Capítulo 3 #4
Puede que no fuese consciente de lo que necesitaba soltar todo hasta que lo hice.
«Dios, me sentí tan bien después…» Una hora, una hora resarciendo mis remordimientos, contando la verdad.
Volqué cada una de las emociones que había intentado reprimir en mi interior, las que no había podido sacar a la luz, porque ciertamente solo me permitía hablarlas conmigo mismo por las noches, en los sueños, cuando no había nadie alrededor que pudiese verme débil.
Como cuando mi madre nos dejó. Mismos sentimientos, mismas acciones en diferentes momentos de mi vida.
La historia se repite, una y otra vez, impidiéndome avanzar. Aunque el mayor causante de ese impedimento he sido, fui y soy yo, pero ya no. Me merezco vivir en paz sin culparme de las decisiones que tomé y ahora, ya estoy preparado para ello.
Veloz, camino hasta el taller para recoger el coche y enfrentarme a mis demonios.
A todos, porque esta carrera significará un antes y un después en mí, un punto y final.
En la entrada, saco las llaves y una vez dentro, me doy cuenta de que las luces están encendidas.
«Alexey se las habrá dejado» , me digo a mí mismo, tratando de tranquilizarme, pero un abrupto golpe me inquieta aún más, así que decido coger una de las herramientas, por si acaso mi intuición no se equivoca.
Me dirijo hacia la sala de inventario, con precaución, y entonces…
—¡Karina, joder, qué susto! ¿Qué demonios haces aquí? —grito tirando al suelo la llave inglesa.
—Quiero ir contigo.
—¡Ni hablar! Ya lo hemos hablado antes, te lo he explicado todo, no puedo permitir que te pase nada.
—Agito mis brazos de manera desmesurada, mientras me acerco al vehículo.
Ella me sigue—. No, ni hablar, no, haremos como las otras veces.
Móntate ahora mismo, si salimos ya, me dará tiempo a dejarte en casa.
—Abro el coche y seguidamente la puerta del copiloto.
Karina entra sin rechistar. «Demasiado sencillo» , musito cerrando su puerta y accediendo a la mía.
Pero para mi “ sorpresa ”, la sencillez abandona la escena en cuanto veo que la rusa tiene unas esposas entre sus muñecas.
Lo siguiente que hace es fácil de adivinar, terriblemente fácil pero la mayor maldita locura que se puede cometer.
—¿¡Pero tú estás loca!? ¡Suéltate ahora mismo! ¡Vamos! ¿De dónde demonios has sacado eso?
—No, te he dicho que voy a ir contigo —Doy un pequeño golpe al volante del coche al oír sus palabras. «Joder, tiene la cabeza como cemento armado.»
—¿Dónde están las llaves?
—No lo voy a decir. —Esboza una sonrisa y suelta una carcajada.
—Esto no tiene nada de gracioso, Karina, no puedes estar esposada durante la carrera, ¿y si pasa algo?
—En la carrera me suelto.
—Pero, ¿cómo…? — «Ha perdido completamente la cabeza, quizás se parezca a Brooke más de lo que pensaba» —. Está bien —digo, arrancando el coche, acto seguido, y saliendo del taller. Ahora sí que estoy nervioso.
Dirijo mi vista hacia Google Maps para cerciorarme del poco tiempo que nos queda para salir corriendo, para huir al sitio más lejano.
Una mueca se intuye en mi expresión mientras pienso lo lejos que está esa opción de mi cabeza.
Dejar a mis amigos aquí, en este país… jamás podría, aunque, si soy sincero, tampoco sé si les volveré a ver.
La luz de la luna nos acompaña durante el camino, aunque no tan potente. Supongo que mañana habrá luna llena.
Todas las carreras han sido siempre a las 10 pm, cuando la noche ya había alcanzado toda la ciudad, y apenas quedaba algún despistado por la calle.
Salía de trabajar a las 9 pm y corría hasta las afueras de la ciudad para llegar a tiempo.
Se puede decir que así entraba en calor.
Nunca llevé a Karina, cerraba las puertas con llave y movíamos los muebles para ocultar las entradas como si se tratase de un búnker.
Solo era por precaución, por si no ganaba y no me daba tiempo a avisarla para que escapase, solo era por precaución.
En cambio, hoy empezará a las once. ¿Por qué? Simple, es la más importante, y la noche parece reflejar esa peligrosidad de lo ilegal, lo prohibido que tanto les gusta a los delincuentes. Cuanto más tarde, mejor. Para mí únicamente significa retrasar lo inevitable, sea cual sea el resultado.
—Estás loca… nos quedan cinco minutos para llegar, aún puedo dejarte aquí y que cojas un taxi —exclamo ahora más calmado, y ella niega con la cabeza—. Vas a conseguir que te maten. Esta vez es la definitiva, tenías el billete y el pasaporte en la mesilla de la habitación, podías huir.
—No voy a dejarte. —Por un instante, no puedo evitar que mis labios se curven hasta formar una suave sonrisa, pero mi enfado es superior a ello.
—Como algo salga mal…
—No ibas a ser el único en jugarte la… —A la vez, ambos decimos la palabra “vida”.
En la brevedad de una mirada, observo mi reflejo en sus ojos. Parezco cansado, pero con energía, no sé, es difícil de describir. Tengo apariencia de poder cambiar las cosas.
El ruido de los motores y el olor a gasolina me indican que estamos a punto de llegar.
En cuestión de segundos estaremos ahí, los minutos están contados, no queda nada para la carrera.
La calzada se extiende en la lejanía alcanzado cada recoveco que conforma el polígono industrial abandonado.
Las naves industriales que una vez acogieron empresas se dibujan a cada lado, con vallas oxidadas y luces intermitentes provenientes de farolas sin arreglar.
Probablemente, bajo los reflejos del sol, no produzca esta sensación impregnada de peligro e inestabilidad.
Pero por la noche, todos los sentimientos se amplifican, especialmente los más desagradables.
—Ya hemos llegado, puedes quitarte eso —manifiesto, señalando las esposas.
—Sí —contesta, al mismo tiempo que se desata, guardándolas en último lugar en la guantera.
Durante un instante, me quedo absorto contemplándola. «Por favor, que esto merezca la pena.» Hasta que alguien me despierta del trance, pegando golpes a la ventanilla. Es Igor.
—¿Preparado? —Su aliento apesta a alcohol y tabaco.
—Nací preparado —sentencio con seriedad y él suelta una amplia carcajada. Todo su ser rezuma odio y arrogancia.
—Veo que vienes acompañado. —Saluda a Karina, pero esta le ignora con la vista fija al frente—. Mejor, así la entrega será más rápida. Después nos vemos, mi amor —se despide y yo subo de nuevo la ventanilla del coche para ponerme en la posición indicada.
—Hijo de puta —exclama Karina.
—¡Qué bien te has aprendido los insultos en mi idioma! —digo, tratando de quitarle hierro al asunto.
—Buen profesor —Ambos sonreímos.
Después, paso mis manos por su fino rostro en forma de caricia al mismo tiempo que pronuncio un:
—Todo va a salir bien.