Capítulo 38
P resente
Cuando entro en el club, Sophia me mira de forma extraña. La rodean varios edredones, almohadas y sábanas, con un colchón hinchable cerca.
En el pie lleva una cuerda con un nudo apretado atada a una de las columnas del interior. La saludo con una sonrisa suave.
—Hola, Sophia —le digo. Me acerco a ella despacio. —¿Estás bien?
Ella me sonríe y se quita los auriculares. —¿Dónde está? —pregunta, confundida. —¿El hombre triste?
Le dedico una sonrisa tenue. —Ya se ha ido. ¿Te has hecho daño?
Niega con la cabeza y levanta una bolsita de pretzels.
—Solo tomando un tentempié nocturno. Me asusté cuando me desperté, y el hombre triste me dio algo de comer y me dejó ver Blippi.
—Baja la vista hacia su iPad. —El hombre triste dijo que pronto iría a buscar a mi mamá para que viniera a recogerme.
—Qué bien —digo, sin poder contener las lágrimas. Me las seco rápidamente. —Soy Ali. Soy la hermana del hombre triste. Tu mamá ya está lista para verte. ¿Me dejas llevarte con ella?
La sonrisa de la niña pequeña se ensancha. —¡Sí! —exclama emocionada. —Pero aquí fuera da miedo.
—Tengo una linterna —digo con una amplia sonrisa. La niña pequeña intenta ponerse en pie, pero la cuerda no le permite alejarse mucho. —Vamos a quitarte eso.
—El hombre triste me dijo que tenía que atarme esto para que no me adentrara en el bosque y me perdiera.
Me acerco a ella y le cojo la mano. —Ya no te vas a perder más, cariño. —Miro alrededor del oscuro club, ayudándome de la luz del iPad para ver. Me asomo por la pequeña ventana del club y contemplo el oscuro bosque del exterior.
Me pregunto dónde estará Jason.
Entonces lo veo. Su nombre en el trozo de madera bajo la ventana. Debajo están los de Ethan, Tanner y, por último, el mío.
Me golpea de pronto. El cuchillo que guardábamos en el club.
¿Qué posibilidades hay de que siga aquí?
Lo teníamos escondido bajo la piedra grande del otro lado.
Cuando veo que la piedra sigue en el lugar que recuerdo, sonrío.
Escarbo rápidamente por un lado y noto el mango del cuchillo entre los dedos.
El filo mirando hacia la piedra, nos decía Jason.
—¿Estás lista para salir? —le pregunto a Sophia, y ella asiente. —Solo necesito cortarte la cuerda, ¿de acuerdo, cariño?
Vuelve a asentir. —¿Puedo seguir viendo Blippi? Mamá nunca me deja tener tiempo de pantalla.
Me río mientras corto la cuerda. Me lleva un rato cortar el nudo grueso, y tengo que recordarle a Sophia que se quede muy quieta. Cuando por fin queda libre, le doy un abrazo grande.
—Vamos —le digo mientras le cojo la mano y enciendo la linterna.
La guío fuera del club y despacio a través del bosque. Lo último que quiero es asustarla. Dado lo contenta que parece, me pregunto qué delicadeza habría tenido Jason con ella.
Me golpea de pronto. Jason había estado saliendo de casa a escondidas con comida.
El sándwich que preparó esta noche era para ella, no para él.
La fiambrera grande de metal con la que salía era evidentemente para esto, no para el trabajo.
Las sábanas de más que Connie no tenía, Jason las cogió para dárselas a ella.
Y no solo eso: Jason pasaba con ella todo el tiempo que podía. Marchándose a horas raras en plena noche y quedándose aquí todo el día. Con razón tenía tan mala cara de sueño. Es que no dormía.
Dedicaba el menor tiempo posible a estar conmigo, para estar con Sophia.
El hombre triste, lo llamó la niña pequeña. Si alguna vez hubo un término que le viniera como anillo al dedo a Jason, ese era ese.
Mientras nos encaminamos de vuelta a la escuela, Sophia empieza a aminorar el paso. —Me duelen los pies —dice. —Estoy cansada. —Se detiene en medio del bosque y mira a su alrededor con cara de disgusto. —Aquí da mucho miedo.
Sonrío. —¿Quieres que te lleve en brazos?
Cuando asiente, la cojo y le paso el brazo por debajo mientras ella me rodea el hombro con los suyos. Hunde la cabeza en mi pecho. Para cuando llegamos al campo de la escuela, ha conseguido quedarse dormida mientras yo me abría camino por el bosque.
Con ella en brazos, cruzo el campo y salgo a la calle, preguntándome qué hacer.
—Despierta —le digo en voz baja. —Sophia, despierta. —Sus ojitos empiezan a abrirse. —¿Dónde vives, cariño?
—No lo sé —dice.
Miro las oscuras calles sin saber qué hacer. No hay ninguna luz encendida en los porches. No hay nadie fuera. No tengo ninguna forma de pedir ayuda.
Después de caminar calle abajo, encuentro la respuesta. Una ambulancia dobla la esquina y avanza hacia mí, iluminando la carretera con su luz.
Le hago señas. —¡Espere! —grito, plantándome en su camino.
La ambulancia frena y un paramédico confundido baja del vehículo. —¿Está bien? —pregunta.
—Esta es Sophia Hughes —le digo. Me mira atónito. Por un momento no sé qué decir, pero sé que tiene preguntas. —Mi hermano, Jason Kempmen, la secuestró y la tuvo en el bosque. Pero está bien. No está herida.
—Kempmen —repite el paramédico. —Adonde voy ahora mismo. A casa de un tal George Kempmen.