Capítulo 33
A ntes
Mientras un camión de bomberos entra en el callejón sin salida y se coloca frente a nuestra casa, mamá, Jason y yo observamos horrorizados cómo arde, con el fuego extendiéndose con rapidez.
Aunque los responsables de las llamas y de la muerte de mi padre ya no están, más vecinos del barrio y de las calles cercanas se van congregando.
Juntos, vemos a los bomberos apagar el incendio.
Una ambulancia se suma pronto a la colección de servicios de emergencia, junto con otra patrulla. —¿Estáis heridos? —pregunta una voz.
No respondo. Lo único que puedo hacer es contemplar la explosión de agua que sale de la manguera sofocando el fuego de nuestra casa.
Lo único que puedo hacer es pensar en lo que le ha pasado a papá.
Miro a Jason, cuyos ojos están más abiertos que los míos.
Connie se tapa la boca y el pecho mientras las lágrimas le corren por la cara.
Le han matado.
Los hombres con máscaras negras han asesinado a nuestro padre. Han prendido fuego a nuestra casa.
—¿Estás herida? —me pregunta el agente Anderson de nuevo, posándome la mano en el hombro. Le miro aturdida. —Ali —dice. Se rinde y su suave contacto se convierte en medio abrazo mientras contemplamos cómo los bomberos apagan el incendio. —Todo irá bien.
—¡Dennis! —grita Connie a la casa en llamas. Jason rompe a llorar y Connie lo estrecha contra ella. Las lágrimas me caen también libremente. —Ali —me llama Connie—. Ven aquí —dice con suavidad.
—Le han matado —digo, incapaz de entender cómo algo tan terrible puede haber ocurrido tan deprisa.
—Ven aquí —repite. Intento limpiarme las lágrimas de la cara, pero es inútil. Nuevas lágrimas me bajan fácilmente por las mejillas.
Por el rabillo del ojo veo un camión rojo brillante aparcar en mitad de la calle, a punto de arrollar a varios de los curiosos. El tío George sale corriendo de su vehículo y corre hacia nosotros con los ojos muy abiertos mientras observa las llamas.
—¿Dónde está Dennis? —dice frenético.
—Dentro —susurra Connie—. Le han matado.
—¿Quién? —grita George, intentando entenderlo. Pero Connie no responde. George se vuelve hacia nuestra casa en llamas con la boca abierta, musitando para sí. Poco a poco se saca la gorra plana gris de la mano y la aprieta con fuerza contra el pecho.
El agente Anderson se dirige a la multitud que no para de crecer.
—Se acabó —grita—. ¡Todo el mundo fuera de aquí, ahora!
—Pone un brazo junto al arma reglamentaria y hace gestos a todos para que se marchen.
Al principio, el grupo no obedece. Están tan hipnotizados como nosotros. —¡Moverse! —grita más fuerte—. ¡Ahora!
Un hombre de los primeros se da la vuelta y se va, y tras unas cuantas órdenes más de Ben Anderson, los demás empiezan a hacer caso.
Un bombero se acerca al agente. —Ya podéis entrar —dice—. Está a salvo. No hay daños estructurales.
El agente Anderson asiente, pero está demasiado pendiente de la multitud, que no se dispersa al ritmo adecuado. —¡He dicho que os marchéis, o empezaré a hacer detenciones!
Eso parece surtir efecto. Los pocos vecinos que quedan empiezan a regresar a sus casas. Me vuelvo para mirar a Connie, que niega con la cabeza ante la gente de Kadestill que se aleja sin prisa.
En una sola noche, en unos pocos minutos, nuestra vida entera ha cambiado.
Miro a mi familia y solo veo a Connie y al tío George. Se me abren los ojos al darme cuenta de que ha desaparecido. —Mamá, ¿dónde está Jason?
Connie frunce el ceño mientras mira a su alrededor. —¡Jason! —grita—. ¿Dónde estás?
El agente Anderson y George también le buscan y le llaman. Los cuatro escudriñamos la oscuridad de la noche, con las luces de emergencia de todos los vehículos iluminando la calle entera.
—¡Está dentro! —grito, segura de que debe de ser ahí donde está—. ¡Con papá!
Los ojos de Connie se abren de par en par. Corro hacia la puerta principal y casi me derriba un bombero que sale en ese mismo momento. Lo rodeo y veo a Jason de inmediato. Está arrodillado sobre una sábana blanca, asomándose por debajo para ver a su padre.