Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Aproveché ese momento para fijarme en ella.

Sus brazos y piernas estaban al descubierto, y estaban llenos de moratones.

Tiritaba por el frío, y no era de extrañar, tan solo llevaba un fino vestido que era incapaz de alejarla de la hipotermia.

Sus ojos claros e hinchados lloraban sin cesar, su labio partido sangraba y su nariz no parecía tener su tamaño original.

—Déjala en paz.

—O si no, ¿qué? —Sus ojos estaban inyectados de ira y rabia, y sus brazos robustos y ocultos por un abrigo de pelo se preparaban para lanzar el primer golpe—. No me das miedo, puto inglés.

—Soy estadounidense, cabrón.

Se acercó a mí corriendo, y yo dócil, sin apenas moverme, desplacé con el pie un tronco que estaba a unos centímetros de mí.

Unos segundos más tarde, el ruso estaba en el suelo, con el tobillo torcido y gritando improperios en su idioma.

Pero no se rindió, quería volver a levantarse, así que le pisé con fuerza su pierna, haciendo que rugiese aún más.

El siguiente paso fue su cara. Presuroso, me deslicé hacia el otro lado, aquel separado por el tronco, y le observé dubitativo mientras me planteaba cuántas veces tendría que golpearle para que nos dejase en paz.

Mi puño estaba a punto de impactar en él cuando escuché un gimoteo y un ruego:

—Espera, espera. Hagamos un trato —propuso, provocando que frenase en seco.

—¿Qué trato? —Él sonrió al ver que había picado en el anzuelo.

—Organizo carreras ilegales. Hasta el 30 de diciembre habrá una cada tres semanas —afirmó y acto seguido trató de reincorporarse. Pero yo no podía permitirlo.

Sin pensarlo, saqué la pistola que guardaba en mis pantalones, la de los —“por si acaso”— y la cargué en un segundo para después apuntarle directamente a la cabeza. Un grito ahogado salió de la boca de la chica.

—Ni se te ocurra moverte, ¿qué quieres decir con eso? —Él alzó sus brazos mientras continuaba de rodillas en el suelo.

—Si consigues llegar a la final y ganarme, te quedas con la chica.

—Sonrió—. Yo ya la tengo muy usada. —Sus palabras generaron que la rabia fluyese dentro de mí.

Así, agarré la pistola por el cañón y le golpeé en la boca con la empuñadura.

Luego volví a apuntarle sin mostrar ni un signo de debilidad.

Aunque por dentro, estuviese más nervioso que nunca.

—¿Por qué no debería matarte ahora mismo? —pronuncié sintiendo una extraña sensación de control y él escupió sangre al suelo.

—Porque tengo amigos que irán a por ti y a por la chica en cuanto se den cuenta de que no estoy. Sin embargo, —Comenzó a levantarse, pero sus brazos todavía seguían alzados—. si ganases legalmente la apuesta, estaríamos en paz.

—No hay nada legal en esas carreras.

—Bueno, piénsatelo. Tienes cinco minutos antes de que vengan mis amigos.

Puedes llevarte a la chica ahora mismo, venir la semana que viene a las carreras y conseguir su libertad o también puedes hacer que te maten a ti, —Se giró para mirarla— y a ella —incidió, colocando su mano frente a la mía buscando que aceptase su sucia proposición.

No obstante, a mí solo me importaba una cosa.

—¿Quieres venir? —le pregunté a la joven desconocida con palabras y gestos, mientras me quitaba la cazadora y se la ofrecía.

—Spasibo —contestó, levantándose con cuidado y aceptando la chaqueta.

Esa fue la primera vez que vi su sonrisa.

Despierto del trance y cierro la ducha:

—Suficiente agua por hoy —musito, recordando los momentos en los que la piscina y los libros eran mi única compañía.

«Aquí, ni siquiera tengo eso.»

Mis dedos se deslizan por mi pelo con soltura mientras el secador cumple con su función. Después, me pongo el mono gris del trabajo y, veloz, me dirijo hasta la puerta. Allí, cojo las llaves, una manzana, unos chicles y me pongo la cazadora negra con la que comenzó todo.

Un kilómetro separa mi “ casa ” del taller, así que aprovecho el largo camino para desayunar, como de costumbre.

Al llegar, saludo con entusiasmo fingido a mi jefe, Alexey, un señor mayor de apariencia triste.

Y verdaderamente lo está. Su único hijo se fue hace unos años a la capital para ser abogado de finanzas.

Él esperaba que continuase con el negocio familiar y eso le rompió el corazón.

Siempre dice que le recuerdo a su hijo, supongo que por eso me trata como tal.

— Privet —pronuncia, dándome una palmada en la espalda. Una gran sonrisa desfila por mi rostro—, hay alguien ahí esperándote, dice que es urgente. —Dubitativo, arqueo las cejas y corro hasta la zona de inventario, el lugar donde guardo el coche con el que corro cada semana.

—¡Stewart! —exclama el desconocido antes siquiera de entrar en la sala.

«Hijo de puta.» Reconocería esa voz con los ojos cerrados.

—Igor —declaro, fulminándolo con la mirada.

Solo él se dirige a mí con mi apellido falso. Para el resto de gente sigo siendo Troy, aunque ya no sepa ni quién soy.

—¿Preparado para esta noche? —Un diente de oro asoma en su boca cuando sonríe. «Daría lo que fuese por arrancárselo de un puñetazo.»

—Es la decisiva, ¿verdad?

Ambos nos mantenemos en silencio tras mi pregunta.

—Ya sabes que esto es un simple juego para mí, nunca nadie ha conseguido ganarme.

—Nunca te has enfrentado a alguien como yo. —Él suelta una carcajada y yo esbozo una pequeña sonrisa.

—¿Qué tal está Karina, por cierto? Echo de menos su piel. —Mi corazón comienza a latir con rapidez, la vena de mi cuello empieza a hincharse—. Bueno, realmente echo de menos su… —Sin poder remediarlo, me acerco a él y le agarro del cuello con fuerza.

Paciente, escucho cómo su respiración se ralentiza. A diferencia de su expresión que permanece igual, inquebrantable. No es la primera vez que le amenazan, está claro que se siente bien nadando entre tiburones.

—Esta noche volverá a ser mía —alerta con la voz entrecortada.

—Ella no es de nadie —respondo con la ira totalmente desbordada. Su cara está empezando a perder el color.

—Tenemos una apuesta, así que yo que tú iría aflojando las manos. —Le suelto de golpe—. Además, no querrás causar peor impresión a tu jefe.

El rostro de Igor va recuperando el color a medida que sus pies empiezan a caminar hacia la salida. Va despacio como si lo ocurrido hace unos minutos no fuese con él.

—Me subestimas —declaro sereno.

—¿Eh? —Se gira y me mira de arriba abajo.

—Te crees que no sería capaz de matarte.

Una carcajada rompe a horcajadas de su boca e imprudente humedece sus labios antes de contestar:

—Tienes razón… aunque te equivocas —asegura a la vez que se acerca a mí, imponiendo su semblante a escasos centímetros. Apesta a tabaco y alcohol barato—. No es que lo crea, es que lo sé.

Nuestras miradas luchan en un duelo momentáneo que dura lo suficiente para que mis pulsaciones crezcan dentro de mi cuerpo. Por fuera, ni siquiera un terremoto me haría temblar.

—No eres un asesino —añade, retomando su partida y perdiendo así la primera batalla.

—No tienes ni puta idea de quién soy —replico.

Sus manos se deslizan por el mango de la puerta con delicadeza, disfrutando de cada instante que permanece en el taller. Después, y antes de cerrar la puerta bruscamente, me dedica una última mirada, la más arrogante que he presenciado jamás.

—Por cierto, bonito Ford Focus RS .

—Hijo de puta —mascullo, corriendo hasta la sala.

Allí, compruebo si el coche arranca, si los frenos funcionan con normalidad y si todo en resumidas cuentas sigue igual que antes.

Suspiro con tranquilidad al ver que es así, y que el estúpido de Igor solo pretendía asustarme.

«Supongo que he sido un idiota al preocuparme, me habrá visto en otras carreras con este mismo coche… »

—Troy —La ronca voz de mi jefe retumba a mis espaldas.

—Perdón por… —comento, antes si quiera de darle opción de hablar.

—No te preocupes, yo ya soy mayor y ya he vivido mucho aquí —me interrumpe, alzando la mano y luego continúa—: pero a ti…

a ti te queda mucho por vivir aún, no te metas en problemas, no merece la pena.

Ese es Igor Pávlov, un sucio delincuente que no dudará en matarte si te entrometes en sus asuntos, así que ten cuidado, por favor.

Sus oscuros ojos se difuminan con lágrimas que tratan presurosas de brotar. Sin embargo, este lo impide, pasando sus ásperas manos por sus párpados y carraspeando su garganta un par de veces.

—Lo sé, tranquilo, me pongo ya a trabajar —exclamo, pretendiendo hacer como si sus palabras no tuviesen ningún sentido en mí, pero si lo tienen. Está decepcionado, es obvio. Y lo peor de todo es que lo entiendo, yo también lo estaría.

Tiro el guante que me había puesto hace un segundo para hacer las comprobaciones y le doy un abrazo a modo de agradecimiento.

Este me lo devuelve sentidamente y cuando nos separamos, veo que no ha sido capaz de silenciar todas sus emociones.

Al menos, no una de ellas, que corre veloz por su mejilla.

—Esta tarde descansa, no te quedes —ordena, sorbiendo su nariz.

—Pero aún me quedan cincuenta horas para completar el pago del coche y quiero conseguirlo cuanto antes.

—Ya está pagado. Ahora ve a trabajar, tienes que hacer dos depuraciones y hacer las reparaciones de un Lada Niva .

—Gracias, —Él me guiña un ojo y yo salgo dispuesto a trabajar—. por todo —incido, justo antes de salir.

Un día después de aceptar la propuesta de Igor entré en pánico, «¿quién demonios me había mandado meterme ahí? Suficientes problemas tenía yo ya.» Con el paso del tiempo, realmente creí que se olvidaría de mí, que no me buscaría, que tendría mejores cosas que hacer. Pero me equivocaba.

El 7 de agosto una nota con una hora y una amenaza —Corre o muere— apareció en la puerta del taller.

Lo arranqué con tanta fuerza que incluso me arañé la palma de la mano.

Sentí ira, terror, arrepentimiento… pero ese día llegó una oportunidad a manos de mi jefe, en forma de Ford Focus RS de un verde pistacho un tanto extravagante.

En aquel coche cabía una remota posibilidad de ganar, lo sabía, lo sentía.