Capítulo 3
TROY
— T roy... —Sus manos se deslizan por mi piel, y siento un fuerte escalofrío. Al escuchar su tenue voz, aquella que me acompaña todas las noches antes de quedarme dormido, me doy la vuelta lentamente. Su olor también está presente y eso acelera aún más mi corazón.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunto, olvidando la realidad. Sus ojos verdes apenas se ven, sus pupilas están muy dilatadas y su pelo rojizo parece haber perdido el brillo que tanta fuerza transmitía.
—¿Por qué me dejaste morir?
La cara de Brooke comienza a resquebrajarse, su fina tez se convierte en cicatrices cada vez más abundantes, cada vez más notables.
Ansioso, empiezo a intentar unir los trozos, pensando que así la devolveré a la vida, y grito silenciosamente, porque mi voz es incapaz de lograr un tono más alto. Tengo la garganta completamente seca.
—Yo no... —me lanzo a decir, aunque apenas se escuche y parezca más un grito ahogado que una súplica y una llamada a la comprensión.
—¡Sí lo hiciste! —sentencia un rostro irreconocible y desgarrado—. Y pronto conseguirás que maten a tu hermano.
Me despierto sobresaltado en el duro y áspero sofá con el sudor corriendo por mi frente como todas las mañanas.
Resoplo y antes de que pueda mirar la hora, el despertador empieza a sonar.
Automáticamente le pego un golpe, apagando así la alarma para evitar que el repetitivo sonido acabe provocándome el dolor de cabeza que protagoniza mi vida actual.
« Ni siquiera sé por qué aún sigo poniéndolo cada noche, ¡como si no me despertase todos los días antes de que sonase!
» Aunque puede que sepa la razón: la intrínseca esperanza de que las recurrentes pesadillas dejen de atemorizarme en algún momento.
La noche aún preside la calle y lo hará cuando me vaya de casa.
Es lo que tiene vivir en Gorki, el oscuro y frío Gorki.
Bueno, en Rusia en sí, no se puede decir que estamos precisamente en la soleada y caliente Tailandia.
Al principio fue como pasar de cero a cien, y a día de hoy, la costumbre me ha hecho mantenerme en el cien o incluso sentir que piso el acelerador constantemente, y lo cierto es, que es lo único que hago desde la noche del 31 de julio.
Me dirijo al baño para ducharme, pero antes camino hacia mi habitación para cerciorarme de que ella está bien, de que continúa bien.
Cuando llego, la veo tumbada y completamente destapada.
Una carcajada se entona en lo más profundo de mi garganta mientras no pienso: «No se puede estar quieta, ¿o qué?
» . Mis pies se hunden con firmeza en la moqueta con cada paso que me acerca a ella y una vez delante, comienzo a taparla con suavidad, intentando por todos los medios no despertarla, pero es inevitable, sus ojos azules ya se han abierto.
—Vuelve a dormirte, es muy pronto. No quería que pasases frío.
—Lo sé —pronuncia a duras penas en mi idioma. Sé que entender no le cuesta, pero hablar aún se le hace difícil.
—Descansa —susurro, saliendo inmediatamente del cuarto.
Decidido a ducharme, vuelvo la puerta. Sin embargo, justo antes de lograr la acción completa, oigo su tímida voz.
—Gracias, Troy, por todo.
No le respondo, solo cierro por fin, haciendo el mínimo ruido y permitiéndola descansar, algo tan simple, que hace unos meses no podía hacer, como muchas otras cosas.
Bajo el agua, siento el furor de las gotas acariciando poco a poco mi cuerpo y deslizándose irremediablemente hasta caer en el plato.
«Cuando vine aquí por primera vez ni siquiera podía ducharme sin sentir que cada lágrima que salía del cabezal fuera una puñalada, y eso de manera inevitable me recordaba que yo seguía vivo y que ella no.
Pero ahora, las cosas van mejorando, lentamente, aunque aún me queda un largo camino por delante.
De momento me consuelo con poder llevar una vida más o menos normal.
» Suelto una carcajada al pensarlo. «Realmente mi vida está muy lejos de ser normal.
Pero hoy todo puede cambiar, hoy puede ser el último día de mi antigua vida, el inicio que tanto ansío desde que pisé este país. »
La noche en la que los infiernos se alzaron y me quemaron por completo fue una de las más oscuras que recuerdo desde que estoy aquí, o puede que fuese yo quien sin quererlo se sumergía una y otra vez en la misma oscuridad que, por desgracia, cada vez era más cruel.
Cuando salí del trabajo, decidí dar una vuelta.
Al día siguiente comenzaba agosto, el último mes de verano, y apenas hacía trece malditos grados.
Aún no me había acostumbrado al frío de aquí —puede que aún tampoco— .
Vivía a las afueras de la ciudad, en un casa desierta y amueblada a nombre de Olya Vólkov.
Al pisar el aeropuerto de Moscú, Caitlyn nos envió a cada uno a un sitio diferente de la capital.
A mí me tocó la Catedral de San Basilio.
Estoy seguro que, en cualquier otro escenario posible, el Síndrome de Stendhal, me habría alcanzado de manera estrepitosa.
Jamás había estado frente a tanta belleza, colores excéntricos, una simetría pura, unas cúpulas envolventes…
sin embargo, mis ensoñaciones más artísticas se habían estancado en uno de los bosques de Tailandia junto a la musa que tanto me inspiraba.
Así que revolví mi pelo pasando mis dedos por él y me acerqué a información dispuesto a averiguar más sobre mi futuro.
Una sonrisa se insertó en mis labios mecánicamente y rápidamente una de las chicas me dio un sobre, sin mediar palabra, sin esbozar tan siquiera un saludo.
A decir verdad, tampoco me importaba mucho, así que, sin más dilaciones, me alejé y, en una de las esquinas bañada en mosaicos, abrí el envoltorio.
En él se hallaba mi nueva identidad y un destino, como en el de todos supongo, pero en el mío, además, había unas llaves y no solo una ciudad, sino la dirección de una casa.
Doblé con sumo cuidado el papel y dejé atrás aquella inmensa obra arquitectónica para dar paso a mi nuevo hogar.
Tan solo unas horas más tarde, me encontraba frente a esa vivienda alejada de la población bulliciosa de Moscú. Un escalofrío humedeció las yemas de mis dedos cuando rocé la puerta y así es como vaticiné el por qué ese sobre llevaba mi nombre.
A medida que me fui adentrando en la casa, lo supe.
En las blancas paredes había cuadros, cuadros que recordaba a la perfección y que me transportaban a la mejor época de mi vida, mi infancia.
Subí las escaleras de madera y entré en la única habitación que había.
Cada vez que avanzaba, el suelo chirriaba, así que daba pequeños pasos mientras observaba todo lo que me rodeaba: muebles antiguos, alfombras de colores oscuros, lámparas cubiertas por cortinas de polvo.
No fue hasta que alcancé la mesilla cuando realmente fui consciente de la verdad.
Pasé mis manos con delicadeza por el portarretratos con el miedo recorriendo mi nuca, y susurré: «mamá», al mismo tiempo que trataba de recordar el momento exacto en el que nos tomamos esa fotografía.
No lo conseguí, y tampoco me extraña, yo no tendría ni tres años.
Dejé el marco en la cama y volví mi cuerpo hacia el pasillo.
«Así que este es el sitio donde ha estado durante años desde que nos abandonó», pensé, y entonces caí en que Rusia fue el país en el que nació.
Nunca llegue a imaginar que aquí comenzaría su nueva vida, en el lugar en el que, según ella, le hicieron tanto daño.
La esperé durante un mes, apenas salía de casa más que para comprar algo de comida en la gasolinera más cercana y aún así me cronometraba para no tardar más de diez minutos y perder la posibilidad de reencontrarme con ella después de tantos años.
Pero no apareció, ni el primer mes ni el segundo, y yo seguía estando perdido.
Aquel 31 de julio fue mi primer día en el trabajo, bueno, mi primera toma de contacto al menos.
Hasta ese momento había podido vivir con lo que tenía, con lo que Caitlyn nos había dado a cada uno.
En la casa había luz y agua, pero nunca llegaba la factura, por eso sabía que mi madre estaba ahí, en algún sitio, aunque me rehuyese por completo.
La luna alumbraba el camino hacia el bosque y yo, de manera inexplicable, acabé siguiendo esa luz.
Lo necesitaba, necesitaba seguir el único ápice de luz que había sido capaz de ver desde que llegué.
No era la primera luna llena que había habido, pero sí la primera que fui capaz de mirar después de lo que le pasó a Brooke.
Al fin y al cabo, la última la había disfrutado junto a ella.
El suave viento ondeaba las hojas de los árboles y provocaba pequeños silbidos que se introducían por mis oídos.
Era como si el bosque me cantase una melodía difícil de ignorar.
La paz me acompañó durante todo el camino y no fue hasta el final, cuando decidí que era el momento de darme la vuelta y volver a casa, cuando esa paz se disipó y la guerra comenzó a aflorar de nuevo.
—Не уходи от меня, сучка! [8] —exclamó una voz rota y grave tras uno de los árboles.
Oí gritos y palabras que era incapaz de reconocer y a pesar del miedo, me acerqué temerario al lugar del que procedían.
Los chillidos cada vez se volvían más insoportables y recurrentes, y en un segundo, desaparecieron.
Hasta que oí unas fuertes pisadas. Me paré en seco y me giré sobre mí mismo.
«Fuese quien fuese estaba detrás de mí.», pensé deseando salir corriendo con todas mis fuerzas.
Pero no lo hice. De hecho, hice todo lo contrario.
—Suéltala ahora mismo —sentencié con seriedad, mirando con desprecio al fornido hombre que se encontraba frente a mí. Él soltó una carcajada, yo no me inmuté.
—¡Un inglés se quiere meter en una pelea conmigo! —Comenzó a reírse sin parar y empujó con fuerza a la chica tirándola al suelo como si fuese simple basura.