Mentira con beneficios CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La luz del domingo por la mañana entró en la habitación de manera muy distinta a la del día anterior.

No era el resplandor agresivo y limpio que sucede a una tormenta, sino una claridad tamizada, perezosa, que se colaba entre las rendijas de las pesadas cortinas de lino, tiñendo el dormitorio de un tono ceniza y ámbar.

Vera se despertó de golpe, con el corazón latiéndole a un ritmo pausado pero constante, y una extraña calidez instalada en el pecho.

Tardó unos segundos en recordar la geometría de la habitación, las molduras del techo, el olor a cera de abejas y madera del balneario.

Entonces sintió el peso. El brazo de Nicolás cruzado sobre su cintura, con una firmeza protectora incluso en mitad del sueño, la devolvía a la realidad con la contundencia de un ancla.

Se giró milímetro a milímetro, conteniendo la respiración para no alterar el ritmo de su sueño.

Nicolás dormía de lado, con el rostro apoyado contra la almohada blanca y una expresión inusualmente relajada.

Sin las gafas de montura fina, sin la tensión constante de los hombros bajo el esmoquin y con el pelo castaño revuelto sobre la frente, parecía desprovisto de todas las defensas que el doctor Aguirre utilizaba en su día a día.

La arruga del entrecejo, esa que delataba sus guardias de treinta horas y su miedo cerval al fracaso en el quirófano, se había borrado por completo.

Parecía más joven. Y, sobre todo, terriblemente vulnerable.

Vera recorrió con la mirada la silueta de sus hombros y se detuvo en la cicatriz de la costilla izquierda.

Anoche, bajo la penumbra azulada, la había delineado con la yema de los dedos mientras escuchaba la historia de la bicicleta estática, riendo bajito para que el eco no saliera de la suite.

Una punzada de ternura, tan física y afilada que le cortó la respiración por un segundo, le oprimió la garganta.

«La he cagado» , pensó, sintiendo un repentino vértigo en el estómago. «La he cagado hasta el fondo» .

La suite, que apenas unas horas antes había sido el escenario de confesiones susurradas, ropa tirada por la moqueta, risas limpias y una urgencia desprovista de máscaras, volvía a transformarse ante sus ojos en lo que verdaderamente era: un decorado.

Una habitación de hotel de cinco estrellas pagada con una tarjeta de crédito de la que ella jamás podría costear el extracto.

El lunes por la tarde, Nicolás volvería a sus cirugías reconstructivas de alta precisión y ella tendría que enfundarse el traje gris de poliéster de la recepción del hotel, sonreír a clientes que se quejarían del aire acondicionado y recordar que tenía una deuda que pagar en Vallecas.

Con un movimiento grácil y lento, como si estuviera desactivando un explosivo, Vera deslizó el brazo de Nicolás fuera de su cuerpo y se escabulló de la cama. El frío del suelo de madera la hizo estremecerse cuando apoyó los pies descalzos.

Buscó su ropa del viernes en el salón común.

El vestido verde esmeralda yacía sobre una de las butacas de terciopelo, arrugado, con la cremallera invisible que el mejor cirujano cardiovascular del país había bajado con manos temblorosas.

Vera lo dobló con cuidado, casi con respeto, y lo guardó en la maleta.

Se vistió en silencio con sus vaqueros gastados y un jersey fino de lana beige.

Mientras se subía la cremallera de los pantalones, sintió que volvía a encajarse la armadura.

Se sentó en el borde de la bañera de mármol del baño auxiliar y sacó el móvil del bolsillo. Necesitaba un anclaje a tierra, algo que le recordara quién era antes de que la farsa del balneario terminara de devorarla. Le escribió a Noa, la única persona que conocía la letra pequeña del contrato.

Vera (08:14): Noa. Estoy despierta. Esto se ha ido de las manos.

Noa (08:15): ¿Qué ha pasado? ¿Te ha descubierto la madre? ¿O la ex de plástico?

Vera (08:17): No. Ojalá fuera eso. Anoche pasó lo que no tenía que pasar. Y no hablo solo del sexo.

Noa (08:18): Ay, no... Vera. Me dijiste que tenías todo bajo control.

Vera (08:20): Lo tenía. Pero es que no es el estirado que pensábamos. Es... no sé cómo explicarlo. Me ha contado cosas, Noa. Cosas de verdad. Y yo a él. Le he hablado de mi padre.

Noa (08:22): ¿Le has hablado de tu padre? Joder, Vera. Tú no le hablas de tu padre ni a los tíos con los que llevas saliendo seis meses.

Vera (08:23): Lo sé. Por eso te digo que la he cagado. Hoy volvemos a Madrid y tengo que cobrar ese dinero. Necesito el dinero, pero me siento como la mayor estafadora del planeta. Su madre me mira como si fuera la virgen que ha bajado del cielo a salvar a su hijo.

Noa (08:25): Escúchame bien: respira. Guarda el móvil, haz las maletas y recuerda que esto es un trabajo.

Mil quinientos euros, Vera. Con eso pagas la deuda del taller y respiramos tres meses.

En cuanto crucéis el cartel de entrada a Madrid, el doctor vuelve a su planta de cirugía y tú a tu recepción.

No te metas en líos de ricos que no puedes pagar.

Vera bloqueó la pantalla del teléfono con fuerza, sintiendo que las palabras de Noa le dejaban un sabor de boca metálico y amargo. Tenía razón. El dinero era real; la suite, el champán y los susurros de madrugada eran solo un alquiler de fin de semana.

Cuando regresó al dormitorio, Nicolás ya se había despertado.

Estaba sentado en el borde de la cama, frotándose los ojos con los puños, con los calcetines de gatito naranja todavía puestos y el edredón cubriéndole las piernas.

Al verla vestida y con el bolso al hombro, la expresión de su rostro cambió de la somnolienta calidez a una cautela repentina.

—Te has vestido muy rápido —dijo él, con la voz todavía ronca por el sueño.

—Es tarde, Nico —respondió ella, forzando un tono ligero, casi profesional, que a ella misma le dolió en la garganta—. Tu madre querrá despedirse antes de que empiece el trasiego de la salida. No queremos que nos busque y nos encuentre... desordenados.

Nicolás la miró fijamente, buscando en sus ojos marrones algún rastro de la mujer que unas horas antes le había susurrado que no quería que amaneciera.

Pero Vera había vuelto a levantar el muro.

Su postura era erguida, sus hombros estaban perfectamente colocados y su sonrisa era la de la impecable empleada de hostelería que manejaba situaciones difíciles con diplomacia.

—Claro —murmuró Nicolás, levantándose despacio—. Tienes razón. Me visto en cinco minutos.

La despedida de Doña Pilar tuvo lugar en el gran porche acristalado del balneario, justo donde las maletas de todos los médicos e invitados se acumulaban en hileras perfectas a la espera de los maleteros.

El ambiente era un hervidero de despedidas formales, tarjetas de visita intercambiadas a última hora y corrillos de cirujanos comentando el discurso de clausura del doctor Elizalde.

Pilar los esperaba en un rincón apartado del porche, resguardada de la corriente invernal. Llevaba un abrigo de cachemira color arena que caía con una distinción natural y sostenía una taza de café con una elegancia que parecía heredada de tres generaciones de la burguesía madrileña.

Al ver aparecer a Vera, el rostro de la anciana se iluminó con una alegría que no tenía nada de fingida.

—¡Vera, querida! Ven aquí —dijo Pilar, dejando la taza sobre una mesa baja y extendiendo los brazos para atraerla hacia sí.

El aroma a lavanda, polvos de talco y abrigo caro envolvió a Vera de inmediato mientras recibía dos besos firmes en las mejillas—.

Estaba deseando pillarte antes de que os pusierais en carretera.

Menudo fin de semana, ¿verdad? Todavía estoy saboreando la cara que se le quedó a Claudia anoche en la galería.

Creo que tardará meses en volver a pisar un evento donde esté mi hijo.

Vera sintió un nudo físico en el estómago. La amabilidad de Pilar era como una lija sobre su conciencia.

—Fue... un encuentro tenso, Doña Pilar. Lamento si causamos algún revuelo innecesario o si parecí demasiado... tajante —respondió Vera, midiendo cada palabra para no flaquear.

—¿Tajante? ¡Por favor! Estuviste sublime —rio Pilar, dándole un golpecito cariñoso en el brazo—.

Nicolás siempre ha sido demasiado prudente, demasiado dispuesto a dejarse pisar por el bien de la paz familiar.

Verlo plantar cara por ti, con esa seguridad...

—la mujer desvió la mirada hacia su hijo, que se acercaba a ellas tras liquidar la cuenta en la recepción con el ceño fruncido y expresión seria—.

Me demostró que por fin tiene a su lado a alguien que vale la pena proteger.

Alguien que lo hace fuerte, Vera. Que le devuelve la vida.

La culpa, que había estado latente en el estómago de Vera desde que redactó el mensaje para Noa, le dio un mordisco limpio y doloroso.

La mirada de Doña Pilar no contenía ni una pizca de la sospecha de Claudia; era la mirada de una madre aliviada, de una mujer mayor que de verdad creía que su hijo había encontrado tierra firme tras años de naufragio emocional.

—Doña Pilar, yo... —empezó Vera, sintiendo un impulso casi físico, una oleada de honestidad suicida que la empujaba a confesar la verdad allí mismo. Quería decirle que era una actriz de mil quinientos euros, que su vida no era la arquitectura y que el lunes por la tarde volvería a ser nadie.

—No me digas nada, cielo —la interrumpió Pilar, confundiéndose con su propia emoción.

Le cogió las manos a Vera entre las suyas, apretándolas con una calidez que quemaba—.

Solo prométeme una cosa. Prométeme que cuidarás de él.

Nicolás es un hombre extraordinario, pero a veces se olvida de vivir fuera de las paredes del hospital.

Se encierra en sí mismo y se apaga. Contigo...

he visto una luz en sus ojos que no estaba ahí desde que era un niño.

No dejes que esa luz se apague, ¿de acuerdo?

Vera miró las manos de la anciana. La piel surcada de arrugas finas, las uñas cuidadas y la honestidad brutal de sus palabras la hicieron sentirse como la peor impostora del mundo. Estaba cobrando una tarifa por simular un amor que aquella madre estaba dispuesta a bendecir gratis.

—Se lo prometo —susurró Vera, con una voz tan baja que casi se la llevó el murmullo de las conversaciones del porche.

Fue la única verdad que pudo ofrecerle en mitad de la gran mentira: que, bajo todas las capas de su armadura, de verdad le importaba Nicolás Aguirre.

Nicolás llegó hasta ellas cargando con el equipaje de ambos.

Su mirada buscó de inmediato la de Vera, cargada de una timidez renovada tras la intensidad de la noche anterior.

Había vuelto a ponerse la máscara de médico reservado y el abrigo de lana oscura, pero la forma en que sus dedos rozaron los de ella al entregarle el bolso de mano delató que el hombre de la madrugada seguía estando allí, justo bajo la superficie.

—El coche está en la puerta, madre —anunció Nicolás, dándole un beso en la mejilla—. ¿Segura de que no quieres que te llevemos a Madrid? Tardaremos apenas un par de horas.

—No, hijo, de ninguna manera. He quedado con Carlos Elizalde y su mujer para comer en Segovia y luego me bajarán ellos en su coche —respondió Pilar, guiñándole un ojo a Vera con picardía—.

Además, un viaje de vuelta para vosotros dos solos es exactamente lo que necesitáis.

Anda, id tirando antes de que empiece la retención de la tarde en la nacional.

Pilar se quedó de pie en la escalinata del balneario, despidiéndose con la mano mientras ellos se dirigían al aparcamiento exterior.

Vera caminaba un paso por delante, sintiendo el aire gélido de la sierra en las mejillas y el peso plúmbeo de la mentira hundiéndosele en el pecho a cada paso. Al mirar hacia atrás por última vez, vio la silueta distinguida de Doña Pilar recortada contra las majestuosas cristaleras del Gran Salón.

La burbuja de lujo, sábanas de hilo, risas de madrugada y cenas de gala se estaba desinflando por segundos, y la carretera de vuelta a la cruda realidad de Madrid ya los estaba esperando con el asfalto frío y los semáforos en rojo