Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Alexey, con una sonrisa torcida, me advirtió de que lo pondría a la venta al día siguiente.

No me lo pensé ni un segundo, le dije que yo lo iba a comprar.

Él me preguntó que con qué dinero, y yo vendí mi alma: le ofrecí trabajar sin recibir nada a cambio durante meses, años si hacía falta, días y noches, lo que necesitase.

Mi desesperación era palpable en el ambiente, era la única oportunidad de salir con vida de esa encrucijada.

Además, era la idea perfecta, en ese taller siempre entraba dinero, prácticamente toda la ciudad venía aquí, todo el mundo le conocía y sabían cómo funcionaba.

Él se rio en mi cara, y me propuso un trato: trabajar de seis de la mañana a nueve de la noche con dos descansos. Las primeras seis horas las cobraría, el resto serían para financiar el coche. Yo acepté, aunque eso supusiese un desgaste mental y físico del que no podía hacerme cargo.

Al principio fue duro, muy duro, pero pasaron las semanas y Alexey me dejaba entrar más tarde o salir más pronto y poco a poco, pude vivir una vida más o menos normal.

Las horas en las que no cobraba también financiaron las modificaciones a las que sometí al pequeño Focus.

En las primeras carreras gané sin problemas, pero en la tercera casi me quedo fuera, así que tomé una decisión.

Cambiar el turbocompresor, y algunas piezas y hacer una reprogramación de la centralita para lograr un Stage 3, una modificación extrema que podía subir la potencia hasta números inimaginables, pero que también podía alterar el coche hasta tal punto que me haría perderlo todo.

Lo logré, gané las siguientes carreras, pero sabía que no lo conseguiría con Igor.

Así que en esta ocasión y aunque suene una locura, opté por utilizar etanol en vez de gasolina.

No me cabe la menor duda de que las posibilidades de salir ileso de esto han crecido sustancialmente con este último cambio, pero ¿será suficiente para ganarle? ¿Acaso podré derrocar al rey de las carreras ilegales? No tengo ni idea, pero rezo con todas mis fuerzas para que así sea.

Las horas pasan demasiado lento y los nervios previos a las carreras comienzan a hacerse notar. «Tan solo media hora y habré terminado aquí.»

Pese a que intento mantener mi mente despejada, es inevitable sentir cómo de un latido a otro cada vez pasa menos tiempo, cómo mi cabeza empieza a imaginar un millón de escenarios diferentes en los que todo siempre termina mal, y cómo mis manos parecen ir a su bola, sin importar lo que el cerebro les manda.

—Ya está, Troy, puedes ir a descansar, has hecho un gran trabajo.

—Oigo de lejos una voz conocida, pero mis oídos solo escuchan lo que quieren, como siempre que tengo un ataque.

Me vuelvo sobre mí mismo, pronunciando un “¿qué?” y ahí me doy cuenta de que aquel sonido que casi parecía un suspiro está más cerca de lo que pensaba—.

Que ya has terminado, puedes ir a descansar.

—Gracias, Alexey —Asiento, recuperando poco a poco la respiración. Tras ello, le doy una palmada en la espalda y emprendo el camino hacia la salida observando todo lo que tengo a mi alrededor, recordando todos los momentos que he vivido en el taller.

Dispuesto a despedirme por última vez de él, me giro, pero Alexey se adelanta:

—Troy, buena suerte hoy —formula con cierta nostalgia en su mirada.

—Gracias. —Ni siquiera pretendo negárselo, él sabe lo que hay, sabe lo de las carreras, y sabe en lo que estoy metido. Probablemente lo sepa desde el principio. Lo he subestimado.

Abro la puerta con cuidado y el atrapasueños colgado en una de las esquinas desprende su típico sonido.

«Debería comprarme un cacharro de estos, a ver si consigo ahuyentar las pesadillas.

» El viento azota mi pelo mientras mi pie derecho roza el sustrato con nerviosismo.

Entonces, las palabras de Alexey resuenan tras de mí, haciéndome estremecerme por completo.

—Eres igualito a tu madre.

Me doy la vuelta para hacerle mil preguntas, para averiguar la verdad, pero cuando me quiero dar cuenta, mi jefe ya no está, y mis dudas sobre quién soy, quién es mi madre y por qué estoy aquí comienzan a crear un abismo en mí.

Y, lamentablemente, ahora no tengo ni tiempo ni ganas de buscar cómo solucionarlo.

Mi mirada viaja hasta el reloj que decora mi muñeca mientras camino vigoroso hacia casa.

«Son las 5 pm, aún me quedan unas horas antes de la carrera.

» A buen paso, apenas tardo media hora en llegar.

Los abetos y pinos me guían con sosiego acompañados de alguna que otra ardilla que juguetona se entretiene con piñones y bayas silvestres.

La altura de los árboles va descendiendo a medida que mis pasos se acortan y, en un instante, me encuentro frente a casa, inspirando y expirando antes de colocar con cuidado las llaves en la cerradura.

Así, giro mi muñeca hasta que la puerta se abre de par en par.

Un olor a comida buenísimo se desprende en el ambiente.

«No tengo ni idea de qué es, pero estoy seguro de que me encantará. »

— Prívet , Karina —exclamo entrando en la cocina.

—Hola, Troy, ¿qué tal? Hoy has salido…

—¿Antes? —digo intentando ayudarla a terminar la frase

— Sí, antes, —Suelta una carcajada—. para cenar…

—Huele genial —afirmo acercándome a las ollas y levantando la tapa—. Mmm… ¡carne! —Sonrío y paso mi dedo pulgar por su mejilla de forma cariñosa.

—Sí, carne stroganoff , muy rica, te va a encantar. —Sus ojos brillan. Si todo sale bien, habrá merecido la pena toda esta lucha tan solo por verla feliz y a salvo.

La primera noche que vino aquí no nos dirigimos la palabra. Yo me arrepentía de lo que había hecho, por miedo, supongo. Caminaba por la casa con el ceño fruncido y con la mirada perdida, solo quería salir corriendo. Ella no se atrevía a hablarme, se esperaría lo peor.

Con el tiempo me reveló que no durmió nada, que temía que le hiciese algo, y yo le pedí perdón, aunque mi noche tampoco fuese la mejor de mi vida.

La pasé llorando de la impotencia, a oscuras y en silencio, me sentía solo, no sabía qué hacer.

Pero unas horas más tarde, mientras escribía en una nota cosas útiles que podía necesitar, me di cuenta de lo que había hecho.

Realmente le había salvado la vida, como hubiese querido hacer con Brooke.

Era una segunda oportunidad, era el destino.

Los días posteriores, con cautela, fuimos contándonos nuestras vivencias.

Yo no profundicé mucho, tampoco podía; conté lo superficial, lo que no hace daño en el corazón, pero ella se abrió, y me relató sus años de tormento con Igor.

La rabia me consumía cada vez que me narraba una de sus historias, cada vez que sus ojos se encharcaban de lágrimas.

Ese hombre le había arruinado la vida y, aunque viviese completamente atemorizada, el miedo a morir le hizo continuar con él.

Ahora ha recuperado su sonrisa, los moratones se han borrado de su cuerpo y parece feliz, muy feliz.

—Troy, voy a dejar… —balbucea con dificultad.

—¿Lo vas a dejar reposar? —Ella asiente y suelta una tímida carcajada—. Sí, tranquila, aún es pronto, yo voy a subir a ponerme algo cómodo.

—Está bien. —Sus grandes ojos azules se achinan y, a continuación, vuelve a girarse para terminar de preparar la comida.

Subo por las escaleras hacia el baño para lavarme las manos, y después, camino hasta la habitación.

Cuando llego ahí, busco uno de los chándales que llevaba en la competición de Tailandia, y empiezo a desvestirme para ponerme más cómodo.

Al desatarme la parte de arriba del mono y quitarme la camiseta, escucho unas suaves pisadas y antes de que pueda darme la vuelta, noto cómo unas suaves manos me acarician la espalda hasta alcanzar mi torso.

Me doy la vuelta lentamente y me encuentro a Karina sonriendo con dulzura.

Se acerca más a mí, y se pone de puntillas, luego agarra mi nuca con fuerza y junta sus labios con los míos.

Durante unos segundos me dejo llevar, pese a que tan solo puedo pensar en Brooke y en lo que desearía que fuese ella.

Me separo poco a poco, sin embargo, ella no se da cuenta de mis intenciones y sigue con su juego.

Comienza a besarme el cuello, y tras ello, va bajando, deslizando su lengua por todo mi cuerpo.

Me estremezco, no lo puedo evitar, han pasado meses desde la última vez que…

«no puedo hacerlo, no quiero hacerlo.» Coloca sus dedos en la cremallera del mono y la baja con delicadeza hasta que finalmente éste cae al suelo.

Apenas está a unos centímetros, puedo sentir su respiración entrecortada, su excitación, pero tan solo soy capaz de escuchar mi corazón latiendo con fuerza y mi cabeza diciéndome que solo me estoy engañando, que nunca podré ser feliz con ella.

Ella no es Brooke. Se pone de rodillas, yo la miro ansioso y es entonces cuando está a punto de empezar, cuando es inevitable que…

—Para —grito corriendo hacia la cama y poniéndome rápidamente el chándal. No soporto estar desnudo ni un segundo más—. Quizás sea mejor cenar ya, ¿no?

—Troy, ¿estás bien? —Se acerca a mí, y roza mi rostro con sus manos. Yo me alejo.

—Sí, solo es que…no puedo hacerlo —confieso derrumbándome por completo—. La echo tanto de menos… —De mis ojos empiezan a brotar lágrimas que soy incapaz de frenar.

—¿A quién? —Ambos nos sentamos al pie de la cama y Karina empieza a consolarme con abrazos y caricias.

—A Brooke.