15. Capítulo 15
A l parecer, dos miembros de la patrulla de esquí han pasado por el vestíbulo hace no mucho con una camilla y un cadáver. Me lo he perdido. Ahora tengo que quedarme un rato por aquí para enterarme de qué dice la gente y de qué han visto.
Grandes copos de nieve golpean los ventanales del vestíbulo mientras estudio las opciones de la elaborada cafetera, el tipo de detalle con el que intentan justificar las exorbitantes tarifas de Black Ridge.
Selecciono tres cargas de expreso solo y espero a que la máquina emita sus chasquidos y zumbidos, frunciendo el ceño ante las grandes salpicaduras de café y chocolate caliente que hay sobre el mostrador.
A mi alrededor, los huéspedes dejan rastros de nieve por el suelo de baldosas mientras se quitan capas de ropa de invierno, dejando charcos de aguanieve que se extienden y manchas de sal que nadie se molesta en fregar.
Supongo que no hay suficiente personal de limpieza para encargarse de nuestro desastre por culpa del alud.
Preparo mi café y tiro los sobres de azúcar vacíos y el removedor encima de la papelera más cercana.
Está rebosante de vasos desechados y envoltorios de bollería.
Con el café en la mano, paso por delante del gigantesco árbol de Navidad y me dirijo al rincón en sombras al otro lado de la chimenea de gas, desde donde puedo observar sin que me vean.
La noticia del cadáver se ha extendido rápido.
Incluso desde mi esquina, oigo los miedos y las quejas en el mostrador de recepción, donde Thomas y Rosalie intentan asegurar a todo el mundo que todo va bien.
Para encontrar más información, recurro a las redes sociales. El primer vídeo etiquetado en Black Ridge tiene la foto de perfil del chico del pelo de punta morado. Es imposible no fijarse en él por aquí. Por el pelo, obviamente, y porque está obsesionado con grabar y publicar cada hora de su día.
Su clip tembloroso, borroso por la nieve que cae, muestra a la patrulla de esquí con una camilla entre ellos. Una sábana de color gris beige cubre un cuerpo de extremo a extremo, dejando claro que esa persona no respira. Bajo el vídeo, el pie de foto incluye #MuerteenBlackRidge.
No es el hashtag ideal, pero puedo usar el clip.
Selecciono un contacto del teléfono y abro el hilo de mensajes con «Abuela Gigi», y luego escribo un mensaje.
Sigo en el complejo Black Ridge por el alud, pero mi amigo se ha ido antes. El tiempo se está poniendo feo. Te echo de menos.
Tras reenviar el mensaje con el clip descargado, recibo una respuesta de inmediato.
—Siento mucho saber que tu amigo se ha ido. Conduce con cuidado. Estoy haciendo pan de plátano con pepitas de chocolate. Tengo muchas ganas de verte pronto.
Bien. Ahora ya lo saben. O al menos saben lo que quiero que piensen que ha pasado.
Tras borrar ambos mensajes, me guardo el teléfono de nuevo en el bolsillo.
No soy más que otro huésped preocupado que espera a que abran la carretera, con la esperanza de irme antes de que se desate el caos.
Pero algunos de nosotros sabemos que hay problemas mayores que estar encerrado en un complejo turístico.
Algunos de nosotros sabemos exactamente quién estaba tumbado en esa camilla, y por qué.