Mentira con beneficios CAPÍTULO 14
63%

CAPÍTULO 14

El Gran Salón Imperial del balneario parecía el escenario de una producción de época financiada con el presupuesto de una multinacional farmacéutica.

Bajo los techos abovedados de casetones dorados y las inmensas lámparas de araña de cristal de Bohemia, que arrojaban una luz cálida y centelleante sobre el mármol pulido, se concentraba lo más selecto, influyente y peligrosamente competitivo de la medicina madrileña.

El murmullo de cientos de conversaciones cruzadas, el tintineo cristalino de las copas de champán de marca al brindar y el sutil roce de los vestidos de seda contra las alfombras creaban un rumor constante, una sinfonía de opulencia que flotaba en el aire mezclada con el aroma a flores frescas, cera de abejas y perfumes de importación.

Nicolás y Vera se detuvieron en lo alto de la escalinata de mármol de doble tramo que descendía directamente hacia el corazón del salón.

Él sentía la mano de ella apoyada en su antebrazo.

A través de la lana fina de la manga de su esmoquin, la presión de los dedos de Vera era firme, casi un recordatorio táctil de que, a pesar del abismo de mentiras que los rodeaba, en ese preciso instante estaban juntos.

Ella mantenía la espalda erguida, los hombros perfectamente encajados en la caída profunda del vestido verde esmeralda que dejaba al descubierto su piel de porcelana, y el mentón alzado con una gracia que desafiaba cualquier intento de intimidación.

—¿Estás lista? —le susurró Nicolás, inclinando levemente la cabeza hacia ella.

—He sobrevivido a tres auditorías completas de la cadena hotelera con directores suizos que no sonreían desde la caída del muro de Berlín —respondió Vera en el mismo tono confidencial, sin perder la sonrisa radiante que ya empezaba a proyectar hacia la multitud—.

Un puñado de cirujanos con complejos de Dios no van a hacer que me tiemblen los tacones.

Pero si ves que me equivoco de cubierto durante la cena, dame una patada por debajo de la mesa.

Nicolás soltó una risa baja, un sonido genuino que disipó de golpe una parte de la rigidez que le atenazaba los hombros.

—Trato hecho. Pero dudo que lo necesites.

Comenzaron a descender los peldaños despacio.

A cada paso que daban, las miradas de los presentes empezaron a desviarse hacia ellos como agujas de brújula apuntando al norte.

Nicolás Aguirre era un hombre sumamente respetado en el gremio, conocido tanto por su brillantez quirúrgica como por su carácter reservado, casi monacal.

Verlo aparecer en el evento más importante del año no solo vestido con una elegancia impecable que acentuaba su porte atlético, sino acompañado por una mujer joven, de una belleza magnética y misteriosa que nadie lograba identificar, fue el equivalente a arrojar una piedra en un estanque de aguas estancadas.

—Mira a las tres en punto —murmuró Vera con los labios casi inmóviles mientras saludaba con un leve asentimiento de cabeza a una pareja que los miraba abiertamente—. La mujer del vestido de encaje rojo acaba de morder su canapé con tanta fuerza que creo que se ha roto una muela. ¿Quién es?

—La doctora Valenzuela, jefa de Nefrología —contestó Nicolás con una sonrisa tensa—. Es íntima amiga de la madre de Claudia. Si mañana no hay un informe detallado de tu vestido en el chat de su grupo de costura, me retiraré de la medicina.

—Pues que apunten bien: es raso verde esmeralda, costura invisible y espalda al aire —dijo ella, apretando sutilmente el brazo de él—. Y la cremallera la ha subido el mejor cirujano cardiovascular del país. Eso debería contar para el informe de calidad.

El roce de los dedos de ella sobre su brazo y la alusión al momento de la suite hicieron que a Nicolás se le encendiera la piel bajo el cuello diplomático de la camisa.

Antes de que pudieran dar diez pasos por la alfombra del salón principal, la silueta inconfundible de Doña Pilar se abrió paso entre la multitud con la determinación de un rompehielos de lujo.

Llevaba un vestido de alta costura en un tono gris perla que realzaba su cabello canoso perfectamente peinado, y sobre el pecho lucía un collar de perlas que probablemente valía más que el piso de Vera en Madrid.

A su lado, arrastrado por su inercia arrolladora, caminaba el doctor Elizalde, que ya sostenía una copa de champán en la mano y lucía un rictus de divertida resignación.

—¡Mis niños! —exclamó Pilar lo suficientemente alto como para que las tres mesas más cercanas se giraran a mirar—.

Sabía que estaríais espectaculares, pero esto supera cualquier expectativa.

Carlos, mira a esta pareja. ¿No me digas que no parecen salidos de una película de la época dorada de Hollywood?

—Están espléndidos, Pilar, verdaderamente espléndidos —coincidió Elizalde, observando a Vera con una mezcla de respeto profesional y apreciación estética—. El verde esmeralda es un acierto absoluto, Vera. Destaca de una manera formidable entre tanto negro de etiqueta y tanto brillo innecesario.

—Muchas gracias, doctor Elizalde —respondió Vera con una reverencia casi imperceptible, una muestra de cortesía que manejaba con la precisión de una diplomática—. Viniendo de un hombre con su reputación de estratega y buen gusto, es todo un cumplido.

—Oh, no la escuches, Carlos, que te va a malcriar —intervino Pilar, aunque se le caía la baba de orgullo al ver los modales de su «nuera»—. Nicolás, hijo, por Dios, abróchate el botón superior de la chaqueta del esmoquin. Estás en una cena de gala, no en una consulta de urgencias de madrugada.

Nicolás obedeció de inmediato con una media sonrisa resignada, mientras Vera contenía una carcajada.

—¿Ves lo que te decía? —le susurró Vera al oído mientras Pilar se giraba para saludar a otro conocido—. Tu madre tiene un radar de satélite para los detalles. Si no fuera porque es adorable, me daría miedo.

—A mí me da miedo todos los días de mi vida —confesó Nicolás en voz baja—. Pero hoy parece que está de tu parte, lo cual es un milagro histórico.

La conversación fue interrumpida por la llegada de un camarero que transportaba una bandeja de plata con copas de champán helado.

Nicolás tomó dos y le ofreció una a Vera.

Al hacerlo, sus miradas volvieron a encontrarse con esa intensidad limpia y desprovista de máscaras que había nacido en la tormenta de la noche anterior.

—Por el éxito del congreso —brindó Nicolás, mirándola a los ojos.

—Y por la supervivencia del equipo —añadió ella, rozando su copa con la de él.

—Disculpadme un segundo, mi querida Vera —intervino la voz profunda del doctor Elizalde, rompiendo con suavidad la burbuja que se había creado entre ellos—.

Me temo que debo robarte a tu cirujano antes de que la cena empiece.

Prometo devolvértelo entero, o al menos con la misma estructura con la que me lo llevo.

Vera le dedicó una sonrisa cómplice y un ligero ademán con la cabeza.

—Adelante, doctor. Se lo presto bajo fianza. Pero no me lo agote demasiado rápido, que el examen de baile es más tarde.

Elizalde soltó una carcajada que atrajo la atención de un par de adjuntos cercanos y, con un gesto firme en el hombro de Nicolás, lo guio hacia uno de los balcones acristalados que daban a los jardines interiores del balneario.

El espacio estaba resguardado por inmensas cortinas de terciopelo burdeos, creando un reservado natural donde el ruido de la orquesta se convertía en un zumbido lejano.

Elizalde se detuvo, apoyando una mano en la barandilla de hierro forjado mientras contemplaba las luces que parpadeaban en la ladera de la sierra. No se andó con rodeos.

—Vaya pieza te has cobrado, Aguirre —dijo, dando un sorbo a su copa de champán—. Es inteligente. Rápida. Y tiene una clase que no se compra en las tiendas de la milla de oro.

—Es... excepcional, doctor —respondió Nicolás, midiendo la entonación para no parecer excesivamente efusivo pero sí lo suficientemente seguro.

—Lo es. Y lo más importante para ti: le gusta al patronato.

He estado observando a la mujer de Valenzuela y a las de la junta directiva desde que habéis bajado la escalinata.

Estaban buscando el más mínimo detalle para despellejarte, Nicolás.

Esperaban encontrarse a una chiquilla asustada o a una advenediza sin conversación.

Se han topado con una mujer que les ha dado una lección de saber estar en tres minutos. Eso es un blindaje excelente.

Elizalde se giró despacio, perdiendo la media sonrisa que llevaba dibujada. Su expresión se volvió puramente administrativa, la del hombre que lleva cuarenta años manejando los hilos de la sanidad madrileña.

—El lunes a las diez de la mañana se reúne la comisión técnica para valorar la jefatura —dijo en un susurro, obligando a Nicolás a inclinarse ligeramente—.

No te voy a engañar. Tu proyecto científico y tus cifras de supervivencia quirúrgica son incontestables.

Eres el mejor. Pero Valenzuela y su sector conservador del consejo llevan semanas presionando.

El argumento de que tu divorcio con Claudia iba a desestabilizar el departamento y a generar un conflicto de intereses dentro del propio hospital... bueno, estaba calando hondo.

Nicolás apretó el tallo de su copa.

—Mi vida privada jamás ha afectado a mi rendimiento en el quirófano, Carlos. Lo sabes perfectamente.

—Yo sí, pero los políticos que firman los presupuestos del hospital no —replicó Elizalde, tajante—.

Para ellos, un cirujano jefe divorciado, amargado y envuelto en disputas legales de las que habla todo el mundo en la cafetería es un riesgo de relaciones públicas.

Querían un motivo para dárselo a Valenzuela.

Querían ver que habías perdido el norte.

Elizalde dio un paso hacia él, acortando la distancia.