CAPÍTULO 23
La mañana del miércoles había comenzado para Nicolás con una sensación física de asfixia.
En los pasillos de La Paz, el ritmo era el de siempre: el rumor de las camillas, el murmullo de los familiares y el tintineo metálico de las bandejas de curas.
Sin embargo, Nicolás se movía por el hospital como un autómata.
Durante una sesión clínica sobre un trasplante bipulmonar, se descubrió a sí mismo mirando fijamente el segundero del reloj de pared, contando los latidos de su propio corazón en lugar de atender a las diapositivas.
A mediodía, tras salir de quirófano y despojarse de la bata verde, se encerró en su despacho.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó el móvil.
Buscó el chat de Vera. No había vuelto a escribirle desde el domingo.
El último mensaje era de ella, una respuesta escueta a su indicación de que ya estaba abajo con el coche: «Bajo en dos minutos» .
Nicolás apoyó los pulgares sobre el teclado de la pantalla.
Escribió: «Vera, ¿podemos hablar?» . Se quedó mirando las letras.
Borró la frase. Escribió de nuevo: «Espero que estés bien.
Me gustaría verte» . Demasiado directo. Borró otra vez.
La voz de Julián resonaba en su cabeza como un eco molesto: «Esa chica no pertenece a tu mundo, Nico. Y tú tampoco al suyo» .
¿Y si para ella de verdad todo había sido una transacción? El miedo a que ella le respondiera con una fría cortesía profesional, recordándole que los mil quinientos euros ya estaban en su cuenta, le atenazó los dedos. Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa, frustrado por su propia cobardía.
Justo en ese instante, el móvil vibró sobre la madera. Era un mensaje de Vera.
Vera (14:15): ¿Puedes vernos a las cuatro en el café de la calle Palma? Necesito decirte algo importante antes de ir a ver a tu madre.
Nicolás no tardó ni tres segundos en teclear su respuesta: «Allí estaré» . El alivio inicial, sin embargo, se transformó de inmediato en una inquietud sorda. ¿Por qué iba a ver a su madre?
El café donde Vera lo había citado era un local de techos altos y paredes de ladrillo visto en los límites de Malasaña.
A las cuatro de la tarde de un miércoles gris, el ruido de la cafetera exprés y el murmullo de los estudiantes con ordenadores portátiles creaban una pantalla de sonido perfecta para una conversación que requería la máxima discreción.
Vera esperaba saturada junto al ventanal, con las manos rodeando una taza de té que ya se había enfriado.
Faltaba apenas una hora para su cita con Doña Pilar en el piso de la calle Serrano, y sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos como arena fina.
Tenía que decírselo a él primero. No podía presentarse ante su madre y soltar la bomba sin que Nicolás estuviera sobre aviso.
Cuando la puerta del local se abrió y las campanillas tintinearon, Vera levantó la vista.
Nicolás entró con paso rápido, vestido con un traje azul marino sin corbata y un abrigo oscuro de corte impecable.
Traía el frío de la calle pegado a los hombros y el cabello ligeramente revuelto por el viento de Madrid.
Al verla, su expresión seria se transformó por un milisegundo en algo parecido al alivio; sus ojos oscuros brillaron con esa intensidad que a Vera le hacía perder el equilibrio.
Él se acercó a la mesa y amagó con inclinarse para darle un beso, pero Vera, de forma casi instintiva, se echó ligeramente hacia atrás, manteniendo las manos fijas en su taza. El gesto de distancia fue sutil, pero para un hombre tan observador como Nicolás, resultó equivalente a un portazo.
Nicolás se enderezó de inmediato, congelando la sonrisa a medio camino. Se quitó el abrigo despacio, lo colgó en el respaldo de la silla y se sentó frente a ella.
—Hola —dijo él. Su voz ya había perdido el matiz cálido del inicio, adoptando un tono de prudencia—. Me ha sorprendido que me llamaras. Pensaba que... bueno, que después del lunes querrías un poco de espacio.
—Hola, Nico —respondió Vera, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que el corazón le latía con fuerza contra las costillas—. Gracias por venir tan rápido. Sé que tienes una tarde complicada en el hospital.
—Siempre hay tiempo para... —Nicolás hizo una pausa, mirando la taza de té de ella y luego sus propias manos, que descansaban sobre la madera de la mesa—. Para hablar. ¿Pasa algo? Te noto muy seria.
Vera respiró hondo, buscando en su interior la dignidad de la que le había hablado su padre.
—Ayer me llamó tu madre, Nicolás.
Él parpadeó, sorprendido.
—¿Mi madre? ¿Para qué?
—Para invitarme a comer este jueves con sus amigas del patronato y la mujer de Carlos Elizalde —explicó Vera, con una voz que intentaba mantener firme—. Quería presentarme oficialmente. Me habló con tanto cariño, con tanta ilusión... me dijo que hacía años que no te veía sonreír así.
Nicolás desvió la mirada un segundo, y un leve rubor asomó a sus mejillas.
—Bueno, ella es así. Se entusiasma con facilidad. Yo... no sabía que te iba a llamar, de verdad. Si te ha incomodado, puedo hablar con ella y decirle que estás ocupada con los exámenes de la facultad.
—No se trata de los exámenes, Nico —lo cortó Vera, con suavidad pero con una firmeza implacable—.
Se trata de que no puedo seguir adelante con esto.
Ayer, mientras la escuchaba hablar, me sentí la persona más miserable del planeta.
Me invitaba a su mundo con una limpieza absoluta, y yo solo podía pensar en el cheque que cobré el lunes en el despacho de Julián.
Nicolás se tensó en la silla. El término «cheque» pareció caer entre los dos como un bloque de hielo.
—Vera, ya hablamos de esto en el coche —dijo él, y su voz empezó a volverse un poco más rígida, buscando ese tono de control que utilizaba para protegerse—.
El dinero era por tu tiempo y por el servicio.
Mi madre no tiene por qué saber los detalles de cómo nos conocimos.
Lo que pasó el fin de semana... lo que sentimos...
eso fue real. No tiene nada que ver con el contrato.
—¿De verdad no tiene que ver? —preguntó Vera, sintiendo que los ojos se le empañaban, aunque luchó por contener las lágrimas—.
Nico, mírame. Mira cómo voy vestida. Mira dónde vivo.
El lunes firmé un papel de confidencialidad vitalicio en el despacho de tu mejor amigo para asegurarle a tu familia que no iba a chantajearte.
Tu mundo y el mío no se cruzan a menos que haya un fajo de billetes por medio.
Y yo no puedo seguir fingiendo que soy la nuera perfecta de Doña Pilar Aguirre mientras escondo la factura de mis servicios en el bolso.
Vera hizo una breve pausa para serenarse.
—He quedado con tu madre a las cinco en su casa. Le voy a contar toda la verdad. Le voy a decir que soy una recepcionista del Claris, que me contrataste para el fin de semana del congreso y que todo ha sido una farsa.
—¿Qué vas a hacer qué? —La voz de Nicolás subió un tono, cargada de una mezcla de incredulidad y pánico.
El miedo al rechazo, ese viejo fantasma que Claudia había alimentado durante años haciéndole sentir que nunca era lo suficientemente bueno, lo suficientemente noble o lo suficientemente apto para ser amado, despertó con una fuerza devastadora en el pecho del cirujano.
Al ver la distancia física de Vera, su negativa a dejar que se acercara y su determinación por romper el de forma unilateral el vínculo que los unía, Nicolás interpretó sus palabras no como un acto de honestidad, sino como un rechazo directo hacia él.
Pensó que ella se estaba retirando porque el fin de semana no había sido suficiente para compensar la diferencia entre sus vidas. Pensó que ella, simplemente, no lo quería.
La herida de su orgullo y su inseguridad latente se cerraron en banda.
El hombre vulnerable que se había reído de sus calcetines de gatitos y la había besado desesperadamente contra la puerta de la suite desapareció en un parpadeo.
En su lugar, el doctor Nicolás Aguirre, jefe de sección de cirugía cardiovascular, se colocó su armadura más fría y profesional.
Se echó hacia atrás en la silla, cruzó los brazos y la miró con una distancia gélida a través de sus gafas de montura fina.
—Entiendo —dijo él, y su voz sonó tan cortante y aséptica como un bisturí recién esterilizado—. Así que esto es lo que hay. Quieres rescindir el acuerdo de manera unilateral.
Vera lo miró, desconcertada por el cambio tan radical de su actitud.
—Nico, no se trata de rescindir nada... se trata de decir la verdad. De no engañar a una señora mayor que te quiere.
—No me llames Nico, por favor —la interrumpió él, con una cortesía formal que dolió más que cualquier insulto—.
Al fin y al cabo, el fin de semana ya ha terminado y los honorarios han sido liquidados.
Si sientes que tu ética profesional se ve comprometida por mantener el secreto ante mi madre, eres libre de actuar como consideres oportuno.
Yo no voy a rogarte que sigas fingiendo algo que te resulta tan insoportable.
—¿Fingiendo? —Vera sintió que la rabia empezaba a sustituir a la tristeza—. ¿Crees que todo lo que pasó el sábado fue fingido?
Nicolás sostuvo su mirada con una impasibilidad de piedra, aunque por dentro sentía que se estaba desangrando.
—No lo sé, Vera. Tú misma lo has dicho: eres una excelente profesional de la atención al cliente.
En el Hotel Grand Claris os entrenan para que los huéspedes nos sintamos especiales, ¿no?
Supongo que el fin de semana aplicaste el mismo protocolo de excelencia.
Al fin y al cabo... —Nicolás hizo una pausa deliberada, tragándose el dolor y clavándole a ella una mirada de absoluto hielo— solo era un contrato.
Cumpliste con tu parte, yo cumplí con la mía y el dinero ya está en tu cuenta. No hay por qué mezclar las cosas.
Las palabras de Nicolás cayeron sobre Vera con la fuerza de un golpe físico.
El dolor fue tan agudo que por un segundo no pudo respirar.
El hombre al que había entregado su intimidad hacía menos de setenta y dos horas, el que le había hablado de sus miedos de la infancia en mitad de la carretera, acababa de reducir todo lo que habían compartido a un simple servicio de atención al cliente bien pagado.
La brecha entre sus mundos se ensanchó hasta volverse un abismo insalvable.
—Tienes razón, doctor Aguirre —dijo Vera, levantándose de la mesa con una dignidad tan fría y afilada como la de él—. Solo era un contrato. Lamento haberle hecho perder el tiempo con mis escrúpulos de clase obrera.
Se puso la gabardina con movimientos rápidos, se colgó el bolso al hombro y, sin mirar atrás, salió del café.
Nicolás se quedó sentado en la mesa, inmóvil en mitad del bullicio de Malasaña.
Miró sus manos, que volvían a temblar imperceptiblemente sobre la madera, y comprendió que en su intento desesperado por protegerse del rechazo de Vera, acababa de dinamitar la única oportunidad que tenía de ser feliz de verdad.