Mentira con beneficios CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El trayecto de regreso desde el Gran Salón Imperial hasta la suite fue una tortura silenciosa y de alto voltaje.

No se tocaron en el ascensor acristalado, ni mientras recorrían los pasillos silenciosos de moqueta gruesa, pero la distancia que separaba sus hombros parecía cargada de una corriente eléctrica capaz de encender las bombillas de las paredes.

Vera caminaba con la vista al frente, sosteniendo el bajo de su vestido verde esmeralda con una mano, pero su respiración, rápida y entrecortada, delataba que la fachada de frialdad profesional se había agrietado por completo.

En cuanto Nicolás deslizó la tarjeta magnética por la cerradura de la suite y el pestillo cedió con un chasquido metálico, el simulacro de las últimas setenta y dos horas saltó por los aires.

Vera entró primero, pero no llegó a dar tres pasos en la penumbra del recibidor.

Nicolás cerró la puerta de roble macizo tras de sí con un golpe seco que resonó en el silencio de la estancia y, antes de que ella pudiera darse la vuelta, su mano derecha buscó la línea de su cintura para girarla, mientras la izquierda se apoyaba con fuerza contra la madera de la puerta, acorralándola.

—Vera —pronunció él. Su voz no era más que un susurro ronco, desprovisto de cualquier atisbo de la timidez del cirujano.

Ella levantó la vista, con los ojos marrones dilatados por la sorpresa y un deseo que ya no intentaba camuflar. No hubo preguntas, ni cláusulas de salvaguarda, ni espacio para el raciocinio.

El primer beso real fue un choque desesperado, un estallido de necesidad acumulada que barrió de golpe el contrato, las apariencias y las dudas.

Nicolás la besó con una urgencia que le subió desde el estómago, buscando su boca con una posesividad que le hizo perder el aliento.

Vera respondió al instante, soltando el bolso plateado, que cayó al suelo con un tintineo sordo, para enredar sus dedos en el pelo de la nuca de él, tirando de su cabeza para estrechar aún más el contacto.

El gemido ahogado de Vera contra sus labios espoleó la urgencia de Nicolás.

Sus manos, acostumbradas a la precisión quirúrgica, se volvieron impacientes y erráticas.

Deslizó una de ellas por la curva profunda de la espalda descubierta de Vera, sintiendo la suavidad extrema de su piel desnuda, mientras la empujaba con firmeza contra la madera de la puerta.

Ella arqueó el cuerpo de manera instintiva, buscando más contacto, y rodeó la cintura de Nicolás con una de sus piernas, acortando cualquier distancia física residual.

Al elevarse contra él, el raso fino del vestido verde esmeralda se tensó y se deslizó hacia arriba por sus muslos. Fue en ese roce directo, casi sin barreras, donde los cuerpos hablaron con una crudeza imposible de ignorar.

Vera jadeó al sentir la presión firme, dura y sin reservas de la anatomía de Nicolás contra su pelvis; él estaba completamente a tope, entregado al instinto y al deseo acumulado desde la noche de la tormenta.

Al mismo tiempo, las manos de Nicolás bajaron por sus caderas, levantando el tejido de seda para sostenerla, y sus dedos rozaron la piel de su entrepierna a través de la lencería mínima.

El tacto limpio, suave y perfectamente rasurado de ella bajo su palma encendió un fuego líquido que le nubló la vista por completo.

—Espera, espera... —consiguió susurrar Vera entre dientes, soltando una risita ahogada que se mezcló con su respiración acelerada cuando él empezó a besarle la mandíbula con desespero—. Como nos quedemos aquí pegados a la puerta, mañana voy a tener la marca del pomo grabada en la lumbar, doctor.

Nicolás soltó una carcajada ronca, el pecho vibrando contra el de ella, pero no la soltó. La bajó lo justo para que sus pies tocaran el suelo, aunque mantuvo su cuerpo pegado al de ella mientras avanzaban a tropezones por el pasillo del recibidor hacia el salón.

Fue una procesión caótica y divertida. Nicolás se quitó la chaqueta del esmoquin a ciegas, arrojándola sin mirar hacia algún punto indefinido del salón, donde aterrizó sobre una lámpara de pie.

Vera, mientras tanto, se descalzó los tacones nude de una patada limpia, soltando un suspiro de puro placer celestial al sentir la alfombra bajo sus pies.

—Mucho mejor —declaró, volviendo a colgarse del cuello de Nicolás.

Él no perdió el tiempo. Sus manos bajaron de nuevo por su espalda descubierta, tirando de ella hacia sí.

Con un movimiento rápido de la cabeza, Nicolás buscó la línea de su cuello, justo el lugar que lo había estado obsesionando durante todo el baile.

Dejó un rastro de besos húmedos que subieron por la clavícula y terminaron en un mordisco juguetón, firme pero suave, en el lateral del cuello.

—¡Ay! —protestó Vera con una risa contenida, dándole un azote flojo en el hombro—. ¡Oye! Que mañana tu madre me va a examinar con lupa. Como me dejes una marca, le voy a decir que ha sido un ataque de un cirujano vampiro.

—Que intente demostrarlo en un tribunal —murmuró él contra su piel, divertido, antes de volver a besar la zona mordida.

Como venganza, Vera le agarró de las solapas de la camisa diplomática. Con un tirón seco, los botones de plástico de la parte superior saltaron con pequeños chasquidos, rodando por la madera del suelo. Ella apartó la tela blanca, revelando el torso de Nicolás.

No era el cuerpo pulido de un modelo de gimnasio, pero tenía una masculinidad real y sólida que a Vera le pareció infinitamente mejor: hombros anchos de nadador, un pecho firme con un vello oscuro y disperso que bajaba en una línea fina hacia el abdomen, y una pequeña cicatriz antigua cerca de la costilla que delataba alguna caída de juventud.

Vera pasó la punta de la lengua por su clavícula y luego, con una sonrisa traviesa que él sintió contra su piel, le devolvió el mordisco justo en el centro del pecho, justo sobre el pectoral izquierdo.

Nicolás soltó un bufido de sorpresa, apretando los dientes mientras la sangre le hervía en las venas.

—Eso es juego sucio, Duarte —dijo, con los ojos brillando de una determinación peligrosa.

—Es justicia poética, Aguirre —replicó ella, guiñándole un ojo antes de salir corriendo de sus brazos, esquivando el sofá con una agilidad felina.

Nicolás la persiguió por el salón común, riendo de una manera que no recordaba haber hecho en años.

La atrapó justo antes de que llegara a la puerta del dormitorio principal, pasándole los brazos por la cintura desde atrás y levantándola en el aire.

Cayeron juntos sobre la cama, rebotando en el colchón mullido entre risas y jadeos.

En mitad del revuelo de sábanas, Nicolás se incorporó sobre las rodillas para terminar de deshacerse de la ropa. Se desabrochó el cinturón y dejó caer los pantalones del esmoquin al suelo.

Vera, que se había apoyado sobre los codos en el centro de la cama con el vestido verde todavía puesto pero subido por los muslos, se quedó mirándolo fijamente.

El cirujano se había quedado únicamente en unos bóxer negros, de un algodón elástico y ajustado que esculpía su anatomía sin dejar absolutamente nada a la imaginación, evidenciando de manera muy clara la urgencia de su deseo.

Pero la mirada de Vera no se detuvo ahí. Bajó un poco más, hasta sus pies.

—No me lo puedo creer —dijo ella, estallando en una carcajada limpia que resonó en toda la habitación.

Nicolás miró hacia abajo, confundido. Todavía llevaba puestos los calcetines negros del esmoquin que, al llegar a los tobillos, revelaban una pequeña silueta bordada de un gatito naranja con ojos verdes. Los mismos calcetines de la mañana del viernes.

—¿Qué? —protestó él, poniéndose extrañamente rojo mientras intentaba encoger los dedos de los pies—. Son cómodos. Y tienen microfibra.

—Eres el hombre más sexy y más ridículo de este balneario, Nicolás Aguirre —rio Vera, arrastrándose por el colchón hacia él y tirando de los calcetines para quitárselos de un tirón—. Ven aquí de una vez.

Nicolás se lanzó sobre ella, atrapándole las manos contra las almohadas. El juego y las risas se desvanecieron de golpe, sustituidos por una seriedad magnética y un calor denso que pareció consumir todo el oxígeno del dormitorio. Sus ojos se clavaron en los de ella con una fijeza absoluta.

—¿Segura? —preguntó él en un susurro, queriendo asegurarse de que el contrato había quedado fuera de esa cama.

—Nunca he estado tan segura de nada, doctor —respondió ella, tirando de él hacia abajo.

Nicolás bajó la cabeza y volvió a besarla, esta vez con una lentitud deliberada, mientras sus manos buscaban el borde del vestido verde para deslizarlo por fin fuera de su cuerpo, entregándose por completo a la verdad de la noche.

El silencio que siguió a la tormenta física fue el más absoluto que Nicolás recordaba en años.

La habitación estaba sumida en esa penumbra azulada y templada de las tres de la madrugada, rota únicamente por el perfil dorado que la luz del pasillo proyectaba sobre la cama.

Vera estaba tumbada de lado, con la cabeza apoyada en el hueco del hombro de Nicolás y una de sus piernas enredada entre las de él bajo el edredón desordenado.

Su respiración ya se había acompasado, un soplo rítmico y tibio que le acariciaba el pecho a Nicolás con cada exhalación.

Él tenía los ojos abiertos, mirando al techo con una tranquilidad casi irreal. Con la yema de los dedos de la mano derecha, acariciaba de manera inconsciente el brazo de Vera, subiendo y bajando por su piel suave, que todavía conservaba el calor del torbellino de hacía un rato.

De pronto, ella se movió ligeramente. Sin levantar la cabeza de su pecho, Vera estiró un dedo y empezó a trazar la línea de la pequeña cicatriz que Nicolás tenía cerca de la costilla izquierda.

—¿Te la hiciste salvando a un paciente en mitad de un tiroteo, doctor? —susurró ella, con la voz rota por el cansancio y un deje de esa ironía que ya era su lenguaje común.

Nicolás soltó una risa ahogada, sintiendo la vibración en su propia caja torácica.

—Ojalá —admitió él en el mismo tono bajo—. Me caí de una bicicleta estática en el gimnasio de la facultad. Tenía veinte años, estaba intentando impresionar a una chica de tercero de Medicina ajustando la resistencia al máximo y el pedal se soltó. Me di contra el borde de una mancuerna.

Vera soltó una carcajada suave que se extinguió de inmediato contra la piel de su pectoral.

—Un héroe nacional. Definitivamente.

—¿Y tú? —preguntó Nicolás, girando un poco la cabeza para besarle la coronilla—. ¿De dónde sacas esa coraza de general de cinco estrellas? No te he visto dudar ni un solo segundo desde que nos subimos juntos a ese ascensor.

Vera guardó silencio durante unos instantes. Su dedo se detuvo sobre la cicatriz, presionando suavemente, como si buscara el latido de su corazón debajo de la piel.

—De mi padre —confesó ella, y por primera vez su tono no tenía rastro de burla, sino una madurez limpia y un punto nostálgica—.

Cuando su empresa se fue a pique y mi madre se marchó, vi a mi padre romperse en mil pedazos.

Era un hombre fuerte, de los que levantan muros con las manos, y de repente no podía levantarse de la cama.

Entendí muy pronto que en esta vida, si no tienes una estructura sólida en la cabeza, cualquier ráfaga de viento te tira abajo.

Así que decidí ser la que calcula los cimientos.

Estudié arquitectura para aprender a sostener las cosas. Las casas... y a mí misma.

Nicolás la rodeó con el brazo, apretándola un poco más contra su cuerpo. Sentir la fragilidad de Vera en mitad de esa confesión le dolió de una manera extrañamente dulce.

—A veces —murmuró él, mirando la línea de su perfil—, no pasa nada por dejar que el viento te despeine un poco, Vera. No tienes que sostener el mundo tú sola todo el tiempo.

Vera levantó la cara lentamente, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo a los ojos. En la semioscuridad, sus ojos marrones brillaban con una honestidad desarmante, desprovistos de la distancia del contrato, del dinero y del balneario.

—Es fácil decirlo cuando tienes un esmoquin de tres mil euros en el armario, Aguirre.

—Ese esmoquin me hace sentir mucho más ridículo que los calcetines de gatitos, te lo aseguro —replicó él, esbozando una sonrisa tierna—.

Te prometo que, bajo toda esta fachada de cirujano jefe respetable, soy un tipo bastante aburrido que solo sabe operar corazones y que no tiene ni idea de cómo hablarle a una mujer sin parecer que le está leyendo un consentimiento informado.

—Bueno —Vera deslizó su mano hacia arriba, acariciándole la mandíbula con la punta de los dedos—, tus habilidades de comunicación no verbal han mejorado bastante en las últimas dos horas, doctor. Yo te pondría un notable alto.

Nicolás sonrió, pero su mirada se volvió profunda, casi dolorosa. Le apartó un mechón de pelo de la frente con una delicadeza extrema.

—No quiero que amanezca, Vera —dijo en un susurro que sonó a confesión prohibida.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos que parecieron eternos.

El recordatorio implícito de que el amanecer traería consigo el último día del congreso, la vuelta a Madrid y el fin de la farsa flotó en el aire de la habitación, pero esta vez no dolió como una amenaza, sino como una verdad inevitable que debían saborear antes de que se esfumara.

Vera se incorporó ligeramente y depositó un beso suave, lento y tibio en los labios de Nicolás. Un beso que no tenía prisa, ni urgencia, sino la tranquila certeza de un refugio compartido.

—Entonces no miremos la ventana —respondió ella, volviendo a acurrucarse contra su pecho—. Quedémonos aquí, a oscuras. Total... la luz del balneario sigue dando un asco tremendo.

Nicolás cerró los ojos, aspirando el olor a limpio de su pelo y sintiendo el calor de su cuerpo fusionado con el suyo.

Se durmieron así, abrazados en mitad de la madrugada, ajenos al hecho de que, en apenas unas horas, el sol de la mañana siguiente iluminaría las sábanas desordenadas y les recordaría, con una frialdad implacable, las firmas del contrato que descansaban en la mesilla.