Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 17
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Capítulo 17

P asado

Jason levanta las manos para pedirle a Ethan que le pase el balón. En vez de eso, me lo lanza a mí. Tengo que correr un poco torpemente por el campo, pero lo atrapo entre los aplausos de Ethan y Tanner. Jason baja las manos un momento hasta que cruza su mirada con la mía.

—Aquí, Ali —grita. Empieza a acercarse hacia mí.

Odio cuando hace eso.

No sé si es por llevarle la contraria o simplemente para demostrarle que puedo lanzar más lejos que él, pero arrojo el balón con todas mis fuerzas.

Jason corre hacia atrás, a punto de tropezar con sus propios pies.

Da un traspiés e intenta saltar, estirando las yemas de los dedos para alcanzar el balón, pero lo falla por completo.

El balón sale disparado y se adentra en la zona arbolada que hay detrás de él.

—¡Ali! —llama Jason con irritación—. ¿Qué significa para ti «aquí»? —Sacude la cabeza mientras se agacha bajo una rama para intentar encontrar el balón.

—No dejes que te vea tu madre ahí dentro —bromea Tanner.

Han pasado semanas desde que se llevaron al segundo niño de Kadestill. Ninguno de los dos ha aparecido. Casi se puede palpar la tensión en todo el pueblo, con el miedo a que puedan llevarse a otro niño en cualquier momento.

—¡Cállate! —grita Jason mientras desaparece entre la maleza.

Miro hacia nuestra casa. Que Connie no esté en casa no significa que Dennis no se vaya a enfadar con su hijo si lo ve en el bosque, a pesar de las severas advertencias que le ha dado.

Ethan se aparta el rizado pelo castaño de la cara. Me quedo mirando sus ojos de color marrón claro, pero cuando me nota, aparto rápidamente la vista hacia Tanner.

—¿Los conocíais? —pregunto—. ¿A los niños que se llevaron?

Tanner asiente. —Mi hermana pequeña va a la misma guardería a la que iba Johnathon. Tiene cuatro años.

—Qué horror —digo.

—A la otra niña que se llevaron, Melissa Hendson, la veía a menudo en la tienda de mi padre —dice Ethan—. Venía con su padre casi todos los fines de semana.

Mientras Tanner y Ethan me cuentan cosas sobre los niños desaparecidos, de repente caigo en la cuenta de que hace un buen rato que Jason entró en el bosque. —¡Eh, Jason! —llamo. Para que Ethan y Tanner no se burlen de mí por estar angustiada como Connie, añado—: ¿Has perdido el balón?

Espero una respuesta impertinente, pero no contesta.

Tanner se ríe y Ethan sacude la cabeza. Pero al cabo de unos momentos, me sorprende que sea Ethan quien grite a continuación.

—¡Pringado! —grita hacia el bosque—. Deja de hacer el tonto. Coge el balón. El toque de queda es en una hora.

De nuevo, nada. Sin respuesta.

Tanner mira a Ethan y luego a mí. —Voy a buscarlo —dice, avanzando hacia los árboles que nos rodean.

—¡Ayuda! —se oye un grito fuerte—. ¡No!

—¡Jason! —grito, corriendo hacia el bosque y casi derribando a Tanner—. ¡Jason! —Me agacho bajo una rama y lo veo.

Jason está doblado sobre sí mismo, muerto de risa, señalándome. —Tía, eres igualita que mamá. Cualquiera diría que sois familia de verdad.

—¡No tiene ninguna gracia! —le grito.

—Bueno, algo de gracia sí tiene —dice Tanner poniéndose a mi lado y soltando una carcajada.

Ethan se une a nosotros sacudiendo la cabeza. —¿Dónde está el balón, imbécil?

—Ni idea —dice Jason, encogiéndose de hombros—. No lo encuentro. —Vuelve a mirar a su alrededor y me mira a mí—. Ali, esto es culpa tuya. A ver si dejas de hacerte la quarterback y me lo lanzas a mí la próxima vez.

—Solo está luciendo esos brazos de cañón que tiene —se ríe Ethan—. Menuda distancia le sacó a ese lanzamiento.

Conforme seguimos buscando, queda claro que no vamos a encontrarlo.

—Cojamos otro balón —dice Jason.

—Era el único que tenía —dice Ethan con frustración—. Tengo que encontrarlo. Mi padre siempre se pone de los nervios con estas cosas.

—¿No es de su tienda el balón? —pregunta Jason, extrañado.

—Sí —dice Ethan, con la frustración cada vez más visible—. Pero siempre se queja de que no valoro nada.

—¿Vamos al club? —pregunta Tanner—. Total, para lo que podemos hacer. No tenemos más balones.

Jason sacude la cabeza. —Mi madre me mata. Además, ya casi es el toque de queda.

—¿Y qué más da? —dice Tanner.

—Tus padres pasan de todo —dice Jason—. Ya sabes cómo es mi madre. —Me mira—. Tenemos otro balón en el sótano. Ve a buscarlo.

—¿Yo? —digo.

Él asiente y me imita. — ¿Yo? ¡Pues claro, tú! Fuiste tú quien perdió el balón. Ve a buscar el otro.

—No es culpa suya que corras como una tortuga —bromea Ethan.

—Y que atrapas como si tuvieras las manos de espagueti —añade Tanner.

—¡Callaos! —dice Jason a la defensiva.

—Tranquilos —digo, calmando al grupo de chicos—. Voy yo. No es para tanto.

Mientras me dirijo a casa, los tres siguen buscando. La verdad es que menos mal que Connie no está en casa. A estas alturas ya se habría dado cuenta de que estábamos en el bosque y no nos habría dado un momento de paz.

Cuando entro en casa, voy directamente al sótano.

Está muy oscuro, salvo por la tenue luz que sale del despacho de Dennis.

Intento encontrar el balón, pero es casi imposible.

Deslizo la mano por la estantería con la esperanza de tocarlo.

La bombilla del sótano se fundió la semana pasada y Connie lleva días riñendo a Jason para que la cambie.

Esa es otra de las tareas de mantenimiento que tiene en casa. Para la mayoría necesita que se lo recuerden amablemente, y a menudo.

Sabiendo que no voy a encontrar nada sin más luz, llamo a Dennis, pero no responde.

—¿Papá? —digo en su lugar. He empezado a llamarle así con más frecuencia. Incluso he empezado a llamar a Connie «mamá». La primera vez que la llamé así, se le iluminó la cara. Podía sentir lo feliz que era.

Me acerco a la puerta entreabierta del despacho de Dennis y vuelvo a llamarle, pero no responde. Llamo a la puerta, sabiendo lo mucho que le gusta la intimidad cuando está en su despacho. De nuevo, nada.

Sé que está dentro. Puedo oír el sonido amortiguado de su música rock a todo volumen. Tiene los auriculares puestos otra vez. Abro un poco más la puerta y lo veo sentado a su escritorio con un lápiz en la mano.

Tardo un momento en comprender lo que está haciendo.

El mapa está desplegado sobre su escritorio y sigue un camino con el dedo.

Al cabo de un momento, se detiene en un círculo trazado a lápiz.

Marca el círculo con una X encima y escribe algo más arriba con el lápiz, con una sonrisa en los labios.

En la parte superior del mapa hay un gran sol de dibujo animado con ojos y unas gafas de sol bajadas sobre la nariz.

«Kananaskis Trail Map», se lee.

Le hago señas intentando llamar su atención, pero está tan concentrado que ni siquiera me ve. —Papá —digo de nuevo. Por fin, me estiro y le tiro de la camiseta.

Da un salto y se levanta de la silla; los auriculares caen al suelo junto con el reproductor de CD. Al caer, se golpea con fuerza y se rompe. Lo recoge rápidamente y refunfuña ante su aparato estropeado.

—Lo siento —digo. Frunce el ceño y aprieta los labios mientras lo coloca con cuidado sobre el escritorio. Me mira y por un momento me asusta. Aquí es donde me gritarían. Si fuera mi padre biológico, escucharía algo más que palabrotas.

Pero Dennis no. —No te oí —dice, y su expresión se suaviza. Me indica con un gesto que salga de su despacho y me sigue hasta la puerta. Bajo la vista hacia el mapa y veo lo que escribió encima del círculo y la X. Una sola W.

—Llamé a la puerta —digo, anticipando lo que podría decir—. Intenté llamar tu atención.

Asiente. —Connie dice que me voy a reventar un tímpano de lo alto que lo pongo. —Miro por encima de su hombro hacia su escritorio y el mapa. Vuelvo a fijarme en las marcas del mapa mientras él cierra un poco la puerta detrás de él, dejando la habitación casi a oscuras.

—Jason tiene que poner una bombilla nueva —dice con un tono significativo. Me mira desde arriba en la oscuridad, pero no dice nada. Luego sonríe. Sus dientes blancos son lo único que distingo. —¿Qué pasa? —Incluso en la oscuridad puedo ver que se coloca las gafas de montura oscura en la cara.

—Jason dice que hay un balón de fútbol americano en el sótano, pero no lo encuentro.

Levanta un dedo. —Entendido. —Sin abrir la puerta, cruza la habitación a oscuras hasta una estantería y lo saca rápidamente. Creía haberlo buscado allí. Me lo lanza por debajo pero, en la oscuridad, lo fallo fácilmente. Lo encuentro enseguida cerca de mis pies y me incorporo.

—Gracias, papá —digo.

Vuelve a la puerta de su despacho y la abre ligeramente, dejando ver su amplia sonrisa. —Y no te preocupes. No diré nada.

—¿Qué? —pregunto, confundida.

La luz de la habitación a su espalda dibuja su silueta oscura. Vuelven a asomar sus dientes blancos mientras se ríe. —No le diré a mamá que habéis estado jugando en el bosque.