Mentira con beneficios CAPÍTULO 25 #2
98%

CAPÍTULO 25 #2

—¿Y qué pasó en el balneario? —preguntó Pilar, con la intuición femenina guiando su curiosidad—.

Porque yo vi a dos personas que se buscaban con la mirada en cada rincón.

Vi a un hombre defender a una mujer con una furia que mi hijo nunca había mostrado por nadie.

Y vi a una chica mirarlo a él como si fuera el único habitante de un planeta desierto.

Eso no se puede comprar con mil quinientos euros, Julián.

El abogado esbozó una sonrisa triste y asintió. Aquí era donde la parte legal se disolvía por completo en la verdad humana.

—Ahí es donde el plan perfecto de este humilde letrado saltó por los aires —admitió Julián—.

Vera es... extraordinaria, Pilar. No se limitó a leer el guion.

Es inteligente, tiene una dignidad que no cabe en este despacho y una luz que iluminó a Nicolás desde el primer minuto.

Se gustaron. Se gustaron de una forma tan real y tan salvaje que el contrato se convirtió en una molestia.

El sábado por la noche... bueno, pasaron la noche juntos.

Y no fue parte del acuerdo, te lo aseguro.

Julián dudó un segundo. Sabía que estaba cruzando la línea del secreto profesional y de la intimidad más estricta de su amigo, pero miró a Pilar y comprendió que si no echaba toda la carne en el asador, esas dos personas se iban a quedar suspendidas en su propio orgullo para siempre.

—Nicolás se ha enamorado de ella, Pilar —confesó Julián en un susurro cargado de gravedad—.

Se ha enamorado como un colegial, con esa torpeza que lo caracteriza cuando algo sale de su control.

El lunes por la mañana vino a mi despacho a pagarle el resto del dinero a Vera.

Ella estaba destrozada. Se sentía como una impostora por haberte mentido, y se sentía humillada por tener que cobrar un cheque después de lo que había sentido por él en esa habitación.

Y Nicolás... Nicolás se asustó. Se asustó de sus propios sentimientos, del miedo a que ella lo rechazara por la diferencia de mundos que los separa, y se refugió en su pose de cirujano frío e inaccesible.

Le dijo que "solo era un contrato". La echó de su vida para evitar que ella lo dejara primero.

Y ahora los dos se están muriendo de pena en extremos opuestos de la ciudad por puro orgullo y cobardía.

Pilar Aguirre se levantó de la silla con una agilidad que desmentía sus setenta y dos años. Sus ojos ya no tenían rastro de tristeza; brillaban con una determinación de hierro, la misma que Nicolás utilizaba antes de realizar una incisión de emergencia en el quirófano.

Cogió su bolso de la mesa y miró al abogado con una media sonrisa que combinaba la ternura con la severidad.

—Gracias, Julián. Has hecho lo correcto. Aunque seas un abogado pésimo por revelar los secretos de tu cliente, eres un amigo excelente. Ahora, si me disculpas, tengo que salvar a mi hijo de su propia estupidez.

A las once y media de la mañana, Nicolás Aguirre se encontraba en su despacho de La Paz, contemplando un café frío en un vaso de plástico.

Tenía los ojos fijos en el gran ventanal que daba a la Castellana, pero su mente estaba en otra parte, perdida en un bucle obsesivo de recuerdos táctiles: el olor a cítricos, la risa limpia de Vera al quitarle los calcetines de gatitos, el tacto de su espalda...

De repente, su teléfono personal empezó a sonar sobre la mesa. Al ver el nombre de su madre en la pantalla, Nicolás sintió un vuelco en el corazón. Llevaba días esquivando sus llamadas por miedo a que Vera ya le hubiera contado toda la farsa.

Tragó saliva y pulsó el botón de aceptar, intentando forzar su voz más tranquila.

—Hola, madre. ¿Cómo estás? Lamento no haberte llamado antes, pero he tenido una semana complicada en el quirófano...

—Déjate de quirófanos y de excusas baratas, Nicolás —lo interrumpió Pilar. Su voz no sonaba enfadada, pero tenía una vibración de urgencia y claridad que lo dejó sin palabras—. Estoy saliendo del despacho de Julián Ossorio. Lo sé todo.

Nicolás sintió que el mundo se detenía bajo sus pies. El aire pareció congelarse en sus pulmones.

—¿De... de Julián? —balbuceó, sintiendo que la vergüenza y el pánico lo invadían por completo—. Madre, yo... lo siento. Puedo explicártelo. Quería protegerte, no quería que sufrieras por mí, ni que Claudia se burlara...

—¿Protegerte de qué, hijo mío? —la voz de Pilar se suavizó, adoptando una ternura infinita que atravesó el auricular como un bálsamo—.

¿De la verdad? ¿De que te sentías solo? ¿De que pensabas que tu madre te iba a querer menos por no tener a una mujer de nuestro entorno a tu lado?

Nicolás, por Dios... ¿tan poco me conoces?

—Madre...

—Escúchame bien, hijo —lo interrumpió Pilar, con una firmeza que no admitía réplica—.

Tu padre y yo empezamos nuestra vida en un piso de cincuenta metros cuadrados con humedades en las paredes.

Su familia no me quería porque mi padre era un simple contable de provincias, y la mía pensaba que él era un soñador sin futuro.

Pasamos hambre, pasamos frío y pasamos por humillaciones que tú ni te imaginas antes de que la empresa de construcción empezara a dar beneficios.

Lo único que nos sostuvo, lo único que nos permitió construir todo lo que hoy tenemos, fue que nos queríamos con una verdad que no cabía en ninguna cuenta corriente.

Nicolás escuchaba en silencio, con los ojos empañados y la respiración contenida.

—Vera Duarte es la mujer más valiente, más digna y con más luz que ha pisado mi casa en los últimos diez años —declaró Pilar, con orgullo—.

Vino a verme el miércoles dispuesta a confesarme la verdad a la cara, asumiendo toda la culpa del engaño, solo porque no soportaba la idea de hacerme daño.

No lo hizo por dinero, Nicolás. Lo hizo porque te quiere lo suficiente como para no querer construir nada contigo sobre una base podrida.

¿Y tú qué hiciste? Te asustaste como un crío, te pusiste tu traje de cirujano importante y le dijiste que "solo era un contrato" para proteger tu orgullo herido. ¡Qué soberbia tan estúpida, Nicolás!

Las palabras de su madre le abrieron una brecha limpia en el pecho, una incisión directa al centro de su verdad más íntima. Nicolás se tapó la cara con una mano, sintiendo que las lágrimas que había estado conteniendo durante cinco días empezaban a resbalar por sus mejillas.

—Tengo miedo, madre —confesó en un susurro quebrado, revelando por fin la vulnerabilidad del niño de doce años que todavía habitaba en él—.

Tengo miedo de no ser suficiente para ella.

De que su mundo real, ese que Julián me describió, sea demasiado hostil para lo que yo puedo ofrecerle.

Tengo miedo de que me rechace de verdad cuando no haya un papel firmado de por medio.

—El miedo es una opción, Nicolás, pero la cobardía es un destino que no te mereces —replicó Pilar con fuerza—.

En el quirófano salvas vidas todos los días porque asumes el riesgo de que el corazón de un paciente pueda detenerse en tus manos.

¿Por qué no aplicas esa misma valentía a tu propia vida?

No hay nada más importante en este mundo que lo que sientes por esa chica.

Nada. Ni el prestigio de la familia, ni las habladurías del patronato, ni el fantasma de Claudia.

Pilar hizo una pausa, respirando hondo antes de darle el empujón definitivo.

—Vera entra esta tarde a las tres en su turno del Hotel Grand Claris.

Sé que tiene examen de estructuras a las siete de la tarde en la escuela de arquitectura.

Deja el fonendoscopio, sal de ese hospital y corre tras ella, Nicolás.

Ve a buscarla y no vuelvas a casa sin haberle pedido perdón de rodillas por haber sido tan rematadamente idiota.

No dejes que la única mujer que te ha mirado con verdad en la vida se te escape por culpa de tu orgullo de cirujano. ¿Me has oído?

Nicolás se enderezó en su sillón. El temblor de sus manos había desaparecido, sustituido por una oleada de adrenalina y una determinación salvaje que no sentía desde hacía años. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó de un salto, tirando el vaso de café frío a la papelera.

—Te he oído, madre —respondió, y su voz sonó por fin limpia, segura y llena de vida—. Gracias. Te quiero.

—Y yo a ti, hijo. Ahora... muévete.

Nicolás colgó el teléfono, cogió su abrigo del perchero con un movimiento rápido y salió de su consulta a zancadas, dejando atrás el orden clínico, el silencio estéril y la gris realidad que lo había estado asfixiando.

La carretera hacia el centro de Madrid lo esperaba, y esta vez no iba a permitir que ningún contrato se interpusiera entre él y el único corazón que de verdad necesitaba salvar.