CAPÍTULO 14 #3
«Un buen equipo de negocios». Las palabras cayeron sobre Nicolás con la frialdad de un bisturí sobre la piel.
El recordatorio de la realidad de su trato, justo en mitad del brillo del salón y de la calidez de su cercanía, dolió de una manera que no esperaba.
Quiso decirle que no quería que fuera solo un negocio.
Quiso decirle que la idea de que todo terminara el lunes le provocaba un vacío insoportable en el pecho.
Pero en ese momento, las luces del salón común se atenuaron y el doctor Elizalde se levantó para dirigirse al atril principal a dar el discurso de clausura del congreso.
Tras los discursos y los postres, una pequeña orquesta de cámara situada en un extremo del salón empezó a interpretar piezas de jazz clásico y baladas suaves, transformando la cena de gala en un baile de etiqueta.
Doña Pilar se acercó a su mesa con paso decidido.
—Nicolás, por el amor de Dios, saca a bailar a esta maravillosa mujer antes de que alguno de los residentes de cardiología decida tener el valor de pedírselo —ordenó la madre con un gesto imperioso de la mano—. Están todos mirándola desde que ha empezado la noche.
Nicolás se levantó de inmediato, extendiendo la mano hacia Vera.
—¿Me concedes este baile, arquitecta? —preguntó, con una timidez que a ella le pareció la cosa más tierna del mundo.
—Solo si prometes no pisarme los pies, cirujano —sonrió ella, aceptando su mano.
Se dirigieron hacia la pista de baile, que ya empezaba a llenarse de parejas vestidas de etiqueta. La música era un tema lento de Sinatra, una melodía suave y arrulladora que invitaba a la proximidad física.
Nicolás colocó su mano derecha en la espalda descubierta de Vera.
El contacto fue directo, piel contra piel, justo en la zona donde la curva del vestido de raso verde esmeralda se abría en un drapeado profundo.
La yema de sus dedos sintió la suavidad y el calor de su piel, que reaccionó de inmediato con una levísima pulsación.
Vera, por su parte, apoyó su mano izquierda en el hombro de Nicolás y entrelazó sus dedos con los de la mano libre de él.
Se movieron al ritmo de la música con una fluidez natural, como si hubieran bailado juntos toda la vida. La diferencia de altura hacía que la cabeza de Vera quedara a la altura del hombro de Nicolás, permitiéndole apoyar la mejilla muy cerca de su cuello si lo deseaba.
—Lo estamos consiguiendo —susurró ella, mirando el nudo de la pajarita de él—. El congreso casi ha terminado. Mañana es domingo, nos despedimos de tu madre y volvemos a casa. Misión cumplida.
—Sí —respondió él, aunque su voz no sonó precisamente alegre—. Misión cumplida.
Nicolás la atrajo un poco más hacia sí, acortando el espacio entre sus cuerpos.
Pudo sentir la presión suave del pecho de Vera contra el suyo, el movimiento rítmico de sus caderas bajo el punto de seda y el calor abrasador de su espalda bajo su palma.
El perfume de lavanda y vainilla de ella lo envolvía por completo, creando una barrera invisible que los aislaba de los cientos de personas que bailaban a su alrededor.
Vera levantó la vista. Sus ojos marrones estaban cargados de una pregunta silenciosa, de una tensión latente que se había ido acumulando hora tras hora, desde la tormenta de la noche anterior, pasando por el roce de la cremallera en la suite, hasta este baile a la luz de las velas.
—Nicolás —dijo ella en un susurro trémulo.
—¿Sí?
—Estás mirándome otra vez de esa manera.
—¿De qué manera? —preguntó él, sin apartar los ojos de sus labios.
—Como si quisieras... como si no hubiera ningún contrato entre nosotros.
Nicolás detuvo sus pasos en mitad de la pista de baile, ignorando a las parejas que seguían moviéndose a su alrededor.
Sus dedos se cerraron con una suavidad posesiva sobre la piel de la espalda de ella, y su mano libre se deslizó hacia arriba, acariciando la línea de su cuello hasta acunar su mandíbula con una delicadeza extrema.
—Es que ahora mismo no lo hay, Vera —dijo él, con una sinceridad que le vibraba en el pecho—. Al menos no para mí.
Vera contuvo el aliento, con el corazón desbocado contra sus costillas.
El espacio entre sus labios volvió a reducirse a una distancia ridícula, una repetición exacta de lo que había quedado suspendido en el aire de la suite por el apagón de la noche anterior.
La música de la orquesta parecía llegar desde una distancia infinita, desdibujada por el latido de sus propios corazones.
Antes de que el beso pudiera consumarse en mitad de la pista de baile, una figura se interpuso en su campo de visión, rompiendo el hechizo de golpe.
—Nicolás, querido —interrumpió la voz de Doña Pilar, que aparecía acompañada por el doctor Elizalde y un par de miembros del consejo del hospital—.
Perdonad que os interrumpa este momento tan romántico, pero el doctor Elizalde quiere presentarte formalmente al presidente de la fundación médica.
Es una oportunidad de oro, hijo. Tenéis que venir los dos.
Vera dio un paso atrás despacio, liberándose del contacto físico con una sonrisa profesional que ocultaba el torbellino de emociones que la recorría por dentro. Se alisó el vestido verde y le dio a Nicolás un leve empujón en el hombro.
—Ve, doctor —le susurró—. Es tu futuro lo que está en juego. Yo te espero en la mesa.
Nicolás la miró con una mezcla de frustración y deseo contenido, pero comprendió que no podía negarse en ese momento.
—No me tardo —le prometió, antes de dejarse arrastrar por su madre y el doctor Elizalde hacia el grupo de directivos.
Vera se quedó sola en el borde de la pista de baile, observando cómo la silueta de Nicolás se alejaba entre la multitud de etiquetas negras y vestidos de gala.
Sintió un frío repentino en la espalda, justo donde la mano de él la había estado sosteniendo con tanto calor.
Se frotó los brazos con suavidad, mirando a su alrededor, y comprendió con una dolorosa claridad que el juego de las apariencias estaba llegando a su fin, pero que las consecuencias de esa mentira la acompañarían durante mucho, mucho tiempo.