CAPÍTULO 26
La recepción del Hotel Grand Claris a las ocho de la tarde era un hervidero de luz cálida, olor a lirios frescos y el tintineo amortiguado de las copas de cristal de la zona del bar.
El suelo de mármol pulido brillaba bajo la gran cúpula de cristal, reflejando el ir y venir de huéspedes con maletas de cuero y abrigos de sastre.
Al otro lado del imponente mostrador de madera noble y bronce, Vera Duarte era una estatua de profesionalidad herida.
Llevaba el uniforme azul marino del hotel, el pelo tirante recogido en un moño impecable y una sonrisa de cortesía que sentía congelada en las comisuras de los labios.
Acababa de salir de su examen de estructuras en la facultad hacía apenas una hora.
Tenía la cabeza embotada de fórmulas de resistencia de materiales, las yemas de los dedos todavía grisáceas por el grafito de los lápices y un cansancio físico que se le clavaba en las lumbares.
Pero el verdadero dolor, el que la hacía respirar con dificultad cada vez que el vestíbulo se quedaba en silencio, era el vacío que llevaba en el pecho desde el miércoles anterior.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó mecánicamente, sin levantar la vista de la pantalla del ordenador, al sentir que alguien se detenía frente a su puesto.
—Necesito registrar una entrada. Pero me temo que no tengo reserva.
La voz, baja, ligeramente ronca y con esa inflexión de timidez que ella conocería en mitad de un huracán, hizo que el sistema informático del hotel desapareciera de su campo de visión.
Vera levantó la vista despacio.
Nicolás estaba allí. Pero no era el doctor Aguirre del congreso, ni el hombre impecable del despacho de Almagro.
No llevaba corbata, ni el abrigo de cachemira, ni el traje a medida.
Vestía unos vaqueros gastados, una cazadora de cuero oscuro que se veía ligeramente húmeda por la llovizna de la calle y un jersey de punto gris que le daba un aspecto extrañamente vulnerable.
Tenía ojeras marcadas bajo los ojos oscuros y el cabello revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por él cien veces en el trayecto en coche.
Pero lo más impactante no era su aspecto. Era lo que sostenía entre las manos.
Con un cuidado casi religioso, Nicolás depositó sobre la impoluta y lujosa superficie de mármol de la recepción una caja de cartón marrón, de esas que se utilizan en los hospitales para almacenar el material quirúrgico sobrante.
Tenía los bordes gastados y una etiqueta blanca donde se leía: «Servicio de Cardiología - La Paz» .
Vera se quedó sin aire. Miró la caja y luego a él, con los ojos abiertos por la sorpresa.
—Nico... ¿qué haces aquí? —susurró, bajando la voz para que sus compañeras de mostrador no la escucharan—. No puedes estar aquí. Estoy en mitad de mi turno. Si mi supervisor te ve...
—No me importa tu supervisor, Vera —la interrumpió él.
Su voz no tenía la frialdad del café de Malasaña; titubeó, cargada de una urgencia desesperada—.
Y tampoco me importa este hotel. He pasado los últimos cinco días intentando recordar cómo se respiraba antes de conocerte, y he descubierto que no sé hacerlo.
Soy un cirujano cardiovascular, Vera. Se supone que sé exactamente cómo funciona un corazón, cuánta presión puede soportar y cuándo está a punto de fallar.
Pero el mío se paró el lunes por la mañana en el despacho de Julián, y tú eres la única que sabe cómo reanimarlo.
Con un movimiento lento, Nicolás abrió las solapas de la caja de cartón y la retiró, revelando lo que había en su interior.
Vera se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.
Sobre el mármol del Hotel Grand Claris, rodeada de la opulencia de cinco estrellas, había una maqueta. Una maqueta tosca, imperfecta, torcida y rematadamente hermosa.
No estaba hecha con el cartón pluma o la madera de balsa que Vera utilizaba en la facultad.
Nicolás la había construido utilizando únicamente los materiales que había podido robar del almacén de quirófano de La Paz durante su guardia de la noche anterior.
Las paredes de la estructura eran cajas de cartón de apósitos estériles y suturas Prolene; las ventanas estaban recortadas con bisturí y cubiertas con plástico transparente de envases de suero; y la fachada exterior estaba revestida con tiras de esparadrapo de seda blanca que imitaban el revoco antiguo.
Era una réplica exacta de su portal de Vallecas. El tercero sin ascensor.
Pero el detalle más increíble estaba en el lateral.
Nicolás había construido un pequeño hueco exterior y, utilizando una jeringuilla de plástico transparente de veinte mililitros a modo de cabina y un trozo de hilo de sutura cardiovascular azul trenzado a mano, había diseñado un ascensor exterior funcional que subía hasta la última planta.
Junto a la maqueta, Nicolás deslizó un paño de campo quirúrgico de color verde estéril.
Sobre la tela, utilizando el rotulador morado de punta fina que los cirujanos emplean para marcar la piel de los pacientes antes de la incisión, Nicolás había dibujado un plano técnico a mano alzada.
Su caligrafía, normalmente ilegible, se esforzaba por ser clara y precisa en cada línea:
PROYECTO DE REFORMA ESTRUCTURAL DE VIDA
Directora de obra: Vera Duarte.
Cliente: Nicolás Aguirre (un cardiólogo con problemas de ritmo).
Emplazamiento: Un tercero sin ascensor en Vallecas (con reforma de elevador exterior aprobada).
Presupuesto: Todo lo que tengo, todo lo que soy y lo que me queda por vivir.
Cláusulas del acuerdo: Ninguna. Absoluta libertad para cambiar los planos sobre la marcha.
Depósito de garantía: Un par de manos que prometen no soltarte nunca más.
Vera sentía las lágrimas resbalando libremente por sus mejillas, cayendo sobre el mármol de la recepción.
El contraste entre la tosquedad de los materiales médicos y la precisión infinita con la que las manos del cirujano habían ensamblado cada pequeña pieza del portal de su casa era la declaración de amor más devastadora, real y hermosa que jamás hubiera podido imaginar.
—He calculado la distancia, Vera —dijo Nicolás, dando un paso más hacia el mostrador, ignorando por completo el entorno—.
Son exactamente once kilómetros entre tu portal y mi ático del norte.
He pasado toda mi vida creyendo que el éxito consistía en alejarme lo máximo posible de la vulnerabilidad, en vivir en una burbuja de cristal donde nadie pudiera hacerme daño.
Pero el sábado por la noche, en esa galería de cristal, comprendí que no quiero una burbuja.
Quiero una casa. Y no me importa si esa casa está en Serrano o en un tercero de Vallecas, siempre y cuando seas tú quien dibuje las paredes.
Nicolás se remangó ligeramente el bajo de los vaqueros oscuros, revelando los calcetines de algodón naranja con dibujos de gatitos que asomaban por encima de sus zapatos.
—Me los he puesto porque hoy tenía que enfrentarme a la operación más difícil de mi vida —susurró, con una sonrisa tímida y los ojos empañados—. Y necesitaba toda la suerte del mundo para que la mejor arquitecta de Madrid no me rechazara el proyecto.
Vera miró los calcetines, miró la maqueta de esparadrapo y jeringuillas, y luego lo miró a él. Sintió que la armadura de su uniforme del hotel, la vergüenza de su situación económica y el miedo a la diferencia de clases se disolvían por completo bajo la luz cálida de su mirada.
Ya no había contratos. No había cláusulas de confidencialidad, ni cheques de setecientos cincuenta euros, ni intermediarios de Almagro. Solo quedaba un hombre despojado de su estatus, ofreciéndole su verdad más pura con las manos que le fallaban.
Vera no se lo pensó dos veces. Se desabrochó la placa con su nombre del uniforme del hotel, la dejó sobre el mostrador junto al ordenador y salió de la recepción por la puerta lateral de acceso del personal.
Cruzó el vestíbulo a paso rápido, ignorando la mirada de sorpresa de su supervisora y de los clientes que pasaban por allí, y se detuvo frente a él. Nicolás la miró con el corazón desbocado, conteniendo la respiración.
—¿El proyecto tiene viabilidad, arquitecta? —preguntó en un susurro.
Vera no respondió con palabras. Se lanzó a sus brazos, rodeándole el cuello con fuerza.
Nicolás la elevó del suelo de mármol, estrechándola contra su pecho con una desesperación feliz, enterrando el rostro en su cuello para respirar su aroma a cítricos y lluvia.
Las manos de él, aquellas que habían extrañado su espalda durante cinco agónicos días, volvieron a encontrar su lugar en la curva de su cintura, sujetándola con la firmeza de quien ha encontrado por fin su único norte.
—El proyecto queda aprobado, doctor Aguirre —susurró Vera contra su oído, riendo entre lágrimas—. Pero te advierto que las obras van a ser largas y vamos a tener que cambiar muchas cosas de sitio.
—Tenemos toda la vida para diseñar el plano, Vera —respondió Nicolás, bajándola despacio pero sin soltarla, uniendo sus frentes bajo la luz dorada del Claris—. Esta vez, bajo nuestras propias condiciones.
En mitad del vestíbulo de uno de los hoteles más lujosos del mundo, rodeados de una farsa que por fin se había desintegrado para siempre, los dos se besaron con la verdad limpia y salvaje de quienes se saben, por fin, en casa.