Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

De repente algo corta la conversación, un hombre con un megáfono empieza una cuenta atrás.

Yo piso el embrague y el acelerador. Oigo las revoluciones aumentando, el coche vibrando y un pitido estremecedor que se cuela por mis oídos y me provoca ganas de salir corriendo.

Lejos, muy lejos. Mi mano derecha está posada en la palanca de cambios, con la marcha ya metida, y la izquierda agarra con fuerza el volante.

— Piat [9] .

—¿Estás lista? —exclamo.

— Chitýri — «cuatro».

—Sí —contesta con convicción.

— Tri. —Ella roza mi mano derecha, la que sujeta la palanca, y me hace un pequeño masaje, tratando de tranquilizarme.

— Dva .

— Adín .

—Gracias por todo, Troy.

—¡ Nol’ ! —Suelto el embrague, piso el acelerador a fondo y empiezo a cambiar de marchas, una y otra vez, de forma automática, transformándome así en una pieza más del coche.

Todos estamos colocados en paralelo cuando salimos, pero pronto la carretera se convierte en curvas y más curvas.

De un momento a otro, el asfalto deja de ser un lienzo en blanco, para convertirse en un cuadro digno de la galería de Jackson Pollok.

El sonido de las revoluciones resuena en mí, simulando intrínsecos gritos que acaban por provocarme un dolor insoportable de cabeza.

Voy cambiando de marchas como puedo, cada vez con más intensidad y, de pronto, me coloco en segunda posición.

Es inevitable recordar aquellos veranos en los que mis padres me llevaban a entrenar a un circuito fuera de la ciudad, cuando me compraron mi propio kart, y me dejaron empezar a competir en las competiciones regionales.

Tenía futuro, o eso me decían, y verdaderamente me encantaba.

Junto a la natación, eran mis dos grandes hobbies, pero solo era un niño.

Tras la huida de mi madre, dejé de correr y casi estuve a punto de dejar la natación. Pero no lo hice.

Veo a Igor a unos pocos metros de distancia, estoy a punto de alcanzarle.

«Una vuelta y habremos terminado.» Mi corazón va casi tan rápido como el coche, siento que está a punto de estallar.

La adrenalina corre por mis venas como un huracán que arrasa toda una ciudad y no sabe cuándo parar.

No sé qué será de mí cuando esta carrera termine, cómo controlaré estos nervios que ahora me hacen seguir adelante.

—Karina.

—Dime.

—Agárrate. —Cambio por última vez de marcha, y acelero todo lo que puedo.

En un breve vistazo, percibo el cuerpo de Karina pegándose al asiento con fuerza. «Espero no haberla hecho daño».  Y entonces, todo cambia, consigo adelantar a Igor y mantener la velocidad en la curva, en unos metros pisaremos la meta.

—¡Ya! ¡Hemos ganado! ¡Lo has conseguido! —grita eufórica Karina. Sus ojos desprenden tanta alegría… Estoy seguro de que hoy es uno de los mejores días de su vida.

Sonrío. Río. Grito. El éxtasis inunda mi organismo y doy golpes al volante.

Sin embargo, algo ocurre cuando estamos a punto de sobrepasar la meta.

Con esmero, intento bajar la velocidad poco a poco, pretendiendo no perder la posesión que tanto he luchado por conseguir, sin embargo, es ahí cuando la corona de laurel que se alza ante los campeones, aprieta mi cabeza con tanta que fuerza que se rompe en mil pedazos.

Los frenos parecen haber pedido eficacia, el pedal de estos está muy duro, he debido sobrecalentarlos.

En realidad, lo he hecho hasta tal punto que la victoria del día ha cambiado su rumbo.

—¡Joder, no, no puedo!

—¡¿Qué pasa, Troy?! —Ella me mira preocupada. La sonrisa se ha borrado de su rostro.

—Ahora sí que tienes que agarrarte —advierto con seriedad.

—¡¿Qué pasa?!

—Los frenos no funcionan.

Con fuerza, agarro el freno de mano y tiro de él progresivamente, intentando girar el volante, al mismo tiempo, para evitar que el impacto sea de frente.

Pero es demasiado tarde. Intento cubrir el cuerpo de Karina con mis brazos y, entonces, un pitido, que antes sonaba constante, se vuelve permanente.

—Lo siento —mascullo con la voz entrecortada.

La última imagen que mis ojos me permiten vislumbrar es la de una lágrima resbalándose por la mejilla de la joven chica. «Toda una vida por delante jodida por mi culpa, al igual que la de Brooke.»

El sonido de una ambulancia se acerca sinuosa a medida que transcurre el tiempo. Cada vez parece estar más cerca, aunque, ahora mismo, no sé si es verdad o simplemente algo que ha inventado mi ocurrente mente para hacerme sentir mejor.

Me duele mucho la cabeza, como si me fuese a explotar en mil pedazos, así que dirijo mis dedos hacia ella, tratando de alcanzar una respuesta.

Noto algo, algo terriblemente líquido. Mis ojos se mueven en su dirección, pero mi vista apenas me permite ver con lucidez.

Solo puedo apreciar algo rojo cubriéndolos.

—Karina —susurro a mi lado.

—Troy.

—Te vas a poner bien, escúchame, no te duermas.

—Troy, tranquilo… gracias, Troy, gracias.

—¡No! Escúchame, no te puedes dormir —repito alterado a la vez que agarro su cabeza, agitándola con toda la fuerza que me queda, buscando así que no se duerma, que permanezca conmigo.

—Troy... eres tú el que se está durmiendo.

De pronto, las palabras se convierten en silencio; no oigo nada, no veo nada, lo único que sé es que quiero descansar.