Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Todo transcurre con normalidad, el timbre vuelve a sonar, esta vez arriba, pronuncia mi nuevo nombre con dificultad y yo asiento al mismo tiempo que le enseño mi carné de identidad falso.

Él mueve la cabeza en forma de asentimiento y me entrega el paquete sin más miramientos.

«Spasibo» , me permito decir a duras penas y el joven se despide seco mientras comienza a bajar rápidamente por las escaleras.

Cierro la puerta lentamente, sosteniendo como puedo el paquete que permanece entre mis manos.

No es muy grande, pero tampoco pequeño. «¿Qué será?

» , me pregunto curiosa. Sin embargo, la intriga pronto se ve interrumpida por el resonar de un teléfono móvil.

De nuevo, corro hacia la habitación antes de que se corte.

Las paredes verde pastel del pasillo se me vienen estratégicamente encima.

«Demasiadas emociones por un día.»  Inhalo y exhalo con nerviosismo antes de aceptar la llamada.

Es el teléfono secreto. Otra llamada más. «¿Acaso debería preocuparme?»

—Elle. —Ni siquiera me da tiempo a contestar antes de que mi hermana se adelante a pronunciar mi nombre—.

El paquete ya ha llegado, ¿no? Acabo de recibir un mensaje de que ha llegado ya.

¡Ábrelo, venga, ábrelo! —Su inquietud rezuma ansiedad y provoca que mi corazón lata con fuerza.

«¿De dónde sale tanta insistencia? ¿Por qué ahora? »

—Voy, ahora voy.

Prudente, recojo el paquete y comienzo a abrirlo.

Primero, quito el cartón, luego voy retirando las capas y capas arremolinadas cuidadosamente para crear toda una experiencia alrededor de un misterio.

Entonces, una caja azul cian con el nombre de “Vika Gazinskaya” se eleva presurosa frente mis ojos.

Mis dedos rozan la apertura nerviosos. «¿Qué es esto?

» , exclamo, mordiéndome el labio inferior.

Y, de pronto, se despliega alzando el vuelo un vestido color cielo de seda y escote pronunciado.

—¿Ya lo has abierto? —Se escucha tras la otra línea.

—Sí —balbuceo mientras aprecio la calidad de la prenda.

—¿Qué te parece?

—Es precioso. —Ambas nos quedamos en silencio, yo ensimismada y ella disfrutando de ello.

—Te dejo comer. Paso a buscarte a las 8.30 pm, estate preparada. ¡Nos vemos!

Durante unos segundos, quizás minutos, observo el vestido, acariciando la suave seda que provoca en mí oleadas de suspiros y escalofríos.

«¿Cuánto le habrá costado?» , cuestiono para acto seguido negar con la cabeza como si eso alejase los pensamientos de mi mente.

«Tan solo aférrate a los buenos momentos y vive de ellos, aunque sean pocos, aunque apenas existan.

Aférrate a ellos por lo menos hasta que nos reencontremos y podamos crear nuevos fuera de aquí, fuera de este país.

Sé feliz estés donde estés, por favor, sin importar lo separados que estemos.

». Esas fueron las palabras que Tyler me susurró al oído antes de despedirnos en el aeropuerto de Moscú.

Unas palabras que me atravesaron y se llevaron por medio un futuro que, aunque fuese incierto, parecía haber cobrado vida en el instante en el que decidí no llevar a cabo mi plan.

Y realmente me alegro de no haberlo llevado a cabo, a pesar de que la realidad no sea como me esperaba. La verdad es mucho más oscura y fría.

Las horas posteriores pasan veloces. Es gracioso, hasta ahora, todos los días habían transcurrido con una lentitud desmesurada y hoy presumen de una rapidez casi inmediata. De hecho, el reloj ya marca las 7.56 pm.

«Debería bajar ya y no hacer esperar a mi hermana cuando llegue» , pronuncio en voz alta antes de acercarme por última vez al baño y mirarme al espejo.

«Puede que esté feo decirlo, que hasta suene arrogante y un pelín narcisista, pero estoy guapísima.

Hacía tanto tiempo que no me arreglaba que casi había olvidado cómo hacerlo.

Y no hablemos de andar en tacones… menos mal que tenía un par del viaje y que, por lo menos, he podido practicar durante toda la tarde.

No me gustaría que mi primera aparición en esta ciudad acabara conmigo en el hospital por una torcedura de tobillo. »

El timbre resonando interrumpe mi momento de egocentrismo, así que decido coger el bolso y bajar al portal lo más rápido que puedo.

O, mejor dicho, lo más rápido que los tacones me permiten.

Cuando piso el último peldaño — porque no, nuestro piso no tiene ascensor—, veo a mi hermana reluciente como hacía años que no la veía.

Su pelo largo y castaño hoy brilla un poquito más y sus ojos verdes hacen contraste con las oscuras calles de la ciudad, adornadas únicamente por las luces de los semáforos que destellan repetidas veces.

Sonrío al verla sonriendo, ni siquiera sé por qué lo hace, pero me gusta verla así.

—Estás guapísima, Cait.

Ahora que estoy más cerca, puedo ver el vestido entallado y negro que cubre su cuerpo y exalta su figura.

—Tú también, hermanita, —Me guiña un ojo—. No creo que el taxi tarde mucho en llegar, le he llamado cuando aún estaba en la oficina cambiándome.

—¿Oficina?

—Sí, donde trabajo, en la oficina, creía que te lo había contado. Es una oficina de turismo, ya sabes que me encanta viajar y eso. De verdad que creía que te lo había contado.

—No, la verdad es que no, no tenía ni idea.

Mi confusión debe estar palpándose en el ambiente porque Caitlyn es incapaz de mirarme a los ojos desde que ha salido el tema.

—Lo siento, se me debió pasar —declara, esperando que no haya más preguntas, aunque mi desconfianza me ruega que no cierre la conversación, que continúe sacándole información, sea cual sea.

—¿Y cómo encontraste el trabajo? —Mis palabras denotan inquietud, pero no soy la única, las manos de mi hermana no cesan de temblar.

Durante un segundo, me observa dubitativa y, acto seguido, vuelve a dirigir la mirada a la carretera para contemplar los coches que pasan por ella. Como si el deseo de una estrella fugaz se cumpliese, el taxi aparece y Caitlyn comienza a señalarlo mientras grita:

—Mira, ya ha llegado, menos mal, creí que íbamos a llegar tarde.

Niego con la cabeza malhumorada. «¿Por qué juega así conmigo?»

—¿Vienes? —pregunta ella que, incorporada ya en su asiento, me invita a hacer lo mismo con pequeños golpecitos a la tapicería.

—Sí… —asiento, sentándome finalmente y poniéndome el cinturón.

El taxista arranca y mi hermana, empleando una sucia táctica para rehuirme, comienza a hablar con él. «Estoy harta de amoldarme a ella y no inmiscuirme en su vida, creo que me merezco explicaciones» , pienso, resoplando. «Es que no le importa… ni se da cuenta de mi cabreo…en fin.»

Finalmente, me decanto por ignorar su tediosa conversación y empiezo a fijarme en las calles moscovitas que nos rodean.

De un momento a otro, abandonamos la oscuridad y las luces del centro de Moscú se vuelven tan nítidas que casi amenazan con deslumbrarnos.

De hecho, tengo que parpadear un par de veces hasta que mis ojos se acostumbran a tal cantidad de luz.

Y es entonces, cuando pasamos cerca del río Moscova y disfruto del reflejo de cada uno de los edificios más emblemáticos del país, cuando me pregunto cómo he podido tardar tanto en venir a visitar este lugar de noche.

La luna apenas puede competir contra esto, ni siquiera el sol es tan brillante como el Kremlin iluminado.

—Elle, límpiate la baba que se te está cayendo un poco… —exclama mi hermana mientras suelta una carcajada.

—¿Qué? —Sonrojada, intento limpiar mi barbilla y mis labios, pero pronto me doy cuenta de que están completamente secos—. ¡Ja-ja! ¡Qué graciosa! Todavía no había visto Moscú de noche, bueno, el Moscú más bonito.

—¿En serio? —pregunta realmente sorprendida.

—Sí, me he pasado los días esperando a que resolvieses todas mis dudas —admito firmemente y escucho cómo mi hermana traga saliva ansiosa.

Debe enfrentarse a mí, ella lo sabe, pero antes de que pueda abrir la boca, su suerte vuelve a aparecer.

—Señoritas, ya hemos llegado. —El hombre aparca en doble fila y echa el freno de mano. Después, se vuelve hacia nosotras y afirma a la vez que atusa su enorme bigote negro—: Son 173 руб.

Mi hermana sonríe.

—Baratísimo, ¿verdad? —susurra, sosteniendo con su mano un par de rublos, al mismo tiempo que busca los restantes en el bolso.

El tiempo pasa veloz y los asientos del coche van llenándose de cosas inservibles que permanecían hasta hace unos segundos en el interior de la cartera de mi hermana.

Mientras tanto, mis dedos juguetean con el tacto del vestido y con 3$.

«¿Encima me va a tocar pagar a mí?» , pienso cada vez con más recurrencia.

El hombre nos contempla con el ceño fruncido por medio del espejo retrovisor y, de repente, hace sonar el claxon enfadado, empujándome a tomar acción.

—Quédese con los cambios, ¡hasta luego! —comento, tendiéndole el dinero y saliendo del coche lo antes posible.

El frío se cuela entre los recovecos que deja al descubierto mi vestido y, decidida a no ponerme mala, cubro mis hombros con un fino chal del mismo color que el vestido. «Cómo si eso pudiese impedir algo…» .

Pronto dejamos atrás el taxi y accedemos al centro de la bella ciudad.

Mis ojos se convierten en estalactitas a punto de romper en mil pedazos tan pronto como mis pies sienten el suelo empedrado y mi vista se alza ante tal grandiosidad, enfocando en último lugar el símbolo de Rusia.

En paz, saboreo los colores vivos de la Catedral de San Basilio y me imagino lo que debió ser vivir aquí durante su construcción.

Vivir el antes y el después de la ciudad.

Las cúpulas vibran exuberantes formando espirales, rombos y líneas perpendiculares, ninguna es igual que la otra y eso lo hace aún más extraordinario.

—¡ Hey ! —Noto la mano de mi hermana rozando mi antebrazo—. Gracias.

—No las des, pero espero que no pase esto en el restaurante, no he traído mucho más dinero. —Ambas soltamos una carcajada.