Mentira con beneficios CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Lo que ocurra esta noche en este salón decidirá tu ascenso, Nicolás.

Así de simple. Si mantienes esa imagen de solidez, si demuestras que has rehecho tu vida con la madurez y la elegancia que transmite esa chica, Valenzuela no tendrá un solo clavo ardiendo al que agarrarse en la reunión de la junta.

Pero si hay un solo patinazo, una escena de celos con Claudia, o cualquier indicio de que lo vuestro es un decorado...

la jefatura se va a La Princesa. ¿Me has entendido?

Nicolás sintió el peso exacto de la corona sobre sus hombros.

No era una suposición; era un ultimátum real.

La farsa de los mil quinientos euros con Vera Duarte ya no era solo para calmar a su madre o salvar su orgullo frente a Claudia.

Era, literalmente, el billete de ida o vuelta para el trabajo por el que se había dejado la salud y la juventud durante la última década.

—Entendido, Carlos. Todo está bajo control —dijo Nicolás, sosteniendo la mirada del director con una firmeza de hierro.

—Excelente. Volvamos al ruedo, doctor. No dejes que la mantengan demasiado tiempo sola.

El ambiente de triunfo y complicidad se vio interrumpido de golpe por un sutil cambio en la temperatura del grupo. Nicolás sintió que el brazo de Vera se tensaba levemente y, al levantar la vista, comprendió la razón de inmediato.

A menos de cinco metros de distancia, abriéndose paso entre los invitados con una elegancia gélida y estudiada, aparecía Claudia.

La exmujer de Nicolás vestía un diseño de alta costura de un color blanco marfil que resultaba casi nupcial, con un escote palabra de honor y un drapeado asimétrico que buscaba captar toda la atención del salón.

Llevaba el pelo rubio recogido en un moño italiano impecable y joyas de diamantes que destellaban con agresividad bajo las lámparas de araña.

A su lado, su actual pareja, un cirujano plástico de renombre de una clínica privada de Madrid, sonreía con una suficiencia que rozaba lo insultante.

Claudia se detuvo justo frente al grupo, clavando sus ojos de un azul frío directamente en Vera antes de dignarse a mirar a Nicolás.

—Pilar, querida —saludó Claudia con una voz que pretendía ser dulce pero que sonaba a metal afilado—. Qué alegría verte tan recuperada de tus achaques. Y Nicolás... vaya. Hacía mucho tiempo que no te veía fuera de tu uniforme de quirófano. Veo que por fin has decidido actualizar tu armario.

Pilar arqueó una ceja, midiendo a su exnuera con una frialdad que habría congelado el Sáhara.

—La salud me acompaña de maravilla, Claudia, sobre todo desde que he dejado de recibir ciertas visitas que me alteraban la tensión —respondió la madre de Nicolás con una calma letal—. Y respecto a mi hijo, siempre ha tenido un gusto excelente. Solo que ahora está mejor asesorado.

Claudia apretó los labios, pero no permitió que la réplica de Pilar la desestabilizara.

Giró la cabeza hacia Vera, recorriéndola de arriba abajo con una mirada analítica que buscaba de forma desesperada cualquier imperfección, cualquier rastro de que la mujer que ocupaba el lugar que una vez fue suyo no pertenecía a ese mundo.

—Vaya, sigues por aquí, Vera —dijo Claudia, sin ofrecer la mano esta vez, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—.

Pensaba que después de anoche tendrías la decencia de mantener las distancias.

Sigo sin ubicar tu nombre en ninguna lista del hospital de La Paz ni de la clínica Ruber.

¿En qué departamento dices que trabajas?

Vera no dudó un solo segundo. Sostuvo la mirada de Claudia con la misma calma templada que había usado la noche anterior.

—No trabajo en ningún hospital, Claudia —respondió Vera, manteniendo una sonrisa de una cortesía inquebrantable—.

Como le comentaba antes al doctor Elizalde, mi campo es la Arquitectura.

Me dedico a diseñar estructuras que soporten el paso del tiempo y resistan las inclemencias externas sin desmoronarse.

Creo que es una disciplina muy parecida a la medicina, aunque nosotros trabajamos con piedra y acero en lugar de con arterias.

El doctor Elizalde soltó una carcajada de sincera aprobación.

—¡Magnífica analogía, Vera! De hecho, siempre he dicho que un buen cirujano de reconstrucción no es más que un arquitecto con un material biológico muy delicado.

Claudia sintió el pinchazo del rechazo de Elizalde y sus ojos se entrecerraron. Miró el escote de Vera y luego la curva profunda de su espalda descubierta, buscando un nuevo ángulo de ataque.

—Arquitectura... qué interesante —siseó Claudia—.

Una carrera muy larga. Imagino que debe de requerir mucho tiempo libre para poder acompañar a Nicolás en estos eventos.

Él es un hombre de costumbres muy fijas, muy absorbido por su trabajo.

A veces, la rutina con él puede resultar...

asfixiante si no compartes su mismo círculo profesional.

Nicolás dio un paso al frente, colocándose sutilmente al lado de Vera. El movimiento fue puramente instintivo, el de un hombre que se interpone entre un peligro y la persona que quiere proteger.

—La rutina con Vera nunca es asfixiante, Claudia —dijo Nicolás con una firmeza en la voz que hizo que su exmujer diera un paso atrás por la sorpresa.

Era una seguridad que nunca antes había mostrado frente a ella—.

Al contrario. Es lo único que me mantiene cuerdo después de diez horas de quirófano.

Su perspectiva del mundo es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Un silencio espeso cayó sobre el pequeño círculo. Doña Pilar miraba a su hijo con una expresión de absoluto asombro y orgullo contenido; nunca, en todos los años de matrimonio con Claudia, Nicolás se había enfrentado a ella con semejante contundencia.

Vera sintió un hormigueo. Sabía que todo aquello era parte de una mentira, de un guion de mil quinientos euros que debían interpretar hasta el final.

Pero la mirada de Nicolás en ese momento, la calidez de su voz y la forma en que sus dedos se habían cerrado con fuerza sobre la copa de champán para defenderla, no tenían nada de fingido.

Había una verdad latiendo entre ellos, una corriente de electricidad que se había desatado bajo la tormenta y que ahora se negaba a apagarse.

Claudia, al darse cuenta de que había perdido esa batalla y de que las miradas de los invitados cercanos empezaban a juzgar su actitud, forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Me alegro mucho por vosotros, de verdad —dijo, dando un paso atrás—. Si me disculpáis, Carlos, tenemos que saludar a los patrocinadores de la mesa de honor. Que tengáis una buena cena.

Se retiró con rapidez, arrastrando a su acompañante de la mano.

La megafonía del Gran Salón Imperial anunció el inicio de la cena y los invitados comenzaron a buscar sus mesas respectivas. Para alivio de Nicolás y Vera, su mesa no estaba cerca de la de Claudia, sino en una ubicación preferente al lado de la de Doña Pilar y el doctor Elizalde.

El menú era un despliegue de alta cocina diseñado para complacer a los paladares más exigentes: bogavante gallego con emulsión de cítricos, solomillo de buey de la sierra con reducción de vino tinto y trufa de invierno, y un postre de chocolate amargo con texturas de frambuesa.

A pesar de la sofisticación de los platos, Vera se movió con una soltura que dejó a Nicolás fascinado.

Usaba los cubiertos con una elegancia innata, participaba en las conversaciones de la mesa sobre urbanismo histórico y las reformas del centro de Madrid con una inteligencia brillante, y manejaba las preguntas indirectas de las esposas de los otros médicos con una simpatía arrolladora.

—¿De verdad no habías hecho esto antes? —le susurró Nicolás a mitad del segundo plato, mientras la mesa de al lado estaba sumida en una acalorada discusión sobre el presupuesto de sanidad.

—¿El qué? ¿Fingir que sé la diferencia entre un tenedor de pescado y uno de carne mientras evito que tu exmujer me clave un cuchillo en la espalda?

—rio ella en voz baja, dando un sorbo a su copa de agua—.

Nico, trabajo en la recepción de un hotel de cinco estrellas.

He atendido a jefes de Estado que querían cambiar de habitación a las tres de la madrugada porque decían que las sábanas no tenían el número de hilos adecuado, y a actrices de cine que exigían agua de manantial traída de los Alpes para bañar a sus caniches.

Esto es un paseo militar en comparación.

Nicolás la observó con una mezcla de admiración y un sentimiento mucho más profundo que se negaba a catalogar.

La luz de las velas de la mesa creaba destellos dorados en el moño de Vera y perfilaba la línea de su cuello con una suavidad que hacía que a él se le olvidara comer.

Su cuello... seguía siendo el centro de gravedad de toda su atención.

Quería estirar la mano, rozar la piel de su nuca y sentir de nuevo el latido rápido que había descubierto bajo la tormenta.

—Vera —dijo él de repente, con una seriedad que la hizo detenerse—. No te estoy pagando lo suficiente.

Ella lo miró, sorprendida por la gravedad de su tono.

—¿De qué hablas, doctor?

—De que vales mucho más que cualquier contrato que hayamos firmado —explicó él, mirándola fijamente a los ojos—.

Has salvado mi reputación, has hecho feliz a mi madre, has puesto en su sitio a Claudia con una clase que yo nunca tuve...

y lo has hecho todo con una sonrisa, a pesar de lo incómodo de la situación.

No sé cómo voy a agradecerte esto cuando volvamos a Madrid.

Vera guardó silencio durante unos segundos. El brillo de sus ojos pareció empañarse por una sutil capa de melancolía que intentó ocultar de inmediato. Miró la copa de vino que sostenía entre las manos.

—No tienes que agradecer de más, Nico —respondió ella en un susurro, asegurándose de que nadie la escuchara—. Un contrato es un contrato. Tú tenías una necesidad y yo tenía una deuda que pagar. Hemos sido un buen equipo de negocios. Eso es todo.