Capítulo 5
A ntes
Cuando abro los ojos, estoy en una habitación extraña. Una casa extraña. Mi nuevo hogar. Connie me acompañó a mi cuarto antes de desearme buenas noches. Me preguntó si quería que se quedara un rato en la habitación antes de que me durmiera. Charlar. Me preguntó si estaba cómoda.
Le dije que ya era lo bastante mayor para acostarme sola.
Y en ese momento lo creía. Ahora que me he despertado, con el rugido áspero del viento fuerte en el exterior y la lluvia golpeando el cristal de la ventana de mi cuarto, estoy más que un poco asustada.
Al borde del pánico. Las sombras de las ramas de los árboles bailan sin control por las paredes cada vez que relampaguea.
¿Dónde estoy?
Se supone que este es mi nuevo hogar. Se supone que debo adaptarme a este lugar. Ya sé que estoy mejor aquí que con mis padres de verdad. Pienso en los tiempos de cuando era pequeña y cada noche parecía una película de terror en mi imaginación.
Si de niña me asustaba, papá me mandaba de vuelta a la cama a gritos con las luces apagadas. A veces acompañado de algún que otro taco. Mamá no era tan dura con las palabras, pero también exigía que me fuera a la cama, y si abría la puerta del dormitorio, habría «problemas».
Debería sentirme más segura aquí en Kadestill. Parece el tipo de pueblo donde todo el mundo sabe quién eres y todos se cuidan los unos a los otros. A diferencia de la ciudad, donde cada uno va a lo suyo.
Pienso en cómo Connie nos gritó a Jason y a nosotros en el campo hoy. Aunque nadie explicó qué estaba pasando.
Cuando miro a mi alrededor la habitación oscura que no es mía, veo una muñeca de aspecto andrajoso sobre una mecedora de madera en el rincón de la habitación.
Tiene un ojo grande de botón, y el otro le falta.
Su pelo rojo está recogido con un lazo rojo.
Parece vieja, y una parte de mí se pregunta si fue de Connie cuando era niña.
Dennis y Connie Kempmen no tendrían ni idea de que a su hija adoptiva no le gusta demasiado jugar con muñecas. Hoy sí jugué con algunas en la fiesta sorpresa, pero fue para entretener a la niña pequeña.
Prefiero hacer lo que estaba haciendo hoy en lugar de jugar con muñecas. Jugar al fútbol en un campo. Al baloncesto en un día de calor sofocante. Patinar al aire libre cuando hace frío.
Un destello de relámpago cruza el cristal de la ventana, iluminando la muñeca y todo lo demás en la habitación. Me fijo en que la puerta del armario está entreabierta, pero creía haberla cerrado antes de acostarme. Ahora no estoy segura.
Una sensación de miedo me invade de nuevo. ¿Por qué todo da tanto miedo? De alguna manera, sé que si llamara a la puerta de Connie y Dennis, no me tratarían como lo hacía mi padre. Entonces, ¿por qué tengo demasiado miedo para salir de la cama?
Respiro hondo y me deslizo fuera de las sábanas. En lugar de salir del dormitorio, me asomo a la ventana. Al ver las ramas del gran árbol azotando el cielo con el viento, solo consigo asustarme más.
Cuando me acerco a la puerta del dormitorio, giro el pomo despacio, como si los monstruos de mi imaginación fueran a oírme si hago demasiado ruido.
Cuando la puerta se abre, enseguida escucho voces apagadas.
La luz de abajo está encendida, y puedo ver a Dennis sentado a la mesa del comedor.
Su cara aparece distorsionada por los barrotes de madera de la escalera.
Niega con la cabeza y sonríe.
—Era demasiado, Connie. —Hay una pausa—. No me pongas esa cara. Me pediste mi opinión sincera. —Coge el vaso alto de leche que tiene en la mesa y se lo lleva a los labios, limpiándose la espuma del bigote fino.
Escucho un suspiro audible seguido de la voz de mi madre adoptiva.
—Bueno, pero tampoco hace falta ser tan sincero —dice. Vuelve a suspirar—. Solo quería que hoy fuera perfecto.
Dennis aprieta los labios y asiente.
—Estuvo bien —dice—. Lo único que digo es que todo esto es nuevo para ella. Ali tiene un nuevo hogar, un nuevo hermano, una nueva mamá y un nuevo papá. Organizarle una fiesta sorpresa con un montón de gente que no conoce fue un poco excesivo.
—Solo quería que fuera perfecto para ella —vuelve a decir ella—. Por fin tenemos una niña pequeña, Dennis. Es lo que siempre hemos querido, y ahora está aquí. Necesitaba que hoy fuera especial.
Cuando me doy cuenta de lo que están hablando, intento quedarme quieta como una estatua.
Cualquier ruido podría delatarme. Una parte de mí piensa en volver a mi cuarto, pero la otra quiere seguir escuchando.
Estoy segura de que mis padres de verdad también hablaban de mí así, aunque era poco probable que fuera para decir cosas buenas.
Puedo notar de verdad cuánto les importo por el tono de su voz.
Un golpe en el suelo llama la atención de Dennis.
Mira hacia arriba, pero yo agacho la cabeza.
Sin embargo, no fui yo quien hizo el ruido.
Cuando miro hacia el otro lado del pasillo, veo a Jason cerca de su dormitorio.
Nuestros ojos se encuentran y él arquea las cejas.
Se lleva un dedo a la boca como para hacerme callar, aunque fue él quien hizo el ruido.
Dennis vuelve a mirar a su mujer y da un largo sorbo de leche.
—Fue perfecto —dice, tranquilizándola—. Jugó con algunos de los niños.
Se lo pasó bien con Jason. Seamos más normales a partir de ahora.
Sin más grandes sorpresas. Dejemos que se acostumbre a estar aquí un tiempo.
Quizás pronto podamos ir a Banff de viaje en familia.
Ir al gran centro comercial de Edmonton, quizás.
—Eso sería estupendo —dice Connie.
—Pero, Connie —dice Dennis, cambiando su tono cálido—, deja que los niños jueguen. Te pusiste un poco demasiado intensa en el campo de fútbol.
—Ugh. —Connie deja escapar su frustración—.
Es normal tener miedo de lo que está pasando en el pueblo.
Dos niños, Dennis. ¡Dos han desaparecido!
—Dennis le hace gestos para que baje la voz—.
Y esos lazos que encontraron —continúa—.
¿Qué clase de monstruo secuestra a niños y deja un lazo rojo donde los cogió?
Tengo todo el derecho a preocuparme. Por fin tenemos la familia perfecta. No voy a dejar que nada lo estropee.
Dennis sonríe.
—La Unidad de Delitos Graves de la RCMP lo está investigando. Hay un toque de queda. Encima, hasta tuvimos a la policía local en casa hoy.
—¿Ben? —Connie resopla—. Han pasado semanas desde que desapareció la niña pequeña de los Hendson. Imagínate lo que estará pasando su madre ahora mismo.
Dennis asiente.
—Estoy seguro de que encontrarán a esos niños. No te preocupes. Deja que nuestros hijos sean niños, Connie.
Ahora todo tiene sentido. Puedo ver lo asustada que estaba Connie cuando Jason se acercó demasiado al bosque. ¿Fue allí donde desaparecieron los niños? ¿Qué les ocurrió?
Sin darme cuenta, doy un paso atrás como si quisiera físicamente alejarme de la conversación que estoy escuchando. Al hacerlo, el tablón del suelo cruje. Dennis mira hacia arriba de inmediato y me observa fijamente. Su cara se ilumina cuando nuestros ojos se encuentran.
—¡Jason! —llama Connie. Cuando asoma la cabeza por la esquina, también ve mi cara—. Oh, Ali —dice—. ¿Tienes problemas para dormir?
Miro a Jason, que pone los ojos en blanco. Casi puedo leerle el pensamiento: «Menuda forma de fastidiarla».
Cuando miro hacia abajo, Dennis se está levantando de su silla, apurando el resto del vaso de leche, antes de volver a dejarlo en la mesa y limpiarse la cara con el puño cerrado.
—¿Estás bien? —pregunta Connie, mirándome con cara de preocupación.
—Estoy bien —digo. Cuando miro hacia el otro extremo del piso superior, Jason ya se está escabullendo de vuelta a su cuarto y cerrando la puerta en silencio.
—Ya voy yo —le dice Dennis a Connie, mientras sube las escaleras despacio.
—Buenas noches, Ali —grita Connie desde abajo.
Empiezo a volver a mi cuarto cuando Dennis llama a mi puerta.
—¿Puedo pasar? —pregunta con educación.
—Claro —digo. Me meto de nuevo entre las sábanas mientras él entra.
—¿No puedes dormir? —pregunta. Asiento—. El viento está bastante feo esta noche —dice. Mira la puerta del dormitorio y luego me mira a mí—. Has oído lo de los niños desaparecidos, supongo.
Asiento de nuevo.
—¿Quiénes eran?
Aprieta los labios y se sienta al pie de mi cama.
—Dos niños del pueblo. Vivían cerca de nuestro barrio.
—¿Y se los llevaron?
Asiente.
—La policía está buscando. Connie y yo íbamos a contártelo, pero pensamos que quizás era una conversación para otro día.
No queríamos asustarte. —Se aclara la garganta—.
No hay nada de qué preocuparse. Estás segura.
—Me sonríe—. No te preocupes por nada mientras estés aquí, Ali.
—Se levanta de la cama—. Estoy seguro de que esos niños van a estar bien. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —digo sin demasiada convicción.
Esboza una sonrisa fina.
—Tengo la sensación de que no estoy haciendo un buen trabajo haciéndote sentir más segura. —Respira hondo—. ¿Quieres que lleve tu colchón al cuarto de Jason?
—No, estoy bien.
—Es normal sentirse rara, Ali —dice—. Quiero decir, no nos conoces. Connie está muy contenta de que estés aquí… yo también. Jason también. ¿Seguro que estás bien esta noche?
Asiento.
—Estaré bien. Gracias.
—Por supuesto —dice, caminando hacia la puerta. Se gira hacia mí antes de salir—. Sé que todo esto es mucho para ti, Ali, pero me alegra que formes parte de esta familia.
Le devuelvo la sonrisa mientras empieza a marcharse. Un destello de relámpago ilumina de nuevo la habitación oscura y la muñeca en la mecedora. El lazo rojo de su pelo me hace pensar en los niños desaparecidos.
—Dennis —le llamo. Se gira rápidamente—. Quizás puedes llevarte la muñeca contigo.
Suelta una carcajada mientras cruza la habitación y coge la muñeca con una mano.
—Buenas noches, Ali.
—Buenas noches… —Por un momento casi quiero llamarle «papá», pero me contengo—. Dennis.
Cierra la puerta despacio tras él, y me quedo mirando la habitación oscura, intentando calmar los nervios.