Mentira con beneficios CAPÍTULO 21
85%

CAPÍTULO 21

Todo era exactamente igual que el lunes anterior. La misma luz fría que se filtraba por el gran ventanal con vistas a las Torres de la Castellana, el mismo olor sutil a desinfectante y a plástico de guantes de látex, el mismo zumbido imperceptible del sistema de ventilación centralizada.

Pero para Nicolás, todo se había vuelto de un color gris plomizo, estéril y desvaído.

Miraba la pantalla del ordenador, donde parpadeaba el historial clínico de un paciente con una estenosis aórtica severa, pero sus ojos no lograban enfocar los datos de la ecocardiografía.

Sus dedos, largos, finos y acostumbrados a la inmovilidad tensa del teclado, se detuvieron sobre las teclas de plástico.

Se miró las manos.

Esas manos, capaces de suturar una arteria coronaria de dos milímetros de diámetro bajo la lente de un microscopio sin que le temblara un solo músculo, se sentían extrañamente inútiles, vacías y torpes.

Sentía una molestia física en la palma de los dedos, una hipersensibilidad fantasma que le recorría los nervios desde las yemas hasta los antebrazos.

Era el recuerdo táctil de la noche del sábado.

Dondequiera que mirara en la consulta, su cerebro reconstruía la suavidad extrema de la espalda descubierta de Vera.

Si cerraba los ojos, sus palmas volvían a deslizarse por la curva perfecta de su cintura de seda, sintiendo el calor limpio de su piel desnuda, la vibración de su risa ahogada contra su pecho y la tensión de sus muslos cuando la había elevado contra la madera de la suite 412.

Sus manos extrañaban ese peso, esa geografía de curvas y calor que no se parecía en nada al metal frío de los bisturís o a la textura artificial de los guantes de nitrilo.

«Fue solo un trato» , se repitió a sí mismo por centésima vez en lo que iba de mañana, apretando los puños sobre el escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

«Un contrato de mil quinientos euros gestionado por Julián para cubrir un expediente familiar.

Una transacción profesional. Ella ha cobrado su cheque, ha firmado el finiquito y ha vuelto a su vida. Yo tengo que volver a la mía» .

Pero el autoengaño no funcionaba. La lógica fría con la que se había protegido durante años frente al mundo se desmoronaba ante la cruda realidad de su ausencia.

Intentó convencerse de que lo que sentía era simplemente el cansancio acumulado de la guardia del domingo por la tarde, o el estrés del preoperatorio de hoy.

Pero el dolor que le oprimía el centro del pecho no era una patología cardíaca; era el vacío físico de una casa sin ruido, de un coche donde la música indie ya no sonaba, de unas sábanas que por la mañana olían únicamente a detergente neutro y no a su perfume de cítricos y lluvia.

La puerta de la consulta se abrió de golpe, sin llamar, interrumpiendo el flujo de sus pensamientos. Julián entró a zancadas, vistiendo un traje sastre gris impecable y con su habitual aire de eficiencia corporativa. En la mano sostenía una carpeta de piel con el membrete de su bufete de abogados.

—Tenemos un problema, Nico —dijo Julián a modo de saludo, dejándose caer en la silla de confidencias frente al escritorio de Nicolás sin pedir permiso—. Bueno, en realidad ya no es un problema, pero me gusta cerrar los expedientes sin cabos sueltos.

Nicolás se enderezó en el asiento, recuperando su máscara de cirujano frío a golpe de voluntad.

—¿De qué hablas, Julián?

—De tu "novia" —Julián hizo las comillas en el aire con un deje de superioridad que a Nicolás le sentó como una patada en el estómago—.

Vera Duarte estuvo en mi despacho a primera hora de la mañana.

Firmó el documento de confidencialidad de cierre, recogió el cheque de los mil quinientos euros y se marchó.

Hasta ahí, todo perfecto. El problema es cómo se marchó.

Nicolás sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Cómo se marchó? —preguntó, tratando de mantener la voz plana.

—Como si le quemara el papel en las manos.

Le ofrecí un taxi de cortesía de la empresa y casi me escupe.

Estaba a la defensiva, fría, dura... Nada que ver con la chica simpática que envié al balneario.

Parecía que la estaba extorsionando en lugar de pagarle una pequeña fortuna por tres días de turismo de lujo.

¿Pasó algo allí que yo deba saber? Porque si te has propasado o si ha habido algún detalle que pueda derivar en una reclamación...

—Cierra la boca, Julián —le cortó Nicolás. Su voz no fue un grito, sino un siseo helado, cargado de una rabia tan contenida que hizo que su amigo de la infancia parpadeara, sorprendido.

—Oye, Nico, solo hago mi trabajo...

—Tu trabajo era solucionar una situación incómoda con mi madre, no juzgar a la persona que nos ha salvado el cuello —replicó Nicolás, poniéndose de pie de golpe.

Apoyó los puños sobre el cristal de la mesa, inclinándose hacia él—.

Vera Duarte se ha comportado con una dignidad y una profesionalidad que tú no entenderías ni en mil años.

Cumplió su parte del trato al milímetro.

No vuelvas a hablar de ella como si fuera un problema de gestión o un riesgo de reclamación en tu hoja de cálculo.

Julián se levantó despacio, recolocándose la chaqueta del traje. Su rostro se había vuelto serio, perdiendo toda la camaradería.

—Te estás involucrando demasiado, doctor —advirtió Julián con tono sombrío—.

Te conozco desde los diez años y nunca te he visto perder los papeles por nadie, y mucho menos por una recepcionista que contratamos en una hora de desesperación.

Te recuerdo que esto era un negocio. Ella necesitaba el dinero para vete a saber qué líos de barrio y tú necesitabas una pantalla.

Negocio cerrado. No lo conviertas en algo personal, porque esa chica no pertenece a tu mundo, Nico. Y tú tampoco al suyo.

—Vete de mi despacho, Julián —sentenció Nicolás, señalando la puerta con un dedo rígido que, por primera vez, delataba que había perdido la firmeza habitual.

Julián lo miró durante unos segundos, evaluando el daño. Luego, con un suspiro de desaprobación, recogió su carpeta de piel y salió de la consulta, cerrando la puerta tras de sí con un clic seco que sonó a sentencia definitiva.

Nicolás se dejó caer de nuevo en su sillón.

El silencio de la consulta regresó, pero esta vez cargado de una vibración hostil.

La advertencia de Julián, por muy mezquina que hubiera sido, contenía una verdad que le arañaba el pecho: Vera había firmado.

Había cogido el dinero. Había cerrado el trato.

Buscó el móvil en el bolsillo de su bata blanca con una urgencia casi desesperada. Sus dedos actuaron antes de que su cerebro pudiera interponerse con sus habituales filtros de prudencia. Desbloqueó la pantalla, entró en la agenda y buscó su nombre: «Vera» .

Se quedó mirando el número de teléfono.

¿Qué iba a decirle? ¿Qué pretendía conseguir llamándola a su trabajo o a su casa?

¿Pedirle disculpas por ser rico? ¿Decirle que la extrañaba después de haberle pagado por estar con él?

La humillación implícita de esa llamada, la posibilidad de que ella pensara que él creía tener derecho a su tiempo fuera del contrato, le heló la sangre.

Pulsó el botón de llamada.

El teléfono se lo llevó al oído. Su propio corazón golpeaba contra sus costillas con un ritmo desbocado, caótico, impropio de un cirujano experto. El tono de llamada empezó a sonar.

Riiing...

El sonido era un puente frágil tendido sobre el abismo que los separaba.

Imaginó a Vera en la recepción del hotel, vestida con su uniforme de poliéster, mirando la pantalla de su móvil con el ceño fruncido, sintiendo la misma punzada de incomodidad y culpa que lo asfixiaba a él.

Recordó las palabras de su padre en la llamada que ella había recibido el domingo: "la furgoneta se queda donde está" .

Ella tenía batallas reales que librar; él solo tenía un vacío existencial en un ático de lujo.

Riiing...

«¿Qué haces, Nicolás?», se recriminó a sí mismo, sintiendo una súbita oleada de vergüenza. «Ella ha pasado página. Tiene que pasar página».

Antes de que se iniciara el tercer tono, Nicolás apartó el teléfono de la oreja con un movimiento brusco y cortó la llamada.

Se quedó mirando la pantalla parpadeante con el aviso de "Llamada cancelada" .

Sintió una opresión insoportable en la garganta.

Había cobrado miedo. El hombre que abría pechos y manipulaba corazones sin que le temblara el pulso no había tenido el valor de sostener una llamada de diez segundos con la mujer que le había devuelto la vida.

El interfono de la mesa volvió a sonar con su pitido agudo, devolviéndolo a la realidad de la consulta. Nicolás pulsó el botón con un movimiento mecánico, tragando saliva para recuperar el tono profesional.

—Dígame, Marta.

—Doctor Aguirre, disculpe la insistencia, pero el paciente de las doce ya está esperando en la sala. ¿Le hago pasar?

Nicolás se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz con un dedo que aún no había recuperado el pulso firme, tratando de recomponer la máscara del cirujano estricto y seguro de sí mismo que el hospital requería.

—Sí, Marta. Por favor. Que pase.

Apoyó las manos abiertas sobre la mesa de cristal, buscando el contacto frío del material para intentar anclarse a la realidad.

Pero el cristal solo le devolvió una temperatura helada y un silencio absoluto.

Sus manos seguían aferradas al recuerdo de ella, sufriendo un síndrome de abstinencia silencioso y agotador para el que ningún tratado de medicina de su estantería tenía cura.