Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

ELLE

P i , pi,pi .

Abro los ojos al escuchar el sonido incesante del despertador y deslizo mi mano por la mesilla hasta encontrar el botón de “apagar” .

«Ojalá no hubiese comprado esta mierda nunca» , me digo entre resoplos para después añadir: «aunque la verdad es que, si no lo hubiese hecho, el jet lag aún seguiría acechándome por las noches.

En fin, lo mejor será que haga algo a parte de seguir durmiendo y soñando con una vida que dista mucho de la actual. »

Doy una gran bocanada de aire mientras repaso la grisácea habitación con el sueño aún empañando mis pestañas.

«Creo que nunca me acostumbraré a este diminuto espacio, es demasiado asfixiante, sobre todo a primera hora de la mañana.

» Levantada, me coloco las zapatillas de estar por casa, haciendo crujir el suelo de madera gastada y abro las tupidas cortinas que aterran a la luz y también al frío.

La palidez de las paredes recobra un pelín el color, tampoco mucho, no nos equivoquemos y, con desgana, camino hacia la pequeña cocina del apartamento que separa el salón del dormitorio.

Allí, la oscuridad se cierne más que en otros recovecos del piso, así que presurosa enciendo la luz antes de prepararme el desayuno y dirijo la vista hacia los armarios amarillentos que llegan hasta el techo.

De puntillas, trato de alcanzar la taza situada en el estante más alto y maldigo en voz alta por no conseguirlo a la primera: «¿Por qué tienes que hacer que todo parezca fuera de mis posibilidades, Caitlyn?

» . A la segunda, o quizás a la tercera, lo logro, pero no sin antes enfurruñarme y soltar todo tipo de improperios por la boca. «Nunca cambiaré, supongo.»

Dejo el tazón en la encimera con el fin de verter en él la poca leche que queda y lanzo al cubo de la basura el recipiente vacío.

Al ver que he encestado no puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa y recordar aquellos momentos en los que mi hermana y yo nos pasábamos las tardes jugando al baloncesto.

Pero ya ha pasado mucho tiempo de eso y las cosas han cambiado, mucho.

Saco los cereales del cajón de abajo mientras la taza se calienta en el microondas y, entonces, algo interrumpe mi rutina. Una llamada entrante en el móvil de prepago que compré nada más llegar, ese que cargo cuando nadie más me ve.

Ansiosa, corro a la habitación y revuelvo entre las cosas que aún yacen dentro de la maleta hasta que, por fin, lo encuentro.

Nadie tiene este número de teléfono, solo lo compré por seguridad, como Caitlyn me advirtió cuando nos separamos.

Fijamente, examino el número. «Si no coges ya, van a cortar» , me digo, dando una gran bocanada de aire y pulsando, acto seguido, el botón de “aceptar”.

—¿Sí? —Al segundo me arrepiento de contestar, «¿y si solo estaban comprobando que era yo y ahora que han escuchado mi voz, lo saben al 100%?»

Por un instante, me planteo colgar, dejarlo sin más… bajar al contenedor más cercano y tirarlo ahí, para no dejar rastro, para que mi hermana no se entere de mi error.

—Elle, soy Cait. Hoy no creo que coma en casa, estoy liada en el trabajo.

—No contesto, estoy demasiado perpleja como para hacerlo.

Ella no tenía que saber lo del teléfono, no se lo había contado a nadie, ni siquiera lo había utilizado todavía—.

Ah, por cierto, llegará un paquete a lo largo de la mañana, es para ti.

Póntelo esta noche, te voy a llevar a un restaurante flipante, ya verás.

—E…está bien. —Las palabras se me atragantan a medida que hablo.

—¿Todo bien?

—Sí, todo bien.

—Elle, ¿te estabas preparando el desayuno? Parece que suena el microondas.

—¡Joder! ¡Sí, mierda! ¡Te dejo, voy a apagarlo!

—Vale, hermanita, nos vemos a la noche. Un beso, te quiero.

La llamada se corta, pero tras ella aún queda el persistente pitido del microondas y un «te quiero» que hacía mucho tiempo que no escuchaba.

De hecho, no lo oía desde la última vez que me despedí de ella en el aeropuerto de Virginia, cuando se disponía a coger ese avión a Tailandia.

El destino en el que la perdería por primera vez.

Aunque se podría decir que también la perdí de nuevo en un aeropuerto, en el de Bangkok, cuando yo le dije lo mucho que le había echado de menos y lo que la quería y ella solo me contestó con un: “Ahora no tenemos tiempo para sentimentalismos. Tenemos que marcharnos ya”.

Resolutiva, trato de darle al “stop” para evitar que ese sonido siga taladrando mi cerebro por más tiempo.

Con la calma, al fin, gobernando en el piso, me siento a desayunar.

Sin embargo, no puedo frenar mis pensamientos.

«¿Qué demonios habrá en ese paquete? ¿Y por qué ahora, después de seis eternos meses, Caitlyn se va a dignar a sentarse conmigo y mantener una conversación de más de cinco minutos? »

Demasiadas preguntas y pocas respuestas . Ahora bien, sin duda, hay una que resuena con más intensidad. «Si se suponía que estar juntos nos ponía en peligro, ¿por qué vino a por mí para luego hacer como si no existiese?»

Todo empezó una semana más tarde de separarnos cuando sentí una presencia en aquel cuchitril donde estaba alojada.

Esa tarde me dediqué a pasear por las calles de Moscú, buscando algo en ellas que me hiciese sentir en casa. Aunque eso fuese completamente imposible.

Recuerdo que el frío no había alcanzado aún la ciudad, pero para mí el simple hecho de estar ahí ya suponía un cambio muy brusco, Tailandia y Rusia distaban demasiado como para encontrar alguna similitud y eso me provocaba escalofríos que recorrían hasta el más diminuto recoveco de mi ser.

Pero debía acostumbrarme tarde o temprano, y estaba segura de que al destino se le había antojado tenerme en vilo durante unas cuantas noches más hasta que me ubicase, al menos.

Y eso tenía pinta de ocurrir más tarde que pronto, por desgracia.

Entré en un supermercado donde nadie parecía hablar mi idioma. Fue desquiciante, muy desquiciante, pero a pesar de las dificultades, conseguí comprarme una ensalada envasada que me cenaría cuando cayese el sol. Buena pinta no es que tuviese, pero peor era nada.

Crucé un par de calles hasta alcanzar el motel que, para ser tan barato, se encontraba muy cerca del centro o, por lo menos, de la Galería Tretiakov, el lugar en el que conocí mi nueva identidad. «Ni siquiera me acuerdo de mi nombre falso, ¿para qué? Si no tengo relación con nadie...»

Al cruzar el portón de mi nuevo hogar, y subir las escaleras, caí en que la puerta de mi habitación estaba abierta.

Juro que casi me desmayo y que, con las piernas temblando a tal extremo, se me hizo difícil propiciar la huida perfecta.

Pero antes de que me diese cuenta, estaba dentro con mi hermana acurrucada entre mis brazos.

Lamentablemente, ese abrazo apenas duró un par de segundos.

Dirijo mi mirada al tazón y me bebo de un sorbo todo lo que queda en él.

Después de fregarlo, vuelvo a la habitación y recojo de mi mesilla un libro que me compré hace un par de semanas y que llevo releyendo desde entonces.

Sentada en el sofá-cama que aún continúa utilizando mi hermana, comienzo a leer, por quizás ¿tercera vez?

No sé, ya he perdido la cuenta, La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker .

El caso es que me transporta a Tailandia y no porque la historia tenga algo que ver con ese lugar, de hecho, transcurre en New Hampshire.

Es inevitable que me recuerde a ese país porque fue Tyler quien me recomendó el libro:

« ¿En serio me estás diciendo que eres amante de los thrillers y no te has leído La verdad sobre el caso Harry Quebert ? ¡Tienes que estar de broma! », pronunció con su grave voz, esbozando una sonrisa petrificante en la que te quedarías viviendo de por vida.

Aquella noche, le prometí que leería esa novela y, a día de hoy, es lo único que da un poco de luz a mis días, pese a que me sé el final de memoria y los guiones y comas de un par de capítulos.

Las horas pasan y cierro el libro en el capítulo veintisiete.

Leo el título: “Ahí donde estaban plantadas las hortensias”, y sonrío al saber qué va a pasar.

Me encanta que nada me pille por sorpresa.

Es lo que diferencia la ficción de la realidad…

la ficción es mucho más previsible, por lo menos en mi caso.

Vuelvo a la habitación dispuesta a dejar la novela en la mesilla, su sitio habitual, y, tras ello, ando con ligereza hasta la cocina pensando en lo que comeré hoy.

Decidida, abro el frigorífico y saco de él unos pelmeni [4] .

Algo fácil de cocinar. La verdad es que las pocas palabras y expresiones que sé en ruso las he aprendido en los tutoriales de cocina de You Tube y a base de ir al supermercado.

Una pequeña carcajada sale a trompicones de mi boca al pensarlo y, luego, continúo con mi labor.

Mientras dejo los raviolis en la encimera, me pongo a preparar la salsa: nata líquida, zumo de limón y queso cremoso para untar.

La verdad es que la gastronomía rusa me encanta y cocinar se ha convertido en uno de mis pasatiempos favoritos.

En realidad, cocinar y leer son las únicas cosas que hago para pasar el día.

De pronto, justo cuando ya tengo preparado el plato sobre la mesa plegable, suena el timbre.

Cautelosa, me acerco al portero automático y fijo mi vista en el cuadrado iluminado que muestra un joven de Pochta Rossii [5] .

Le abro, no sin antes preguntar por el telefonillo y recibir la respuesta evidente: “ repartidor de envíos postales, señora ”.