Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 39
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Capítulo 39

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Antes de dejar a Sophia, le doy un abrazo suave. —Pronto vas a ver a mamá —le digo. La expresión de su cara es preciosa. Una niña pequeña va a reunirse enseguida con sus padres después de dos días. Ojalá pudiera verlo con mis propios ojos.

El paramédico dice que avisará a sus padres de inmediato antes de que me marche.

Miro a la niña pequeña. —Tengo que irme ya, Sophia. Ha sido un placer conocerte. Ahora tengo que ir a ayudar al hombre triste.

—De acuerdo —dice ella, despidiéndose con la mano y frotándose los ojos. Sin decirle una sola palabra más al paramédico, que seguramente tiene más preguntas para mí o para la niña pequeña, me dirijo hacia la casa de mi tío.

De nuevo me encuentro corriendo tan rápido como puedo. No sé qué haré cuando llegue. El paramédico dijo que lo habían llamado para ir allí, pero que no sabía qué estaba pasando.

Giro hacia la calle y veo las luces intermitentes de una patrulla aparcada frente a su casa. La luz de las farolas revela al agente Anderson en la calzada. Conforme me acerco, puedo oírle hablar por la radio.

—¡Repito, se necesitan refuerzos inmediatos! —grita Anderson por el micrófono. Se da la vuelta y me ve acercándome. —¡Ali! —grita—. No te acerques.

—¿Qué está pasando? —grito yo, sin aliento, frenando cuando llego hasta él. Me doy la vuelta y veo a la tía Sandra en el asiento trasero del coche patrulla. Me mira, confundida. —¿Estás bien? —le grito.

No responde. Todo lo que puede hacer es mirar fijamente su casa. Estoy segura de que tiene los mismos pensamientos que yo. ¿Qué está pasando dentro?

—Jason tiene a tu tío como rehén —dice el agente Anderson—.

Ha dejado salir a tu tía, pero tiene una escopeta dentro.

Deberías sacarla de aquí mientras nosotros nos encargamos de esto.

Los refuerzos están de camino. —Doy un paso hacia la casa—.

¡Quédate aquí, Ali! —exige. Como no le hago caso, extiende el brazo y me agarra del hombro con fuerza hasta que dejo de moverme.

—He encontrado a Sophia Hughes —digo, mirando fijamente la casa. Miro al agente Anderson de reojo para ver su reacción de asombro.

—¿Está bien?

—Jason la tenía en la vieja casa club que teníamos en el bosque —digo—. La ha estado reteniendo allí. Había un paramédico de camino hacia aquí y la niña está con él.

A Anderson se le cae la mandíbula. —¿Por qué haría algo así Jason?

Tomo aire profundamente. —Porque quería limpiar el nombre de Dennis. Porque a su padre lo asesinaron a sangre fría y nadie hizo nada al respecto. —Lo miro de nuevo. No responde de inmediato. Puedo verle ordenar sus pensamientos.

—¿Qué hace aquí? —pregunta, confundido.

—Es George —digo—. Él fue quien se llevó a los niños hace todos esos años.

Anderson parece aún más asombrado y confundido. —¿Cómo lo sabes?

Estoy a punto de contarle la terrible verdad, pero unos gritos desde dentro nos interrumpen. —¡Admítelo! —vocifera una voz retumbante.

—¡Jason! —llamo yo. Paso corriendo junto al agente mientras me grita que me detenga.

Mientras subo los escalones corriendo y aporreo la puerta, oigo a Jason gritar más cosas a George. —¡Admite lo que has hecho!

Las cortinas están echadas, pero puedo ver un poco el interior de la casa. George está sentado en un sofá de dos plazas del salón mientras Jason va y viene delante de él con la escopeta en la mano.