Mentira con beneficios CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El despacho de Julián se encontraba en la tercera planta de un edificio de corte clásico en pleno barrio de Almagro, un reducto señorial de portales de carruajes, molduras de yeso y despachos profesionales donde el silencio se cotizaba a precio de oro.

Subiendo en el ascensor de cabina de madera de roble y reja de hierro forjado, Vera se contempló en el espejo desgastado por los años.

Llevaba su ropa de diario, la que utilizaba para ir a la biblioteca de la escuela de arquitectura o para los turnos de tarde del hotel: unos vaqueros oscuros, unas zapatillas desgastadas y una gabardina barata que había comprado en las rebajas del invierno anterior.

Se había recogido el pelo en una coleta rápida y apenas llevaba maquillaje.

El contraste con la mujer de la suite del balneario, la que vestía de azul noche y arrastraba miradas en los salones imperiales, era descorazonador.

La burbuja no se había desinflado; había reventado por completo el domingo por la tarde al cruzar el portal de su edificio en Vallecas.

Al salir del ascensor, el olor a cera para parqué, papel timbrado y cuero viejo la recibió como una bofetada de realidad.

La secretaria de Julián, una mujer de mediana edad con un peinado impecable y unas gafas de montura de carey, la reconoció de inmediato con una inclinación de cabeza estrictamente profesional.

—Señorita Duarte. Pase, por favor. El señor de la Cruz la está esperando en su despacho.

A Vera se le secó la boca de golpe. Sintió un frío repentino en la boca del estómago. Apretó el bolso contra su costado y cruzó el pasillo de madera crujiente.

Julián Ossorio estaba de pie junto al gran ventanal de su despacho, con una taza de café en la mano y revisando unos documentos en su tableta.

Al escuchar los pasos de Vera, levantó la vista y su habitual expresión de tiburón de los tribunales se suavizó con un matiz de sincera calidez.

Vestía un traje de tres piezas gris marengo que delataba su posición, pero no llevaba la chaqueta puesta y se había aflojado un poco el nudo de la corbata.

—Vera. Pasa, por favor. Siéntate —dijo, señalando una de las imponentes sillas de cuero capitoné que flanqueaban su mesa de caoba.

Vera entró despacio. Sus ojos recorrieron el despacho de manera instintiva, buscando una silueta que no estaba allí. La gran silla vacía del rincón, el perchero de pie donde Nicolás solía colgar su abrigo... todo estaba desierto. No había rastro del cirujano.

La decepción fue un golpe seco, físico, en mitad del pecho.

Aunque sabía que el trato era un acuerdo puramente legal gestionado por intermediario, una parte estúpida e irracional de su cerebro había albergado la secreta esperanza de encontrarlo sentado allí, con su habitual torpeza social, esperándola para decirle algo sobre la noche del sábado.

Para decirle que lo de la suite no había sido parte de la transacción.

Julián notó la trayectoria de su mirada y suspiró levemente antes de rodear la mesa para sentarse frente a ella.

—Nicolás no va a venir, Vera —dijo con suavidad, con un tono de voz exento de su habitual sarcasmo de abogado—.

Le ha surgido una urgencia en el hospital de La Paz a primera hora.

Un bypass coronario de un paciente de setenta años que se ha complicado en el preoperatorio.

Ha entrado a quirófano a las siete de la mañana y es muy probable que no salga hasta bien entrada la tarde.

—Entiendo —respondió Vera, forzando una voz firme que no delatara el vacío que acababa de abrirse en su interior—. Es normal. Su trabajo es lo primero.

—Sí, su trabajo siempre es lo primero —coincidió Julián, observándola con atención—.

Aunque esta mañana me ha llamado tres veces antes de entrar a lavarse las manos para asegurarse de que estuvieras bien, de que no te faltara nada y de que todo el trámite de hoy fuera lo más rápido e indoloro posible para ti.

Vera asintió, sintiendo que el nudo de la garganta se apretaba un poco más.

Julián abrió un cajón de su mesa de caoba y extrajo una carpeta de cartulina azul. De su interior sacó un documento de liquidación de servicios y un cheque rectangular, de un papel grueso y timbrado que brillaba bajo la luz halógena del flexo.

—Bien. Hagamos esto de manera ordenada —dijo Julián, recuperando por un momento su tono profesional—.

tal y como estipulaba el contrato que firmamos el pasado jueves, Nicolás realizó un pago inicial de setecientos cincuenta euros en concepto de provisión de fondos y depósito de garantía.

El fin de semana se ha completado según lo previsto, sin incidencias contractuales y habiendo cumplido con todos los objetivos del acuerdo de manera sobresaliente, según los informes que...

bueno, según lo que me ha transmitido mi cliente.

La palabra «cliente» resonó en los oídos de Vera como un chirrido de metal.

—Aquí tienes el documento de finalización de servicios profesionales —continuó Julián, deslizándolo sobre la madera junto a un bolígrafo de plata—.

Al firmarlo, declaras que no tienes ninguna reclamación posterior que hacer a Nicolás Aguirre y que el acuerdo de confidencialidad mutuo pasa a ser de carácter permanente y vitalicio.

Y aquí tienes el cheque por los setecientos cincuenta euros restantes. El saldo neto de la operación.

Vera miró el papel. Los números escritos con tinta negra, la firma de Nicolás con su caligrafía angulosa y rápida, la de un médico que siempre tiene prisa.

$750,00$ euros.

El valor exacto de su dignidad del fin de semana.

El precio de haberse dejado acariciar la espalda desnuda bajo las luces del espejo, de haber reído con sus calcetines de gatitos, de haber plantado cara a una mujer que la consideraba basura y de haber entregado su cuerpo y su alma sobre la colcha de una cama que no era la suya.

Sintió una náusea repentina. La humillación de ser, de verdad, una empleada contratada para un servicio específico la golpeó con la fuerza de un huracán.

En la alfombra de la suite, bajo el calor de la piel de Nicolás, se había sentido una igual, una mujer deseada y valorada por lo que era.

Pero este cheque, este despacho de Almagro y este contrato de confidencialidad la devolvían a su sitio con una frialdad matemática.

Era una transacción. Nada más.

Apoyó los dedos temblorosos en el bolígrafo de plata, firmó el documento en la línea de puntos y guardó el cheque dentro de su bolso de mano con un gesto mecánico, sintiendo que el papel le quemaba a través del cuero sintético.

—Ya está —susurró, levantándose de la silla—. Gracias por todo, Julián. Dile a... dile al doctor Aguirre que ha sido un placer hacer negocios con él.

—Vera, siéntate. Por favor.

La voz de Julián ya no tenía nada de protocolo legal.

El abogado se había levantado también, pero no para acompañarla a la puerta, sino para interponerse suavemente en su camino.

Su mirada era de una honestidad preocupada, la de un hombre que conocía a Nicolás desde los tiempos de la facultad y que sabía leer entre líneas mucho mejor que cualquier cirujano.

Vera se detuvo, con la mano aferrada a la correa de su bolso.

—Tengo que irme, Julián. Entro al turno del hotel en dos horas y todavía tengo que pasar por casa a cambiarme de ropa y ponerme el uniforme.

—El turno del hotel puede esperar quince minutos —insistió él, señalando de nuevo la silla de cuero—. Por favor. Como amigo de Nicolás, no como su abogado. Necesito hablar contigo.

Vera vaciló, pero la fatiga emocional y el peso de la soledad acumulada desde el domingo la vencieron. Se dejó caer de nuevo en el asiento, apoyando los codos en las rodillas y escondiendo el rostro entre las manos por un breve segundo antes de volver a mirar al abogado.

—¿De qué quieres hablar, Julián? Creo que las cláusulas han quedado bastante claras. He cobrado mi dinero, he firmado el finiquito y no voy a ir a la prensa a contar que el doctor Aguirre contrata novias de alquiler para contentar a su madre. Fin de la historia.

Julián se sentó en el borde de su mesa de caoba, cruzando los brazos.

—Nicolás está enamorado de ti, Vera —soltó el abogado, sin anestesia, con la crudeza de un diagnóstico médico.

Vera sintió que el corazón le golpeaba violentamente contra las costillas, pero se apresuró a construir una barrera de escepticismo.

—No digas tonterías, Julián. Nicolás está aliviado porque ha salvado el cuello ante Elizalde y ha conseguido sacarse de encima el fantasma de su exmujer.

Lo que pasó el fin de semana fue... el efecto colateral de la adrenalina y de estar encerrados en una habitación de lujo durante tres días.

No confundas la gratitud o el deseo físico con otra cosa.

—Conozco a Nicolás desde los dieciocho años, Vera —replicó Julián, inclinándose hacia ella—.

Lo he visto casarse, lo he visto divorciarse y lo he visto perder la cabeza en quirófano cuando una operación salía mal.

Es un hombre que procesa las emociones a través del control y de la distancia.

Nunca, repito, nunca en la vida lo he visto reaccionar como lo hizo el sábado por la noche en esa galería de cristal.

Me lo contó ayer por teléfono, con una voz que no le reconocía.

Me dijo que se habría enfrentado a todo el consejo del hospital con tal de que nadie te volviera a mirar por encima del hombro.

Eso no es gratitud, Vera. Eso es otra cosa.

Vera desvió la mirada hacia el ventanal, contemplando el cielo gris de Madrid. Las palabras de Julián, en lugar de aliviarla, le clavaron un puñal de cruda realidad en mitad del pecho.

—¿Y de qué sirve eso, Julián? —preguntó Vera, y esta vez su voz se quebró levemente, revelando la grieta que intentaba ocultar—.

Mira a tu alrededor. Mira este despacho.

Mira el barrio en el que estamos. Nicolás vive en un ático de la zona norte, opera corazones, debate sobre presupuestos de sanidad con directores de fundaciones y su madre lleva perlas que valen más que el piso de mi familia.

Yo vivo en un tercero sin ascensor en Vallecas, mi padre está arruinado y me paso las tardes limpiando las quejas de los turistas en un mostrador de hotel para poder pagarme los apuntes de la facultad.

Se volvió hacia el abogado, con los ojos empañados por una mezcla de rabia y tristeza.

—El sábado por la noche jugamos a los reyes del salón, sí.

Fue una fantasía preciosa. Pero las fantasías duran lo que dura el fin de semana.

No podemos sostener una relación real sobre una mentira de mil quinientos euros y una brecha social de este tamaño.

El contraste es demasiado violento, Julián.

Ayer, cuando me dejó en mi portal... fue la primera vez en mi vida que sentí vergüenza de mi casa.

De mi calle. De mi ropa. Y no quiero volver a sentirme así por nadie.

No quiero ser la "chica humilde" a la que el cirujano rescata por caridad o por capricho.

Julián escuchó su discurso sin interrumpirla, con una gravedad que Vera no esperaba de él. No había rastro del hombre cínico que redactaba contratos de confidencialidad; solo quedaba un amigo que se preocupaba de verdad por las dos personas involucradas en ese desastre.

—Tienes razón, Vera —dijo Julián en voz muy baja, asintiendo lentamente.

La respuesta desarmó a Vera. Esperaba que el abogado intentara convencerla de lo contrario, que hiciera una defensa apasionada de Nicolás o que relativizara la diferencia de clases con alguna frase hecha de comedia romántica.

—¿Tengo razón? —preguntó ella, un tanto descolocada.

—La tienes —afirmó Julián, levantándose para dar un par de pasos por el despacho—.

Nicolás es un hombre maravilloso, pero vive en una burbuja de cristal de la que no es consciente porque siempre ha estado ahí.

Su mundo es endogámico, frío y extremadamente cruel con cualquiera que no comparta sus códigos.

Ya viste a Claudia. Y aunque Nicolás la haya sacado de su vida, el entorno sigue siendo el mismo.

Su madre, sus colegas del hospital, las expectativas...

Si entras en ese mundo ahora mismo, sin haber terminado tu carrera, sin una estabilidad propia, te van a examinar con lupa.

Te van a desmenuzar en cada cena, en cada reunión, buscando la costura de la que hablaba Claudia.

Y Nicolás, por mucho que te quiera y intente protegerte, no va a saber cómo hacerlo porque no entiende esa realidad.

Él nunca ha tenido que defender su derecho a estar en una habitación.

Julián se detuvo frente a ella, mirándola a los ojos con una seriedad paternal.

—Mi consejo, Vera... es que te alejes. No te lo digo por maldad, ni porque piense que no estás a su altura.

Todo lo contrario. Creo que tienes una dignidad y una fuerza que harían que la mitad de las mujeres de este barrio parecieran de plástico.

Pero precisamente por eso, no te mereces pasar por el calvario de ser la "cenicienta" de la historia de Nicolás.

Termina tu carrera. Consigue tu propio espacio, tu propio nombre, bajo tus propias condiciones.

No te dejes arrastrar por el torbellino de un hombre que todavía está intentando averiguar quién es fuera de su uniforme de quirófano.

Las palabras de Julián cayeron sobre Vera con el peso de una verdad matemática.

Era la primera vez que alguien formulaba con tanta claridad el miedo que la había estado acosando desde que bajó del coche de Nicolás el domingo.

Dos mundos distintos. Dos trayectorias que se habían cruzado por un accidente financiero, pero que no tenían un terreno común donde echar raíces sin destruirse mutuamente en el proceso.

—Gracias, Julián —dijo Vera, levantándose de la silla de una vez por todas. Esta vez, su voz era firme, fría y decidida—. Gracias por la honestidad. Es lo mejor que has hecho por mí en todo este trato.

—Cuídate, Vera —respondió el abogado, abriéndole la puerta del despacho—. Y si alguna vez necesitas un buen abogado para tus propios proyectos de arquitectura... ya sabes dónde encontrarme. Gratis.

Vera le dedicó una última sonrisa triste, cruzó el pasillo de madera y se subió al ascensor.

Mientras la cabina descendía lentamente hacia el portal de Almagro, Vera abrió su bolso, tocó el cheque de setecientos cincuenta euros y comprendió que el precio real de la mentira había sido mucho más alto de lo que ponía en el papel.

Había pagado con un trozo de su propio corazón, y esa deuda no se iba a saldar tan fácilmente.