Mentira con beneficios CAPÍTULO 22
88%

CAPÍTULO 22

El martes por la mañana, Vera se encontraba en la cocina de su piso de Vallecas, rodeada por el zumbido de una lavadora vieja que vibraba contra el contrachapado de la encimera con la fuerza de un reactor soviético en pleno despegue.

Vestía una camiseta de algodón descolorida con el logo de un concierto de hace cinco años y tenía los dedos manchados de tinta negra de un rotulador técnico con el que intentaba corregir la sección transversal de un edificio de viviendas.

Su cabeza era un hervidero de dudas, un bucle infinito que alternaba entre las entregas de proyectos, las trescientas palabras por minuto que debía sonreír en la recepción del hotel y el recuerdo, todavía dolorosamente fresco, del cheque de Julián guardado en el cajón de su mesita de noche.

De repente, su teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la mesa de la cocina, desplazándose lentamente sobre los planos de papel vegetal a causa de la vibración del electrodoméstico.

Vera lo cogió sin mirar la pantalla, esperando que fuera alguna compañera del hotel para pedirle un cambio de turno o un aviso de la biblioteca de la escuela de arquitectura.

—¿Sí? —dijo, sujetando el aparato con el hombro mientras seguía trazando una línea auxiliar con la escuadra.

—¡Vera, querida! Qué alegría encontrarte. Espero no interrumpirte en mitad de una de tus maravillosas maquetas.

Vera se quedó completamente inmóvil. La escuadra de plástico se deslizó de sus dedos, emborronando un tramo de escalera del plano con un manchón negro digno de una catástrofe petrolífera.

Reconoció la voz al instante: esa entonación cantarina, distinguida y perfectamente modulada que solo podía pertenecer a Doña Pilar Aguirre.

Sintió que la sangre se le retiraba de las mejillas, dejándola con un frío súbito en el estómago.

—¿Doña... Doña Pilar? —consiguió articular, enderezándose de inmediato y apartando el rotulador de los planos con dedos temblorosos.

—La misma, cielo. Espero que no te importe que te llame directamente.

Le insistí tanto a Nicolás para que me diera tu teléfono el domingo antes de subirme al coche de Carlos que al final el pobre no tuvo más remedio que claudicar —rio Pilar al otro lado de la línea, con una ligereza que a Vera le sentó como un golpe de mazo en el pecho—.

Sé que los jóvenes de hoy en día sois extremadamente celosos de vuestra intimidad, pero una madre tiene sus privilegios, ¿verdad?

—Por supuesto... no se preocupe, doña Pilar —balbuceó Vera, mirando con horror la mancha de tinta en su plano de estructuras—. ¿Pasa algo? ¿Está todo bien?

—Todo de maravilla, preciosa. Justamente por eso te llamo.

Estoy organizando un pequeño almuerzo este jueves en el Club de Campo.

Nada del otro mundo, solo una reunión muy íntima con un par de amigas mías del patronato de la fundación y la mujer de Carlos Elizalde.

Le he hablado tanto de ti a todo el mundo que están deseando conocer a la mujer que ha conseguido que mi hijo Nicolás vuelva a sonreír de esa manera tan bonita.

Además, me encantaría que me contaras más cosas sobre ese proyecto de fin de carrera del que me hablaste de pasada.

Quiero que vengas, Vera. No acepto un no por respuesta.

La invitación cayó sobre la cocina de Vera con el peso de una losa de hormigón armado.

Visualizó la escena de inmediato: el Club de Campo, los manteles de hilo blanco, las miradas de las amigas de Pilar analizando su linaje y ella, Vera Duarte, intentando no usar el tenedor equivocado mientras en su bolso llevaba el justificante de un cheque que demostraba que todo había sido un negocio de fin de semana.

La mentira se había vuelto demasiado grande.

—Doña Pilar, yo... —Vera apartó la mirada un instante, sintiendo que el aire de la cocina de Vallecas se volvía de repente tan espeso que apenas podía respirar—. Le agradezco muchísimo la invitación. De verdad. Es usted increíblemente generosa conmigo. Pero... me temo que no voy a poder ir.

Un breve silencio, cargado de una sutil sorpresa, se instaló en la línea.

—¿Oh? ¿Tanto trabajo tienes en la facultad, cielo? Si es por eso, podemos cambiar la comida al viernes, o incluso al fin de semana...

—No, no es por la facultad, doña Pilar —la interrumpió Vera, con una voz que de repente se había vuelto extrañamente grave, desprovista de cualquier atisbo de la jovialidad impostada del balneario.

La decisión se tomó en su cerebro con la velocidad de un rayo, espoleada por un ramalazo de pura dignidad—.

Es algo más complicado. Y creo que no es una conversación que debamos tener por teléfono.

Pilar guardó silencio durante unos segundos. Cuando volvió a hablar, su tono de voz había perdido parte de la ligereza social, adoptando una gravedad más madura, más intuitiva.

—Vera... me estás asustando un poco. ¿Ha pasado algo entre Nicolás y tú? ¿Os habéis peleado?

—No, no nos hemos peleado —respondió Vera, sintiendo las lágrimas agolpándose en la base de sus ojos, no por tristeza, sino por la pura tensión de la impostura—.

Pero hay cosas que... que no son lo que parecen.

Y no puedo seguir permitiendo que me mire de la manera en que lo hace sin contarle la verdad.

Le debo eso. Me lo debo a mí misma también.

—¿De qué verdad estás hablando, cielo?

—¿Podríamos vernos, doña Pilar? —pidió Vera, con una firmeza que le costó hasta el último gramo de sus fuerzas—. Mañana por la tarde. Donde usted me diga. Pero a solas, por favor. Necesito hablar con usted de frente.

Al otro lado del teléfono, Pilar Aguirre respiró hondo. La aristócrata pareció sopesar la urgencia de la joven con esa sabiduría silenciosa de las mujeres que han vivido lo suficiente como para saber que detrás de un gran misterio rara vez hay una buena noticia.

—De acuerdo, Vera —respondió Pilar con una suavidad imprevista—. Ven mañana a mi casa de la calle Serrano a las cinco de la tarde. Tomaremos un té y hablaremos de lo que sea que te esté pesando tanto. No te preocupes. Todo se puede arreglar.

—Gracias, doña Pilar. Nos vemos mañana.

Vera colgó el teléfono, lo dejó caer sobre la mesa y se tapó la cara con las manos, soltando un gemido ahogado de pura desesperación.

En ese mismo instante, la puerta principal del piso se abrió con un estrépito familiar.

Noa entró cargada con dos bolsas del supermercado y un paquete gigante de rollos de papel higiénico bajo el brazo.

—¡Vera! No te lo vas a creer, pero han puesto de oferta los botes de hummus de medio kilo y... —Noa se detuvo en seco al ver la pose de esfinge derrumbada de su amiga—. Uy. ¿Qué es esa cara? ¿Ha fallecido alguien o es que te han denegado la beca otra vez?

—Peor —consiguió decir Vera con la voz amortiguada contra sus palmas—. Acabo de pedirle una cita formal a la madre de Nicolás para confesarle que soy una estafadora profesional. En su casa. En la calle Serrano. Mañana a las cinco.

Noa dejó las bolsas sobre la encimera con un golpe seco, abrió mucho los ojos y se llevó una mano al pecho en un gesto dramático de telenovela de sobremesa.

—¿Me estás diciendo que vas a ir voluntariamente al foso de los leones de la aristocracia a decir que cobraste mil quinientos pavos por hacerte pasar por su nuera?

¿Te has vuelto completamente loca? ¡Vera, por el amor de Dios, que esa gente desayuna diamantes y tiene abogados que te pueden demandar hasta por respirar su mismo aire!

—No podía más, Noa —Vera levantó la cabeza, revelando un manchón de rotulador negro en la mejilla que le daba el aspecto de un mapache estresado—.

Me ha invitado al Club de Campo. ¡Al Club de Campo!

Me ha dicho que sus amigas del patronato de no sé qué beneficencia querían conocerme porque gracias a mí Nicolás "volvía a sonreír de esa manera tan bonita".

¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Presentarme allí con mi vestido de Zara de rebajas y hablar de filantropía mientras me atraganto con un canapé de caviar?

Noa suspiró, abrió una de las bolsas de la compra, sacó una bolsa de patatas fritas de churrería y la abrió de un tirón, ofreciéndosela a Vera.

—Toma. Come carbohidratos. El pánico se lleva mejor con sal y grasa.

Vera metió la mano en la bolsa de patatas de manera automática, masticando con resentimiento.

—Y encima me he cargado el plano de la sección —gruñó Vera, señalando el desastre negro del papel vegetal—. Cuatro horas de dibujo a la basura por culpa de los Aguirre.

—A ver, míralo por el lado positivo —dijo Noa, sentándose en la silla de al lado y robándole una patata—.

Si vas mañana y se lo confiesas todo, al menos te quitas el peso de encima.

Eso sí, prepárate para el protocolo del té de la alta sociedad.

¿Sabes que esa gente tiene una forma específica de coger la taza?

No puedes meter el dedo por el asa, tienes que pinzarla.

Así, mira. —Noa cogió una taza mugrienta de la pila de fregar que ponía "La mejor ingeniera del mundo" y la sostuvo con el meñique rígidamente estirado, poniendo una cara de asco sumamente ensayada.

Vera no pudo evitar soltar una risotada ahogada, que sonó casi como un graznido de puro agotamiento.

—Eres idiota, de verdad.

—Soy tu cable a tierra, que es distinto —corrigió Noa, volviendo a su tono serio—. Vera, hablando en serio... ¿lo haces solo por Doña Pilar, o es que te da miedo lo que puedas sentir si sigues cerca de Nicolás?

La risa de Vera se desvaneció de golpe. Se quedó mirando la patata frita que sostenía entre los dedos manchados de tinta.

—Las dos cosas —admitió con voz baja—. Su madre es...

es una buena mujer, Noa. No se merece que la engañemos de esta forma tan sucia.

Y Nicolás... con Nicolás es peor. Cada vez que pienso en él, me acuerdo de los calcetines de gatito, de cómo me defendió de su ex y de cómo me miraba en esa cafetería de carretera.

Si sigo con esta farsa un minuto más, voy a acabar queriendo que sea verdad.

Y yo no tengo sitio en su ático de diseño, ni él pinta nada en esta cocina donde la lavadora parece que va a salir volando hacia la M-30.

La lavadora, como si hubiera entendido la alusión, pegó un último y ruidoso traqueteo de centrifugado antes de quedar en silencio.

Noa le dio un suave empujón con el hombro.

—Pues mañana vas a Serrano, te pones tu mejor cara de Vallecas digna, le dices la verdad y cierras el capítulo. Pero prométeme una cosa.

—¿El qué?

—Que si te ofrece pastitas de las caras, te metes un par en el bolso para mí. Que a los ricos les da igual el gluten y seguro que son de mantequilla de verdad.

Vera esbozó una sonrisa real, sintiendo que la calidez de su amiga le devolvía un poco de la fuerza que iba a necesitar para el día siguiente.

—Prometido. Si salgo viva de allí, te traigo media pastelería.