Mentira con beneficios CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El coche de Nicolás se adentró en las calles de Madrid justo cuando la luz del atardecer teñía de un tono plomizo y anaranjado el asfalto de la ciudad.

El contraste fue casi violento. En apenas tres horas, el aire limpio de la sierra, el olor a pino húmedo y el silencio señorial del balneario habían sido sustituidos por el rugido constante del tráfico, el olor a tubos de escape y la prisa nerviosa de los peatones que abarrotaban las aceras del domingo por la tarde.

Nicolás condujo hacia el sur de la capital.

A medida que el GPS los alejaba de la almendra central y de las zonas residenciales de calles arboladas, los edificios de ladrillo visto, fachadas descoloridas y balcones abarrotados de aparatos de aire acondicionado empezaron a multiplicarse.

Era el Madrid real, el de los barrios obreros donde el espacio se pagaba caro y el silencio era un lujo inexistente.

—Es aquí —dijo Vera, señalando una esquina estrecha donde un contenedor de obra y un coche mal aparcado reducían el espacio de la calzada a la mínima expresión.

Nicolás maniobró con cuidado, deteniendo el vehículo junto a un portal antiguo de madera desgastada, flanqueado por una frutería de barrio ya cerrada y un local de apuestas con luces de neón parpadeantes.

El motor del coche quedó al ralentí, un ronroneo sordo que parecía protestar por la estrechez de la calle.

Vera miró a través de la ventanilla su propio portal.

La pintura descascarillada, el telefonillo lleno de pegatinas de cerrajeros urgentes y la luz mortecina del descansillo le devolvieron de golpe su verdadera identidad.

La burbuja de seda azul noche, alfombras persas y copas de champán de tres cifras se había desinflado por completo.

Había vuelto a casa.

Nicolás apagó el motor. El silencio repentino que inundó el habitáculo resultó más ruidoso que el propio tráfico.

Él se giró en el asiento, observando el portal y luego a Vera.

Había una sombra de preocupación en sus ojos oscuros, una incomodidad evidente ante la brecha social que ahora se abría físicamente entre los dos.

—¿Es aquí donde vives? —preguntó con suavidad, sin juzgar, pero con la inevitable distancia del que nunca ha tenido que preocuparse por el estado de las cañerías de su edificio.

—Tercero izquierda, sin ascensor —respondió Vera, intentando sonar ligera, aunque la ironía le salió algo desinflada—.

Ideal para mantener las piernas tonificadas.

Además, tiene unas vistas maravillosas a un patio interior donde mi vecina del cuarto tiende sábanas de flores que huelen a suavizante de marca blanca.

No tiene nada que envidiarle a la suite del balneario, de verdad.

Nicolás no se rio. Se limitó a mirarla, dándose cuenta con una dolorosa claridad de que el fin de semana de ensueño había sido solo un paréntesis artificial en la vida de ambos.

Él volvería a su ático luminoso de la zona norte; ella, a la realidad de las entregas de proyectos a contrarreloj y los turnos de pie en el hotel.

—Vera... —empezó él, estirando la mano sobre la palanca de cambios, buscando el contacto de sus dedos.

—No, Nico —lo interrumpió ella con suavidad, retirando la mano antes de que el roce volviera a complicar las cosas—. No lo hagas más difícil. El viaje ha terminado.

Se bajó del coche antes de que él pudiera reaccionar. Nicolás se apresuró a salir también para rodear el coche y abrir el maletero. Sacó la pequeña maleta de Vera, cuyo desgaste contrastaba fuertemente con el juego de equipaje de piel que él llevaba en el suyo.

Se quedaron de pie en la acera estrecha, esquivando a un vecino que pasaba con una bolsa de la compra.

Entre ellos flotaba el recuerdo de la noche anterior en la suite, de la ropa tirada por el salón y del calor de sus cuerpos contra la cama.

Pero la luz de la farola que acababa de encenderse sobre sus cabezas, parpadeando con un zumbido eléctrico, disipaba cualquier rastro de romanticismo.

—Gracias por traerme —dijo Vera, cogiendo el asa de su maleta—. Y gracias por... bueno, por lo de Claudia. Nadie se había peleado por mí de esa manera.

—No lo hice por el contrato, Vera. Espero que lo sepas —respondió Nicolás, dando un paso adelante, acortando la distancia física a pesar de estar en plena calle.

—Lo sé —susurró ella, mirándolo a los ojos por última vez—. Pero el contrato sigue existiendo. Mañana iré a ver a Julián para cerrar los flecos. Cuídate, doctor.

Se dio la vuelta y empujó la pesada puerta de madera del portal, que se cerró tras ella con un golpe seco y metálico que resonó en toda la calle.

Subir los tres pisos de escaleras empinadas y gastadas se le hizo a Vera más cuesta arriba que nunca. Cada peldaño de piedra crujía bajo sus pies, devolviéndole el eco de su propia soledad.

Cuando abrió la puerta de su piso de treinta y cinco metros cuadrados, el olor a cerrado y a pintura seca la recibió como una bofetada.

El apartamento consistía en un salón mínimo con una cocina americana y una puerta que daba a un dormitorio donde apenas cabía la cama.

En una esquina de la mesa de contrachapado de la cocina se acumulaban los planos a medio trazar de su proyecto de fin de carrera, cubiertos por una fina capa de polvo, y un par de facturas de la luz que vencían esa misma semana.

Dejó la maleta en el suelo y se sentó en el sofá de Ikea, un mueble de tela gris algo vencido que no se parecía en nada al sofá de piqué de la suite 412.

Se llevó las manos a la cara y suspiró. El silencio de la casa era ensordecedor.

Ya no había un salón común que compartir, ni ruidos de ducha al fondo del pasillo, ni la posibilidad de que Nicolás apareciera por la puerta con dos tazas de café y esa sonrisa tímida que la desarmaba. Solo estaba ella.

De repente, la pantalla de su móvil comenzó a iluminarse sobre la mesa. El nombre en la pantalla disipó al instante cualquier ensoñación: «Papá» .

Vera contempló el teléfono durante tres tonos de llamada, tragando saliva para aclararse la garganta antes de deslizar el dedo por la pantalla para descolgar.

—¿Papá? Hola —intentó sonar enérgica, con ese tono alegre que siempre ensayaba para él.

—¡Vera, mi niña! —la voz de Tomás al otro lado de la línea sonó áspera, cansada, acompañada por ese murmullo de fondo característico de la televisión encendida en un canal de noticias—.

¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido ese viaje de estudios de arquitectura del que me hablaste? ¿Has visto muchas catedrales?

A Vera se le encogió el corazón. La mentira que le había contado a su padre para justificar su ausencia de tres días durante el fin de semana se le antojó miserable en ese momento.

—Sí, papá. Hemos visto... un montón de cosas interesantes. Estructuras de sillería, balnearios antiguos... Muy de diseño todo. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo va la espalda? ¿Te has tomado las pastillas?

—Bueno, ahí voy, tirando —Tomás soltó una tos seca—.

El médico de cabecera dice que es desgaste, que haber cargado sacos de cemento durante treinta años pasa factura tarde o temprano.

Pero no te preocupes por mí. Llámame tonto, pero hoy he estado ordenando el trastero y he encontrado unos planos viejos de la reforma que le hicimos a la mercería de la esquina en el noventa y ocho.

Me he acordado de cuando te llevaba conmigo y te sentabas en un cubo de pintura a dibujar con mis lápices gruesos...

Vera apretó el auricular contra su oreja, sintiendo que los ojos se le humedecían.

La imagen de aquel Tomás fuerte, el constructor orgulloso del barrio, contrastaba dolorosamente con el hombre de sesenta y tantos años que ahora dependía de la pensión mínima y de la ayuda mensual que ella arañaba de sus horas extra en el hotel.

—Me acuerdo perfectamente, papá —dijo ella, con un hilo de voz—. Me dabas los metros de carpintero amarillos que se doblaban.

—Eras una artista ya entonces —Tomás hizo una pausa, y su tono se volvió más vacilante, perdiendo la falsa jovialidad—.

Escúchame, Vera... Te llamaba también por...

bueno, por lo del seguro del taller de reformas que quedó pendiente tras la liquidación.

Me ha llegado otra carta de la gestoría.

Dicen que si no abonamos el último tercio de la deuda de la mutua antes del viernes, podrían embargarme la furgoneta.

Y ya sabes que es lo único que me queda de la empresa.

Si la vendo, me siento como si... como si borrara todo lo que hice.

La realidad cayó sobre los hombros de Vera con la fuerza de un derrumbe de hormigón. Los mil quinientos euros que Julián le entregaría mañana no eran un capricho. Eran, exactamente, la cantidad que salvaría la furgoneta de su padre, el último vestigio de la dignidad de su familia.

La farsa del balneario, el vestido verde, el sexo de madrugada con Nicolás... todo cobraba su verdadero y crudo sentido práctico. Había vendido un fin de semana de su vida para comprarle tranquilidad a su padre.

—No te preocupes por eso, papá —dijo Vera, tragándose las lágrimas y forzando una firmeza de hierro en la voz—. Mañana mismo se soluciona. He conseguido un extra en el hotel por unos eventos especiales de este fin de semana. Me lo pagan mañana por la mañana.

—¿De verdad, hija? Pero no quiero que te quites de tus cosas por mi culpa... Bastante haces ya pagándote la carrera tú sola.

—Que no, papá. Que para eso soy la que calcula los cimientos, ¿te acuerdas? —consiguió bromear, aunque una lágrima le resbaló por la mejilla—. La furgoneta se queda donde está. Mañana hago la transferencia en cuanto salga del trabajo. Te lo prometo.

—Gracias, mi vida. No sé qué haría sin ti. Descansa, que debes de estar agotada del viaje. Te quiero.

—Y yo a ti, papá. Hablamos mañana.

Vera colgó y dejó caer el teléfono sobre el sofá de Ikea.

Se abrazó las rodillas, apoyando la frente en ellas en mitad de la penumbra del salón.

La llamada de su padre le había devuelto la perspectiva, pero el precio emocional era devastador.

Sabía que había hecho lo correcto por su familia, pero la punzada de haber utilizado a Nicolás —y de haber empezado a sentir algo real por él en mitad de la estafa— se le clavaba en el pecho como un cristal afilado.

Al otro lado de la ciudad, Nicolás aparcaba su coche en el garaje subterráneo de su edificio en la zona norte.

Subió en el ascensor silencioso, cuyas paredes metálicas y pulidas le devolvieron su propia imagen reflejada: un hombre con un abrigo caro, las manos en los bolsillos y una profunda expresión de cansancio que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.

Entró en su ático de diseño. Era un espacio diáfano, de líneas minimalistas, suelos de madera clara de arce y inmensas cristaleras que ofrecían una panorámica perfecta de las cuatro torres de la Castellana, recortadas contra el cielo nocturno de Madrid.

El piso estaba impecable, limpio y perfectamente ordenado, tal y como lo había dejado el viernes por la mañana.

Pero al cruzar el umbral, Nicolás sintió una opresión en el pecho que nunca antes había experimentado en su propia casa.

El orden le pareció de repente estéril, la decoración fría y el silencio insoportable. Dejó las llaves sobre la consola de la entrada; el tintineo del metal pareció rebotar en las paredes desnudas con un eco ridículamente largo.

Se quitó el abrigo y caminó hacia el salón.

Se sentó en su sillón de piel y miró al frente, hacia la cocina americana vacía.

Sus manos extrañaban la suavidad de la espalda de Vera, su risa limpia en la cafetería de carretera y la forma en que ella era capaz de llenar cualquier espacio, por muy inmenso o frío que fuera, con su sola presencia.

Recordó sus palabras en el coche: «El control es una ilusión, doctor. Hay cosas que no se pueden reparar con un bisturí» .

Por primera vez en muchos años, a Nicolás Aguirre su propia vida de éxito, prestigio y quirófanos impecables le pareció un escenario completamente vacío. Y la ausencia de la chica de Vallecas dolió con la precisión quirúrgica de una herida limpia.