Capítulo 1 #2
Cuando llegamos a Moscú, Caitlyn se ocupó de darnos nuevas identidades a todos.
Eso sí, tendríamos que descubrirlas cada uno por nuestra cuenta en distintos lugares públicos y turísticos de la capital rusa.
Nick debía acudir a un espectáculo de ópera en el Teatro Bolshói, Elle a la Galería Tretiakov y Troy, a la Catedral de San Basilio.
En cambio, yo tuve que pasearme durante horas por el centro comercial Gum hasta que un desconocido, que se chocó por accidente conmigo, colocó en mi bolsillo mi nueva identidad y mi sentencia de muerte.
Al cabo de unos minutos, unos militares me rodearon y lo siguiente tan solo forma parte de un sueño tan real que aún arde en mis entrañas.
Todo se nubló ante mí y lo único que fui capaz de hacer fue escuchar un nombre que me traería muchos problemas — demasiados, diría yo —.
Un nombre forjado desde el mismísimo infierno: Ethan Fields.
Parte de mi historial delictivo estaba compuesto por crímenes como asesinato y robo.
Aunque la joya de la Corona se la llevaba, ni más ni menos, el supuesto ataque terrorista en el que participé el año pasado.
Un intento de bomba en la Plaza de Moscú el 9 de febrero.
Justo el día del cumpleaños de Nick, que dio la casualidad que celebré con él en Washington DC y no poniendo explosivos en Rusia.
Pero aquí eso da igual, la verdad no importa nunca.
El primer día en el Infierno Blanco estuve a punto de morir, bueno, mejor dicho, estuvieron a punto de asesinarme.
José Gregorio Méndez, que, por aquel entonces, era un simple desconocido, se acercó a mí mientras caminaba aturdido por el módulo cinco.
Un módulo conocido por albergar a todo tipo de delincuentes, incluidos los más sanguinarios, esos que no tienen nada que perder.
Aunque, a decir verdad, ninguno tenemos nada que perder.
La Ciudad Blanca no fue creada para la reinserción, nadie sale nunca de aquí vivo.
Y ahí estaba yo, con la droga aún corriendo por mis venas, apoyado en una de las celdas al mismo tiempo que intentaba recuperar el aliento y me preguntaba qué demonios hacía ahí. Todo cambió en un segundo.
Recuerdo ver a alguien caminar rápidamente hacia mí, sus ojos marrones observándome fijamente y mi corazón latiendo con fuerza.
Quizás él sabía lo que estaba a punto de suceder.
De un momento a otro apareció Viktor, deslizándome algo punzante —a día de hoy sigo sin recordar de qué se trataba con exactitud— desde su celda y gritándome algo en ruso.
Le miré perplejo y, para cuando me quise dar cuenta, ya tenía a José Gregorio a un par de metros sosteniendo una navaja de un tamaño considerable.
Había un brillo especial en su mirada, como si esta no fuese la primera vez que hacía esto, como si disfrutase.
«Una presa fácil», pensé. «Jamás he matado a nadie y él tendrá una lista interminable de víctimas», me repetía con un abatimiento impropio de mí.
No había nada que hacer, lo sabía, pero, entonces, llegó el momento.
La adrenalina comenzó a recorrer cada parte de mí y únicamente me quedó una alternativa: sobrevivir.
Apenas estábamos a un metro del otro cuando dio el paso definitivo, pretendiendo clavarme la navaja.
Yo, con las extremidades temblando y el sudor corriendo por mi frente bloqueé su brazo derecho con mi antebrazo.
Impactado por lo que acababa de conseguir, dirigí mi mano derecha a su cara, tratando de que se quedara sin visión.
Me acuerdo que sentí el frío del puñal que tenía entre mis manos cuando se lo clavé.
«Él o yo», me dije y una vez que le tenía paralizado y, siendo consciente de que no podría hacerlo por mucho más tiempo, dejé que la punta incidiese en él.
Pero cometí un error, uno muy grande. Le di la espalda.
Quería salir de ahí, quería huir de ahí con todas mis fuerzas, y no me di cuenta de que le estaba dando lo que él quería.
Mi vulnerabilidad estuvo a punto de matarme.
Sin embargo, Viktor apareció de nuevo y me salvó la vida, como tantas otras veces.
Antes de que José Gregorio me alcanzara, él ya le había matado, partiéndole el cuello y lanzándole un piso más abajo, al módulo tres donde, por desgracia, vivía su hermano, Fernando Méndez.
No había pasado ni un minuto cuando los guardias aparecieron y nos arrastraron hasta aislamiento.
Mi sangre se heló por completo al pasar por el 3.
Las amenazas de Fernando rugieron con tanta fuerza que pude sentir las puñaladas hundiéndome el pecho y ahí fui consciente de que nada volvería a ser igual. Ni siquiera yo mismo.
Pese al horror sufrido aquel miserable día, nada fue comparable con lo que viviría con posterioridad.
El aislamiento… fue todavía peor. Estar encerrado en dos metros cuadrados durante veintitrés horas al día no es algo que se lo desee a nadie, ni siquiera a Fernando Méndez.
Y a ello se unía la imposibilidad de descansar sobre una superficie plana porque durante el día se encargaban de mojar levemente el suelo para castigarnos un poquito más.
Como si no fuese suficiente castigo todo lo anterior.
Aunque quizás lo más duro de todo era pasar tres horas con una camisa de fuerza y una especie de gorro que te cubría todo menos la nariz y que utilizaban, enérgicamente, para dejar claro que eran ellos los que tenían el control.
Por otra parte, la insípida comida se convirtió en un manjar y en el momento más feliz del día.
Hasta que nos juntaron. A partir del día veintitrés de aislamiento y “por buen comportamiento” , nos permitieron pasar una hora fuera juntos y, con el miedo pisándome los talones, conocí a Viktor Kozlovski, el jefe más joven de toda la historia de la Mafia Rusa.
Contra todo pronóstico puedo decir que no era para nada lo que me imaginaba, no era lo que había visto en las películas.
Bueno, también es cierto que Viktor no se parecía al resto.
La apariencia era sin duda la de un jefe de la mafia, eso es verdad, pero cuando las luces se apagaban y apenas se avistaba un hilo de luz, el lamento era inevitable y eso le hacía posiblemente el más humano de toda la cárcel.
Mis manos temblaban el día que decidieron sacarnos una hora al patio.
Kozlovski estaba en aislamiento por mi culpa y ya había llegado a mis oídos de quién se trataba.
Pensé que mi prematura muerte estaba más que escrita.
Pero me equivoqué. Recuerdo sus grisáceos ojos, la imperturbabilidad de su mirada, la serenidad que mostraba en su cuerpo, y yo en cambio, ni siquiera sabía cómo mantenerme de pie sin desmayarme.
Solo estábamos él y yo, podía haberme matado en cualquier momento, los guardias no se lo iban a impedir.
De hecho, les hubiese encantado que lo hiciera.
«¿Cuántos años tienes?», me preguntó sin vacilaciones a un par de metros de distancia.
La luna aquella noche brillaba más de lo normal, puede que fuese mi primera luna llena en Rusia, ya había pasado una eternidad desde la última en Tailandia, desde aquella que disfruté paseando de la mano de Elle.
Casi he olvidado el calor de sus manos. Pestañeé varias veces mirando la luz y después me aclaré la garganta hasta poder exclamar: «Veinte».
Él asintió y me ofreció su mano mientras pronunciaba su nombre y sentenciaba la frase con un: «No creas todo lo que se dice de mí.
Aquí dentro el único que sabe mi verdadera historia soy yo».
Le di la mano, fría y áspera, y dije mi nuevo nombre por primera vez: «Ethan Fields».
Tras eso, permanecimos en silencio el resto de la hora, respirando una falsa libertad con la que tuvimos que convivir durante meses.
Un par de semanas más tarde, Viktor comenzó a desahogarse conmigo.
Puede que fuese el aislamiento, que ya empezaba a pesar en nosotros, o los castigos, que sacaban nuestra parte más vulnerable.
Pero lo hizo y nuestra amistad creció hasta sentir que podíamos contar el uno con el otro en todo, como si fuésemos hermanos, como lo que sentía con Nick.
Fue en una noche oscura y fría cuando conocí su verdad, la auténtica, no la que cuchicheaban los guardias.
Y fue difícil no sentirse mal pues yo ya conocía su historia y él no podía saber la mía, no hasta que averiguase el porqué, por qué yo y por qué aquí.
—No estoy aquí por lo que todo el mundo dice, bueno, sí, estoy por eso, pero va más allá de lo que creen. —Coloqué mi mano en su hombro y negué con la cabeza.
—No hace falta que digas nada.
—Creo que te debo una explicación. La razón por la que te salvé.
—Asentí—. Me recordaste tanto a mi hermano…
—Le miré a los ojos fijamente para que supiese que le escuchaba sin necesidad de hablar—.
Mi hermano tenía veinte años cuando le asesinaron a sangre fría, cuando le torturaron de todas las maneras posibles.
Pero él no rogó ni una sola vez por su vida.
—Le susurré un “lo siento” y le dejé continuar—: Hace siete años murió mi padre, y por herencia, el hijo mayor tenía que ocupar su lugar, pero Nikolay estaba hecho de otra pasta, no estaba dispuesto a pertenecer a la Mafia y mucho menos ser el jefe.
Hacía años que se había desvinculado de ello, yo apenas tenía quince años y aunque no quisiese, seguía dependiendo de mi padre.
Mi hermano me ofreció vivir con él, cuidarme, huir de ese mundo, pero yo tenía miedo, mucho miedo y cuando mi padre falleció, todo se nos vino encima.
Si yo le hubiera hecho caso, ahora estaría vivo.
—Dejó caer la cabeza entre sus manos desesperadamente—. Le di la espalda.
—Viktor, —Él alzó la mirada—. pensaste que era lo correcto, no fue tu culpa.