Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Puede sonar terriblemente típico, una huida por el sistema de alcantarillado más, pero esto va más allá de un sistema normal.

Es un sistema de alcantarillado antiguo, muy antiguo, utilizado durante la Segunda Guerra Mundial para colocar todo tipo de bombas y artificios.

Se sabe que obreros, mujeres y niños cavaron zanjas e hicieron trampas en Moscú, pero las cargas de dinamita en los sistemas de alcantarillado eran otra cosa.

De hecho, tras la guerra, nunca más se supo de este sistema, se cerró, y se dice que las bombas aún siguen ahí, que nadie se ocupó de quitarlas.

Por eso a nadie le importó cuando Viktor pidió cambiarse a la veintisiete.

Supongo que los guardias le llamaron “durak [10] ” , mientras tomaban vodka y se reían a carcajadas.

Pero ellos no tenían ni idea de nuestro plan.

Viktor entró aquí de una manera diferente a los demás, ya sabía la existencia de esta cárcel y del sistema de alcantarillado.

Se supone que entró para sacar a alguien más, nunca me ha contado a quién, pero lo importante es que ahí fuera le traicionaron, la Mafia le traicionó, y, en un instante, todo cambió.

Con lo que sus enemigos no contaban, era con su inteligencia y su desconfianza hacia ellos, que fue la que llevó a guardar uno de los planos del sistema, para ante problemas, poder salir de ahí con vida.

El ruso tiene señaladas las zonas en las que están exactamente las bombas, y aunque su miedo irracional a estar equivocado permanece día y noche en su cabeza, yo confío plenamente en él.

Aún recuerdo como si fuese ayer la frase que pronunció cuando me ofreció unirme a su plan de fuga.

Yo estaba en mi celda, a punto de meterme en la cama, — si eso puede denominarse cama — cuando un guardia entró de pronto y me sacó a rastras de ahí sin darme explicaciones.

Pensé que había hecho algo, que ellos pensaban que había hecho algo, sentí una tortura más, una noche más sin poder dormir.

Pero cuando me tiraron al patio, y se fueron, no pude evitar suspirar y levantar mi cabeza para mirar el cielo.

Llevaba sin ver las estrellas desde que estuve en aislamiento, y aunque no quería volver, echaba de menos esas vistas.

—Lo echabas de menos, ¿verdad? —sentenció una voz próxima a mí.

Dirigí mi mirada hacía él, y entonces vi su sombra.

El humo del cigarrillo se desvanecía en el aire a cámara lenta.

Una calada, silencio, y otra más. Durante cinco minutos estuvimos así, sin hablar, escuchando el único sonido de las cenizas consumiéndose en el frío suelo ruso.

Pequeñas nubes permanecían en el ambiente durante segundos cuando este expulsaba por sus gruesos labios todo lo que yacía en sus pulmones.

Se aclaró la garganta, y se deshizo de lo que quedaba de cigarro, pisándolo con tal fuerza, que el ruido de la bota resonó en la puerta de acero que nos alejaba de nuestras mayores pesadillas.

—¿Qué hacemos aquí, Viktor? —Me levanté y me acerqué a él, apoyándome sobre la pared.

—Tú no fumabas, ¿no? —me dijo, ofreciéndome su cajetilla de tabaco.

—No. —Él sacó uno para sí mismo, bajo mi sentenciosa mirada, y se lo encendió con un mechero que guardaba en sus pantalones—. Acabas de fumarte uno ahora mismo.

—Lo sé, es lo que solía hacer fuera cuando tenía que contar algo importante. —Se colocó a mi lado, inclinándose hace mí —. Hoy los guardias estaban contentos, solo les he tenido que pagar un par de rublos y han accedido a darme tabaco, fuego, tu compañía y la noche rusa.

—Pero no estamos aquí por la noche rusa, ¿verdad?

—le interrumpí ansioso, cruzándome de brazos.

Nunca me había gustado dar vueltas a las cosas, prefería las cosas rápidas, quitar la tirita de golpe, aunque doliese y el sufrimiento te desgarrase por dentro.

Mejor eso que una muerte lenta y agonizante.

—No, —Se separó de la pared y yo sentí en mi cabeza un terremoto, como si él fuese el Atlas que sujetase mi mundo convertido en prisión.

Y es que por muy triste que sonase, mi realidad la conformaban cuatro paredes y unos barrotes.

Posó en sus labios el cigarrillo, y aspiro y expiró su humo una vez más—.

yo no entré aquí como el resto de presos, ni siquiera como tú, bueno, puede que en algo nos parezcamos, me tendieron una trampa, como a ti.

—Se quitó de la boca el cigarro y lo lanzó lejos de nosotros—.

Lo importante es que sé cómo salir de aquí, y quiero, si quieres, —Soltó una carcajada profunda—.

que me acompañes. Te has convertido en un hermano para mí aquí dentro, y no estoy dispuesto a irme sin ti.

Accedí sin escuchar el plan. La agonía de la supervivencia me desquiciaba, me asfixiaba, y aún más sabiendo que nunca saldría de allí.

Pero ahí estaba ante mí, la mariposa de aquel refrán chino, aquella cuyo aleteo podía lograr un tornado en la otra parte del mundo.

Las emociones no tardaron en alcanzarme una por una, como un huracán.

La euforia fue la primera; el miedo la segunda; la angustia la tercera y, por último, apareció la sensatez.

Por fin dejé a Viktor explicarme su huida.

Su plan tenía lagunas, no muchas, pero sí las suficientes como para retrasarlo unos meses.

Con cada palabra que soltaba, era inevitable imaginarme el cielo visto desde la ciudad, donde estaba seguro de que las estrellas no serían las únicas protagonistas.

En algún momento cerré los ojos y me trasladé a la Plaza Roja, un lugar al que solo había podido llegar a través de internet y que, sin duda, estaba entre los sitios que deseaba ver antes de morir.

Irónico, ¿verdad? Se me erizó el pelo al ver los intensos colores de la Catedral de San Basilio, pero más aún cuando mi mente recreó mi mano sujetando la de otra persona.

Aún con los ojos cerrados, continúe dejando volar mi imaginación y cuando levanté la vista para ver la persona cuya mano sujetaba la mía, vi los ojos más bonitos que había visto nunca.

—Voy a volver a ver a Elle, Nick y al resto—exclamé sin querer. Viktor arqueó las cejas y luego me preguntó a quién iba a poder ver—. Nada, no es nada. —Él ignoró los últimos segundos de nuestra conversación y continuó narrándome su plan.

El ruso esperaba mi respuesta, mientras el silencio perpetuo de la incertidumbre golpeaba nuestros cuerpos, que lejos de parecer vivos, aparentaban ser más inertes que nunca. Él decidió romperlo, y yo, para su sorpresa le contesté sin pensar en el mañana por primera vez.

—Para poder salir deberemos pasar antes por el puto infierno.

—Y eso es lo que vamos a hacer, desafiar al maldito demonio —dije mientras juntaba mi mano con la suya formalizando un pacto, que nos permitiría sobrevivir más de lo que pensábamos.

El vértigo se apodera de mí al divisar el cártel del módulo dos.

Siempre tengo esta sensación antes de matar a alguien.

En ocasiones, ocurre sin saber que estoy a punto de hacerlo, como si fuese una premonición.

Primero siento frío, poco a poco llegan los escalofríos incontrolados, la respiración se vuelve lenta y mi coordinación empieza a disminuir.

Son los mismos síntomas que sentí en la primera tortura.

Apenas duran unos minutos, y después, la adrenalina fluye en mí, el pulso se acelera, el calor se convierte en un fuego que me abrasa por dentro y mis reflejos parecen más rápidos que nunca. Paso del cero al 100%, como aquel día.

Era 27 de junio por la noche, y hacía más calor de lo normal en Rusia, 20ºC.

Me sacaron a rastras de la celda de aislamiento, de la jaula en la que me tenían encerrado.

Eso ya era un castigo en sí mismo, pero para ellos no era suficiente, ¡qué cojones iba a ser suficiente!

Desvestirme en el patio fue su primera orden, tan solo estábamos dos guardias y yo.

Respiré durante unos segundos antes de negarme, y llegó el primer puñetazo.

Dos, tres, cuatro, hasta que sacaron una navaja y me dijeron que, si no me quitaba la ropa, se harían con mi piel unos abrigos nuevos.

Lo hice a regañadientes, y ni siquiera me dejaron quedarme con la ropa interior.

Ahí comenzaron a tirarme cubos de agua helada.

Un hielo me golpeó la espalda con tanta fuerza que supe en ese mismo instante, que esa noche sería incapaz de pegar ojo.

Apretaba los dientes incesantemente hasta tal punto que pensé que me quedaría sin ellos, y mi vista nublada apenas era capaz de ver más allá de las vallas de la prisión.

Cuando mi piel ya estaba roja y los escalofríos se convirtieron en el único manto que cubría mi cuerpo, sacaron el látigo.

Uno, dos, tres, cuatro. La piel me ardía y, entonces, justo en el momento en el que creí que no podía más y sentí que mi cuerpo dejaba de pertenecerme, me dijeron que me vistiese, que ya era suficiente.

Siempre recordaré las palabras de los guardias, que, sin duda, fueron las primeras verdades que escuché en este país.

—No te has quejado nada, parece que aguantas bien el dolor. —Yo le miré a los ojos, sin poder decir nada—. Veremos cuando llegue el frío —Y llegó y fue muchísimo peor.

Un estridente sonido me paraliza. Desde aquí todavía se puede oír la puerta principal abriéndose.

Lo cierto es que es un ruido fugaz, efímero, pero se mete en tus oídos a tal velocidad que no te deja dormir por las noches.

Y ese insomnio no es solo por un sonido repetitivo ni chirriante, ese insomnio tiene tatuada la causa de esa apertura, la entrada de un nuevo preso en la Ciudad Blanca.

Por desgracia, una vez que la ansiedad comienza a correr por tu cuerpo a sangre fría, es imposible que te calmes porque sabes que cada persona que entra puede convertirse mañana en un puñal en tu espalda.