CAPÍTULO 24
Hay un vacío muy específico que se instala en el pecho cuando una fantasía se rompe contra la realidad.
No es un dolor agudo, como el de un golpe físico o el corte de un bisturí; es una ausencia sorda, un peso constante que se arrastra por los pasillos, se sienta a la mesa y se acuesta en la cama cada noche, recordándote que el mundo ha vuelto a su tamaño original, pero tú ya no cabes en él.
Los cinco días siguientes a la tarde del café en Malasaña fueron, para Nicolás y Vera, un ejercicio de resistencia silenciosa. Una demostración absurda de orgullo, timidez y añoranza mal gestionada.
En el Hospital Universitario de La Paz, el doctor Nicolás Aguirre se había convertido en una sombra de eficiencia robótica.
Su equipo de residentes y enfermeras de quirófano había aprendido a leer la tensión de sus hombros con la precisión de un barómetro: si el doctor Aguirre no hablaba durante los lavados de manos y se limitaba a pedir el instrumental con monosílabos gélidos, era mejor no respirar demasiado fuerte a su alrededor.
—Pinza de disección —pidió Nicolás el viernes por la mañana, con la vista clavada en el tórax abierto de un paciente sometido a una revascularización miocárdica.
La enfermera instrumentista se la tendió de inmediato.
Nicolás la tomó con firmeza, pero al rozar el metal frío, su mente le jugó la misma mala pasada que lo acosaba cada tres minutos desde el miércoles: el recuerdo del tacto de la cintura de Vera cuando la levantó contra la puerta de la suite.
Sus dedos buscaron la tensión muscular de su muslo, la suavidad de su piel y el calor de su respiración contra su cuello.
—Doctor... —susurró el residente a su lado, señalando con el dedo enguantado—. La sutura de la mamaria.
Nicolás parpadeó tras las gafas de aumento, regresando al quirófano de golpe. Sintió un sudor frío corriéndole por la nuca.
—Lo sé. Estoy en ello —respondió con voz cortante.
Terminó la intervención con su habitual precisión impecable, pero al salir al pasillo de vestuarios y quitarse la mascarilla, se apoyó contra los azulejos blancos y cerró los ojos. Estaba exhausto. Un cansancio que no se aliviaba durmiendo.
Por las noches, en su ático de la zona norte, Nicolás hacía cosas ridículas.
Se descubrió a sí mismo abriendo la aplicación de música de su teléfono solo para reproducir la lista de canciones indie que Vera había puesto en el coche durante el viaje de vuelta.
Se sentaba en su sillón de piel, en mitad de un salón demasiado grande y demasiado ordenado, a escuchar letras melancólicas que no entendía del todo, buscando en la voz de los cantantes el eco de la risa de ella cuando se burlaba de sus calcetines de gatitos.
Abrió el cajón de su cómoda y miró los calcetines naranjas.
Se sintió como el idiota más grande de Madrid.
Se había protegido detrás de su estatus, de su frialdad de cirujano y de su orgullo herido, solo para terminar en el mismo punto de partida: solo, extrañando a una mujer que no podía comprar con todo el dinero de su cuenta corriente.
En el sur de Madrid, la realidad de Vera no era más benévola.
El turno de tarde en la recepción del Hotel Grand Claris era un desfile interminable de rostros anónimos, maletas de diseño y peticiones absurdas de huéspedes adinerados.
Vera sonreía, realizaba los registros de entrada con una amabilidad mecánica y respondía a los saludos con la cortesía exacta que el manual de excelencia del hotel exigía.
Pero por dentro, se sentía de cristal. Como si cualquier roce fuera a romperla en mil pedazos.
Cada vez que un cliente sacaba una tarjeta de crédito dorada para pagar la cuenta, Vera recordaba el cheque de Julián y la humillación sorda que había sentido en el despacho de Almagro.
Y cada vez que el olor a un perfume masculino caro flotaba en el vestíbulo, su cabeza giraba de inmediato, buscando de manera instintiva una silueta alta, un abrigo oscuro y unas gafas de montura fina que nunca aparecían.
El sábado por la noche, tras terminar su turno a las once, Vera llegó a su piso de Vallecas tan cansada que ni siquiera encendió la luz del salón. Se sentó en el sofá de Ikea, con las piernas encogidas contra el pecho, y miró el vacío de su pequeña cocina.
Echaba de menos a Nicolás. De una forma que la enfurecía y la asustaba a partes iguales.
Se descubrió a sí misma mirando su propio cuello en el espejo del baño, buscando la marca invisible de sus labios la noche de la tormenta.
Recordaba el calor de su pecho, la imperfección de su cicatriz junto a la costilla, y la ternura desarmante con la que él la había mirado antes de que el contrato se interpusiera entre los dos.
—Eres tonta, Vera —se dijo en voz alta al espejo, con los ojos empañados—. Es un cirujano rico. Su mundo es Serrano y el tuyo es la línea 1 de metro. Olvídalo.
Pero el corazón no entiende de distritos postales ni de contratos de confidencialidad.
El vacío que Nicolás había dejado en su cama de treinta y cinco metros cuadrados era exactamente del mismo tamaño que el que ella había dejado en el ático de diseño del norte de la ciudad.
Estaban separados por apenas diez kilómetros de asfalto, pero la distancia real entre sus mundos parecía haberse convertido en un océano insalvable de silencios y malentendidos dolorosos.
El domingo al mediodía, el sonido de unos golpes nudosos y pesados en la puerta de su portal interrumpió el silencio del piso de Vera. Se levantó del sofá arrastrando los pies, con un jersey de lana gris tres tallas más grande y el pelo recogido en un moño desordenado.
Al abrir la puerta, se quedó de piedra.
—Hola, mi niña —Tomás estaba de pie en el descansillo, respirando con cierta dificultad tras haber subido los tres pisos de escaleras empinadas.
Llevaba su vieja chaqueta de pana marrón, las manos metidas en los bolsillos y una bolsa de plástico de la panadería del barrio de la que sobresalía el olor a churros recién hechos.
—¡Papá! —Vera reaccionó de inmediato, dándose cuenta del esfuerzo que le había supuesto a su espalda castigada subir hasta allí—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me has llamado para que bajara yo? Pasa, pasa por favor.
Le ayudó a quitarse la chaqueta y lo guio con cuidado hasta el sofá gris. Tomás se sentó con un leve quejido de alivio, frotándose la zona lumbar, pero no tardó en clavar sus ojos gastados y sabios en el rostro de su hija. La examinó con esa intuición implacable que solo tienen los padres.
—He venido en la furgoneta —dijo Tomás, señalando con el pulgar hacia la ventana—. He pagado la deuda de la mutua esta mañana en la gestoría, Vera. Está libre de cargas. Gracias a ti.
Vera esbozó una sonrisa rápida, intentando ocultar el nudo que se le acababa de formar en la garganta.
—Te dije que no te preocuparas por eso, papá. Te prometí que lo solucionaría.
—Ya —Tomás dejó la bolsa de los churros sobre la mesa de centro y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—.
Pero tú no tienes esa cara cuando las cosas se solucionan, Vera.
Tienes la cara de cuando se nos cayó el forjado de la obra de Usera en el dos mil ocho. Tienes cara de ruina.
Vera intentó esquivar la mirada de su padre, fingiendo de pronto un gran interés por colocar las tazas para el café en la encimera de la cocina, pero las manos le temblaron al coger la cafetera italiana.
—Es el cansancio, papá. El final de curso, las entregas, los turnos en el hotel...
—A mí no me mientas, mi vida —la interrumpió Tomás con una voz suave, pero firme como el hormigón—. Te conozco desde que cabías en la palma de mi mano. Ese dinero del hotel... No han sido horas extra normales, ¿verdad?
Vera se quedó de espaldas a él, con la cafetera suspendida en el aire. Sintió que la última barrera de contención de esos cinco días de agonía silenciosa empezaba a agrietarse.
—No —admitió en un susurro, dándose la vuelta despacio. Sus ojos ya estaban inundados de lágrimas—. No lo eran.
Tomás no se enfadó. No la juzgó. Se limitó a palmear el asiento a su lado en el sofá gastado.
—Ven aquí y cuéntamelo.
Vera caminó hacia él y se sentó, dejándose abrazar por esos brazos fuertes y familiares que tantas veces la habían protegido de niña.
El olor a tabaco de liar, a taller y a ropa limpia de su padre la rodeó, y entonces rompió a llorar de verdad.
Lloró por la farsa, por el cheque, por la mirada decepcionada de Nicolás en el café y por el vacío insoportable que sentía cada mañana al despertar.
Entre sollozos, le contó toda la verdad: el contrato de Julián, el fin de semana en el balneario, la mentira a Doña Pilar y cómo, sin darse cuenta, se había enamorado del cirujano que la había contratado para salvar su propio orgullo familiar.
Tomás la escuchó en un silencio absoluto, acariciándole el pelo con sus manos ásperas, curtidas por el cemento y la paleta. Cuando Vera terminó de hablar, secándose las lágrimas con la manga del jersey, su padre suspiró profundamente.
—Ay, Vera... —dijo él, mirando al techo con una mezcla de tristeza y orgullo—. Te cargaste mi furgoneta y mis deudas a las espaldas sin decirme nada. Lo hiciste por mí.
—No podía dejar que te lo quitaran todo, papá. No a ti.
—Lo sé, mi niña. Y te lo agradezco con el alma. Pero has intentado levantar un edificio entero tú sola sin calcular los cimientos —Tomás la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo directamente a los ojos—. Ese muchacho... el médico. ¿Por qué terminasteis así en el café?
—Porque es un egoísta, papá —dijo Vera con rabia fingida, intentando recuperar la compostura—.
En cuanto le dije que le iba a contar la verdad a su madre porque no podía seguir estafándola, se cerró en banda.
Me trató como si fuera una empleada que venía a cobrar una factura.
Me dolió tanto... Redujo todo lo que pasó en esa habitación a un puto contrato de servicios.
Tomás esbozó una sonrisa cansada y negó con la cabeza.
—¿Y tú no hiciste lo mismo al recordarle el dinero y la diferencia de vuestras clases sociales?
Vera se quedó callada, con la boca abierta, desarmada por la lucidez de su padre.
—Los hombres que tienen miedo a que los quieran solo por su dinero son muy fáciles de asustar, Vera —explicó Tomás, con la sabiduría del que ha visto derrumbarse muchas estructuras—.
Y tú te pusiste el escudo de chica de barrio orgullosa antes de que él pudiera reaccionar.
Él pensó que lo estabas rechazando a él, no a su dinero.
Y tú pensaste que él te miraba por encima del hombro.
Dos tontos construyendo un muro de hormigón en mitad del salón para no tocarse.
Vera miró la furgoneta de su padre a través de la ventana, aparcada en la calle estrecha.
—Ya es tarde, papá. El miércoles casi se lo cuento.
Llegué a llamarla con la mano temblando, pero a mitad de la conversación me acobardé, le colgué llorando y le dije que tenía que desaparecer.
Desde entonces no le cojo el teléfono porque no sé cómo mirarla a la cara.
Tendré que encontrar el valor para ir a verla en persona, pero todavía no sé de dónde voy a sacarlo.
Tomás le dio un beso tierno en la frente y se levantó despacio, estirando la espalda con un suspiro.
—La verdad siempre es el mejor plano para empezar a construir, hija.
Ve a ver a esa señora. Pero no vayas con el escudo puesto.
Y si ese médico de verdad vale la pena...
no dejes que un fajo de billetes decida dónde termina tu vida.
Los cimientos de una persona no están en su cuenta corriente, sino en su capacidad para sostener a los que quiere. Y de eso, a ti te sobra.
Cuando su padre se marchó, dejándole los churros y un beso en la mejilla, Vera se quedó mirando la mesa.
El peso en su pecho no había desaparecido, pero por primera vez en cinco días, sintió que el hormigón empezaba a fraguar.
Mañana se enfrentaría a Doña Pilar. Y pasara lo que pasara, la farsa habría terminado.