Capítulo 1
ETHAN
E l frío golpea mi cuerpo con fuerza, haciéndome estremecer y provocando que mis huesos se congelen poco a poco.
Una espesa nube de vaho sale estrepitosa de mis labios y, de inmediato, aprieto la mandíbula, evitando así que cualquier signo de debilidad salga a flote.
Un ápice de fragilidad y puedo estar de nuevo en la tumba reencontrándome con mi antiguo yo.
Todos nos movemos en la misma dirección, y a diferencia del resto de días, no hay silencio.
Una avalancha de cuchicheos estropea la calma que sentía desde hace unos minutos y me doy la vuelta para escuchar con claridad cada una de las sentencias que versan sobre mí.
Mi expresión serena hace que el primer grupo se disipe y tome su lugar en la cola, pero el segundo, que aún no se ha dado cuenta de mi presencia, continúa con su conversación: «Hoy sale Méndez del aislamiento» «Seguro que habrá enfrentamiento entre Fields y él» «Hoy Viktor no ha salido a correr, ¿se habrán enfadado Fields y él?
Como sea así, Fields está muerto, Méndez lo va a matar» .
Al oír sus palabras no puedo evitar soltar una amplia carcajada que retumba en los pechos de mis censores, ocasionando que ellos mismos se vuelvan hacia mí. Atemorizados, me contemplan, pidiendo simultáneamente perdón y rogando que no les haga nada.
—No volveremos a hablar de Viktor… ni de ti…
Mis labios sellados se retuercen hasta formar una nimia sonrisa mientras avanzo hacia ellos.
Nada de lo que digan me hará cambiar de opinión, aunque, por un instante, disfruto escuchando sus, cada vez más insistentes, plegarias.
Los metros se esfuman entre nosotros y mi vista se zarandea hasta observar la hora que apunta mi reloj de mano, el único que me une con una realidad casi olvidada.
«Quedan diez minutos para que los guardias aparezcan en el patio. »
—Por favor, Ethan —exclama Dubois con su repelente acento francés—, por favor.
Estoy tan cerca de él que puedo escuchar su agitada respiración, las pulsaciones de su corazón.
Sus colegas —si se les puede denominar así— han dado un paso atrás, y le han dejado solo.
«El que ha soltado estupideces ha sido el francesito, supongo que puedo perdonar al resto» , me digo ahogando una falsa moral que hace tiempo que no existe.
Cuando estoy a punto de abalanzarme sobre él, me doy cuenta de que los que antes eran cuatro, ahora tan solo son tres y vuelvo a sentir el frío.
Un frío metálico que te transporta a otra realidad.
Un frío que solo puedes sentir cuando un arma roza tu piel.
Agarro el puñal al sentir que la hoja ha arañado levemente mi cuello y se lo arranco de las manos.
Sin darme la vuelta, le atizo un fuerte codazo, que hace que pierda el equilibrio y caiga desplomado al suelo.
Ahí decido girarme y mirarle a los ojos.
De su nariz comienza a brotar sangre y este intenta levantarse, pero yo se lo impido poniendo un pie en su pecho.
Me deshago del arma lanzándola lejos y le pego una brutal patada que le provoca otra hemorragia, pero esta vez en la boca.
Entonces, le levanto y le dedico unas últimas palabras al oído mientras le arrebato la vida rompiéndole el cuello sin apenas pestañear.
—Descansa en paz. —El sonido retumba en mis oídos, provocándome un escalofrío difícil de explicar, o por lo menos difícil de entender para alguien que no ha estado a menos de cien metros de esta estúpida cárcel.
Miro mi reloj y esbozo una sonrisa, «me han sobrado treinta segundos.»
La cola vuelve a retomarse y el silencio de siempre vuelve a aparecer.
Los guardias llegan poco después y comienzan a gritar en ruso, preguntando quién ha sido el asesino del cadáver que yace tirado en el suelo.
Yo me doy la vuelta hacia Dubois, que tiene la mirada fijada en mí y asiento, esperando responder la pregunta que sus ojos me han hecho.
—Fui yo —exclama el francés con melancolía en sus ojos, mientras uno de los guardias saca su makarov pm y le dispara en la frente sin esperar ninguna justificación.
Después de esa escena, todos desfilamos hasta el interior y dejamos nuestros abrigos en la entrada.
Yo también lo hago, como siempre, como si nada hubiese pasado y ciertamente, no ha pasado nada diferente a lo anterior visto.
Nada a lo que no estemos acostumbrados en la белый город, [2] o como aquí lo llamamos, el infierno blanco.
La Ciudad Blanca es una prisión secreta rusa, construida cuando aún existía la Unión Soviética.
Nadie sabe quién la dirige y nadie sabe quién está dentro.
Se ubica en el Parque Nacional Losiny Ostrov, en una zona prohibida a los visitantes, a las afueras de Moscú.
No es una cárcel convencional, la verdad es que está muy lejos de serlo.
Todos los guardias llevan una makarov pm , una pistola semiautomática utilizada por las Fuerzas Armadas de la Unión Soviética porque, como ya he explicado, esto está muy lejos de ser un lugar normal.
No hay normas, solo existe la supervivencia y si te pillan cometiendo un crimen…
serán los guardias los que decidan: aislamiento o muerte, y a veces la segunda opción es mejor que la primera.
Tres meses fueron suficientes para convencerme de que tomé la decisión correcta: dejar morir a Tyler Black para dar paso al nacimiento del Ethan Fields que ahora todos conocen.
Una mano cálida me hace despertar del trance y dirijo mi mirada hacia él, Viktor Kozlovski.
—¿Estás preparado, Ethan?
—Nací listo. —Mis palabras son firmes, aunque mis pensamientos se tambalean constantemente.
—En menos de 24 horas estaremos fuera, брат [3] .
Hacía tanto que alguien no me llamaba “ hermano ” …
el último que lo hizo fue Nick. Su recuerdo aparece cada noche en mis sueños, « ¿qué será de él?
» « ¿Habrá encontrado un lugar mejor que yo?
». La incertidumbre sobre su existencia y la del resto me hace difícil conciliar el sueño, pero también la situación y mi nueva vida.
Nunca me había imaginado que acabaría en un sitio como este. Nunca.
—¡Ethan! ¿Estás bien? —Los ojos grises de mi amigo se clavan en los míos mientras me pregunta preocupado por mi estado de ánimo.
—No es nada, tranquilo. —Toco su hombro y esbozo una pequeña sonrisa—. Estaba comprobando mentalmente que todos los pasos para nuestra fuga eran viables.
—No te preocupes, hemos repasado mil veces el plan, es perfecto.
Un sabor agridulce se manifiesta en mi boca.
No sé si se debe a la ansiedad que corre por mis venas a causa de la fuga y la posibilidad de que nos pillen o al miedo al futuro, a lo que me encontraré cuando salga de aquí.
Me siento en la cama de su celda lentamente, lamentándome por las malas decisiones y disculpándome por no aceptar mi lucha constante entre el bien y el mal.
« ¿Dónde está el límite cuando es tu vida la que está a punto de desvanecerse? ».
Han pasado ya unos cuantos meses desde que decidí la muerte de Tyler.
Aunque a regañadientes, sin duda. Dejar morir a Tyler era dejar morir todo lo que un día soñé, todo lo que era y todo lo que evitaba llegar a ser.
Dejar morir a Tyler suponía morir yo y dejar que otra persona cubriese ese puesto, que jamás haría justicia al Tyler real.
Y así nació Ethan Fields. Un asesino, un delincuente, un completo criminal.
Ethan Fields terminaría en una de las peores cárceles de Rusia, no Tyler.
Ethan Fields vería pasar sus días desde los barrotes de una diminuta celda, en la que cada respiro sería un triunfo, pues eso significaría que la muerte aún no había llamado a la puerta.
Pero ese no era Tyler, Tyler murió el 20 de junio de 2015 cuando el avión despegó dejando tras de sí el paraíso de Tailandia.
—Lo he vuelto a hacer.
—¿El qué?
—Matar.
Viktor resopla y se acerca a mí. Yo me levanto del duro colchón para sentarme a su lado y enfoco la vista al suelo, como si no me atreviese a mirarle a los ojos, como si le hubiera defraudado.
Aunque ciertamente es a mí a quien no soporto mirar, es mi reflejo en sus ojos lo que no soporto ver.
No soy capaz de mirarme y no verme a mí, al de antes.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos conocimos?
—Sí —respondo sin levantar la mirada.
—Repítemelo. —Trago saliva mientras busco en mi cabeza las palabras exactas—. Repítemelo, Ethan.
—Todo lo que hagas aquí no definirá la vida que tendrás fuera. —Cuando estoy a punto de seguir hablando, él se une y terminamos la frase al unísono—: Ni tampoco el pasado ni lo que te trajo hasta aquí.
—Bien. —Él me da una pequeña palmada en la espalda y luego se levanta con rapidez mientras me dedica unas últimas palabras—: Descansa la mente y relájate hasta la hora de comer.
Las malas lenguas hablan y dicen que Méndez saldrá de aislamiento pronto.
Puede que tengamos un último día intenso.
—Asiento y le veo desaparecer entre el resto de presos.
Es irónico, quizás hipócrita o puede que simplemente sea un acto de seguridad, pero nadie sabe quién soy realmente. Nadie conoce mi pasado, ni lo que verdaderamente me ha traído aquí o quién, mejor dicho. Alguien que por alguna razón me quería fuera de juego, lejos del resto, de su hermana…