Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 36
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Capítulo 36

P resente

No puedo dejar de correr. Es como si al parar, mis pensamientos también se detuvieran y tuviera que enfrentarme a todo.

El mapa que vi en el despacho de mi padre hace años está ahora en la guantera del tío George. Y ahora tiene también nuevas marcas.

Tenía que alejarme de él. Tuve un momento de lucha o huida, y decidí escapar tan rápido como pude.

Mientras corro calle abajo, echo varias miradas atrás en espera de que George me siga en su llamativa camioneta roja. Pero no lo hace. La camioneta sigue aparcada en su entrada.

Y luego está Jason. ¿Qué está tramando? ¿Dónde está? Nada tiene sentido y, sin embargo, en lo más hondo de mí, tengo esa retorcida sensación visceral de que todo está conectado.

Una parte de mí piensa en llamar a la policía, pero ¿puedo siquiera confiar en Ben Anderson?

No puedo confiar en nadie en este pueblo. Las personas que arruinaron mi infancia, incluido Ben, siguen viviendo aquí. Los hombres que mataron a mi padre siguen en libertad.

Nunca debería haber vuelto.

Al acercarme al colegio, trepo la valla y casi me enredo en los eslabones metálicos al hacerlo. Por suerte, ahora no hay hombres enmascarados en los columpios.

Paso por la pequeña abertura en la parte trasera de la valla que conduce al bosque.

He estado aquí muchas veces, sobre todo de noche con Ethan.

Cogíamos juntos el sendero especial mientras hacíamos senderismo hasta el club.

Nos dábamos la mano, nos dábamos breves besos por el camino y hablábamos de cómo podría ser la vida juntos.

Solo teníamos catorce años, pero incluso entonces daba la sensación de que éramos almas gemelas. El asesino se llevó a Ethan y la vida que debería haber tenido.

En aquella época, nunca quise irme de este pueblo. Lo único que quería era ir al club con Ethan y fingir que era nuestra casa de verdad. Pasar tiempo con él. Reírme con él. Crear más recuerdos.

Todo eso me lo arrebataron la noche en que Ethan desapareció.

En este pueblo no queda nada bueno. Debería haberme ido mientras podía. Pero si eso es lo que quiero, ¿qué hago yo en este bosque?

Sophia Hughes. Ha desaparecido. Tuve una corazonada, incluso antes de ver al hombre enmascarado junto a los columpios, de que estaba en este bosque.

¿Quién es el responsable de todo esto? ¿Quién se llevó a Ethan? ¿Quién se llevó a los demás? ¿Qué hicieron con ellos?

Pienso en el mapa que llevo doblado en el bolsillo. Al mirarlo, vi las marcas que Dennis hizo cuando yo era pequeña. La M que creí que era una W. Y ahora una J y una E.

En ese momento, encontrarlo me perturbó tanto que abandoné su camioneta para ir a buscar a Jason por mi cuenta. Aunque, ¿por qué?

M, J y E. Me repito las letras mientras busco el club en el oscuro bosque. —M, J, E —digo en voz alta mientras agacho la cabeza bajo una rama baja.

M, J y E.

Pienso en Ethan y en los momentos que vivimos en el club.

Pienso en cuando nos conocimos, y en cuando me habló de los niños desaparecidos.

En aquel momento solo habían desaparecido dos.

Recuerdo sus nombres con facilidad. Cualquiera que viva en Kadestill sería capaz de repetir los nombres de las víctimas.

Melissa Hendson y Johnathon Beyers. Y luego está Ethan.

M, J y E.

Me quedo paralizada en el sitio cuando me golpea la revelación. Las letras son las iniciales de los niños que fueron secuestrados.

Entonces me sacude otra revelación.

Veo el árbol caído más adelante y sé que estoy cerca del club. Lo salto rápidamente y entonces, por el rabillo del ojo, veo una luz. Es tenue, pero suficiente para distinguir de dónde viene. El club. Por una pequeña ventana asoma una débil luz azul.

Me detengo mientras espío el interior, confirmando lo que ya intuía.

Me agacho detrás de un arbusto y observo.

Dentro, la silueta de una niña se mueve en la oscuridad.

Lleva la mano lentamente hacia la cabeza.

Se me cae la boca abierta al ver confirmados mis peores temores.

Doy unos pasos más y ahora la veo mejor.

Está sonriendo y suelta una carcajada mientras se coloca bien los auriculares rojos en la cabeza.

Incluso puedo distinguir ahora sus movimientos de manos. Tiene un sándwich en la mano y da pequeños mordiscos mientras mira hacia abajo lo que parece ser un pequeño dispositivo, con la sonrisa ensanchándose en su rostro.

El sonido de una rama que se rompe a mi espalda me deja helada.

Los ojos se me abren de par en par al escuchar otro sonido; ahora sé que es un paso.

—No deberías haber venido aquí —dice una voz familiar.

Respiro hondo y me vuelvo despacio. Un hombre con un pasamontañas negro me mira desde arriba, con la escopeta apuntando hacia mi cabeza. —No grites, o la asustarás.