Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Ethan, le mataron porque se negó a ser parte de ellos, ¡yo entré en su lugar! ¡Yo hice todas esas cosas de las que mi hermano se avergonzaría, por las que prefirió morir!

—¡Lo hiciste para sobrevivir! ¡Solo tenías quince años!

Eras un puto crío inocente al que obligaron a decidir entre matar o morir —grité de manera desmesurada porque así lo sentía.

Una gran impotencia me oprimió el pecho al pensar en lo que tuvo que hacer para estar aquí. Un niño jamás debería pasar por eso.

Sus ojos se cristalizaron en el momento en el que los guardias se acercaron a nosotros y nos avisaron de que ya se había terminado nuestro tiempo. Debíamos volver a nuestras diminutas celdas. Aquella conversación teñida de humanidad tan solo había sido un suspiro.

En la despedida nos dimos un gran abrazo y fue ahí, al sentir su gran dolor, cuando me di cuenta de que esa noche sería más larga que las otras. Ahora sabía quién era Viktor Kozlovski antes de llegar ahí. Tan solo quedaba que él conociese mi historia. Fuese cual fuese.

Me pasé la mañana siguiente pensando en que había llegado mi día, tenía que sincerarme como él había hecho, se lo debía.

Pero no hubo oportunidad. La noche anterior, Viktor sufrió un ataque de nervios y los guardias le castigaron sin su hora de libertad.

No había espacio para los débiles, o eso nos repetían una y otra vez, como si ellos supieran diferenciar entre lo que es ser débil y lo que es sentir que te consumes cada segundo que pasa.

Tardamos un par de días más en volvernos a reunir y durante esa esperada ocasión me contó la otra parte de la historia, la que nunca antes había pronunciado en alto.

—Puede que al principio lo hiciese por miedo, pero cuando fui creciendo y la sangre se fue acumulando en mis manos, quise dejarlo.

Con todas mis fuerzas, créeme, Ethan, pero no pude huir, no sin mi otro hermano.

—Él juntó las manos y miró al cielo—. Él no es como nosotros, nació diferente, él no quería ser hombre, no se sentía como tal, y mi familia no podía enterarse, no podía saberlo.

Mientras yo siguiese al mando, todo estaría bien con Anastasia, ella podría vivir en paz, sin peligro, fuera de aquí y a poder ser, fuera de Rusia.

Vendí mi alma al diablo para salvar la de mi hermana.

—Eres más valiente de lo que tú crees.

—Mi hermano Nicolay fue un héroe, yo solo fui un esclavo. Espero poder remediar algún día todo el daño que he hecho, solo así seré un héroe como él —exclamó señalando en el cielo la estrella más grande que se ve en el firmamento.

Todos mis pensamientos se disipan cuando veo entrar con rapidez al ruso. Su expresión parece inquieta, algo malo ronda por su cabeza.

—Ethan. —Resopla con fuerza.

—¿Qué pasa? —contesto levantándome y acercándome a él.

—Ha entrado una chica.

—¿Qué?

Los rumores dicen que en 2001 entró una mujer a la Ciudad Blanca. Por desgracia, apenas duró con vida unas horas.

«No me explico el por qué volver a probar si eso causará otra muerte más.»

—Sí, pensé que desde lo de Anya no volverían a repetirlo, pero los dirigentes de esta mierda no tienen escrúpulos.

—No podemos dejar que…

—Lo sé —responde con seriedad—. Pero ¿qué vamos a hacer? No podemos retrasar la fuga.

—Vendrá con nosotros.

—Ethan, no la conocemos, no podemos confiar en ella.

—Tampoco podemos dejarla aquí —inquiero para después añadir imprudente—: ¿Y si fuese tu hermana? —Sus ojos endurecen su mirada.

De pronto, una explosión de jolgorio interrumpe nuestra conversación. Gritos, risas y palabras asquerosas corren a lo largo de los pasillos del módulo cinco.

—Si no nos damos prisa, no quedará nadie a quien proteger —advierte, entonces, el ruso, dándome una palmadita en la espalda— Tendré que empezar a llamarte Совесть.

—No me has enseñado nunca esa palabra.

—Significa “conciencia”.

Una mirada cómplice sobrevuela entre nosotros y rápidamente nos disponemos a salir, listos para conocer a la desafortunada. Y en cierta manera, para salvarla la vida.

Dirijo mi vista hacia las paredes blancas que forman la prisión con prudencia, no me gustaría llamar demasiado la atención el último día.

Es inevitable fijarse en la crudeza que muestra el entorno, es como si la hubiesen creado para despertar en nosotros las peores pesadillas, para mantenernos siempre alerta.

Tengo miedo de lo que me encontraré fuera, aunque dudo que sea más duro que seguir luchando aquí.

«No creo que pueda aguantar mucho más siendo Ethan Fields y matando por placer, o aparentándolo, al menos.»

El ruido de los presos cada vez es más frecuente.

Incluso, tengo que taparme los oídos para poder continuar sin formar ningún altercado.

Pero al llegar al módulo tres… empieza la locura.

Las paredes se tornan a un color más oscuro, más intenso y las distancias se acortan hasta provocar la claustrofobia de los presos más aprensivos.

Por un instante, mi semblante tranquilo se inquieta al sentir el roce de otra persona, pero al darme la vuelta y reconocerle, mi corazón vuelve a latir con normalidad.

Es Keita Lugea, mi protegido. Hace solo un mes, entró en la cárcel con solo diecisiete años.

¿El motivo? Un desconocido le prometió que pagaría todos los gastos de la operación de su madre, que yacía a escasos pasos de la muerte.

El problema era que debía ir desde el norte de África hasta Moscú transportando nuevas armas para la prisión.

Le pillaron en Europa, y por miedo a que hablase de esta cárcel secreta, le secuestraron y le metieron aquí.

Él no es como el resto de presos, él solo es un crío indefenso.

Al conocerle, le prometí que le sacaría y que volvería a ver a su madre.

Aunque la verdad, es que desde, entonces, no paro de pensar en que debería medir mis palabras cuando hay cosas que no dependen absolutamente de mí.

—¿Dónde estabas, Keita? Hoy es el día —le susurro al oído, esperando que nadie más se dé cuenta.

—Ethan, la chica que va a entrar es africana… como yo… es negra y ya sabes lo que pasa aquí con la gente de color y más si es mujer. No va a durar ni un segundo.

Sus palabras hielan mi sangre, mis manos tiemblan sin control.

«Tranquilízate, Ethan, no hay nada claro, no es intuición, solo es miedo a que alguien a quien aprecias acabe aquí.»

—¿Sabes su nombre? —pregunto en un acto de valentía, a pesar de que el terror sepulte a la razón.

—Empieza por A, pero ahora no lo recuerdo. Mira, —Los gritos de los presos se intensifican cuando vemos que los guardias están tras la puerta grande—. van a abrir ya.

Un estridente sonido agujerea mis oídos y presagia el final que esperaba no ver nunca. El gran portón se alza ante los vítores de unos sucios animales y, de inmediato, tiran a la chica dentro del módulo como si fuese basura, como nos tiraron a todos la primera vez.

Temeroso, me adentro en el círculo, empujando a la gente hasta llegar al centro donde se halla la pobre intrusa. Una vez que estoy ahí e impidiendo que el resto se acerque, la recojo del suelo y aparto el pelo que oculta su cara. Y entonces ocurre, mis peores sospechas se convierten en realidad.

April es la nueva reclusa de la Ciudad Blanca.

—¿Tyler? —Sus ojos marrones me observan con pánico, esperando que responda ante tal nombre. Un nombre del que hacía meses que me había desvinculado para crear a alguien que April jamás habría aceptado. Alguien totalmente opuesto a Tyler Black, Ethan Fields.

—Yo no soy Tyler.