Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 31
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Capítulo 31

P asado

—Tenemos que irnos del pueblo —dice Connie—. Al menos unos días.

—Todo irá bien —dice Dennis—. Además, ¿qué parecerá si nos vamos? No tenemos nada que ocultar.

Mientras mis padres discuten en la cocina, me quedo mirando por la ventana delantera hacia el campo donde se congrega un nuevo grupo de personas.

Va oscureciendo, pero consigo distinguir a un puñado de ellas, algunas ya con las linternas encendidas, apuntando sin rumbo fijo hacia el bosque que rodea el campo vacío.

Han pasado casi dos días desde que se llevaron a Ethan.

Desde que encontré el lazo rojo atado al árbol donde habíamos quedado en vernos.

Desde la noche en que se lo llevaron, el padre de Ethan ha ido culpando a mi padre cada vez más.

Las acusaciones empezaron esa misma noche y se propagaron rápido en un pueblo pequeño como Kadestill.

No ayudó que el agente Anderson llevara a papá a la comisaría para interrogarle durante horas.

No volvió a casa hasta bien entrada la noche.

—Además —le dice Dennis a Connie—, no podemos irnos: mañana hay colegio.

Connie niega con la cabeza. —No les viene bien a los niños estar en el colegio ahora mismo —dice—. Mira lo que le han hecho a nuestro hijo. —Recorre con la mirada la planta baja—. ¿Dónde está ese chico? —Me mira—. ¿Dónde está Jason?

No respondo. Estoy demasiado ocupada mirando afuera mientras se congrega más gente en el campo.

—Jason está bien —dice Dennis—. Solo es un ojo morado.

—Le ha hecho daño su propio amigo —dice Connie—. ¿Cómo se llama?

—Tanner —dice Dennis—. Cuando todo esto pase, hablaré con su padre.

Connie levanta un dedo. —Nada de hablar, Dennis. Por eso estamos en este lío. —Deja escapar un suspiro nervioso—. ¿Sabes lo que están diciendo de ti ahora mismo?

—¿Qué? —pregunta Dennis.

—¿Tengo que deletreártelo, Dennis? Creen que tú te has llevado a estos niños. —Connie mira por la ventana de la cocina. Me vuelvo hacia ella mientras atisba el bosque que rodea nuestra casa.

Ethan está ahí fuera. En algún lugar. Lo sé de alguna manera. Pienso en su larga melena rizada. En sus dulces besos. En todos los recuerdos en el club.

Tengo que encontrarle.

—Mamá —digo.

Dennis me interrumpe. —No es buen momento, Ali.

—Necesito entrar en el bosque —digo, sin importarme lo que piense mi padre—. Necesito ayudarles a encontrar a Ethan.

Connie me mira, y su gesto se suaviza. —Ay, Ali. Lo siento mucho. Ahora mismo no podemos hacer eso. Ve a preparar una bolsa.

—No nos vamos —dice Dennis con firmeza—. No hay ninguna razón para ello. —Baja la cabeza y se coloca las gafas de montura oscura sobre la nariz—. ¿Qué dicen de mí? —pregunta—. En el pueblo, ¿qué dicen?

Jason entra en casa con el ceño fruncido. No tardo mucho en darme cuenta de que tiene un nuevo moratón en la cara.

—¿Qué ha pasado? —exige saber Connie, acercándose a él e intentando tocar con delicadeza la marca que tiene en un lado de la cara.

Jason la aparta de un encogimiento de hombros. —Nada. —Pasa rozándome—. Me voy a mi cuarto.

—¡Vuelve aquí, jovencito! —grita Connie—. ¡Ahora mismo! Pero Jason no hace el menor caso de lo que dice.

Dennis le pone la mano en el costado. —Todo va a ir bien —susurra.

Ella le aparta. —Creen que has matado a esos niños, Dennis. —Él la mira de forma extraña. De repente, tienen toda mi atención. Miro a mamá casi tan desconcertada como papá.

—Solo estaba enfadado —dice Dennis en su defensa—. No iba a hacerle daño al chico ni a su padre. Solo quería que Ali dejara de beber alcohol. De salir con chicos. Ya lo hablamos. Nuestros hijos no están preparados para eso.

Ella niega con la cabeza. —Y el lazo.

—¿Qué pasa con él? —pregunta.

Connie cruza los brazos. —Richard Harris va por ahí contándole a todo el mundo que fuiste a su tienda y compraste lazo antes de que empezaran las desapariciones.

Dennis espera a que ella continúe, pero como no lo hace, suspira. —¿Y qué si compré un lazo en su tienda? ¿Cómo puede alguien pasar de eso a asesinar niños?

Connie vuelve a mirar por la ventana. —Pues eso es lo que está pasando.

Dennis me mira. —¿Qué tal si hacemos una noche en familia? Vemos una película. Palomitas. —Abraza a Connie por detrás—. Caliéntame un poco de leche. Necesito dormir bien esta noche.

Ahora es Connie quien suspira. —No podemos fingir que no está pasando nada cuando está ocurriendo justo delante de nuestra puerta.

Ese pobre chico ha desaparecido. —Se vuelve hacia él—.

Su padre dice que eres tú quien lo hizo desaparecer, igual que a los otros niños.

No podemos quedarnos aquí. Nada de noches de película con palomitas, Dennis. Tenemos que irnos. Ahora.

Dennis la mira y, en lugar de discutir, asiente. —De acuerdo. A lo mejor podríamos ir a Lacombe de escapada a la playa, como el verano pasado.

Connie aprieta los labios. —A algún sitio más lejos, creo. A algún sitio donde podamos quedarnos más tiempo.

Dennis niega con la cabeza. —¿Cuánto tiempo?

—Hasta que encuentren a ese chico —dice Connie con desesperación.

Cuando lo menciona, vuelvo a mirar por la ventana. Ahora está mucho más oscuro; las linternas oscilan y barren el límite del bosque que tenemos delante.

Debería estar ahí fuera con ellos. Tengo que encontrar a Ethan.

Y entonces los veo. Cuatro personas de pie en el campo, lejos del bosque y de los demás.

Tardo un momento en darme cuenta de que se están moviendo, solo que no se dirigen hacia el bosque.

Se dirigen hacia nuestra casa. El corazón me late más deprisa y me siento paralizada mientras los veo acercarse.

—Mamá —susurro, pero no me responde.

—Vamos a preparar las bolsas —dice Connie—. Podemos decidir adónde vamos por el camino.

—De acuerdo —dice Dennis—. Llamaré a George y a Sandra. A lo mejor podemos organizar unas vacaciones familiares de última hora. —Sonríe, pero Connie no—. Nos vamos por la mañana.

—No —dice Connie—. Tenemos que irnos ahora.

El corazón se me detiene cuando las cuatro siluetas de los hombres se aproximan a la casa. No consigo distinguir quiénes son y me doy cuenta de que es imposible. Todos llevan pasamontañas negros. Uno de ellos lleva algo grande en las manos.

—Mamá —digo de nuevo.

—Tenemos que irnos ahora —le suplica Connie a Dennis.

—Es muy tarde —dice él.

—¡Papá! —grito.

Dennis se vuelve hacia mí. —Ali, ve a preparar una bolsa. Vamos a hacer un pequeño viaje.

—Hay hombres fuera de la casa —digo. Para mi horror, los cuatro hombres enmascarados se convierten en seis cuando dos más procedentes de la calle se unen a ellos. El pequeño grupo camina hacia nuestro jardín—. Llevan máscaras.

—¿Qué? —dice Dennis, desconcertado. Se asoma por la ventana delantera. Mira a los seis hombres y se le desencaja el gesto—. Subid arriba —dice. Como nadie dice nada, se vuelve hacia Connie—. Tienes que subir arriba con Ali. Coge a Jason.

Pero ella no responde. En cambio, se queda a su lado y mira afuera a los hombres. —¿Qué están haciendo? —dice, asustada.

—Papá —digo, acercándome a su otro lado.

Jason baja hasta la mitad de las escaleras. —¿Qué estáis haciendo?

El grupo de hombres enmascarados sube lentamente los peldaños del porche uno a uno. Un golpe fuerte en la puerta nos sobresalta.

—Abre esta puerta, Kempmen —grita uno de los hombres—. ¡Es tu único aviso! ¡Abre o quemaremos a tu familia contigo dentro!

—Subid arriba —dice Dennis, cogiendo la mano de Connie.

—¡No! —grita ella—. Tú—

—Yo no subo —dice Dennis. Un golpe fuerte en la puerta nos hace pegar un bote a Connie y a mí.

Jason está paralizado mientras nos observa.

Dennis mira a Connie fijamente, agarrándola del hombro, con los ojos muy abiertos—.

¡Subid arriba ahora! —grita—. ¡Llevad a los niños! No han venido a por vosotros.

—Dennis —suplica Connie.

—¡Ahora! —vuelve a gritar, furioso.

Connie me coge de la mano y me arrastra hacia las escaleras mientras los golpes fuertes continúan.

—¡Daos prisa! —grita Dennis.

La puerta cede de una patada, se abre de golpe sobre sus bisagras y choca contra la pared, apenas agarrada al marco.

Veo cómo dos hombres entran en nuestra casa.

Dennis le da un puñetazo a uno y logra empujarle hacia atrás.

El otro hombre enmascarado agarra a Dennis.

Dos hombres más irrumpen en la casa y rodean a mi padre.

Connie nos empuja frenéticamente escaleras arriba, mirando solo una vez a su marido antes de gritarnos que vayamos más deprisa. Jason no obedece y se suelta de Connie mientras contempla horrorizado lo que están haciendo los hombres.

—¡Papá! —grita Jason. Pero Dennis no responde con palabras. Sus gritos se convierten en alaridos de terror—. ¡No! —llora Jason.

Connie le agarra mientras subimos las escaleras juntos.

—¡A nuestro dormitorio! —ordena Connie, abriendo la puerta y empujándonos hacia dentro.

Connie nos envuelve con los brazos. Nos baja al suelo y los tres nos sentamos en el suelo.

Connie se mece a sí misma mientras su marido pide ayuda a gritos desde abajo.

Intenta taparme el oído derecho, pero eso no impide los horribles sonidos de lo que le están haciendo los hombres a mi padre.

Luego se detiene. Los sonidos de los intrusos. Los gritos de papá. Vuelve el silencio. Pero es Jason quien lo huele primero.

—¿Es humo? —dice, desconcertado.

Los ojos de Connie se abren de par en par. —Dios mío, están quemando la casa.

—Mamá —grita Jason—. Tenemos que salir de aquí.

Ella niega con la cabeza. —Podrían seguir en la casa. No podemos bajar.

—¡Mamá! —grita Jason—. Noto el calor a través del suelo.

Unos pasos al otro lado de la puerta del dormitorio nos dejan a todos paralizados. Se acercan hasta que hay un golpe en la puerta. Jason se pone de pie, interponiéndose entre Connie y yo y la puerta cerrada.

—¡Dejadnos en paz! —grita con valentía.

Cuando se abre de golpe, el agente Anderson nos mira con los ojos muy abiertos, con la pistola en la mano. —¡Tenemos que salir de aquí, ahora! —grita.

Jason da un paso adelante. —Tenemos que ir a buscar a papá también.

Anderson le mira. —Tenemos que salir de aquí, chico. Y cuando bajemos las escaleras, no mires hacia la cocina. Confía en mí. —Coge la mano de Connie y la levanta del suelo a la fuerza—. ¡Daos prisa!