro del buzo.
Ellos comienzan a irse mezclándose entre la gente, pero antes de convertirse en un espejismo, el ruso vuelve su cara y me exclama un “cuídate” , mientras señala mi espalda.
Me doy la vuelta para mirar de frente al asesino en serie más temido de todo Venezuela.
Sus crímenes intentaban recrear los relatos más conocidos de la Biblia, Adán y Eva, David y Goliat…
En su primer crimen, eligió a una pareja de recién casados, él era cristiano practicante y ella había sido prostituta durante años para poder salir adelante.
Una pareja atípica que no pudo escapar de las garras de un despiadado criminal.
Sus cuerpos, el de ella desnudo y el de él cubierto por una fina sábana, aparecieron en el Jardín Botánico de Mérida.
Estaban dentro de un círculo de jeamaniis [11] y, entre ellos, había una manzana mordida solo por un lado, el del hombre.