Capítulo 35
P resente
Bajo a toda prisa por la oscura carretera e intento llamar de nuevo a la tía Sandra y al tío George.
Ninguno de los dos ha cogido el teléfono.
Incluso he probado con el fijo. Puede que sean las únicas personas que conozco que aún tienen uno, o eso creía.
El número ya no está en servicio. El número que llevaba años guardado en el móvil puede que haya estado inactivo desde hace tiempo.
—¡Coge el teléfono! —le grito al móvil mientras intento marcar de nuevo el número del móvil de Sandra.
—Has llamado a Sandra Kempmen —dice mi tía en su mensaje de voz—. Por favor, deja tu nombre y tu número y te llamaré en cuanto pueda. ¡Gracias!
—Sandra —suelto, agotada por el ritmo al que camino—, cuando escuches esto, llámame enseguida.
El coche de Jason estaba en el camino de entrada, pero no he encontrado sus llaves. ¿Dónde está? ¿Qué está haciendo? Desde luego no habrá salido por la ventana de su habitación para unirse a las partidas de búsqueda.
Pienso en Sophia Hughes. ¿Por qué me asaltan pensamientos oscuros que no pueden ser ciertos? ¿Por qué iba a estar Jason involucrado? Y sin embargo, es lo único en lo que puedo pensar.
¿Era Jason el que estaba en el columpio? ¿Jason el que se llevó a la niña? ¿Por qué?
¿Había sido Jason el responsable de las desapariciones desde el principio? No tiene ningún sentido. Nada de esto lo tiene. Solo era un crío cuando desaparecieron los dos primeros niños. Teníamos catorce años cuando se llevaron a Ethan. Jason y él eran amigos.
Y sin embargo, pese a toda lógica, mi cabeza no deja de decirme cosas terribles.
Es él. Él es quien se ha llevado a Sophia.
Pienso en llamar al agente Anderson. Pero ¿qué le diría? ¿Que mi hermano ha salido de casa por la ventana de su habitación y ha dejado el coche en el camino de entrada? No es exactamente un delito. ¿Y si le cuento mis sospechas?
No tiene sentido. Tiene que haber una explicación que sí lo tenga.
Respiro hondo al pasar por la calle mayor. Está vacía ahora. No veo a nadie más con chalecos amarillos. Ni linternas a lo lejos. Aunque podrían estar en el bosque, buscando. O quizás lo han dejado por esta noche.
Me pregunto si el agente Anderson le habrá dicho a la mujer que organizaba las partidas de búsqueda que buscaran en el bosque detrás de la escuela. Al acercarme al campo de la escuela, compruebo por mí misma que esta vez no hay nadie.
¿Por qué se me disparan los pensamientos?
Jason es un buen hombre. ¿O no? Hace años que no paso de verdad tiempo con él. ¿Y si es un monstruo? ¿Y si le hizo daño a esa niña pequeña y a los demás?
Sacudo la cabeza ante la idea. No puede ser él.
Paso junto a la escuela y miro hacia el campo y el bosque que hay detrás. Ella está ahí, me digo, y al parecer nadie está buscando en esa zona.
Pero ahora mismo no puedo pensar en eso.
Me dirijo a casa de mi tía y mi tío y sonrío cuando la veo a lo lejos.
En cuanto llego al porche, aporreo la puerta y llamo al timbre varias veces.
Sin embargo, no oigo ningún sonido dentro.
Lo pulso varias veces más y empiezo a golpear la puerta con más fuerza.
—¡Tía Sandra! —grito—. ¡Tío George! ¡Que alguien abra la puerta, por favor!
No tarda demasiado en aparecer el tío George, que abre la puerta delantera apenas una rendija y me mira confundido.
—Son casi las doce de la noche, Ali —dice con voz ronca—. ¿Qué pasa?
—Os he llamado a los dos varias veces —digo frenéticamente—. ¡Jason ha desaparecido!
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
—Tengo un mal presentimiento —continúo—.
No está en su habitación. Ben Anderson vino a casa y quería hablar con él.
Está intentando localizar a la gente del pueblo que tenga una escopeta como la del hombre enmascarado en el columpio, y Jason aparece en el registro.
Anderson se marchó porque yo pensaba que Jason estaba durmiendo.
Creo que se escapó por la ventana de su habitación.
Su coche sigue en el camino de entrada. ¿Jason tiene una escopeta? ¿Es verdad eso?
George me mira desconcertado. —Sí —responde—. A veces vamos de caza juntos. Entonces, ¿qué estás insinuando, Ali?
—No lo sé —digo—. ¿Y qué hay de su trabajo? ¿Sabías que le habían despedido?
George arquea las cejas. —Bueno, sí mencionó que tenía problemas en el trabajo, pero no habló mucho del tema. ¿Qué pasó?
—Lo echaron de la fábrica y tuvieron que escoltarlo fuera de las instalaciones.
—¿Qué?
La tía Sandra se acerca a nosotros en camisón. —Ali, ¿qué ocurre?
—Es Jason —dice George.
—¿Qué le pasa? —pregunta Sandra, mirándonos a los dos.
—Cuando no respondió a la puerta de su habitación —digo, intentando recuperar el aliento—, di la vuelta a la casa.
Su ventana estaba sin echar el pestillo.
Su coche estaba en el camino de entrada.
Entré en su habitación y había recortes sobre las desapariciones esparcidos por el suelo, junto con fotos rotas de él con su mujer.
Sandra sacude la cabeza. —Necesita ayuda, pero se niega a ir a terapia.
—Y cuando abrí su armario —digo, dudando si debería decirlo—, encontré dentro un carrete de lazo rojo.
George y Sandra intercambian una mirada.
—¿Qué estás insinuando? —vuelve a preguntar George.
—No lo sé. —Me tomo un momento antes de seguir—. Tengo un mal presentimiento. Tenemos que encontrarle.
George agacha la cabeza. —Vamos a buscarlo. Conduzco yo.
—¿Tenéis alguna linterna? —pregunto.
—Voy a por ellas —responde. Mientras se va a la cocina y desaparece de mi vista, Sandra me mira sin expresión.
—¿Crees que tu hermano se ha llevado a esa niña pequeña? —dice consternada—. Ali, yo…
—Ahora mismo no estoy diciendo nada —digo—. Nuestra familia ya ha tenido suficientes acusaciones encima. No pretendo añadir más. Solo tenemos que encontrarle.
Un golpe sordo llega desde la cocina. —¡George! —grita la tía Sandra.
—Estoy bien —dice él—. Se me han caído las linternas. —Entra en la habitación y las enciende una por una—. Siguen funcionando.
—¡Dennis! —grita una mujer desde otra habitación.
—Se ha despertado —dice Sandra con un suspiro. Mira a George—. Ve con Ali a encontrarle. Yo me quedo con Connie.
George asiente. —Vamos. —El tío George hace girar las llaves alrededor del dedo mientras nos dirigimos hacia su camioneta roja brillante.
—¡Dennis! —grita Connie más fuerte. Sandra me pide que le vaya dando noticias mientras nos ve subir a la camioneta y nos saluda con la mano antes de cerrar la puerta principal.
—Bien —dice George, arrancando el motor—. ¿Llamamos a Ben?
Niego con la cabeza. —Primero encontremos a Jason. Puede que esté exagerando.
George se da un golpe en la cabeza. —Ah, se me ha olvidado el gorro. Ahora vuelvo.
Suspiro para mis adentros mientras George baja y vuelve corriendo a su casa. Así es el tío George. Siempre olvidando su gorro gris. Estoy bastante segura de que esa gorra es más vieja que yo.
Esta camioneta es igual a la que tenía cuando yo era pequeña. Del mismo color, quizás un rojo algo más vivo. Con prestaciones mucho mejores que su camioneta anterior. Asientos con calefacción. Interior de cuero. Aparcamiento automático y asistente de carril.
Sonrío al mirar la guantera. Cuando éramos pequeños, el tío George la llenaba de chuches. Me preguntaba si lo hacía solo para Jason y para mí, o si era más bien para él.
La abro para comprobarlo. Un tentempié azucarado me vendría bien ahora mismo. Se me abren los ojos de par en par al ver lo que hay dentro. Ni piruletas ni Twizzlers ni ninguna otra golosina.
El mapa doblado. Uno que reconocí al instante.
Un sol de dibujos animados con las gafas de sol caídas sobre la nariz.
Pone «Kananaskis Trail Map» en negrita en la portada.
Lo cojo y lo abro a medias. Dentro veo marcas que también reconozco.
Varios círculos con una X tachándolos aparecen en la página.
Una de las marcas me resulta familiar. De pequeña, vi a papá escribir en ese mismo mapa. Hay una docena más de marcas que no vi cuando estuve en el despacho de mi padre. Estas están hechas solo con una X.
Además de las nuevas marcas, hay otras diferencias. Recuerdo que pensé que Dennis había escrito una W encima de la marca que hizo. Ahora que el mapa está delante de mí, veo que en realidad es una M.
Hay otros dos círculos con una X tachándolos y cada uno tiene una letra en lápiz encima. Uno tiene la letra J. El último tiene una E.
Todas las marcas, incluidas las que no había visto antes, están en zonas arboladas del mapa, lejos de las rutas del sendero.
La puerta delantera se abre y George sale ajustándose el gorro gris en la cabeza. Mientras camina hacia la camioneta, doblo el mapa rápidamente y meto todo lo que cabe en el bolsillo del vaquero. Sobresale, y no hay tiempo de devolverlo al sitio porque George abre la puerta delantera.
Con horror, me doy cuenta de que la guantera sigue abierta. La cierro de golpe mientras George mira por el parabrisas delantero y se deja caer en el asiento del conductor.
—¿Lista? —pregunta.
Preocupada porque se fije en el mapa que asoma del bolsillo del vaquero, abro la puerta del copiloto. —Pensándolo mejor —digo—, deberíamos separarnos. Así lo encontraremos más rápido. ¿Llevas el móvil encima?
Asiente. —Sí. Pero es tarde. Probablemente no deberías salir sola, sobre todo después de lo que ha pasado esta noche.
George ha dicho que va de caza con Jason. Supongo que eso significa que él también tiene un arma. ¿También tiene una escopeta? ¿A qué tipo de caza van Jason y George?
—Sé cuidarme sola —le digo—. Llámame si le encuentras. —Cojo una de las linternas que hay dentro de la camioneta antes de cerrar la puerta de golpe. Me muevo deprisa antes de que pueda decir nada más. Empiezo a caminar calle abajo y me giro una vez para mirarlo. Cuando lo hago, me está observando.