Capítulo 4
TYLER
S us oscuros ojos inciden puntiagudos en los míos como mis palabras en su pecho. Es como si no existiese nada más allá de nosotros, de nuestra confusión, pero lo cierto es que estamos rodeados de gente que no duraría ni un segundo en entregar nuestra alma a la mismísima Parca.
El silencio que yace entre nosotros se sepulta con los pasos firmes de Viktor, y yo dirijo mi vista hacia él, distanciándome de la mirada crítica de April.
—Necesito que te quedes con ella, que cuides de ella —le susurro al oído.
—Pero tengo que…
—Lo sé, yo me ocuparé, hermano, pero es muy importante que cuides de ella — insisto, contemplando a nuestro alrededor.
—¿Por qué tanto énfasis en su protección? —Viktor agarra mi brazo buscando respuestas— La conoces, ¿cierto? —Asiento mientras me voy incorporando poco a poco—. ¿Hoy va a ser el día en el que me cuentes la verdad?
—Sí.
Termino de levantarme con rapidez y, observando a la multitud, alzo la voz provocando que el módulo completo quede a mi merced.
El sonido de las duchas no tarda en hacerse notar, pues la calma parece haber llegado por un fugaz instante a la Ciudad Blanca.
Sin embargo, una amplia sonrisa, acompañada de una mirada altiva y un tono agresivo rompen la tranquilidad en mil pedazos:
—Si alguno se atreve a tocar un mísero pelo a esta chica, —Suelto una carcajada que retumba en las paredes—. perderá todas las posibilidades de tener descendencia. Y por si no me he explicado con claridad… además, le dejaré desangrándose mientras le amputo uno a uno los dedos.
En cuestión de minutos, todo ante mí se queda despejado. Contemplo a April, que sigue en la misma posición que antes, petrificada por lo que acaba de pasar. Ni siquiera yo soy capaz de reconocerme, pero eso ya lleva un tiempo siendo así.
Viktor me mira con seriedad, incertidumbre e incluso con enfado. Sé por qué lo hace, soy consciente de la locura que acabo de cometer con un pie fuera de la cárcel, pero es de vital importancia que April salga con vida de aquí.
—Ethan, sabes que aquí el respeto es un arma de doble filo.
El respeto se compra, y dudo que tengas el dinero suficiente para comprar a toda esta gente —Mueve su brazo señalando el módulo entero, que ahora mismo está más solitario que nunca.
Apenas quedan cuatro gatos que tratan desubicados de decidir su próximo destino.
—Tan solo necesito respeto durante unas horas y como tú me dijiste una vez, el miedo es el peor enemigo del hombre, y ellos se mueren de miedo. —Escupo cada palabra con desdén, intentándole convencer de que lo que he hecho merece realmente la pena.
—Puede que tengas razón, pero ten cuidado. —Me acerco a él para darle una palmada en la espalda y él me da un abrazo. Al principio me quedo perplejo, hace demasiado tiempo que nadie me abraza. Después, tan solo me dejo llevar por el calor de un abrazo sincero, de amigos, de hermanos.
«¿Hasta qué punto nos ha deshumanizado esta cárcel si vemos raro un simple abrazo?»
—Acabas de romper la primera regla de la cárcel —musito mientras continúo abrazado—, mostrar debilidad.
—Te equivocas, ha sido la segunda, la primera la has roto tú amenazando a toda la cárcel. —Una risa ameniza la tensión—. Además, pronto estaremos fuera.
Nos separamos lentamente, aferrándonos con cada segundo que transcurre a nuestra presencia. Como si sintiésemos que esta es la última vez que vamos a volver a vernos. Y justo antes de comenzar a caminar y desaparecer entre el resto de reclusos, exclamo:
—En menos de una hora, esta puta cárcel va a arder hasta los cimientos. El motín es inminente.
Siento alivio al salir de ese estúpido módulo, el brillo intenso de las paredes me transmitía una sensación de angustia, todo alrededor de nosotros parecía más pequeño, más asfixiante.
Es comprensible que los presos que viven en el módulo tres tengan una las mayores tasas de suicidio de la prisión, desde fuera sus celdas parecen auténticos zulos de aislamiento.
En cierta manera haber disfrutado del viejo y ruinoso módulo uno ha sido un lujo.
Fue el primero en instalar y último en renovar, de hecho, ni siquiera creo que vayan a hacerlo en algún momento.
La madera cruje cada vez que caminas por los grandes pasillos, las camas no parecen resistir lo suficiente como para dormir más de cinco horas en ellas y los barrotes oxidados parecen albergar todo tipo de infecciones y enfermedades.
De todas formas y a pesar de todo, no me quejo, visto lo visto.
Además, paso la mitad del tiempo en el módulo 6, donde vive Viktor.
Una leve carcajada sale a horcajadas de mi boca, al darme cuenta de la libertad de mis paseos.
Siempre me hará gracia poder pasar de un módulo a otro sin que a nadie le importe, sin que a nadie le parezca extraño.
No existe ningún control por parte de los guardias, eso sí, si no te entrometes en sus planes.
Los susurros son inevitables cada vez que me cruzo con un preso. En otra situación, me habría parado para hacerles callar, para demostrarles quién está al mando, pero ahora… ahora no tengo tiempo que perder y menos con unos malditos imbéciles que se creen que están en el patio del colegio.
«Un par de metros y llegaré a la celda de Viktor.»
Con cada paso, mi mente se transporta a tiempos pasados y de un momento a otro, acabo ahí, en el instante exacto en el que di estos mismos pasos por primera vez, donde encontré nuevas razones para salir adelante.
Y nunca mejor dicho, Viktor me brindó una nueva oportunidad.
Él ya llevaba un año preparando la fuga.
Cuando se enteró del punto débil de esta cárcel no paró hasta lograr la celda veintisiete, la más oscura, pequeña e inhóspita de toda la prisión, pero también la única con una alcantarilla debajo de la cama.
Los guardias lo sabían, claro que lo sabían, de hecho, era por ahí por donde planeaban entrar en caso de motín.
Eso sí, no sin antes recibir el sí del ejército.
Y ese sí podía tardar horas, o incluso días, porque el jefe no debía estar muy por la labor de parar un motín, prefería que los presos se mataran entre ellos y si algo ocurría, siempre podían llevar a cabo su plan.
Desde hace mucho tiempo se rumorea que hay una bomba implantada en cada módulo, y no está a la vista de los presos precisamente.
Un atisbo de revolución y nadie saldrá vivo.
Pero últimamente los aires están más caldeados que nunca, hay más peleas, asesinatos y más cadáveres sepultados en el patio.
La tragedia se masca en el ambiente. Bueno, puede que Viktor y yo nos hayamos ocupado de que la chispa que enciende el fuego no se adormezca, sino que arda hasta el final.
Con cautela, hemos ido enfrentando a los asesinos más despiadados de aquí, hemos ido matando a aquellos caballos que protegían a su reina para formar bandos muy claros.
Hoy saltará todo. Iba a ser Viktor quien diese el punto final a esto, quien diese el jaque, pero me temo que acabaré siendo yo.
Prefiero que April esté con Viktor, estará más segura con él.
Antes de la última partida de ajedrez, entro decidido en la celda y muevo la sábana impidiendo que se vea lo que hay tras ella.
Después, me tumbo en el suelo, quitando las cosas que ocultan la alcantarilla.
El frío se introduce por mis huesos al rozar el cemento, y los recuerdos de las torturas comienzan a aparecer en mi mente.
«Ya» , me digo a mí mismo pretendiendo alejar esos pensamientos de mi cabeza y continúo con mi misión.
Con valor, entono mi voz dispuesto a cantar lo más fuerte que puedo, al mismo tiempo que inicio la apertura de la tapa.
«Es importante que nadie oiga lo que ocurre tras esa manta.
» Una vez conseguido, hago las comprobaciones pertinentes, sin parar de tararear, y la cierro.
Luego, simplemente salgo silbando y soltando una carcajada.
Una muestra de felicidad que se aleja mucho de la realidad pues sé que dirigiéndome al módulo dos, una nueva muerte entrará de lleno en mi historial.