Mentira con beneficios CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Atrás quedaba la silueta neoclásica del balneario, perdiéndose en el retrovisor como un decorado de teatro que se desmonta al terminar la función.

La carretera de montaña, bordeada de pinos y peñascos de granito, empezó a serpentear cuesta abajo hacia la meseta, abriéndose paso bajo un cielo de un azul plano y desvaído que anunciaba la cercanía de Madrid.

Al principio, el único sonido en el coche de Nicolás era el zumbido rítmico de los neumáticos contra el asfalto y el silbido del viento contra los espejos retrovisores.

Él mantenía las dos manos firmes sobre el volante, con la vista clavada en la carretera y una tensión en los hombros que delataba que la burbuja de la noche anterior se estaba desvaneciendo para dar paso a la timidez de siempre.

Vera miraba por la ventanilla del copiloto, contemplando cómo el paisaje forestal se iba aplanando poco a poco. Llevaba las piernas encogidas contra el asiento, las manos metidas en los bolsillos del jersey de punto y la mente suspendida en un limbo extraño.

—Estás muy callada —dijo Nicolás, rompiendo el hielo con una voz que sonó más baja de lo habitual por la acústica del habitáculo.

—Es el síndrome de descompresión —respondió Vera, sin apartar la vista del paisaje—. Pasar de fingir que soy una aristócrata de la arquitectura a volver a pensar en si tengo suficiente leche en la nevera para mañana requiere un proceso de adaptación.

Nicolás soltó una leve risa, pero el tono no tenía la ligereza de los días anteriores.

—A mi madre le has parecido de todo menos una impostora. Se ha despedido de mí diciéndome que si te dejo escapar, me deshereda. Y no estaba bromeando.

Vera suspiró, girando la cabeza para mirarlo. El perfil de Nicolás, recortado contra la luz de la tarde, era anguloso, serio y extrañamente reconfortante.

—Nico... lo de tu madre me duele. De verdad. Me miraba con tanta limpieza, con tanta esperanza... Sentir que le estaba cobrando a su hijo mil quinientos euros por hacerla feliz durante tres días me ha hecho sentir como un monstruo.

—La decisión de contratarte fue mía, Vera.

No tienes la culpa de nada. —Nicolás desvió la mirada de la carretera un segundo para buscar la de ella—.

Además, la forma en que me defendiste de Claudia...

la forma en que me mirabas anoche... Eso no venía en el contrato. No puedes fingir algo así de bien.

Vera se removió en el asiento, sintiendo que la temperatura del coche subía de golpe.

—No lo fingí —admitió en un susurro, mirando sus propios dedos—. Ese es el problema. Que en algún punto de este fin de semana, entre la tormenta y el vestido verde, se me olvidó dónde terminaban las cláusulas de Julián y dónde empezaba yo.

A mitad de camino, justo antes de que la carretera de montaña muriera en el nudo de la autovía, Nicolás puso el intermitente a la derecha y desvió el coche hacia un área de servicio solitaria.

No era más que una gasolinera de aspecto ochentero, un asfalto agrietado por las heladas y una cafetería con un gran luminoso de carretera que prometía bocadillos de panceta y café de máquina.

—¿Te apetece estirar las piernas? —preguntó él, deteniendo el motor.

—Mucho. Si sigo metida ahí dentro cinco minutos más, voy a empezar a autopsiar mis propios pensamientos.

Al bajar del coche, el viento frío y seco de la meseta las golpeó con fuerza.

La sensación de contraste fue inmediata: no había alfombras mullidas, ni música de cámara, ni camareros de librea ofreciendo copas de champán de tres dígitos.

Aquí olía a gasoil, a humo de camiones y a asfalto recalentado por un sol de invierno que no terminaba de calentar.

Caminaron juntos hacia la cafetería de la estación de servicio.

Era un local ruidoso, con azulejos de imitación de madera, una máquina de tabaco ruidosa en una esquina y un par de camioneros hablando a voces junto a la barra.

Un camarero con prisa y un delantal con manchas de café los saludó con un desganado «¿Qué les pongo? ».

—Dos cafés con leche, por favor. Y un par de porras si están tiernas —pidió Vera.

Nicolás la miró de reojo, divertido por la facilidad con la que ella se mimetizaba con el entorno.

Mientras esperaban, se apoyaron en la barra metálica.

Fue entonces cuando Vera se dio cuenta: era la primera vez en tres días que estaban juntos en público y nadie los miraba.

No había miradas de reojo de Claudia, ni la evaluación silenciosa del patronato del hospital, ni el escrutinio cariñoso de Doña Pilar.

Eran, simplemente, un hombre y una mujer de vuelta a Madrid en una cafetería de carretera.

Nicolás metió las manos en los bolsillos de su abrigo de lana. Parecía extrañamente relajado bajo la luz de los fluorescentes del local.

—¿Sabes? —dijo él, bajando la voz mientras el camarero hacía ruido con la cafetera de brazo—. Creo que este es el mejor momento de todo el fin de semana.

Vera sonrió, apoyando los codos en la barra.

—¿Prefieres una barra grasienta de la Nacional VI a una suite con jacuzzi y vistas a la sierra, doctor? Qué barato te estás volviendo.

—Prefiero no tener que vigilar mi postura.

Prefiero que nadie espere que salve vidas o que sea el yerno perfecto en las próximas dos horas.

—Él se giró hacia ella, mirándola con una fijeza que le hizo perder el ritmo de la respiración—.

Y prefiero estar aquí contigo sabiendo que no tengo que interpretar ningún papel.

A Vera se le cerró el estómago. El camarero dejó los dos vasos de caña con café humeante y un plato con las porras sobre la barra. Ella cogió el azucarero de metal y empezó a agitarlo mecánicamente para ganar tiempo.

—Es peligroso, Nico —susurró, sin mirarlo—. En cuanto crucemos el cartel de Madrid, volveremos a nuestras vidas. La barra grasienta se acaba. El contrato se acaba.

—Lo sé —respondió él, dando un sorbo a su café—. Pero todavía quedan ochenta kilómetros. Déjame disfrutar de la tregua.

De vuelta al coche, el ambiente se había vuelto más liviano, como si la parada en aquella tierra de nadie hubiera rebajado la presión de la farsa. Vera estiró el brazo y tocó la pantalla táctil de la consola central.

—¿Se puede poner música? Esto está demasiado silencioso y me da la sensación de que estamos yendo a un funeral en lugar de volver a Madrid.

—Claro. Conecta tu móvil —dijo Nicolás—. Pero te advierto que mis listas de reproducción son bastante... predecibles. Mucha música clásica para los trayectos después de las guardias y algo de jazz que me regaló mi padre.

—De eso nada. Hoy elijo yo —decidió Vera, conectando el bluetooth.

Durante la siguiente hora, el coche se llenó de un pop-indie nacional con guitarras acústicas, algo de soul antiguo y canciones con letras melancólicas que hablaban de trenes que se pierden y de veranos que terminan antes de tiempo.

Nicolás escuchaba con atención, asintiendo al ritmo de la música y descubriendo una faceta de Vera que no se reflejaba en su papel de acompañante perfecta: una sensibilidad un tanto nostálgica, un gusto por las cosas sencillas y una extraña querencia por las canciones que contaban historias tristes de gente corriente.

—Esta me gusta —dijo Nicolás cuando empezó a sonar una balada acústica de voz rota y piano suave—. Tiene un ritmo muy limpio. Como el latido de un corazón sano.

Vera resopló, divertida.

—Solo un cirujano cardiovascular compararía una canción de amor con un electrocardiograma normal, Aguirre. Eres incorregible.

—Es deformación profesional —se defendió él, sonriendo de verdad por primera vez en el viaje—. Cuando te pasas el día escuchando el ritmo de la vida de la gente a través de un fonendoscopio, terminas buscando esa misma armonía en todo lo demás.

A medida que los carteles de la autopista empezaban a anunciar las salidas hacia el área metropolitana de Madrid y los edificios de la periferia aparecían en el horizonte, la conversación se volvió más íntima, despojada del ruido de la música, que Vera había bajado a un hilo casi imperceptible.

—¿Por qué arquitectura, Vera? —preguntó Nicolás, mirando el tráfico que empezaba a densificarse—. Es una carrera dura. Y compaginarla con un trabajo a turnos en un hotel de cinco estrellas debe de ser un infierno.

Vera apoyó la mejilla en la mano, mirando el asfalto.

—A mi padre le gustaba construir cosas —explicó, con una voz desprovista de amargura pero cargada de memoria—.

Tenía una pequeña empresa de reformas familiares en el barrio.

No ganaba mucho, pero cuando íbamos por la calle me señalaba los edificios y me explicaba por qué se sostenían, cómo la luz entra por las ventanas y cómo un buen diseño puede hacer que una familia que vive en cincuenta metros cuadrados sea un poco más feliz.

Cuando la empresa quebró durante la crisis y lo perdimos casi todo, ver su desesperación me hizo prometer que yo terminaría lo que él empezó.

Quiero diseñar espacios donde la gente no se sienta atrapada. Espacios que duren.

Nicolás la escuchó en silencio, asimilando la fuerza de sus palabras. La imagen de la Vera risueña y pícara que se reía de sus calcetines de gatitos se completaba ahora con la de una mujer de una resiliencia asombrosa, alguien que cargaba con las ruinas de su familia sobre los hombros sin quejarse.

—¿Y tú, Nico? —preguntó ella, girándose hacia él—. ¿Por qué el quirófano? ¿Por qué esa obsesión por el control?

Nicolás apretó un poco más el volante. La pregunta dolió, pero de una forma extrañamente liberadora.

—Cuando tenía doce años, mi padre murió de un infarto masivo en el salón de casa —confesó, con una voz plana, desprovista de dramatismo pero de una honestidad desgarradora—.

Yo estaba allí. Lo vi caer y no supe qué hacer.

Me quedé paralizado, mirando cómo se le escapaba la vida sin poder mover un solo dedo.

Mi madre gritaba, la ambulancia tardó media hora...

Ese día comprendí que el cuerpo humano es una máquina traicionera y que la ignorancia te vuelve impotente.

Decidí que nunca más volvería a quedarme quieto mientras alguien se moría delante de mí.

Quise tener el control absoluto sobre la frontera entre la vida y la muerte.

Vera lo miró, sintiendo que una ola de ternura la inundaba. El cirujano infalible, el hombre serio que dirigía un equipo de trasplantes, no era más que un niño de doce años que todavía intentaba salvar a su padre en cada operación.

—Pero el control es una ilusión, doctor —dijo Vera con suavidad, estirando la mano para apoyarla en el antebrazo de él. Su tacto fue cálido, un ancla en mitad de la autopista—. Hay cosas que no se pueden reparar con un bisturí. Por mucho que te empeñes.

Nicolás miró de reojo la mano de Vera sobre su brazo. Sentir su contacto en ese espacio cerrado, donde ya no había congreso, ni Claudia, ni apariencias que mantener, fue el momento más real de todo el fin de semana.

—Lo sé —susurró él—. Lo estoy empezando a entender ahora.

El coche entró finalmente en el nudo de autopistas que daba acceso al centro de Madrid.

Las cuatro torres de la Castellana se recortaban en el horizonte como gigantes de cristal, dándoles la bienvenida de vuelta a la realidad.

El viaje de tres horas había terminado, pero la intimidad que se había forjado entre los dos en ese espacio cerrado ya no se podía deshacer con el freno de mano.