Mentira con beneficios CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El despacho de Julián Ossorio era un templo al silencio administrativo y al secretismo profesional.

Sin embargo, a las diez de la mañana de ese martes, el habitual murmullo de papeles y llamadas de clientes fue sepultado por el sonido rítmico, firme y deliberado de unos tacones que no pedían permiso para avanzar.

La secretaria de Julián, que normalmente actuaba como una barrera infranqueable ante cualquier intruso sin cita previa, ni siquiera hizo el amago de levantarse de su puesto.

Se limitó a observar con un respeto reverencial a la mujer que cruzaba el umbral vestida con un traje de chaqueta azul marino de corte impecable, un abrigo de cachemira sobre los hombros y un collar de perlas australianas que captaba la luz matutina de Almagro con una elegancia apabullante.

Doña Pilar Aguirre no necesitaba cita. Tampoco necesitaba invitación.

Julián, que estaba revisando el borrador de una fusión de empresas con las gafas de lectura apoyadas en la punta de la nariz, levantó la vista al oír abrirse la puerta de madera maciza de su despacho.

Al ver a la madre de su mejor amigo plantada en mitad de la estancia, sus instintos de abogado de primera línea se dispararon al unísono.

Se quitó las gafas con un movimiento rápido y se levantó de inmediato de su sillón de piel.

—¿Pilar? —pronunció, forzando una sonrisa de perfecta cortesía—. Qué sorpresa tan agradable. Si me hubieras dicho que venías por el barrio, habría bajado a recibirte al portal. ¿Ocurre algo?

Pilar no respondió de inmediato. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento pausado, casi ceremonial, y avanzó por el despacho con la familiaridad de quien conoce a Julián desde que este era un estudiante de Derecho hiperactivo que devoraba apuntes en el salón de su casa.

Dejó su bolso de piel sobre la mesa de caoba y se sentó en una de las imponentes sillas capitoné sin esperar a que él se lo ofreciera.

—Déjate de formalidades de procurador, Julián —dijo Pilar, con una voz suave pero cargada de una autoridad absoluta—. Sabes perfectamente a qué he venido. Y también sabes que no me voy a marchar de este despacho hasta que me cuentes la verdad. Toda la verdad.

Julián sintió que la temperatura del despacho descendía varios grados de golpe. Trató de mantener su máscara de póquer, esa que le había hecho ganar docenas de juicios complejos, y rodeó la mesa para apoyarse en el borde con una actitud falsamente relajada.

—Pilar, no sé a qué te refieres...

—No insultes mi inteligencia, Julián. Tengo setenta y dos años, he enterrado a un marido, he visto quebrar tres empresas familiares y he lidiado con la junta directiva de una fundación benéfica durante tres décadas.

Sé perfectamente cuándo se me está ocultando algo.

Y tú y mi hijo estáis metidos en algo que me huele a chamusquina desde el primer día que os vi en ese balneario.

Julián desvió la mirada un instante, sintiendo que el nudo de su corbata se apretaba de manera imaginaria.

—Si es por Nicolás, sabes que está desbordado en La Paz con el nuevo protocolo de trasplantes...

—No me hables del hospital —lo atajó ella, levantando una mano enguantada para silenciarlo—. Esto no tiene nada que ver con la medicina. Tiene que ver con Vera.

Al escuchar ese nombre, Julián se quedó inmóvil.

El abogado sopesó sus opciones en décimas de segundo: el secreto profesional, el contrato de confidencialidad que él mismo había redactado, la lealtad a su mejor amigo...

Todo frente a la mirada inquisitiva de una madre que lo conocía demasiado bien y que tenía la capacidad de detectar una mentira antes de que esta terminara de formularse.

—Vera vino a verme el miércoles por la tarde —continuó Pilar, apoyando las manos sobre su regazo.

Su tono de voz adoptó un matiz de profunda decepción que a Julián le dolió de verdad—.

Me había citado a solas en mi casa de la calle Serrano.

Dijo que tenía que hablar conmigo de algo urgente.

Pero media hora antes de la cita, me llamó llorando desde una cabina o desde el metro, apenas se la entendía, pidiéndome perdón mil veces.

Me dijo que no podía hacerlo, que era una cobarde y que lamentaba haberme engañado, pero que tenía que desaparecer.

Que no era la persona que yo creía. Y colgó.

Desde entonces, no me coge el teléfono. Y mi hijo...

mi hijo parece un fantasma que deambula por los pasillos de La Paz con cara de querer arrojarse por la ventana.

Pilar se inclinó hacia delante, y sus ojos oscuros, idénticos a los de Nicolás, se clavaron en los de Julián con una intensidad desgarradora.

—Tú sabes qué está pasando, Julián. Tú redactaste algo, o gestionaste algo. Nicolás no da un paso financiero o legal sin que tú le lleves la cartera. Exijo saber qué habéis hecho. ¿Quién es Vera Duarte y qué habéis tramado a mis espaldas?

Julián Ossorio se pasó una mano por el pelo, soltando un largo suspiro que desinfló por completo su pose de abogado infalible. Se apartó de la mesa y caminó hacia el ventanal que daba a la calle Almagro. Miró el tráfico de Madrid durante unos segundos, debatiéndose internamente.

«Lo siento, Nico», pensó. «Pero esto se nos ha ido de las manos».

Se giró hacia Pilar, adoptando una expresión de sincera derrota.

—Prométeme que no vas a matar a tu hijo antes de escucharme completa la historia, Pilar —pidió, regresando a su mesa y sentándose en su sillón—. Y prométeme que vas a entender que todo esto empezó como un acto de desesperación por su parte. Él solo quería protegerte.

Pilar asintió lentamente, con el rostro serio y la espalda erguida como una vara de metal.

—Habla, Julián.

El abogado tomó aire y, sin anestesia, soltó la verdad que había estado guardando bajo siete llaves.

—Vera no es arquitecta. Al menos, todavía no.

Tampoco es socia de ningún estudio de diseño en el barrio de Salamanca, ni conoció a Nicolás en una conferencia sobre sostenibilidad urbana.

Vera es recepcionista de tarde en el Hotel Grand Claris.

Cobra poco más de mil euros al mes y compagina ese trabajo con el proyecto de fin de carrera en la escuela pública de arquitectura para poder ayudar a su padre, que está arruinado tras la quiebra de su empresa de reformas.

Pilar no pestañeó. Su rostro permaneció impasible, asimilando la información con una calma que a Julián le resultó casi inquietante.

—Sigue —ordenó la anciana.

—Hace dos semanas, Nicolás estaba desesperado —continuó Julián, gesticulando con las manos para intentar suavizar el relato—.

Claudia no dejaba de presionarlo, amenazando con presentarse en el congreso de cardiología con su nuevo prometido para restregarle su éxito y forzar un encuentro familiar que Nicolás no se sentía con fuerzas de afrontar.

Además, él sabía que tú estabas preocupada, que insistías en que rehiciera su vida, y sentía que te estaba fallando como hijo por seguir soltero y centrado únicamente en el quirófano.

Así que... me pidió ayuda. Me pidió que buscara a alguien.

A una actriz, a una acompañante profesional, a alguien que pudiera interpretar el papel de su pareja perfecta durante las setenta y dos horas que duraba el congreso en el balneario.

Un silencio espeso, casi físico, se instaló en el despacho. Julián carraspeó antes de soltar el detalle más espinoso de la transacción.

—Aquí está la parte que no sabes, Pilar, y la que más me cuesta admitir —dijo Julián, bajando la voz—.

La idea de Vera no fue de Nicolás. Fue mía.

Esa misma noche del ascensor, una amiga mía de toda la vida, Noa, que trabaja con Vera en el hotel, me llamó.

Vera le había contado la escena por teléfono nada más colgar con su madre, y a Noa le sonó el nombre de Nicolás porque yo le había hablado de él, de pasada, cuando empezamos con el papeleo del divorcio.

Noa me llamó esa misma noche para tantear el terreno, supongo.

Y yo, sin pensarlo demasiado, llamé a Nicolás media hora después y le planté la idea en la cabeza.

Le dije que dejara de buscar comparsas en su agenda y que le hiciera una oferta de verdad a la chica del ascensor.

Legal, con contrato, con condiciones. Un empujón de amigo que se me fue completamente de las manos.

Julián se pasó una mano por la cara antes de continuar.

—El contrato en sí lo redacté yo, por supuesto, con todas las cláusulas de confidencialidad y el precio pactado: mil quinientos euros, setecientos cincuenta por adelantado y el resto al finalizar el fin de semana.

Vino Vera en persona a firmarlo, el jueves por la mañana, tan digna y tan nerviosa como cualquiera que firma el contrato más importante de su vida.

Pero el origen de todo, Pilar... el origen de todo fue una llamada de teléfono entre dos amigas que se conocen desde hace años.

Ni Nicolás ni Vera lo saben todavía. Y no sé cómo se lo van a tomar cuando lo descubran.

Pilar cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, había una chispa de profunda tristeza en su mirada, pero no de ira.

—Mil quinientos euros —susurró la mujer, y su voz sonó extrañamente frágil—.

Mi hijo pagó a una mujer para que fingiera que lo quería delante de su madre y de su exmujer.

¿Tan solo se siente Nicolás, Julián? ¿Tan mal lo he hecho como madre para que no haya sido capaz de decirme que prefería venir solo antes de tener que montar semejante circo?

—No lo hizo por él, Pilar. Lo hizo por ti —insistió Julián, inclinándose hacia delante—.

Nicolás no soporta la idea de que sufras por él.

Se siente responsable de tu felicidad desde que murió su padre.

Pensó que si te veía aliviada, si veía que él "progresaba" en su vida personal de acuerdo con los estándares de vuestro círculo social, te quitaría un peso de encima.