Capítulo 1 #3
De repente, Caitlyn coge mi mano y me arrastra con ella por las conocidas calles de Moscú mientras me explica las pocas cosas que, según ella, le ha dado tiempo a aprender.
Me habla del significado de la palabra “kremlin” — fortaleza o ciudadela — y de que, a pesar de que siempre se relaciona con Moscú, no es el único que hay en Rusia.
También me cuenta que la Plaza Roja es el kilómetro cero y que de ahí salen todas las carreteras de Rusia.
Y, por último, me narra la historia más curiosa y quizás más tétrica, caminando por las calles más oscuras del centro.
—La leyenda contaba que cuando Iván el Terrible [6] mandó la construcción de la Catedral de San Basilio, ordenó cegar a los arquitectos que la construyeron para que así no pudieran hacer una tan bonita como esta —relata, provocándome un escalofrío que recorre todo mi cuerpo.
Si eso es cierto, su nombre realmente le hacía justicia—Giramos y estamos, te lo prometo.
Una última calle —añade, sin soltarme la mano.
—Tranquila, este paseo ha sido lo mejor que me ha pasado en los últimos meses —confieso y ella asiente, mirándome con tristeza.
—Lo sé.
A pesar de lo maravilloso que ha sido caminar por Moscú, no puedo evitar soltar una amplia sonrisa al ver que ya hemos llegado. «No creía que pudiese aguantar mucho más con estos zapatos y menos andar por este suelo tan resbaladizo.»
Frente al rótulo del restaurante, observo las letras luminosas “ White Rabbit” , un color resplandeciente en todas las letras salvo en la “a”.
«Quizás se haya fundido la bombilla… no sé…
ni siquiera sé por qué me he fijado en esa tontería, puede que me haya convertido en la persona más excéntrica del mundo desde Tailandia. »
—¿Entramos?
Asiento con la cabeza mientras sorbo mi nariz. «Espero no haberme quedado fría.»
A medida que vamos subiendo las escaleras, siento mi corazón palpitando cada vez con más fuerza, como si acelerase en cada metro.
Puede que sea porque es la primera vez que salgo de casa, porque es la primera vez que la vida se siente real y no un sueño profundo y desconcierto.
Pero entonces alcanzo el último escalón y las cristaleras impolutas se abalanzan sobre mí, haciendo que toda esa ansiedad se disipe como una nube que ya no tiene sentido sin las demás.
Desde arriba se puede apreciar lo más bonito de Moscú.
Y lo más importante, sin morirte de frío.
—¡Elle! Es esa mesa, nos la acaban de indicar. —Salgo del trance a duras penas con las palabras de mi hermana y avanzo, sin perder de vista el horizonte, hacia el lugar donde cenaremos que, para mi fortuna, tiene las mejores vistas de todo el lugar—. No sé si te vas a centrar mucho cenando aquí.
—Tranquila, solo es… momentáneo, estas vistas impactan —pronuncio tomando asiento y esperando a que mi hermana haga lo mismo—. Y bien, ¿hoy va a ser la noche en la que me cuentes toda la verdad? —inquiero, recuperando la compostura.
—Elle, —Se retuerce incómoda en su asiento—. ¿crees que es el mejor momento? —musita—. ¿aquí?
—Bueno. —Me encojo de hombros—. ¿Cuándo si no? Tengo que hacerlo cuando no puedas huir.
—Está bien… —empieza mientras coloca la servilleta en su regazo—. Todo comenzó en aquel campamento, el Campamento SHW…
—¿Aquel al que fuiste con quince años como instructora?
—Perdonen, señoritas, soy Fyodor, el único camarero de aquí que conoce su idioma, así que seré yo quien les atienda, ¿qué desean tomar?
«Joder, ¿justo ahora?» , me digo a mí misma, negando con la cabeza, «Contesta rápido y recupera el control.»
Decidida, vuelvo mi vista hacia él con el discurso preparado. Sin embargo, mi mirada se queda absorta en sus ojos, de un azul muy similar a los de Tyler, y en su pelo, un negro azabache reconocible a kilómetros de distancia. «Dios, el parecido es increíble.»
—Yo tomaré una copa de Severny, ¿y tú Elle? —Observo dubitativa, incapaz de pensar más allá de la apariencia del camarero—. Tomará lo mismo —añade mi hermana, esbozando una sonrisa. El chico asiente mientras se aleja—. ¿Estás bien?
—Sí, perdón, tengo que ir un momento al baño. —titubeo, levantándome con rapidez y caminando hacia los baños perfectamente señalizados.
Allí, inspiro y expiro tratando de frenar el ataque que me acecha en cada respiro.
Contemplo mis manos temblorosas y las coloco bajo el grifo.
El agua fría empapa mis muñecas, haciéndome recuperar poco a poco la claridad de mi visión.
Luego, mojo mi nuca desesperada por volver a sentir el tacto de la realidad.
«¿Cómo demonios podía parecerse tanto a Tyler?
¿Y si es? No, no era completamente igual, su nariz no era igual, sus orejas tampoco.
Quizás no se pareciese tanto, quizás solo ha sido mi cerebro formando un oasis en el desierto.
Mierda, estoy haciendo el ridículo, será mejor que… »
Mis pensamientos se interrumpen con el abrupto y distinguible sonido de disparos y un pitido se forma en mis oídos, impidiéndome reaccionar.
La imagen de mi hermana en la sala del restaurante se muestra en mi cabeza en la brevedad más tangible y, entonces, decido salir de ahí en busca de ella, aunque sea lo más kamikaze que he hecho en mi vida.
A partir de ahí, todo se mueve a cámara rápida.
Los rostros atemorizados de la gente que yace tumbada en el suelo penetran en mi mente.
Transito en un limbo entre realidad y fantasía hasta que alcanzo la mesa donde se supone que debería estar mi hermana.
Aturdida, me quito los tacones, al mismo tiempo que examino el lugar, rozando, en última instancia, unas gotas de sangre que rompen la armonía de los colores sobrios del tupido mantel.
Las personas se levantan poco a poco y comienzan a gritar cosas que no llego a comprender.
Aunque por su expresión, supongo que deben significar que ya están a salvo.
Pero no todos lo están, no encuentro a mi hermana por ninguna parte.
—Por favor, ¿habéis visto a una chica morena con un vestido negro? —Nadie parece entenderme.
Abrumada, señalo el uniforme de los camareros y mi vestido intentando hacerme entender.
— Oни застрелили ее [7] —responde un señor corpulento.
—¿Qué?
Y en ese instante, todo se detiene. Una mujer bajita recrea lo sucedido tan solo unos minutos antes. El sonido de una pistola cargándose, el movimiento de un disparo, el lugar de la huida.
Corro despavorida hacia la salida, saltando las escaleras de tres en tres, a la vez que grito el nombre de mi hermana. «Otra vez no, por favor, otra vez no» .
Fuera, el frío hiela mi sangre en cuestión de segundos, aún más mis pies descalzos.
A ciegas, recorro la oscura calle y, con el final de la misma, el brillo de los semáforos empieza a deslumbrarme.
Mis ojos, incapaces de enfocar, comienzan a cerrarse poco a poco.
Mis dientes castañean repitiendo sin descanso su nombre.
En un fugaz instante, el olor del asfalto me revive y es ahí cuando percibo una luz ininterrumpida que se acerca a mí de manera veloz. El claxon del coche resuena en mi cabeza antes del “¡pum!” y, con ello, todo se desvanece.