CAPÍTULO 13
La gran cena de gala del congreso era el acontecimiento principal del fin de semana.
No era solo una cena; era una pasarela de egos, presupuestos médicos y alianzas estratégicas.
Nicolás sabía que esa noche se decidiría, de manera extraoficial, si el puesto de jefe del departamento de cirugía cardiovascular del hospital de Madrid llevaba su nombre o el de alguno de sus rivales.
Pero, por primera vez en su impecable carrera, la política hospitalaria era lo último en lo que podía pensar.
Nicolás estaba de pie frente al espejo del salón común, peleándose con la pajarita de su esmoquin.
Llevaba un traje de etiqueta negro de un corte impecable, una camisa de cuello diplomático blanca como la nieve y unos zapatos de charol que brillaban bajo las luces halógenas.
Parecía el perfecto caballero de portada de revista, limpio, anguloso y sobrio.
Sin embargo, sus manos —esas manos que eran capaces de suturar una arteria coronaria de dos milímetros sin que le temblara un solo pulso— temblaban de forma ridícula mientras intentaban hacer el lazo de la pajarita.
—Maldita sea —masulló, deshaciendo el nudo por cuarta vez—. Esto es ridículo.
—¿Necesita ayuda el cirujano jefe, o es que los protocolos de quirófano no incluyen nudos de etiqueta?
Nicolás se giró de golpe.
Vera acababa de salir de su habitación.
Si el cóctel de bienvenida de la noche anterior había sido un preámbulo, esto era el clímax.
El vestido largo de raso verde esmeralda que Vera había elegido con tanta astucia en la boutique no solo le sentaba bien: parecía haber sido diseñado para fundirse con ella.
La tela, de una caída pesada pero fluida, acariciaba la curva de sus caderas y la línea de sus piernas con una suavidad líquida.
Por delante, el cuello barco enmarcaba sus clavículas con una elegancia clásica; por detrás, el drapeado caía en una curva profunda, dejando al descubierto casi la totalidad de su espalda desnuda hasta el inicio de la lumbar.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y pulido, sin un solo mechón suelto esta vez, dejando su largo cuello totalmente despejado. La piel de su espalda, dorada por el final del verano y tersa por el frío de la sierra, brillaba bajo las luces del salón con un matiz de porcelana.
Nicolás se quedó sin aire. Literalmente. Sintió un golpe seco en el estómago, como si acabara de recibir un impacto físico. Sus manos se congelaron sobre la pajarita deshecha y sus ojos oscuros recorrieron la silueta de Vera con una fijeza casi dolorosa.
—¿Tan mal estoy? —preguntó ella, con una sonrisa de suficiencia que no lograba ocultar del todo una pizca de timidez. Se recolocó uno de los pendientes de plata—. No me mires así, Nico. Me haces pensar que me he dejado la etiqueta del precio colgando.
—Estás... —Nicolás endureció el gesto, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Estás absolutamente increíble, Vera. De verdad. Ese verde... te queda espectacular.
—Gracias —dijo ella, dando un paso hacia él. Sus salones de tacón nude repicaron suavemente sobre el suelo de madera—. Aunque tengo un problema técnico. Y por «problema técnico» me refiero a una emergencia de nivel de alerta roja.
—¿Qué pasa?
Vera se dio la vuelta, dándole la espalda.
—La cremallera invisible del lateral —explicó, señalando con el dedo hacia su costado derecho—.
Empieza debajo de la axila y baja hasta la cadera.
Consigo subirla hasta la mitad, pero el punto de seda hace un pliegue justo a la altura de la costura y no tengo ángulo para tirar sin miedo a romper la tela. ¿Te importa?
Nicolás miró el costado de Vera. El drapeado de la espalda se abría precisamente allí, revelando una franja de piel limpia y templada que latía al ritmo de su respiración acelerada.
—Yo... sí, claro. Déjame ver —dijo él, dando un paso adelante.
Se colocó detrás de ella.
La distancia entre sus cuerpos se redujo a apenas unos centímetros.
Nicolás pudo sentir el calor que desprendía la piel de Vera, mezclado con ese perfume de lavanda y un toque de vainilla que debía de ser de su crema corporal.
Era el mismo aroma que lo había perseguido durante toda la tormenta de la noche anterior.
—No te muevas —le pidió él. Su voz sonó más baja de lo normal, una octava más profunda.
—No me muevo. Pero date prisa, doctor, que nos espera tu madre abajo y si tardamos cinco minutos más subirá a ver si nos hemos quedado pegados a la alfombra otra vez —bromeó ella, aunque el tono de su voz delataba que su pulso tampoco iba precisamente despacio.
Nicolás levantó las manos. Sus dedos rozaron la tela verde del vestido. Con una delicadeza extrema, apoyó la yema del dedo pulgar de su mano izquierda en la espalda descubierta de Vera, justo en el omóplato, para mantener la tensión de la prenda.
El contacto de su piel contra la de ella fue eléctrico.
Vera dio un respingo imperceptible, una vibración suave que recorrió toda su columna vertebral y que Nicolás sintió directamente bajo su mano. La piel de ella se erizó de inmediato, cubriéndose de una levísima piel de gallina que delató el impacto del roce.
—¿está fría mi mano? —preguntó él, deteniéndose.
—No —susurró Vera, mirando al frente, con los ojos clavados en el espejo del salón donde se reflejaba la silueta de Nicolás doblada sobre ella—. No está fría. Al contrario.
Nicolás continuó. Con la mano derecha, buscó el minúsculo tirador metálico de la cremallera invisible bajo su axila. El tejido de seda era traicionero; el hilo fino se había enganchado ligeramente en los dientes de plástico.
«Concéntrate, Aguirre», se ordenó a sí mismo. «Has operado corazones latiendo. Has reconstruido arterias del tamaño de un cabello. Esto es solo una cremallera».
Pero reparar una válvula mitral no implicaba tener la respiración de Vera acariciándole el dorso de la mano, ni sentir el aroma de su cuello a escasos centímetros de su rostro.
Nicolás se inclinó un poco más para ver el enganche de la tela.
Al hacerlo, su pecho rozó muy suavemente la espalda desnuda de Vera.
El contacto de la tela rígida de su esmoquin contra la piel desnuda de ella fue un contraste que le cortó la respiración.
Vera cerró los ojos, aferrándose al borde de la mesa de madera para no perder el equilibrio.
La cercanía de Nicolás, el calor de su cuerpo y la forma en que sus dedos se movían con una lentitud casi tortuosa sobre su piel la estaban volviendo loca.
—Está un poco atascada —explicó Nicolás. Su aliento cálido rozó la nuca de Vera, haciendo que ella apretara los dientes—. Tengo que sujetar la tela por dentro para que no se rompa el punto. Voy a... voy a meter los dedos un poco bajo el borde.
—Haz lo que tengas que hacer, doctor —dijo ella, con una voz que era apenas un hilo de aire—. Pero no me hagas un bypass en el vestido.
Nicolás deslizó la punta de los dedos índice y corazón por debajo del borde de la seda, entrando en contacto directo con la piel de la costilla de Vera.
Estaba increíblemente suave, caliente y húmeda por los nervios.
El cirujano sintió una pulsación sorda en su propio vientre.
Sus dedos se movieron con una lentitud calculada, liberando el pequeño hilo atascado con una delicadeza que parecía casi una caricia prohibida.
Poco a poco, con un siseo metálico casi imperceptible, la cremallera empezó a deslizarse hacia arriba.
Nicolás acompañó el ascenso con su mano izquierda, acariciando la línea de su costado, subiendo por la curva de su axila hasta que el cierre quedó perfectamente asegurado. El vestido se ciñó del todo a su cuerpo, como una segunda piel verde esmeralda que la envolvía por completo.
Sin embargo, ninguno de los dos se movió de inmediato.
Nicolás mantuvo las manos apoyadas en los hombros de Vera, justo donde nacían los tirantes del vestido. Sus ojos se encontraron en el gran espejo del salón.
El reflejo no mentía. Ya no había rastro de la «novia de alquiler» ni del «cirujano estirado». Había dos personas que se miraban con una intensidad hambrienta, contenida pero evidente, que hacía que el aire de la suite pareciera estar a punto de prender fuego.
—Gracias, Nico —dijo ella en voz muy baja, sin romper el contacto visual en el espejo.
—De nada, Vera —respondió él. Sus manos seguían en sus hombros, transmitiendo un calor que parecía derretir la poca distancia que les quedaba—. Estás... de verdad, estás maravillosa.
Vera se giró despacio sobre sus talones, quedando de frente a él.
La diferencia de altura la obligaba a levantar la vista para mirarlo a los ojos.
Nicolás, con su esmoquin impecable y su mirada oscura y concentrada, parecía un hombre completamente distinto al cirujano tímido que había conocido apenas unos días atrás en el ascensor del Claris.
—Tú tampoco estás mal, doctor —dijo ella, con una media sonrisa que intentaba recuperar la ligereza habitual—. Aunque esa pajarita parece que ha sufrido un accidente de tráfico. Déjame a mí.
Antes de que él pudiera decir nada, Vera levantó las manos y las apoyó en el cuello de la camisa de Nicolás. Sus dedos, hábiles y rápidos por los años de abrochar botones de uniformes de hotel, cogieron los extremos de la cinta negra de seda y empezaron a cruzarlos.
Ahora era Nicolás el que estaba inmóvil, conteniendo el aliento mientras la cercanía de Vera le nublaba el sentido común. Podía ver las pequeñas pecas que salpicaban la nariz de ella, el brillo de sus labios pintados de un rojo sutil y la forma en que sus pestañas se agitaban con cada movimiento.
—¿Ves? —dijo ella, terminando de ajustar el lazo de la pajarita con un toque experto—. Solo hacía falta un poco de... de mano izquierda. No todo en la vida se arregla con un bisturí, Aguirre.
—Lo sé —admitió él, mirándole la boca con una fijeza que a Vera le hizo dar un vuelco al corazón—. Me lo estás demostrando todos los días.
Vera dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de intimidad antes de que la tentación de dar ese paso que les faltaba desde la noche de la tormenta fuera demasiado fuerte.
Se recolocó el bolso de mano plateado y le dedicó una sonrisa brillante, de esas que usaba para desarmar a los clientes más difíciles.
—Bueno, doctor. El espectáculo debe continuar —declaró ella, ofreciéndole el brazo con un gesto teatral—. Tu exmujer nos espera abajo, tu madre probablemente esté controlando los tiempos con un cronómetro de oro, y tenemos una cena de gala que ganar. ¿Listo para el asalto final?
Nicolás la miró, colocó su mano sobre la de ella en su brazo y sintió que, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier tormenta con tal de mantenerla a su lado.
—Listo —dijo él—. Vámonos.