Mentira, Mentira, Verdad Capítulo 10
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Capítulo 10

A ntes

Cuando suena el timbre del almuerzo, Ethan se acerca a mí en el aula.

—Buen trabajo con la presentación —dice—. No se me habría ocurrido hacerla sobre los espartanos.

Me fijé en el libro La Odisea en el escritorio de la señorita Caten y deduje que le encantaría. Ya tiene un interés especial en lo que presentaremos a finales de semana.

—Sí, muy buena —dice Tanner mientras se une a nosotros—. Ahora tendrás que hacer todo el trabajo y decirnos qué decir el viernes. —Se ríe.

Ethan niega con la cabeza. —¿Qué haces a la hora del almuerzo? —dice mirándome, sus ojos claros cautivándome de nuevo. Antes de que pueda responder que nada en absoluto, me ofrece una opción mejor—. ¿Quieres venir con nosotros? Tenemos un sitio en el bosque detrás del colegio donde solemos ir.

—Aunque deberíamos darnos prisa —dice Tanner—. Incluso yendo rápido, tardamos quince minutos en encontrar el club.

Ethan se ríe. —Es porque no tienes ningún sentido de la orientación.

—¿Un club? —pregunto.

Ethan asiente. —Lo construyó mi padre. Es el dueño de la tienda de ultramarinos del pueblo. Seguramente la habrás visto, porque aquí no hay muchos negocios. Le sobran bastantes materiales y un verano quiso construir algo especial para mí y mis colegas donde poder pasar el rato.

—Venga, tío —dice Tanner, haciéndole gestos para que se apure—. Tenemos que escabullirnos antes de que los profesores salgan al patio.

—No sé si a Connie le gustaría que fuera —digo.

Ethan me mira con extrañeza. —Siempre me cuesta un momento entender de quién hablas cuando llamas Connie a tu madre.

—¡Vamos! —dice Tanner de nuevo.

—Venga ya —dice Ethan, negando con la cabeza—. ¿Qué otra cosa vas a hacer?

—¿Y qué hay de Jason? —digo.

—Yo no me preocuparía por eso —responde con una sonrisilla.

Sigo a Ethan y Tanner hasta el fondo del campo.

Cerca de unos columpios viejos, hay una abertura en la valla metálica que lleva hacia el bosque.

Ethan mantiene abierta la brecha mientras Tanner se cuela primero.

Ethan me sonríe cuando paso yo, y él entra el último.

Mira hacia atrás, seguro de que nadie nos ha visto.

—¿De dónde eres? —pregunta Ethan—. De origen, me refiero.

—De Calgary —digo.

—No, ya sabemos que las chicas son de Venus —dice Tanner, riéndose solo de su chiste estúpido.

Ethan me hace más preguntas: sobre qué tipo de música me gusta, qué películas prefiero y qué hago para divertirme. Mientras hablamos, Tanner va delante de nosotros, zigzagueando entre los arbustos. No seguimos ningún sendero, pero por lo visto en algún lugar de aquí hay un club.

—¿Qué tal te sienta ser una Kempmen? —pregunta Ethan.

Me encojo de hombros. —No sé. Bien, supongo. Es solo mi segundo día.

Él me sonríe mientras Tanner se detiene delante de nosotros.

—Tío, me he perdido —dice, rindiéndose y mirando a su alrededor.

—Ya ves —dice Ethan con un resoplido—, ningún sentido de la orientación. Seguidme. —Lo hacemos, y al cabo de unos instantes pasamos junto a un árbol enorme que ha caído. Ethan lo sortea, y tras unos minutos más, señala hacia adelante.

—Hemos llegado —dice.

La cabaña es pequeña. El exterior está hecho de largos tablones de madera. Algunos paneles están astillados y desnivelados. El tejado se inclina hacia la izquierda. Tiene una entrada amplia sin puerta, pero con dos ventanas pequeñas a cada lado.

De repente, Jason sale. —¿Qué hace ella aquí? —pregunta—. ¿Qué parte de «nada de chicas» no entiendes?

Ethan resopla. —No seas tan soso. Además, es mi club. —Me hace un gesto—. Sígueme.

Entra en la pequeña cabaña. Paso junto a Jason mientras me fulmina con la mirada.

En un lado de la cabaña hay una roca enorme. Solo una pequeña parte tiene suelo de madera; el resto es tierra. Junto a la entrada hay un póster de Pamela Anderson desnuda. Pongo una mueca mientras Tanner se ríe.

—Por eso dijimos que nada de chicas —dice Jason.

—Tu hermana no cuenta —responde Ethan. Ethan me hace gestos para que le siga mientras se apoya en la roca grande y sonríe agachándose, metiendo la mano por debajo. Cuando la saca, sostiene un gran cuchillo de cocina. Lo coge rápidamente por el filo y me señala con el mango.

—Cógelo —dice.

—¿Para qué? —digo con una sonrisa.

—Es parte de la iniciación —dice. Cojo el cuchillo con cierta reticencia mientras Ethan se dirige al otro lado de la cabaña, junto a la ventana pequeña. Debajo hay un gran trozo de madera—. Añade tu nombre.

Miro hacia abajo y veo tres nombres tallados en la pared del club. Jason, Ethan y Tanner.

—Adelante —dice Ethan.

Le sonrío mientras clavo la hoja en la madera y grabo una A mayúscula.